lunes, 6 de febrero de 2017

El Placard

Llegamos al aeropuerto de Arlanda, Estocolmo, más o menos a las 14.30 horas. Éramos un grupo de seis personas. Jorge Coscia, Guillermo Saura, Emilia Mazer, Norberto Díaz y Diego Bonacina, el director de fotografía. Era el mes de marzo de 1985. Habíamos viajado para filmar las escenas de Mirta, de Liniers a Estambul que transcurrían, justamente, en la capital sueca.
Al salir al lobby del aeropuerto encontramos un señor muy atildado que se dirigió a nosotros y dijo estar ahí para llevarnos a nuestro alojamiento, por orden de la embajada argentina en el Reino de Suecia. Dos Volvos de modelo reciente nos esperaban fuera del aeropuerto.

Era el final del invierno. Todavía había nieve sobre los campos y el aire era frío y cortante como pequeños alfileres de acero. Subimos a los autos y nos encaminamos hacia la ciudad. El viaje me trajo a la memoria otros viajes en años anteriores. La E4 nos llevaba directamente a Estocolmo pasando por delante de las distintas ciudades-dormitorios: Odenslunda, Rotebro, Sollentuna, Kista, hasta llegar a Solna y el parque de Haga. Me embargaban un profundo orgullo y una dulce satisfacción. 10 años antes había llegado a ese mismo aeropuerto con mi mujer y mis dos hijas, con una mano atrás y otra adelante. Corrido de mi país, con dos hijas de 5 y 3 años, sin un plazo cierto para el regreso, Suecia me acogió como refugiado político y pude rehacer mi vida, educar a mis hijas, estudiar en la universidad, viajar y leer. En esos años aprendí la ardua lengua de Strindberg, hice grandes amigos y amigas a quienes les contaba sobre Argentina y América Latina y cuyo corazón fraterno y solidario hizo más dulce el invierno sueco, largo, frío y oscuro. Volvía a Estocolmo, ya no como un expulsado de su patria, sin mucho para hacer, sino en autos de la embajada de mi país, para filmar, acompañado de directores y artistas, una película sobre aquellos años. Mis amigos suecos, uruguayos y chilenos que habían creído en mí, podrían ver ahora que mucho, sino todo, de lo que les contaba era cierto.
Llegamos a una linda pensión que nos había conseguido la embajada en el coqueto barrio de Östermalmstorg, el más elegante de la ciudad. Ocupaba todo un piso de un elegante edificio de amplias habitaciones, sobre la Strandvägen, con vista hacia el Mälaren, el bello lago que hizo a los antiguos llamar a Estocolmo la Venecia del Norte. Su dueña era una anciana, elegante y distinguida, simpática y acogedora. Ni bien estuve cerca de un teléfono llamé a mi amigo Leif Hansson, quien ya sabía de mi llegada pero no de mi paradero. Me dijo que salía para allá de inmediato. Mientras tanto comenzamos a instalarnos, a desempacar y a ordenar lo que sería nuestra residencia durante, por lo menos, quince días.

Al rato llegó Leif, a quien yo quería presentar a mis acompañantes, dado que lo consideraba, y lo sigo considerando, uno de mis mejores amigos, no solo de Suecia, sino del mundo. En la mano traía una botella de un litro de Grant's. Rápidamente aparecieron vasos e hielo y se formó una rueda de charla en español y en sueco, al que yo debía traducir para los argentinos. Emilia Mazer tenía entonces 18 años y había debido pedir autorización a su padre ante escribano público para poder viajar a Estocolmo. Rodeada de hombres jóvenes, pero mayores que ella, la pobre Emilia había quedado afuera de esta ingesta, conformándose con alguna gaseosa.
Al poco rato, vuelve a sonar la puerta y esta vez la visita es la del embajador Hugo Urtubey, representante del gobierno argentino en Suecia, ratificado por el gobierno de Alfonsín. El embajador Urtubey ya lo era durante la Guerra de Malvinas, oportunidad en que lo conocí personalmente, puesto que, ni bien iniciada la guerra, un grupo de argentinos nos dirigimos a la embajada a manifestar nuestra voluntad de colaborar con lo que fuese necesario y ofreciendo los contactos políticos y de prensa que habíamos logrado en nuestros años de exilio para explicar las razones, el carácter y la legitimidad de nuestra recuperación de las Islas Malvinas. Si bien Urtubey no sabía muy bien qué hacer con nosotros, utilizamos la embajada para redactar declaraciones, imprimirlas, usar los teléfonos y, en general, aprovechar su estructura burocrática. Pero aquellas jornadas habían creado un clima de acercamiento personal con una embajada que hasta ese momento había significado tan solo la representación de la dictadura cívico-militar que nos había arrojado al exilio. Diplomático de carrera, santiagueño y de simpatías radicales, Alfonsín lo ratificó en el cargo y ahí estaba en la puerta de nuestro alojamiento. Vestido de smoking, traía en una mano un paquete de bombones para Emilia y una botella de whisky para el resto de la delegación.
