lunes, 23 de abril de 2007




Quisiera
saludar
a la señora


Jakobsberg, 1980

a J.E.B.que fue mi amigo hace como veinte años


Te acordás que viniste y me dijiste:
- Esta noche vamos al quilombo. Mi primo me pasó el dato de una puta. Cobra ciento cincuenta mangos. Pasame a buscar que vamos en el coche.
No. No necesito recordarte que eso pasó hace siglos, en Tandil, que vos eras mi mejor amigo y que teníamos dieciséis años. Teníamos un montón de negocios en común. Bah, un montón… estábamos de novio –salíamos- con dos hermanas. Vos con la mayor, yo con la menor. Eso y que nos sentíamos bien juntos, eran todos nuestros negocios. Y, quizás, el hecho de que tanto vos como yo teníamos una ganas locas de coger. La madre de las hermanitas, tan cariñosa ella, tan comprensiva, tenía una especie de letanía o de conjuro para iniciar una conversación con nosotros:
- Yo no puedo entender cómo dos muchachos tan (y recalcaba el tan con su voz finita e hinchapelotas), tan distintos pueden llevarse tan bien. Distinto carácter, distintos gustos y, sin embargo, ahí están Cacho y Copete (nuestros nombres de guerra de entonces), inseparables…
Y se quedaba mirándonos angelicalmente, satisfecha como si hubiera podido formular el insondable misterio de la cuadratura del círculo.Y la respuesta era tan sencilla, tan evidente, tan notoria que, justamente por ello, no se podía enunciar: queríamos garchar. A sus hijas, a las amigas de sus hijas, a ella, a una mujer. Queríamos pegar el salto cualitativo (tranquilizate, esto del salto cualitativo lo aprendí muchos años después de nuestra adolescencia tandilense) que significa pasar de las tetas abundosas y desbordantes de Jayne Mansfield en el Radiolandia, encerrado con dos vueltas de llave en el baño, a una mujer de carne y hueso (y lo de los huesos lo podés tachar, si te parece). Por eso, Cacho, qué carajo importaba que no tuvieras ni la menor idea de quien era Dostowieski o que aceptarás con resignación que te llevara al cine a ver “El General della Rovere” o “La Fuente de la Doncella” (aunque la escena de la violación nos dio alas comunes a nuestra módica fantasía de entonces), si lo que importaba era otra cosa.

Los domingos, Cacho, los domingos… Nos caíamos a la casa de las hermanitas, tipo las dos y media de la tarde. Con las chicas ya nos habíamos encontrado a la mañana, después de misa. Habíamos paseado un rato por el centro, tomados de las manos, tratando de que todos vieran que nosotros estábamos de novio con ellas. Pero por la tarde era el número fuerte de la semana. Los viejos de las pibas eran del tipo comprensivo o quizás las pendejas tenían cara de mosquitas muertas o nosotros no dábamos la impresión de galanes impetuosos, pero la cuestión es que el padre y la madre se iban y nos dejaban solos en la casa toda la santa tarde. Bailábamos (“Echale la culpa a la bossa nova” giraba ciento cincuenta veces en el Winco) y después buscábamos reparo para la actividad que nos había hecho soñar toda la semana en el colegio, en la mesa a la hora de comer, en la noche en la cama: apretar, franelear, manosear a las doncellas (entonces decíamos chapar, Cacho). Vos y María Luisa (tu hermanita, y de la que yo en secreto estaba enamorado) eran más rápidos y se ubicaban en el escritorio del viejo, que dicho sea de paso, poseía el único sofá, verdadero sofá de tres cuerpos de la casa. Y yo me resignaba con Merceditas, la suave, tímida, inexperta hermanita que me había tocado en el reparto (había sido ella en realidad la que me había hecho saber que gustaba de mi y yo no estaba en condiciones de dejar pasar la oportunidad. En realidad, Cacho, y al margen, nadie estaba en esas condiciones en aquella época).

