Acabo
de ver “Le
Havre”,
una película del finlandés Aki Kaurismäki. Es una delicia.
De
alguna manera, pese a su tranquilidad escandinava, a su alto
desarrollo tecnológico y a su notable bienestar económico,
Finlandia es una nación y una cultura periféricas.
Descendientes
de una de las columnas migratorias de la Horda de Oro, estos ugrios
originados en los Urales, fueron durante siglos disputados por la
Corona Sueca y la Corona Moscovita. Su lengua llamó Ruotsi"
(suecos) a los señores suecos que dieron origen a la dinastía
Romanoff, y esa palabra le puso nombre al enorme imperio que terminó
de consolidar Catalina la Grande, Rusia.
La
burguesía finesa, a fines del siglo XIX, hablaba sueco como primera
lengua, y el finés confinado a los espesos y nevados montes
salpicados por miríadas de lagos, se consideraba un idioma
extinguido. Mientras tanto, Finlandia y Karelia eran parte del
imperio zarista.
El
nacionalismo finés nació, por lo tanto, vinculado a su
reivindicación lingüistica y su precursor fue el científico Elías
Lönnrot, autor del Kallevala, la recompilación de viejas
tradiciones, baladas y mitos fineses. Obtuvo su independencia con la
Revolución de Octubre y vivió casi todo el siglo XX bajo la sombra
amenazante de su gigantesco vecino.
Insisto,
Finlandia y los finlandeses son periféricos.
Y
eso es lo que se trasluce en las películas de Aki Kaurismäki, por
lo menos, las filmadas en los últimos años.
El tipo reniega del actual cine de Hollywood, de los grandes decorados, de los colores rutilantes, de los despliegues tecnológicos y hace un cine que, en cierta forma, se asemeja, en su lenguaje, en su estructura y hasta en su melodramatismo, al mejor cine argentino de nuestro época dorada, al de los '40 y '50.
El tipo reniega del actual cine de Hollywood, de los grandes decorados, de los colores rutilantes, de los despliegues tecnológicos y hace un cine que, en cierta forma, se asemeja, en su lenguaje, en su estructura y hasta en su melodramatismo, al mejor cine argentino de nuestro época dorada, al de los '40 y '50.
Le
Havre es una historia, como suelen serlo las de Aki, de gente
periférica, pobre, simple, del montón, casi de descarte: un anciano
lustrabotas del puerto de Normandía, Le Havre, apellidado Marx; su
esposa enferma de cáncer llamada Arletty, como la actriz de “Les
Enfants du Paradis”; una panadera gorda y rubicunda, un verdulero
malhumorado y un niño de Gabón, negro e ilegal al que lo busca la
policía para deportarlo, una perra obviamente llamada Laika. Y un
inspector de policía, francés como el beaujolais, llamado Monet,
como el policía de Crimen y Castigo, que sabe diferenciar entre
crimen e inmigración.
De
paso hace trabajar en dos cameos, nada más y nada menos, que a
Pierre Etaix y a Jean Pierre Leaud, dos genios de los años 60. Ah,
y el tango, que los finlandeses consideran propio, con la voz de...
Carlos Gardel y “Cuesta Abajo”, como van las vidas de estas
pobres y tiernas figuras.
Aki
Kaurismäki es dueño de un envidiable optimismo basado en una
hermosa confianza en la naturaleza solidaria del alma humana. Y está
convencido que Dios premia a la gente simple, buena y fraterna.
No
sé si esto es cierto, pero Aki lo cree y encontrarlo en una película
es muy reconfortante.
Buenos Aires, 21 de
enero de 2018
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