Justificó su extemporáneo atuendo contando que de ahí se iba para una recepción en la embajada de los EE.UU. Era un hombre simpático y campechano, como suelen ser los embajadores, homenajeó a Emilia Mazer, saludó a Jorge Coscia y a Guillermo Saura, directores del filme, y a Diego Bonacina. Diego había sido un militante del partido Comunista argentino, que tuvo en Chile, bajo el gobierno de Allende, un importante papel en la puesta en marcha de una estructura cinematográfica del estado. Había estado detenido en el Estadio Nacional y tenía el aspecto y la actitud reacia a todo tipo de formalismo protocolar que suelen caracterizar a los hombres y mujeres técnicos de cine. Un gran desgarbo en el vestir, pantalones amplios y muy por abajo de la cintura -que facilitan la célebre posición del plomero, que al agacharse deja a la vista del público el nacimiento de la raya del trasero- remeras y camisas flotantes y algún viejo gorro eran, más o menos, su atuendo predilecto y habitual. Su participación en la película y su viaje a Europa constituían, para Diego, un poco su vuelta al mundo de la cinematografía y a la vida normal. Todo esto tan solo para poder entender lo infinitamente ridículo que a Diego le resultaba el smoking de Urtubey y su leve amaneramiento palaciego.
Urtubey se sumó a la ronda y a la ingesta de whisky. La botella de Grant's falleció al poco tiempo y ocupó su lugar la que nos había obsequiado el embajador. No recuerdo si era Ballantines o Red Label. Se ha dicho que tomar una copa de whisky te hace otro hombre y que ese hombre te pide una copa de whisky y así... Si a ello se le suma la euforia de un largo viaje, el sentimiento de estar filmando un largometraje en un lugar tan lejano, la alegría haber logrado llegar adonde queríamos, todo ello derivó en una torrentosa conversación y una eufórica ebriedad en todos nosotros, a excepción de Emilia, cuyas endorfinas se movilizaban con el chocolate de los bombones.
Al cabo de una hora, la reunión estaba de lo más animada. Alguno proponía a Urtubey llamarlo Tío Hugo, mientras éste nos decía que determináramos en qué restaurante queríamos comer porque él nos invitaba, además de recordarnos que al día siguiente teníamos una recepción en la embajada organizada exclusivamente en nuestro homenaje, a donde concurrirían actores, actrices y escritores suecos.
A la elección de restaurante respondí de inmediato. Yo siempre había querido conocer el restaurante Den Gyllene Freden (La Paz Dorada), un exquisito sótano en la Gamla Stan, la ciudad Vieja, donde todos los jueves cenaban los miembros de la Academia Sueca de Letras, los mismos que entregan el Premio Nobel de Literatura. Pero eso es otra historia.
En resumen, todos estábamos en ese estado de ebriedad controlada, donde uno se siente feliz, poderoso, inteligente y brillante. De pronto, el embajador Urtubey miró su reloj, bajo el blanco y almidonado puño de su camisa, se puso de pie y nos anunció que debía irse, que el trabajo lo esperaba en una recepción diplomática.
Me levanté yo también para saludarlo y acompañarlo.
Urtubey dio media vuelta y se dirigió resueltamente, con paso firme hacia una puerta que tenía ante sí. Dio los cuatro o cinco pasos que había hasta la puerta, bajo mi mirada desconcertada. Sin hesitar la abrió mientras nos saludaba y se zambulló en un placard lleno de sobretodos, camperas, bufandas y abrigos propios del invierno sueco. Desapareció en su interior, mientras la puerta, por inercia volvía lentamente a cerrarse.
Corrí a abrirla y le tendí mi mano al embajador para ayudarlo a incorporarse y salir del revuelto de abrigos en que estaba confundido.
Se puso de pie. Se alisó las solapas brillantes del smoking. Volvió a saludar mientras le indicaba cuál era la verdadera puerta de salida. 

Se fue, derechito, hacia el ascensor. Desde allí, volvió a saludarme agitando su mano.

Buenos Aires, 6 de febrero de 2017

domingo, 4 de septiembre de 2016

El comienzo de una memoria

 El recuerdo más antiguo que aparece en mi memoria es una casa de altos, en un primer piso, con una escalera que tenía en la parte superior una pequeña puerta o tranquera. Tenía prohibido por mis padres salir de mi cuarto si esa tranquera no estaba cerrada. Me recuerdo gritando desde mi cama a voz en cuello que cerraran la escalera porque quería ir al baño.
Yo tendría poco más de dos años, porque también recuerdo que por esa época nació mi hermano, 26 meses menor que yo.
Era Tandil, en el año 1949. Mis padres alquilaban ese departamento a don Manuel Villar, un vasco grande y ya anciano, en mi recuerdo, casado con doña Eduvigis. Siempre se la nombró así. Habían sido gente de campo, vinculados a la producción láctea de la región y tenían una amplia casa en la calle Alem, entre Garibaldi y Las Heras, pasando la avenida España. El amplio comedor estaba dominado por un cuadro del pintor vasco Manuel Flores Kaperotxipi: una típica pareja vascuence, muy parecida a los dueños de casa, con un paisaje donostiarra de fondo. Arriba de su propia casa, que disponía de un amplio parque, habían construido un departamento con una amplia cocina, dos o tres dormitorios, que habían alquilado a mi padre cuando llegó a Tandil.
