domingo, 24 de junio de 2018

Mi hermano boreal


Ya lo he contado antes. Llegué a Estocolmo, en Suecia, como pan que no se vende. 30 años, dos hijas, diez años dedicados a la lucha política y un régimen militar que me deseaba muerto o lejos. Elegí lejos.
Pero no es sobre eso que quiero contar hoy. Quiero contar que aquí, en el medio del frío, de un invierno largo, interminable, oscuro y áspero, encontré un hombre de mi edad, que no conocía absolutamente nada de la Argentina, más que el hecho de que un gobierno criminal perseguía a los luchadores populares, que jamás había oído hablar de Perón o el 17 de octubre, que militaba desde muy joven en el partido que entonces dirigía Olof Palme y anhelaba, para su extraño país, más o menos lo mismo que yo anhelaba para el mío.
El fue mi amigo Leif, me hizo descubrir los encantos de una región que sería mía todo el tiempo que durara mi exilio y que terminó, gracias a él, siendo mía para siempre. Me enseñó a recoger hongos cantareller en el bosque y a navegar en el Báltico. Me hizo descubrir las antiguas tradiciones que levantaban un enorme símbolo fálico, cada año, el 21 de junio, y bailaban alrededor de él, danzas y canciones que tenían cientos de años. Me reveló la belleza de celebrar el día más largo del año bailando sobre un muelle en uno de los miles de lagos que rodean la ciudad, comiendo arenque y bebiendo brännvin.
Con él, con Isabel, la madre de mis hijas y alguna amiga de Leif recorrimos París, visitamos el Louvre, caminamos por los jardines de Luxemburgo y nos emborrachamos con Côtes du Rhone. Compartimos muchas cosas Leif y yo. Él lo sabe y yo también.
Leif sabía que venía a Estocolmo, pero no había podido informarle con precisión cuando. Hoy a la mañana, salimos con Francilene a caminar por aquí, por Jakobsberg, donde viví la mayor parte de aquellos siete años de exilio y donde, con Jorge Coscia, filmamos Mirta de Liniers a Estambul. Le mostré a Fran dónde vivíamos, donde vivían las amigos que hoy nos alojan, los amigos de los que hemos estado hablando todos estos días. 
Llegamos hasta el centro comercial del pueblo. Han cambiado muchas cosas o, mejor dicho, quedan muy pocas cosas iguales a las de aquellos años. Sólo la farmacia, el reloj -que me convenció de que no era necesario el reloj pulsera- y la confitería Sans Rival permanecen inmunes al paso del tiempo. Caminamos un poco sin dirección fija, mirando comercios, comparando precios y decidimos volver a casa. Recorremos en sentido inverso el camino que habíamos hecho y en el mismo lugar donde viví siete años, casi a la puerta de mi antiguo departamento, me encuentro con Leif, un Leif más delgado, más achacado por los años y un reumatismo que se le despertó muy temprano, que me mira con una semisonrisa, sin terminar de conocerme:
– Djävlar, in i helvete, det är den djäveln Leif Hansson, grito en sueco, juntando toda la mayor cantidad de malas palabras que sé decir en ese idioma. Corro a abrazar a mi amigo, a mi hermano al que no veo desde el verano de 1996.
Leif se sorprende y, sueco como es, me dice, simplemente:
– Men det är du, Julio!, y lentamente toma conciencia de que acabamos de encontrarnos, por casualidad, en la calle Sånvägen, donde fuimos jóvenes, donde fuimos como hermanos, donde discutimos, nos peleamos, intentamos arreglar el mundo, fuimos muy tristes, amamos a hermosas mujeres y vivimos hasta marearnos.
Francilene, muerta de risa, miraba la escena de estos dos ancianos abrazándose y besándose y hablando al mismo tiempo, cada vez más convencida de que convive con un loco.
Pasamos la tarde juntos, Leif y yo. Mi querido Leif no es el que era. Obviamente tampoco lo soy yo. Pero aún hay en los ojos de Leif el brillo de su alegría por el encuentro, el recuerdo de aquellos años de dolor y de alegría, de fracaso y de enseñanza.
Yo he vuelto a encontrarme con Leif, mi amigo, mi hermano boreal. El mismísimo mundo puede ahora irse a la mierda, y yo me iría con él, feliz y con los ojos húmedos de nostalgia y cariño.
Jakobsberg, 24 de junio de 2018.







