lunes, 23 de abril de 2007


Carlos Gavito: el bailarín inmóvil

27 de diciembre de 2004

Carlos Gavito es delgado y alto. A sus sesenta años largos mantiene una envidiable elegancia. Siempre viste como lo que es, un caballero: ambo oscuro, camisa de gemelos y corbata al tono; zapatos, a veces de gamuza, a veces negros de cuero, lustrados siempre con meticulosidad. De piernas largas, cintura estrecha, luce una barba suave y recortada. Gavito –como lo llaman en las milongas de Buenos Aires y de Nueva York- tiene un rostro bello y armónico, una fina nariz, unos ojos negros y brillantes que miran con profundidad, unas cejas oscuras, ni muy pobladas, ni muy ralas, lo necesario para darle a los ojos el marco adecuado. Con esa cara podría haber sido galán de telenovelas o senador de la República. No ha sido ni lo uno ni lo otro. Carlos Gavito es un maravilloso, singular, bailarín de tango.

Su llegada a la milonga, a las dos de la mañana, es recibida con alegría y respeto por todos. El “maitre” sale a su encuentro para indicarle la mesa que tiene reservada. Algunas de las meseras lo saludan con un beso en la mejilla. Los milongueros experimentados le hacen un ademán desde sus mesas. Gavito se acerca a alguna de ellas y da un beso en la mejilla a alguno de sus amigos de años o a alguna muchacha, joven y bella, que espera bailar con él esa noche.

Una milonga a la que cae Gavito se convierte en una milonga debute, importante, con chapa. Porque Gavito, dicen, viene de la vieja bohemia milonguera. Salió de algún barrio, recorrió las pistas de las épocas en que el baile del tango perdía espacio en los grandes salones y se refugiaba en canchas de básquet, en milongas ignotas, en clubes cuyo único capital era un salón amplio. Pero Gavito siguió de largo. Se fue a Nueva York e impuso su modo de bailar en un salón que queda enfrente mismo de la Columbus Square, donde Donald Trump construyó su rascacielos.
Gavito se sienta a la mesa con algunos, no muchos, amigos, todos milongueros. Pide un champagne y charla con ellos y atiende, discreto y sin llamar la atención, a las muchas amigas que se acercan a darle un beso y a decirle, en voz baja, que están dispuestas a bailar con él.

Recién cuando la pista comienza a tener espacios en blanco, cuando los novatos se han retirado, cuando nadie baila a contramano ni hace pasos que molesten a las otras parejas, a eso de las tres y media de la mañana, Gavito sale a bailar.

Y en ese momento, la pista se convierte en otra cosa.

Ya no hay decenas de hombres que circulan con una mujer en sus brazos y sortean, algunos con elegancia, otros torpemente, las infinitas alternativas del baile. Sin que nadie vuelva a su mesa, la pista se llena sólo de Gavito y su pareja, siempre una bella muchacha que lo sigue embelesada, los ojos cerrados y entregada por completo a su encanto, a su baile, a ese hombre que la lleva, sin despegar del piso, a un cielo sin tiempo, sin presente ni pasado.

Gavito baila sin bailar. Gavito baila el tango, erguido en su elegancia, moviéndose apenas, impulsando con su torso y sus brazos a la compañera que, quizás sin saberlo, hace arabescos con sus pies, inventa nuevas figuras que salen del silencioso mandato de ese hombre que apenas se ha desplazado en la pista, que con sólo un medio giro de su torso, logra en la mujer una hermosa figura que realza sus piernas y su grupa. Gavito baila los silencios, reteniendo el movimiento y el abrazo, hasta el momento mismo en que se hace insoportable, casi procaz, para aflojarlo en un leve ocho hacia atrás de la muchacha que todavía ignora cómo lo ha hecho, porque su compañero casi no ha movido los pies del suelo.

El tango de Gavito es un tango sin adjetivos, es un tango sin adverbios. Sus pies y su cuerpo casi inmóviles transmiten al cuerpo y a los pies de la compañera una energía que viene de su interior, de las cuerdas que la música, por simpatía, tocan en su espíritu. No hay espectacularidad en Gavito, pero el tiempo se detiene cuando baila. Un halo de luz lo rodea y lo sigue en los escasos movimientos de su cuerpo, que mantiene una erguida elegancia, un refinadísimo sentido del ritmo y una admirable sensibilidad plástica. Gavito ha logrado resolver la paradoja y su tango, su maravilloso tango, es inmóvil como la voluntad creadora del Dios de los creyentes.

1 comentario:

  1. Carlos Gavito
    Creo que no conocí verderamente lo maravilloso del tango hasta que no lo vi bailar a él.
    Difícil es expresar el afecto y la devoción que genera solamente bailando. ¿Solamente?
    Podemos ver virtuosos de la gimnasia ahceiendo tango, pero, la dulzura, la precisión, el encanto y la armonía que expresa CArlos en cada tango, solo a él le pertenencen.
    Gracias querido, muchas gracias. EMI

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