En el año 1946 mi padre tenía exactamente 30 años. Había nacido el 16 junio de 1916 -muchos años después me enteré que era la misma fecha en que transcurre la aventura de Leopoldo Bloom en Dublin, en el Ulises de James Joyce- en la localidad de Copetonas, cerca de Tres Arroyos, en la provincia de Buenos Aires. Nunca me quedó muy claro por qué. Pero la explicación que recuerdo tenía que ver con que iban rumbo a Santa Rosa, la capital del Territorio Nacional de La Pampa, donde los de la Mata se habían establecido en la primera década del siglo y, al parecer, habían prosperado.
Doña Adela y los de la Mata
Su madre, mi abuela, Adela de la Mata, venía, como todos los de la Mata, de la provincia española de León, de una aldea cuyo nombre se me ha extraviado, pero que tenía una característica. Estaba dividida en la de Arriba y la de Abajo. Posiblemente fuera Caboalles, al norte de la provincia, cerca de la frontera con Asturias. Entre las dos, Caboalles de Arriba y Caboalles de Abajo, no llegan hoy a los 5.000 habitantes. Cualquiera fuese la aldea, ella provenía con orgullo de la de Arriba, puesto que siempre hablaba con un dejo de desprecio sobre los “de abajo”.
Se casó con un hombre oriundo “de abajo” de apellido Escudero. Esto tiene que haber ocurrido posiblemente en los últimos años del siglo XIX. Con este hombre “de abajo” tuvo a mi tío Raúl, quien de niño me llamaba la atención ya que era hermano de mi padre pero tenía otro apellido.
Mi abuela era anciana cuando la conocí. Tendría ya unos setenta años. Viajó a Tandil, desde Santa Rosa, para conocernos a mi y a mi hermano. Era una mujer enjuta, seca, de pequeña estatura, siempre vestida de negro. Los recuerdos más nítidos que tengo de ese viaje son una visita al estudio de fotografías Rembrandt de Tandil, donde mi hermano y yo nos sacamos una foto con ella, que aún conservo, y un susto que aún hoy me aparece en las pesadillas. Una noche me llevaron a su pieza para que la saludara antes de acostarme y en un vaso lleno de agua vi una espantosa dentadura postiza abierta como una trampa amenazante. Verla y ponerme a llorar fue todo uno. Aún hoy las dentaduras moldeadas que suelen adornar el consultorio de los dentistas me traen el recuerdo de ese miedo infantil.
Doña Adela, como la solía llamar mi mamá, era de un carácter diabólico. Era testaruda, fría y mandona, según los fragmentarios recuerdos de conversaciones familiares. Mi padre no sentía un afecto especialmente amoroso hacia ella. En sus sentimientos se mezclaban el obvio amor filial y un oscuro miedo, un amargo recuerdo de sus despóticas actitudes, un vago maltrato a su padre, el carpintero Fernández, y un deseo de mostrarle que había progresado en la vida.
Después del nacimiento de Raúl, murió el primer marido, Escudero. La familia de la Mata había iniciado desde unos años antes, posiblemente en el cambio de siglo, la inmigración a América. Eran muchos hermanos, tantos que casi no podría enumerarlos.
El mayor de ellos, Jesús, se había ido a Cuba, posiblemente antes de la independencia de la isla. El tío Jesús era todo un personaje en Santa Rosa. Después de su estancia en Cuba, viajó a reencontrarse con su familia. Trajo consigo una hermosa y rotunda cubana de tez broncínea, a la que no conocí, porque, al parecer, no se adaptó ni a la seca geografía pampeana ni, posiblemente, a la maledicencia de la familia de su hombre. El tío Jesús era, en los cuentos familiares, la paráfrasis del conversador, del contador de anécdotas, del seductor de palabra fácil e hiperbólica. Ante cualquier historia que de niño le contara a mis padres, si el relato se extendía en palabras y gestos, recibía a modo de correctivo:
- Ah, calláte, ¡parecés el tío Jesús!
Lo recuerdo, en los pocos viajes veraniegos que hicimos a Santa Rosa, como un anciano calvo, parecido a mi abuela, pero vestido con un impecable palm beach, tocado con lo que se llamaba un “rancho de paja” o canotier -un sombrero pajizo, de copa y ala rígidas y redondas, con una ancha cinta negra- y un delgado bastón de caña malaca. Parecía, después lo supe, un cubano, de la época de Machado, paseando por el malecón de La Habana a las seis de la tarde. Era un soltero empedernido, alegre y vivaz. Nunca supe de qué vivía. En secreto se contaba que había quedado alguna familia en Cuba. Falleció pasados los 90 años, elegante y dicharachero. Todos los de la Mata fueron longevos y sanos. Siempre fantasée sobre que ese componente del adn familiar me hubiera llegado intacto.
Los otros hermanos habían emigrado a la Argentina y, por razones que desconozco, se fueron asentando en el villorrio que, en 1900, era Santa Rosa de Toay: un pueblo azotado por el viento pampeano, cubierto de polvo, con largas sequías, en cuyas calles de tierra rodaban los cardos rusos que venían de un campo extenso y todavía salvaje.