sábado, 23 de junio de 2018

Europa en ómnibus: de inmigrantes y policías

Viajamos desde París a Estocolmo en ómnibus. Fue una interesante y muy cansadora experiencia. Treinta y seis horas en un ómnibus de asientos bastante incómodos, un recambio en la ciudad de Colonia con una hora de espera a las seis y media de la mañana fue, insisto, una cansadora experiencia.
El primer dato a consignar es que el ómnibus, la opción más barata de viajar en Europa, es, por ello, la opción preferida por inmigrantes de todas las regiones del mundo y muchos estudiantes en plan aventura. Esto implica algo que para mí era desconocido. No existen en Europa las terminales de ómnibus, con el criterio con que existen en Argentina, es decir, un edificio construído con tal objetivo, con negocios de comidas, kioskos de diarios, revistas, libros y golosinas, baños, cajeros automáticos, salas de espera amuebladas para ello, etc. No, en Europa no se consigue, como decía aquel viejo chiste de la televisión.
Por empezar, la llamada estación terminal de Bercy, en Paris, no es otra cosa que un infecto y mal ventilado subsuelo, con dos pequeños baños en condiciones que avergozarían a un baño público de Benarés en la India, sin negocios ni kioskos, ubicada en el costado más plebeyo y menos refinado de la ciudad, junto a unos descuidados jardines que rodean el nuevo edificio de la Cinemateca Nacional. Está ubicada y enfrente, del otro lado del río, de los tremendos y feos edificios de la nueva Biblioteca Nacional François Miterrand y unidas ambas márgenes por un puente peatonal de madera bautizado Simone de Beauvoir.
Ok, todo esto es pura información de guía turístico. Lo importante es que esa estación terminal estaba llena de hombres y mujeres asiáticos, africanos, de Medio Oriente, de India y, en nuestro caso, de América Latina. Sólo había unos pocos chicos y chicas franceses con sus mochilas y algunos norteamericanos blancos y rubios. Esa conformación étnica o antropológica sería una constante durante todo el viaje.
Pese a todo el viaje fue por demás interesante ya que atravesamos Bélgica, entramos en Bruselas, seguimos por Lieja, cruzamos la frontera alemana y entramos en Aachen (llamada Aquisgrán por los latinos), la ciudad predilecta de Carlomagno, y Kerpen, antes de llegar a Köln, o Colonia. Cruzamos el Rin.
El aeropuerto de Köln es muy grande ya que durante los años que existió la República Federal de Alemania, separada de la República Popular de Alemania, entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la caída del Muro, Bonn, una pequeña aldea vecina a Köln, fue la capital de la también llamada Alemania Occidental. Es más, el aeropuerto fue bautizado Konrad Adenauer, en homenaje al canciller demócrata cristiano, creador de la Alemania Occidental y la Europa de posguerra e hijo de la ciudad de Köln. Disculpen, sigo escribiendo como un vulgar guía turístico.
Ahí, en el aeropuerto de Köln, cambiamos de ómnibus. A las siete y media de la mañana del día siguiente a nuestra salida de París, iniciamos la última etapa del viaje hacia la ciudad que hizo morir de frío a Descartes. Dusseldorf, Dortmund, Hannover fueron las ciudades que atravesamos antes de que el cruce del Elba nos anunciara que entraríamos en Hamburgo, la capital de la Liga Hanseática.
En una de las ciudades donde el ómnibus paraba, posiblemente en Essen -estamos hablando de la legendaria cuenca del Ruhr, el corazón industrial histórico de Alemana y el núcleo central de su poderío económico-, subió una pareja de ancianos vestidos con típicas ropas campesinas turcas o, posiblemente, kurdas. Amplias babuchas, tocado tipo árabe en la cabeza, grandes mostachos completamente blancos, el hombre, y una pollera en una tela pesada verde oscuro y brilante, y un pañuelo negro cubriendo su cabeza, la mujer. No hablaban ningún otro idioma que el propio. La mujer conversaba a menudo por su celular con, supongo por el sonido y los gestos, alguna de sus hijas o hijos, mientras el hombre con la rigidez de un príncipe casi no emitía palabra alguna.
El viaje continuó durante horas. Cruzamos el Elba y llegamos a Hamburgo. Seguimos rumbo al norte. Atravesamos el túnel de cuatro kilómetros bajo el mar que une al continente con la isla Fehmarn, isla alemana perteneciente al estado de Schleswig-Holstein. Me recuerdo que la región pertenecía a Dinamarca, y era motivo de un secular conflicto entre la monarquía danesa y las distintas casas alemanas, hasta que la revolución de 1848 logró generar un gran sentimiento hacia la unificación alemana. Finalmente, el gran Canciller, Otto Bismarck, entró en guerra con Dinamarca y Alemania sumó definitivamente esta región. Justamente ahí, en un lugar llamado Puttgarden, entramos en un ferry para atravesar el brazo de mar, conocido como Fehmarnbelt, que separa al continente de la isla, o grupo de islas, donde está situada Copenhague.
El ferry es una especie de gran buquebus, con confiterías, free shop y cubiertas para admirar el mar Báltico. Es un viaje de unos cuarenta minutos y en el gigantesco transbordador entra un tren. Volvimos a nuestro ómnibus y rápidamente salimos del ferry. La distribución para la entrada y salida de los vehículos está prodigiosamente concebida y se produce en muy pocos minutos. Salimos unos cientos de metros de la zona portuaria y llegamos a un puesto de aduana y migraciones de la policía danesa. Subió al ómnibus una rubia de uniforme, un poco gordita, que comenzó a pedir, con cordialidad los pasaportes. Los miraba, se fijaba básicamente en la fecha de validez del mismo y los devolvía. Pero, al llegar a la anciana kurda, vuelve a mirar el pasaporte y le dice, en inglés:
– Su pasaporte está vencido.
La mujer comienza a hablar en voz bastante alta, en su propio idioma, que, por supuesto, la mujer policía no entiende. Se acerca una joven, con aspecto de venir de la misma zona que la anciana, y le traduce lo que le dice la policía.
La mujer sube la voz aún más. El rostro de la mujer policía pierde la cordialidad que tenía hasta ese momento y con tono firme y siempre en inglés le ordena:
– Va a tener que bajar. Come on!
La anciana habla aún más alto. La joven que se había acercado a traducir no sabe muy bien qué hacer. Otro muchacho, con aspecto mesooriental se acerca. Trata de hablar con la mujer en un idioma que, al parecer no es exactamente el mismo en el que ésta se expresa. De pronto, nadie más habla el idioma de la anciana, mientras que la mujer policía insiste en tono seco:
– Bajé del ómnibus y acompañeme. Este pasaporte está vencido.
El anciano no sabe qué hacer. Mira la escena con desconcierto e intenta farfullar algunas palabras con la mujer. Gritando la anciana kurda baja del ómnibus, mientras la mujer policía la acompaña. En ningún momento, hay que decirlo, la policía danesa tocó o intento forzar a la mujer. Se limitaba a decirle en inglés que debía bajar, que no podía seguir con un pasaporte vencido.
Por los retazos de conversación que podía entender, en danés y en inglés, el miedo de estos ancianos era que los devolvieran a su país de origen. Cuando se enteraron que solo los enviarían de vuelta a Alemania se calmaron. El hombre bajó a acompañar a su mujer, mientras ésta intentaba hablar por su celular con alguien, seguramente con quien la esperaba donde fuese o con quien la había acompañado hasta el ómnibus en Essen.
Toda la situación fue bastante desagradable. No es un espectáculo grato a los ojos y, sobre todo, a la conciencia, que la policía baje imperativamente de un ómnibus lleno de gente, en su mayoría, de paseo o turismo, a dos ancianos que con su extraña, para los ojos locales, indumentaria, dan la sincera impresión de no entender exactamente qué es lo que está pasando. Es cierto que un pasaporte vencido carece de toda validez y es imprescindible saberlo cuando uno debe atravesar fronteras que, además, se han puesto especialmente duras y destempladas. Pero lo que convertía a la escena en algo acongojante era la distancia cultural, histórica, antropológica, entre esos dos ancianos de vaya a saber qué región de Anatolia, del monte Tauro o del monte Ararat, donde se asentó el arca de Noé, después del diluvio, y el lugar, el contexto, los policías y los demás pasajeros del ómnibus. ¿Por qué esos ancianos habían ido a parar a ese lugar? ¿A quien iban a visitar? ¿Qué mundo era este que obligaba a dos campesinos kurdos a bajar de un ómnibus en un puesto migratorio en Rödby, en Dinamarca, en una tarde lluviosa y gris de verano?
Por fin, con una desagradable sensación en la boca del estómago, seguimos viaje. Cruzamos la campiña danesa, sus prolijas chacras y recordé a mis compañeros de escuela llamados Henderson, Christiansen, Pedersen, Petersen y Bang, descendientes de dinamarqueses asentados en Tandil desde fines del siglo XIX, muchos de ellos campesinos que se había hecho ricos en el viejo país agroexportador y formaban parte de la sociedad local.
Llegamos después de más de dos horas a Copenhague rumbo al estrecho de Öresund. Frente a Copenhague se encuentra Malmö, la ciudad más importante del sur de Suecia, que los lectores de Henning Manskell conocerán de sus novelas. Yo había cruzado en alguna oportunidad el Öresund a principios de los '80. Un ferry transportaba coches y trenes de un lado al otro. En el año 2000 se inauguró un increíble puente de casi ocho kilómetros de largo y veinticinco metros de ancho que cruza todo el estrecho. No tengo la suerte de ser ingeniero, como otros, pero les aseguro que este puente es descomunal y ha integrado política y económicamente a la península escandinava con el resto del continente europeo.
Y al salir del puente, ya en territorio sueco ocurrió el segundo e inquietante hecho, sin trascendencia pero que refleja el grado de tensión que la cuestión migratoria ha generado en esta parte del mundo. A unos cientos de metros de la cabeza del puente hay un puesto sueco de policía y aduana. Subió un par de policías que nos pidieron nuevamente los pasaportes y fotografiaron cada uno de ellos. Luego subió una mujer policía acompañada por un perro para una revisión canina de la cuestión drogas. Bajaron. Nos quedamos esperando que dieran la orden de seguir viaje. Pero nada de ello ocurría. Pasaban los minutos y no pasaba absolutamente nada. Nadie daba una explicación y los propios choferes del ómnibus esperaban resignados la orden. Pasaron aproximadamente 50 minutos hasta que por fin un policía autorizo la continuación del viaje. En el interín había chequeado cada uno de los pasaportes, cuyas fotografías estaban en sus teléfonos, para constatar que ninguno tuviera nada raro. Jamás, en los años que viví en este país, había visto algo semejante.
Y por fin seguimos viaje. Con una demora de veinte minutos, en un viaje de treinta y seis horas llegamos a Estocolmo donde Petra y Pernilla nos estaban esperando, contentas, risueñas y amorosas para darnos una hermosa bienvenida.
Después, fue nada más que celebraciones y fiesta. Con una Suecia cubierta de nubes y lluviosa recibimos brindando y bailando al bendito verano.
Jakobsberg, 23 de junio de 2018