Me sentaba en uno de los pretenciosos sillones del living, carpetitas de macramé en los posabrazos y Merceditas, pollera gris y conjunto de banlon, un par de chatitas negras en los pies, que dejaban ver el nacimiento de los aterciopelados pliegues entre los dedos, recostaba sus quince años sobre mis rodillas y así pasábamos la tarde, abrazados, cerrando los ojos con fuerza y besándonos en la boca, oyendo e imaginando a ustedes que intentarían posiciones similares y similares actividades. Hasta que el temprano crepúsculo invernal oscurecía lentamente toda la casa. A eso de las siete y media, las chicas prendían algunas luces, tomábamos distancia, quebrábamos nuestros prudentes cuerpo a cuerpo, y esperábamos con caras de chicos buenos a los progenitores. Después nos íbamos juntos, ¿te acordás? Nos acompañábamos el uno al otro, durante horas, por calles frías, desiertas y aburridas. Y era entonces cuando dábamos rienda suelta a la imaginación. Y compensábamos nuestras vacilaciones y temores con el relato detallado y aumentado de nuestras experiencias amatorias del día. Y vos me explicabas como eran los pechos de María Luisa y yo trataba de contarte sobre la suavidad de los muslos de Merceditas y nos calentábamos, parados en una esquina ventosa, sin ganas de separarnos, esperando, quién sabe, que la charla, que nuestras mentiras, que las palabras conjuraran, realizaran, cristalizaran nuestro obvio, acumulado, semanalmente postergado anhelo: coger. Y entonces, cuando ese viernes, en el colegio, viniste con tu, al parecer, firme decisión, no pude menos que envidiarte. Y allá nos fuimos, Cacho, vos y yo. Nos fuimos a pie, porque el auto lo usaría tu primo, que en realidad era el dueño.

Quedaba en el culo del mundo. Rodríguez arriba, para el lado de la estación. Caminamos en silencio. Si dijimos algo, fue sobre alguna otra cosa que no tenía un carajo que ver con tu próxima responsabilidad. Muertos de frío y con los abrigos húmedos llegamos al quilombo. En realidad, era un bar miserable, medio de ciudad y medio de campo, desierto a esa hora, con una luz como amarilla que producía más sombras que otra cosa. Nos sentamos a una mesa cerca de la puerta y pedimos dos ginebras. ¿Qué otra cosa íbamos a tomar, considerando el lugar y la situación?

Cuando el tipo del boliche vino con las bebidas, le dijiste:

- Quisiera saludar a la señora.

Creéme, Cacho, eso fue lo que dijiste. En serio. Serio. Con la misma cara con que le hubieras dicho mi más sentido pésame. Nunca supe si te habían contado que ese era el santo y seña o si vos solito habías acuñado esa fórmula admirable. La cuestión es que el tipo te relojeó y dijo, también serio, algo así como:

- Enseguida lo va a recibir.

Y se fue para la trastienda.

Al ratito, a tus espaldas, entró al bar una mina grandota, morocha, de pelo largo y, al parecer, áspero. Tendría, que sé yo, la edad de la madre de nuestras hermanitas. Podía ser tía nuestra. Y no te digo madre, porque con la vieja no se jode. Vos no la veías pero nos sonrió con cancha. Le faltaba uno de los dientes de adelante. El agujero era como un enorme lunar, negro como el pecado, en el medio de una sonrisa, amarillenta quizás por influencia de la iluminación del local. La aparición se esfumó, tragada por una de las puertas.

El tipo se acercó a la mesa y, dirigiéndose a vos, dijo:

- La señora lo espera.

Te levantaste y desapareciste vos también por la puerta. Y ahí me quedé, esperando. Como si hubieras ido al baño a mear, mientras tomaba la ginebra con tragos cortitos para que ardiera menos. Traté de imaginarte, acostado con la señora. Se me ocurrían las cosas más boludas. Por ejemplo, si la tratarías de usted o de vos. Si estarían a oscuras o con la luz prendida. Si la mina sería la esposa del tipo del mostrador. Y en eso volviste. Como si vinieras del baño. La ropa ordenadita como cuando entraste, peinadito, al pelo, ningún cambio visible. ¿Te acordás, Cacho? Me dijiste sin vueltas:

-Vamos.Me puse el sobretodo y salimos, callados.

Cuando habíamos dado unos pasos en la vereda, sale el tipo y nos llama:
- ¡Muchachos!

Carajo, Cacho, qué pasa. Esta complicación no estaba en los planes. Nos volvimos gentiles, con nuestra más educada sonrisa.

-¿Qué le pareció la señora?, te preguntó.

-Muy bien, gracias.Eras sensacional, Cacho, para los diálogos.

-Y… las ginebras… ¿a quién tengo que cobrárselas?

Atropelladamente pagamos. Y sin darnos vuelta una sola vez, nos alejamos de Sodoma y Gomorra. Ya era bien de noche. Caminamos como diez cuadras sin abrir la boca. Y te envidiaba, Cacho, como la gran puta.

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