Santa Rosa de Toay
El general Remigio Gil era un tucumano que había participado en las últimas contiendas civiles al mando de su paisano Julio Argentino Roca. Había nacido en 1849 y era veterano de Pavón. Su participación en la Campaña del Desierto le permitió convertirse en propietario de unas veinte mi hectáreas de campo en el territorio recientemente incorporado al estado nacional.
En 1882, el devenido latifundista Remigio Gil se casó con Malvina Magdalena Mason, una muchacha porteña de veinte años, hija de Tomás Mason, descendiente de irlandeses, y Rosa Agustina Funston, de origen inglés, ambos bautizados en la religión anglicana.
Después de recibir su educación en un colegio londinense, Tomás -nacido en 1842- creó, con otros parientes irlandeses, una línea de paquebotes a lo largo del Paraná y el Paraguay, lo que le permitió abastecer a las tropas argentinas durante la horrible Guerra de la Triple Alianza. Terminada la contienda, Mason era ya un instalado comerciante porteño, dedicado a los negocios inmobiliarios y a la bolsa que, desde 1854, era el nuevo negocio de la ciudad puerto. El general Gil encontró en Tomás Mason -sólo siete años mayor-, no solo un suegro, sino un apellido que vinculaba su origen provinciano con la burguesía comercial porteña -a la que habían derrotado política y militarmente en 1880- y consideró que Tomás Mason sería el mejor administrador de sus tierras.
Mason se trasladó a La Pampa y levantó la estancia La Malvina, en honor a su hija, la esposa del dueño de esas inconmensurables extensiones. La Malvina se convirtió, entonces, en el centro operativo de aquellas propiedades y Tomás Mason en su señor, lo que implicaba, como era costumbre en la época, ser jefe militar del Regimiento IV de Caballería de las Guardias Nacionales, jefe de policía y juez de paz. En esos años nació una curiosa competencia entre los distintos jefes militares del nuevo ejército nacional: fundar pueblos para asentar la capital de la nueva provincia a crearse. Así aparecieron los pueblos de General Acha, General Pico y Toay. Tomás Mason no quedó al margen del desafío. Se propuso crear una ciudad, en la tranquera misma de la estancia, a la que desde el principio pensó como la capital del territorio.
Mason era la ley y el orden en aquellos confines. Se cuenta en las crónicas fundacionales que en esos días apareció por la estancia un sulky conducido por un joven de 26 años, oriundo de una pequeña aldea de Aquitania, en el departamento de los Pirineos Atlánticos, Prechacq Josbaig. Su nombre era León Safontas y era uno de los miles de vascos franceses que habían comenzado a llegar a mediados del siglo XIX y habían prosperado en las actividades agrícolo-ganaderas en la provincia de Buenos Aires. Las leyendas locales han intentado cristalizar ese momento.
El vasquito venía, dicen, con sus ropas, un libro de gramática española, uno de matemáticas y un tercero de contabilidad. Con ellos, una Biblia en francés completaba su biblioteca. Hablar y escribir lo mejor posible el idioma local, llevar sus cuentas y orarle a su Dios eran las tareas que se proponía en el nuevo y áspero país. Don Tomás lo invitó -o lo conminó- a que instalase su rancho en donde él había pensado instalar el nuevo pueblo. Al parecer, León no tuvo -o no pudo- presentar muchas objeciones y se convirtió en el primer habitante del pueblo.
En 1892, don Tomás Mason fundó formalmente, con una modesta ceremonia, que incluyó bombas de estruendo, asado, vino y profusión de colores patrios, el pueblo de Santa Rosa de Toay. Al año siguiente, la villa contaba con ochocientos habitantes, casi todos oriundos de otras provincias o, incluso, de otros países.
Uno de esos europeos, el brandemburgués Bernardo Graff, se instaló en un lote en la localidad de General Acha para ejercer su profesión de carpintero. Allí se casó con una muchacha oriunda de Pergamino, en la provincia de Buenos Aires, Alejandra Chavero. Pergamino tuvo, en aquellos años, otro hijo con el mismo apellido, Héctor Chavero, conocido internacionalmente como Atahualpa Yupanqui. Es muy posible que el alemán se casase con alguna tía de nuestro gran trovador. La llegada del siglo XX le trajo al alemán Bernardo Graff una nueva profesión, gracias a la cual entró en esta historia. Se hizo fotógrafo y en esa condición retrató la protohistoria de aquel pueblito, tan lejano y distinto a la aldea de Spremberg, donde había nacido.



El Día de Reyes de 1895, Bernardo Graff sacó una foto en la chacrita de Safontás. Se trata de un grupo de unas 25 personas. A la derecha y comenzando con el dueño de casa se puede ver a todos los vecinos de origen europeo, mirando afirmativamente a la cámara de don Bernardo. Son veinte hombres, mujeres y niños, vestidos con sus mejores galas. Dos de los niños tienen esas grandes ruedas que se pueden ver en uno de los cuadros de Brueghel y que eran desde hacía siglos uno de los más típicos juegos infantiles. A la derecha están los criollos. Están identificados como El Indio Pancho (Francisco) y su familia. Ninguno de ellos mira a la cámara. El Indio Pancho mira al suelo, vestido con chiripá y botas de potro. Su familia,mujeres y niños, mira fijamente a los europeos. Todos ellos están de perfil en la foto. La instantánea pone en evidencia ante la historia la naturaleza de las relaciones sociales entre aquellos vascos y la población nativa. Casi todos los integrantes del grupo fueron identificados por un hijo de Graff radicado en Europa. Allí figuran sus nombres y apellidos. Está identificada, incluso, quien fue la primera maestra de aquellos niños. Sin embargo, ni un apellido ha quedado del Indio Pancho y su familia para la posteridad.