lunes, 18 de junio de 2018

El inglés y la princesa nubia


De nuevo en Paris.
Después de una semana en el mundo campesino suizo, con sus vacas, sus pasturas naturales, sus quesos y su Unión de Bancos Suizos en la Place de Saint Francis en Lausanne, o sea la oficina de los usureros mundiales en la plaza bautizada en memoria del Poveretto -pobre Bergoglio, tiene una lucha más dura que la nuestra-, estamos en Paris.
Nuestro amigo parisino, David, un saxofonista que habla perfectamente portugués de Bahia y español de La Boca, nos ha llevado a una fiesta de cumpleaños en un boliche ubicado en un hermoso parque cuya entrada lleva el nombre de Avenue Jacques de Liniers.
Empezamos bien. El franchute realista que se enfrentó a los ingleses tiene un homenaje en Paris. No me lo había esperado. Pobre Santiago. Al final lo fusilamos por realista, pero su defensa de Buenos Aires le ha reservado un lugar en la historia de la Patria.
Pero esta disgresión histórica es secundaria. Llegamos David, Fran y yo al boliche al aire libre en una hermosa noche veraniega. Saludamos a Peggy, la cumpleañera y nos dedicamos a escanciar lo que la casa tenía para ofrecernos.
Imaginen un boliche en el medio de un bosque de Cariló, una barra al aire libre y dos más en el interior de una antigua construcción convertida en pista de baile, con un DJ africano y ciento de hombres y mujeres jóvenes hablando en muy diversos idiomas como si se tratara de una reunión de personal en las Naciones Unidas. Fran y David se sientan a la mesa de la cumpleañera y yo arrimo mis posaderas al borde de un cantero de ladrillos.
Y, como suele ocurrir los viernes a la noche en lugares así, comienzan a suceder cosas. Aunque estoy cercano a Francilene, no se hace evidente que estoy con ella. Pasa una rubia francesa, me mira fijamente y le devuelvo la mirada a sus ojos. Tensión, hasta que por fin sonríe. Sonríó.
David ha estado mirando la escena y comienza a aplaudir, mientras en portugués le comenta a Francilene lo que ha sucedido. Fran, muerta de risa, comienza a hacerme bromas y le informa a su amigo David que yo me creo la reencarnación de Vinicius de Moraes, razón por la cual me llama “o embaixador”.
(Mientras estoy escribiendo esto, Felisa Micheli me informa por Whatsapp: “Recesión más profunda e inflación en alza. Ambos ya incorporados en el acuerdo con el FMI”. Me acuerdo del Titanic.)
De pronto veo, a unos pasos, una silla vacía. Me acerco para llevarla a nuestra mesa. La tomo y aparece una princesa nubia: alta, con una melena que le cae en finas trenzas terminadas en bolitas de acero, todo alrededor de la cabeza y el corto flequillo de la frente, rasgos finos, vestida de negro con un gran escote, elegante como una modelo del Vogue. Me habla en francés, mirandome a los ojos y me explica que esa silla la quería para sentarse frente a su amigo. Miro al amigo. Un joven inglés, muy elegante y a la última moda, con pantalones chupines y un saco corto y ajustado, quien, también muy gentilmente me explica en su idioma que pensaba sentarse con su amiga y si no tenía problemas en dejarle la silla.
  • Por favor, digo ya no sé en que idioma, posiblemente en rosarigasino. No podría hacer otra cosa. Je suis un chevalier, creo haber dicho o pensado.
El joven ingles sigue pidiendo disculpas y me pregunta:
  • Are you angry?
  • Angry for this?, respondo. Angry estoy por las Islas Malvinas, por el General Belgrano. Por esto no estoy angry, estoy envidioso, pero puedo controlarlo.
Le digo, mientras vuelvo a mirar a la princesa nubia que ha arrimado la bendita silla a la del inglés colonialista.
Vuelvo, sin silla, pero con una sonrisa de satisfacción adonde están Fran y David, riéndose como cosacos ebrios.
  • Le salvé la noche al inglés, les digo como resumen de mi aventura.
París, 16 – 18 de junio de 2018.

