lunes, 23 de abril de 2007


Carlos Copello: Un rito nupcial

9 de enero de 2005


He estado más de dos horas navegando en Internet para encontrar un mapa que registre la localidad de Tintina. Tan sólo la National Geographic Magazine pudo satisfacer mi curiosidad. Ningún mapa de la Provincia de Santiago del Estero registra este pueblo situado en el departamento de Moreno a doscientos kilómetros de la capital provinciana en medio del monte de quebracho. Ahí, en Tintina, donde los campesinos del MoCaSE hoy se movilizan exigiendo tierras, nació hace medio siglo Carlos Copello, posiblemente uno de los más maravillosos bailarines de tango de su generación.
Su apellido familiar no es, por supuesto, Copello. Su verdadero apellido se remonta a los tiempos de los fundadores de la ciudad más antigua de nuestro país, a aquellos españoles rudos, corajudos y brutos que no dudaron en matar a los ocupantes nativos y en casarse con sus mujeres hospitalarias para crear una nueva raza, la americana. Carlos Copello es, con su pinta lustrosa, con su pelo renegrido y siempre peinado a la gomina, con su piel aceitunada, con el brillo de los ojos más negros e inteligentes de la milonga, la idea platónica de un criollo. Alguno de sus abuelos habrá sido lanza de Ibarra, el caudillo santiagueño, alguna abuela habrá, seguramente, tejido ponchos a la sombra de un tala. Lo que sí me ha contado es que su padre volteó quebrachos en el monte santiagueño y que sus primeros recuerdos de la infancia están poblados de pobreza y penuria. Porque Copello además de bailar el tango sabe contar historias y encuentra tanto placer en un arte como en el otro.

-Íbamos en un carro, en el medio del monte -me ha contado- mi viejo y toda la familia. Seguramente mi viejo andaba buscando trabajo y se nos hizo la noche. De repente se larga una tormenta de truenos, rayos y agua como si el mundo se viniera abajo. Porque, así como me ves, yo soy “cabeza” –me aclara por décima vez en la noche, pretendiendo explicarme que su origen es el de un “cabecita negra”, un provinciano pobre, y convirtiendo, por obra de su ironía, este origen en una especie de orgullosa heráldica- y ahí, en el medio de la noche, mi viejo suelta al caballo del carro, echa el carro hacia atrás de modo que las varas apunten al cielo, y ahí abajo nos cobija a todos. Con sus manos armó unas improvisadas paredes a los costados para que la lluvia no nos mojase. Y así pasamos la noche. Mirá si soy cabeza.

Copello ha bailado y baila en los mejores teatros de Buenos Aires y del mundo. Alguna vez me contó cuando desde el roof garden de un hotel de cinco estrellas en Tokio contemplaba la ciudad iluminada a sus pies. Y, me dijo, se acordaba de Tintina, de su viejo y de aquella noche en el medio del monte bajo el aguacero. Pero quien quiera admirar el verdadero arte de Copello debe verlo en la milonga, porque si en el escenario despliega un increíble virtuosismo, una elegancia resplandeciente y una simpatía arrasadora, todo eso lo hace para seducir al monstruo de mil cabezas que es el público. En la milonga no. En la milonga baila tan sólo para seducir a la muchacha que lo acompaña, que ha decidido entregarse al irresistible encanto de su cadencioso y preciso caminar. En la milonga Copello se olvida que lo están mirando, limita los infinitos recursos de su arte a la estrechez de una pista llena de bailarines y encuentra en el laberinto móvil de las parejas bailando el ínfimo espacio para que su compañera, los ojos siempre cerrados, se vuelva maleable, obediente y aérea. Y ahí va Carlos Copello, pantalones de hilo con una raya marcada como si recién se los hubiera puesto, zapatos de gamuza negros y una camisa relucientemente blanca. Ahí va el “cabeza” con una muchacha en sus brazos desplegando el modo de bailar más sensual y seductor que ha visto la milonga en los últimos veinte años.

-En la época de Perón nos vinimos a Buenos Aires –me contó una noche Copello-, a una villa en Núñez, donde vivía un tío. Un día, mi tío viene a casa y le cuenta a mi viejo que Evita va ir al estadio de River, que quedaba cerca de casa. Y le dice que prepare una carta para entregársela a ella, pidiéndole lo que necesita. Me acuerdo de esa noche. Mi viejo, que debe haber escrito dos veces en su vida, sentado frente a una hoja de cuaderno y con un lápiz tratando de redactar el pedido. Al día siguiente van, mi viejo y mi tío, a la cancha de River. Cuando Evita se está retirando se acercan y mi tío le da un empujón a mi viejo que logra entregarle la carta a un tipo del cortejo. Los dos vuelven a casa, un poco desilusionados porque no habían logrado dársela en mano a la propia Evita. Quince o veinte días después unos tipos golpean las manos en la puerta de la casa. Eran de la Fundación y dejan un papel donde dice que la señora Eva Duarte de Perón lo espera tal día a las 9 de la mañana en la Fundación. No sabés… Mi viejo y mi vieja se pasaron toda la noche anterior a la reunión conversando sobre lo que le iban a decir. Y allá fue mi viejo que, vas a ver, era más cabeza que yo –insiste Copello con su autoironía-. Evita lo recibe y le pregunta qué es lo que quiere. “Un puesto en el Ferrocarril”, le dice mi viejo. “No creo que haya problema”, le dice Evita. “Y dónde le gustaría trabajar”, le pregunta nuevamente. ¿Y sabés lo que le respondió mi viejo?, mirá si será cabeza… En la estación de Tintina, le dijo. Y a la semana estábamos volviendo al pueblo, pero ahora como empleado ferroviario. Y a partir de ese momento la vida de mi familia cambió.

Copello no le cuenta estas cosas a todo el mundo. Lo suyo es, fundamentalmente, bailar el tango lo que lo ha convertido en una figura de fama mundial.

Pero, insisto, prefiero verlo en la milonga: su blanquísima y criolla sonrisa, sus guiños intencionados y su capacidad de convertir este baile, que nació entre hombres, en un rito nupcial sin ceremonia, en un llamado de amor al que responden algunas de las mujeres más hermosas de Buenos Aires.

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