Pero no fue la actual y progresista capital de la provincia de La Pampa lo único que dejó don Tomás Mason a las futuras generaciones. Su bisnieto sería uno de los más terribles verdugos de la oligarquía reinstalada en el poder en 1976: el carnicero del Olimpo, Carlos Guillermo Suárez Mason.
Menos de diez años después de esa foto, los leoneses de la Mata ya se habían radicado en Santa Rosa, ese pueblo perdido en un inmenso medanal recientemente integrado a una Argentina que se aprestaba a celebrar su primer centenario.
Santa Rosa recibió un fuerte impulso al cambiar el siglo, cuando, en 1903, Julio Argentino Roca, en su segundo mandato, la designó capital del territorio y residencia del gobernador nombrado por el presidente de la República. Atrás quedaron las pretensiones de los pueblos de Toay y de General Acha, y del gobernador General Eduardo Pico, de ser la capital administrativa. Incluso cuentan las memorias locales que la decisión del Poder Ejecutivo Nacional se basó en un pequeño fraude de Tomás Mason. Descartado el pueblo de General Acha, los preferidos eran Toay y Santa Rosa de Toay -muy cercanas entre sí-. Alguien fijó que la decisión debía recaer en aquella que tuviera mejor agua, para lo que se enviaron a Buenos Aires sendas pruebas de ambos lugares. Como era vox populi que el agua de Toay era de mejor calidad que la de Santa Rosa, las memorias cuentan que don Tomás cambió la etiqueta de las muestras y logró que el presidente de la República asignase calidad de capital a Santa Rosa, sobre la base del agua extraida en Toay.
La decisión significó el alejamiento del general Eduardo Pico -un típico militar roquista, al igual que Remigio Gil, con la misma carrera militar que su jefe y con sus mismas virtudes y defectos- de La Pampa. Unos años después, se produjo un alzamiento de las fuerzas vivas de la localidad de General Acha en reivindicación de sus derechos como capital pampeana. Obviamente el alzamiento terminó con algunos destacados vecinos presos y conducidos, para su humillación, a Santa Rosa y, posteriormente, amnistiados.
En los años '50 la población de Santa Rosa estaba formada por comerciantes, algunos pequeños terratenientes, fundamentalmente ganaderos -los grandes vivían en Buenos Aires-, agentes inmobiliarios, algunos intermediarios en el comercio del ganado, comerciantes, empleados públicos -docentes, guardiacárceles, administrativos, policías-, la multitud de pequeños talleres ligados a la explotación agraria y el criollaje de las orillas, en el barrio de La Laguna, cuyas mujeres trabajaban en el servicio doméstico y sus hombres alternaban en trabajos rurales y changas urbanas.
Los de la Mata habían prosperado en el lejano territorio nacional. Uno de ellos puso una panadería. Otros se dedicaron a diversas actividades inmobiliarias y, posiblemente, alguno de ellos fuese prestamista, lo que hasta la aparición del capitalismo financiero a fines del siglo XX, era una actividad de bajo prestigio social.
Adela, la hermana viuda que había quedado en la aldea leonesa, inició también el camino a América. Venía con su nuevo marido, también “de abajo”, un carpintero de apellido Fernández, de quien mi padre tenía los mejores recuerdos y de quien había heredado el gusto por el trabajo con la madera.
El carpintero y Adela tuvieron doce hijos, en dos oportunidades mellizos. Todos ellos crecieron en una vieja casona sobre la calle Raúl B. Díaz, del otro lado de la estación. El tío Raúl era el hijo mayor. Vivió siempre en la casa de al lado de mi abuela. Era un hombre corpulento, simple, de modos campesinos. Había sido comisario y cuando lo conocí ya estaba retirado. Hablaba con voz muy alta y le gustaba la huerta y el trabajo en la casa. Sufría de un leve síndrome de Diógenes. Guardaba en su galponcito todo tipo de cosas que encontraba, que se rompían, que sobraban, desde motores de camión hasta trozos de alambre de diez centímetros de largo, con el argumento de que podrían servir, lo que en mi padre producía una gran irritación. Raúl se había casado con Hilda Carrizo, una criolla de origen santiagueño, grande y maciza, maestra en el Hogar Escuela que quedaba a algunas cuadras de su casa, sobre la misma calle Raúl B. Díaz, hacia afuera de Santa Rosa. Había sido creado por la Fundación Eva Perón y se inauguró unos meses antes del golpe de estado de 1955. Se llamaba, para indignación de mi padre, Hogar Escuela General Juan D. Perón. Cerca de mil niños humildes de la provincia, con problemas familiares, huérfanos o abandonados, se albergaban en él y la tía Hilda llegó a ser su directora. Mi padre y mi madre, ambos hijos de inmigrantes, guardaban una cierta distancia hacia Hilda Carrizo o, como solía decir mi padre, “las Carrizo”, pues habían sido varias hermanas. Siempre anidó en mis padres un poco disimulado desprecio hacia los criollos, que estaban en el país antes que llegaran sus padres. Había algo de repulsión a lo sucio, lo feo, lo haragán, lo gozoso en sus comentarios dichos a media voz, con miradas de inteligencia entre ellos, cuando se referían a quienes, a veces, con ofuscación, llamaban “los negros”. Había una rara ambivalencia en estos sentimientos, porque a este resquemor hacia los argentinos de muchas generaciones, se le sumaba una también desconcertante aversión hacia los españoles y, sobre todo, a su modo de hablar.