lunes, 11 de junio de 2018

Lenin, Suiza, un “chalet” en la montaña y un vino del Rin





Después del congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, del año 1903, llevado a cabo en una iglesia de Londres -y en el cual se crearon las dos grandes fracciones conocidas por la historia como bolcheviques y mencheviques-, el abogado ruso Vladimir Ulianov, conocido por sus seguidores como Lenin, un “nom de guerre” derivado del río Lena que atraviesa San Petersburgo, encaminó sus pasos, en compañía de Esperanza, su mujer, a Suiza. Las arduas y enojosas discusiones del congreso, cuya preparación había llevado más de un año, lo habían agotado y decidió tomarse un descanso en Suiza, en la región cercana a Ginebra.
Recordaba esto cuando en la tarde de hoy nuestro generoso amigo Bruno, un geógrafo con una larga experiencia de trabajo social en América Latina, nos llevó a conocer su “chalet” en lo alto de una de las montañas que rodean el hermoso valle de Charmey.
Comenzamos a ascender en su auto mientras nos alejábamos algo de la aldea de Charmey. La conversación giró alrededor de la “edad de oro del queso”, cuando la región de Gruyere se convirtió en la principal exportadora de quesos del mundo. Era el siglo XVII y los campesinos de las laderas de los Alpes franco-suizos, con sus vacas friburguesas, fueron descubiertos por las cortes de toda Europa por el sabor y la calidad de sus quesos. La región había encontrado una “comodity” que enriqueció a esos campesinos y a sus afamadas queserías. Los pastos de las laderas alpinas daban a sus productos un sabor irremplazable. De todo eso veníamos conversando cómodamente instalados en su auto, cuando nos avisó que aquí terminaba el camino y que a partir de ese momento deberíamos seguir caminando, dando la vuelta de todo un cerro, hasta llegar a su chalet.
Era como si estuviéramos en medio de la filmación de Heidi o de La Novicia Rebelde, pero sin actores ni equipo de filmación. Altos pastizales, florcitas silvestres, onduladas laderas de verdes cerros que tendríamos que subir a pie, chapoteando un poco sobre un suelo que rezumaba agua, ya que me olvidé de mencionar que aquí, en verano, llueve casi todos los días. Ok, pensé, si Lenin lo había hecho, ¿por qué no intentarlo? Al fin y al cabo no era de las cosas más difíciles que Lenin había hecho.
Y allá no dirigimos. Subimos y subimos durante unos quince minutos, hasta llegar a un bosque de coníferas, umbrío y húmedo. Los rayos del sol se filtraban por entre las altas copas de los árboles y el estrecho sendero a veces casi desaparecía al borde de una profunda quebrada boscosa. Por un momento, recordé nuestras infantiles aventuras en el Parque Independencia de Tandil. Ese bosque alpino tenía un cierto olor a aquellas módicas ascenciones, pero como con una producción multimillonaria, pensaba, mientras intentaba con dificultad recuperar el aliento.