-Este gallego hace cincuenta años que está acá y todavía habla como si recién hubiera bajado del barco. Hablan con la boca cerrada y no se les entiende nada, solía comentar a espaldas de algún “gallego” con sus elles, sus eses sibilantes y sus zetas.
De grande entendí, sin participar de ellos, ambos sentimientos. Por un lado, la ideología que la inmigración encontró en su nuevo país estaba impregnada de ese desprecio al criollaje que caracterizó a los próceres de nuestra organización nacional, como Mitre y Sarmiento. Ellos, los inmigrantes, venían a imponer la limpieza, la belleza, el trabajo y el rechazo a la molicie atribuida a los criollos. Estos campesinos leoneses, según el sistema ideológico dominante, traían a ese lejano oeste que era La Pampa un aire de civilización, de orden, de progreso. Estos españoles del norte, con una piel blanca lechosa, llena de lunares y fácilmente irritable por la exposición al impiadoso sol pampeano, disciplinados por la dureza de una sociedad campesina a medio camino entre el medioevo y el capitalismo, se sentían superiores frente a unos argentinos, mesturados con indios, a los que el ejercicio de la soberanía nacional en la Patagonia -y en el resto del país, por otra parte- había olvidado por completo. No habían podido, siquiera, adquirir la rutina madrugadora, con su secuencia de actividades cotidianas, propia de la vida campesina, y que José Hernández describe en las primeras estrofas de su Martín Fierro que comienzan con la añoranza de un mundo desaparecido:
Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivía
y su ranchito tenía
y sus hijos y mujer.
Si era una delicia ver
cómo pasaban sus días.
Habían sido arrojados a los confines de los pueblos, sin tierra y sin otra perspectiva laboral que la que el servicio doméstico podía ofrecer a sus mujeres.
Pero también, estos nuevos argentinos habían sentido algo que es casi insostenible para un niño: hablar diferente, ser diferente. En un país que tenía la urgencia de incorporar a esos millones de recién llegados, de convertirlos en argentinos hechos y derechos, y en el que la escuela pública ejercía su notable papel homogenizador, para estos niños, sus padres y tíos que hablaban diferente eran, en la intimidad de la conciencia infantil, una vergüenza, un motivo de diferenciación. Rápidamente olvidaron la pronunciación y hasta el léxico traído por sus padres. Cuando empezaron la escuela ya hablaban como se hablaba en el país, o sea, hablaban como todos. Ya no eran diferentes. La contumacia de los viejos en seguir hablando como en la aldea era -fue a lo largo de la vida de mi padre, según interpreto- una oscura sombra de ser ajenos, de no ser de acá, al fin y al cabo. Algo parecido pude vivir personalmente durante el exilio en Suecia. Mis hijas eran muy pequeñas cuando llegamos. Rápidamente, por medio de la escuela o de la guardería infantil, comenzaron a hablar sueco. Contrariamente a los adultos, los niños tienen la facilidad de poder hablar un idioma sin ninguna dificultad de pronunciación. Todavía no han terminado de aprender su propia lengua y la incorporación de una nueva es un proceso natural y sin complicaciones. No existe para los niños una cristalización en el modo de pronunciar, determinada por la fonética del idioma materno. De modo tal que se encuentran ante el nuevo idioma en la misma situación que los nativos. Así, mis dos hijas hablaban al poco tiempo de llegar un sueco con acento regional de Estocolmo perfecto y el alcance de su lenguaje tenía el de cualquier chico nativo de su edad. Mientras nosotros, su madre y yo, si bien éramos capaces de adquirir más palabras que ellos, nuestra pronunciación adolecería siempre de la imperfección, muy difícil de superar, de una lengua extraña aprendida en edad adulta. La inmediata actitud de mis hijas fue comportarse, con una absoluta naturalidad, de la misma manera que los demás niños suecos. El ser diferentes, el hablar otro idioma, comer otras comidas, no era algo que les resultase, espontáneamente, ventajoso. Recuerdo haber dado una pequeña charla sobre la Argentina ante un público sueco interesado y que mi hija Guadalupe, después de la charla, me marcara, con cierta molestia y amistosamente, mis defectos en la pronunciación. Y esto estaba planteado en una familia celular en 1980, con un fluido contacto entre padres e hijos, con una ausencia del respeto reverencial que caracterizaba a las viejas familias de principios del siglo XX. En ese momento pude imaginar lo que esto pudo significar para mi padre. Y entendí, en parte, alguna de sus fobias.
Al fallecer el último de sus hermanos, mi padre donó la vieja casona a la municipalidad de Santa Rosa con el cargo de que se hiciera una plaza que llevase el nombre de Doña Adela de la Mata. Estuve en un anochecer en la plaza, acompañado de unos amigos, en un viaje a Santa Rosa para una charla en el Concejo Deliberante. Pude reconstruir para ellos la vieja estructura de la casa chorizo. Desde la vereda se abría un portón que daba a un pequeño, muy pequeño jardín, bastante descuidado. Unos pasos más adelante estaba la puerta cancel que abría a una larga galería sobre la que daban todas las habitaciones de la casa. La primera originariamente había estado destinada a la recepción. Pero cuando la conocí estaba abarrotada de diversos mobiliarios propios de una confitería: carameleras, mostradores y vitrinas. Mi tía Evelia, solterona, fea y con un permanente chichón en la frente, era una compradora compulsiva en remates de objetos destinados a un negocio que jamás abriría. La idea de poner una confitería era una de sus obsesiones. La tía Evelia era, después de doña Adela, la otra figura dominante en la casa de la calle Raúl B. Díaz, y en permanente y sorda competencia con la otra hermana de mi padre, Pilar, una solterona modista especializada, como en una telenovela, en vestidos de novia.
En la galería había varias pajareras muy grandes, que conocí con pájaros, pero que, a medida que pasaban los años, se quedaban vacías. Una sucesión de puertas daba a cada una de las habitaciones que, a su vez, estaban comunicadas internamente. La última, inmediatamente al lado del baño, era la de doña Adela. Era una habitación imponente. Siempre a media luz, con una cama alta con respaldares de hierro, un guardarropas de tres puertas, quejoso por las noches, iluminaba con su luna la sala umbría. Un tocador con cuatro cajones guardaba con decoro las enaguas y demás prendas de mi abuela. Sobre el tocador, una misteriosa pieza cuyo origen fue motivo de grandes fantasías: una botella acostada en cuyo interior había un complicado navío de varios mástiles y amplios velámenes.
-Trabajo de preso-, decía mi papá, cuando la curiosidad infantil hurgaba por su origen.
Después venía el baño, con antiguos mosaicos, frío en invierno, fresco en verano. La disposición de sus artefactos carecía de toda lógica y guardaba un secreto que en cada viaje mi padre revelaba. El piso estaba cubierto por baldosas que tenían en su centro una flor de lis. Una de esas baldosas había sido puesta al revés, por un error de quien hizo el trabajo. Nunca fue cambiado. El placer de mi padre era encontrarla y desafiarnos a encontrarla, para mostrarnos que nada había cambiado.
Finalmente venía la cocina que era el centro social de la casa. Tenía una enorme mesa de madera con cajones donde se guardaban los cubiertos. Una cocina hecha en hierro, a leña, de las llamadas económicas, era el lugar donde doña Adela cocinaba sus famosas sopas de ajo. Una de esas grandes alacenas, con mármol negro sobre la parte inferior y vidrios biselados en la superior era el otro mueble que allí estaba desde hacía décadas. Era en la cocina donde doña Adela recibía a sus amigos del barrio: al cura párroco, a señoras a las que había ayudado a traer sus hijos al mundo. Doña Adela era una respetada comadrona de toda aquella vecindad de Santa Rosa, del otro lado de la vía, camino al Hogar Escuela.
Atrás de la cocina estaba el gallinero y el lugar para hachar la leña. Ambas tareas eran de la incumbencia exclusiva y excluyente de doña Adela. Con sus piernitas flacas y chuecas y un cuerpo que no superaba los cincuenta kilos, doña Adela preparaba diariamente los trozos de leña que alimentarían su cocina económica. Hablaba con las gallinas, recogía tiernamente sus huevos, con una ternura con la que, por lo general, era bastante avara, y les daba de comer.
Frente a la galería y separado de la casa por una cerca de plantas y alambrada, había un enorme lote que formaba la esquina. Era la quinta, también reino de doña Adela. Como he dicho, ya era grande cuando la conocí. Recuerdo verla solo durante mis primeros viajes a La Pampa, con la azada carpiendo los yuyos, doblada sobre esa tierra bastante yerma. Lentamente tuvo que renunciar a esa tarea.
La estación entonces dividía a los pueblos. El otro lado de la estación, con respecto a la plaza, era el suburbio que se mezclaba con la pampa en aquellos pueblos de principios del siglo XX. De los doce hermanos llegué a conocer a seis de ellos, incluído mi padre. Nunca se habló en mi familia sobre qué había pasado con los otros seis. La gran cantidad de hijos entonces se compensaba con una alta tasa de mortalidad. Julio, mi padre, era el anteúltimo.