Por fin salimos del bosque y desde allí pudimos ver, a unos cien metros, el “chalet”. Una construcción en piedra y madera, con techo a dos aguas, construido con pequeñas piezas de madera que, a modo de escamas, permiten que se escurran las frecuentes lluvias, había sido anteriormente establo de vacas. En esta región, la Gruyere, el centro mundial del queso, se practica aún el secular sistema de pastura, por la cual, durante el invierno los animales viven en establos alimentados a forraje, hecho con las pasturas del lugar, y en verano el rebaño de vacas emigra hacia la altura - “l'alpage” se llama la operación- a comer los pastos frescos, mientras los pastos de abajo son cortados y guardados para ser usados en el invierno. Todo ese sistema se denomina la “poya”, igual que el cuadro que adorna cada frente de un chalet de la región, ilustrando el ascenso de las vacas hacia la altura. Cosas que me contó mi amigo Bruno, que también es un defensor de todas estas costumbres tradicionales.
El campesino, hace unos años, decidió desprenderse de ese establo y, previa desafectación como propiedad agraria, se lo vendió a mi amigo. Lo de la desafectación también vale la pena de contar. En esta región de Gruyere, en el Cantón de Friburgo, la propiedad inmobiliaria agraria no puede cambiar de finalidad. Es decir, no se pueden vender casas y tierras dedicadas a la agricultura y a la ganadería lechera para hacer casas de fin de semana o, ni siquiera, para residencia. Además de evitar la especulación sobre la tierra, la legislación tiene como finalidad mantener la producción agraria, evitar tanto el abandono de las actividades campesinas tradicionales, como la sobreexplotación turística. Es decir, todo bien con el paisaje, pero, como solía decir Spilimbergo, primero los dientes, después los parientes.
Por lo tanto, si alguien quiere vender algún pedazo de su propiedad, debe justificar que no le resulta economicamente útil su conservación y, luego, desafectarla como propiedad agraria, para poder ser utilizada simplemente como residencia, sin finalidad económica.
Llegamos por fin al “chalet”, el paraíso que Bruno se ha prometido cuando se jubile. Sus paredes de roca tienen unos cuarenta centímetros de espesor, recibe electricidad de una placa solar y es muy amplio, con una cocina económica a leña, otra estufa también a leña y amplios espacios que aún no ha logrado terminar de arreglar, pero que convertirán al “chalet” en una magnífica vivienda de unos doscientos metros cubiertos y con una vista sobre todo el valle de Charmey que corta el aliento.
Por primera vez en mi vida tuve el placer de cocinar en una cocina a leña. Un risotto con hongos fue el menú que habíamos previamente elegido, que acompañamos con un vino rosado del Rin que Bruno guardaba en la sombra y el fresco de la casa.
Bien, hasta aquí, la historia que comenzó con un recuerdo de Lenin paseando con Nadezhda por las cercanías de Ginebra y terminó escanciando un espumante fresco y burbujeante a más de mil metros de altura, mientras la lluvia cubría toda la región.
Como ven, Suiza no es tan solo el lugar de las cuentas secretas. Es también el lugar de mis cuentos públicos.
Charmey, 11 de junio de 2018

martes, 8 de mayo de 2018

Umbuzeiro de Lula





El actor y escritor brasileño-polaco Ulisses Iarochinski, de Curitiba, tradujo e interpretó mi poema El Ombú de Lula.

Muchas gracias Ulisses por este vídeo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Soneto al estido de La Rosa de Quevedo dedicado a un presidente en apuros



Ayer ganaste y perderás mañana.
En tan breve tiempo ¿ya habrás huido?
¿Para gobernar tan poco estás perdido
y para hacerlo tan mal estás lozano?
Si te engañó su inteligencia en vano,
bien presto lo has visto deslucido,
porque en tu impericia está escondido
posible y pálido final temprano.
Cuando te arranque la robusta mano
de un torrente harto y exprimido
grosero aliento acabará tu suerte.
Mejor vete, sigue con tu desgano,
dilata tu descanso repetido
que anticipa tu ser para tu muerte.
Buenos, Aires, 7 de mayo de 2018.