En los años cincuenta, los de la Mata eran ya una familia conocida y de mucha presencia en el Territorio Nacional. La principal panadería de Santa Rosa era de Martín, hermano de Adela, un anciano de cuidada barba blanca a quien llegué a conocer en sus últimos años. La principal confitería del pueblo, La Capital, era de Oscar de la Mata, primo de mi padre. De grande aprendí el alto sentido político institucional que tenía el nombre de la confitería. No había sido sin conflictos y enfrentamientos que la aldea de Santa Rosa de Toay se había convertido en capital del territorio nacional. Había también algunos de la Mata en General Pico, el otro centro urbano de La Pampa.
Recuerdo un viaje en avión a Santa Rosa. No puedo precisar en mi memoria si fue antes o después de 1955. Pero fue alrededor de ese año. Fue la primera vez que viajé en avión. Salimos de la Base Aérea de Tandil, en un Douglas DC4 a hélice de la empresa Líneas Aéreas del Estado, LADE. El recuerdo más vívido que tengo del viaje es que nos daban chicles Adams para masticar, con el argumento de que impedían el dolor de oídos. El ruido era desvastador. La espera en la inhóspita Base Aérea se me hizo eterna. No había nada para distraer el aburrimiento de un niño. La languidez de la pista, la inmovilidad del paisaje, la aridez de las salas de espera, el lentísimo transcurrir de los minutos tienen todavía para mí un dejo de angustia que me recuerda a aquel viaje.
De aquel lejano viaje me quedó la imagen de una ciudad no muy distinta al Tandil de entonces -donde aún no habían llegado la propiedad horizontal y los edificios de varios pisos-, pero con calles de tierra. Las veredas estaban a mayor altura y todas las tardes, después de la siesta, pasaban unos camiones tanque con agua y un cañito perforado en la parte de atrás, con los que regaban las calles. Un olor a tierra mojada inundaba aquel pequeño pueblo con aspiración a ciudad, capital de la nueva provincia Eva Perón, como la llamó la convención constituyente convocada después que una ley del Congreso Nacional, en 1951, la convirtiese en provincia. Evita había impulsado, en el Senado Nacional, la provincialización del territorio, y de ahí el homenaje. Aquella misma ley también convirtió en provincia el antiguo territorio del Chaco, que pasó a llamarse Provincia Presidente Perón. Toda esta nomenclatura y las constituciones que ambas provincias se dieron a sí mismas fueron borradas brutalmente por el golpe cívico militar de 1955. No debía quedar rastro alguno del “regimen depuesto” como llamaba La Nación y La Prensa al presidente derrocado.
Pero volviendo a aquellos atardeceres de verano, junto con el olor a tierra mojada, el riego de las calles imponía una dulce frescura sobre los rigores de un verano continental con siestas de 40 grados. Y los vecinos volvían a pasear alrededor de la plaza y alrededor de la manzana frente a ella, donde estaba ubicada la confitería La Capital, en 9 de Julio y Bartolomé Mitre, en ese momento la más importante de la ciudad. Siguiendo por 9 de Julio, entonces la arteria más comercial, en la esquina con Pellegrini, se encontraba Casa Galver, la sucursal de una cadena de grandes tiendas donde mi padre conoció a mi madre y para la cual trabajó durante por lo menos treinta años.
Este tipo de cadenas de grandes tiendas, donde se compraba de todo, a excepción de comida, desde un botón o diez centímetros de puntilla, hasta ropa de cama, lencería o ropa interior para hombres habían crecido en el interior del país durante la década del veinte y tuvieron una marcada presencia hasta fines de los sesenta. Hubo varias: Galver, Aduriz, Arteta eran las más conocidas y extendidas. La aparición de pequeños negocios especializados, el crecimiento de la industria nacional, textil y de la indumentaria, contribuyeron a su paulatina decadencia. La clase media comenzó a preferir comprar en comercios de mayor refinamiento o especialización, a los que la tilinguería, siempre presente, les puso el nombre de boutiques. Las grandes tiendas, con sus inmensos salones, sus secciones perfectamente diferenciadas, sus empleados trajeados, atentos y respetuosos comenzaron a transformarse en indiferenciados supermercados, donde el autoservicio se impuso sobre el vendedor. Mi padre entró a Casa Galver ni bien terminó su educación primaria. A los 14 o 15 años comenzó a trabajar como cadete, ese muchachito que en su bicicleta llevaba las compras al domicilio de los clientes. Solía contar, cuando llegábamos a Santa Rosa en algún viaje, sobre los voladizos médanos que habían sido esos modernos barrios construidos donde hoy está la Casa de Gobierno y lo dificultoso que resultaba conducir la bicicleta cargada en aquellos arenales de otrora.
En la mitad de esa cuadra, con comercios y alguna oficina bancaria, estaba la peluquería del gran amigo de mi papá, quizás el único amigo que le conocí de sus años juveniles: Pichón Rodríguez. Ambos tenían la misma edad, ambos eran hijos de españoles y ambos habían ido juntos a la escuela. Pichón era un hombre bajo, delgado y elegante. Era muy conversador como la tradición atribuye a los barberos y tenía un estilo más suelto y desenfadado que el que mis padres usaban con nosotros. Su esposa era muy bella y también tenía un estilo desenfadado, tanto en el vestir como en el modo de relacionarse con otros hombres. Tenían dos hijos, un chico y una chica, ambos de más o menos mi edad. La muchachita era también muy bella y fue ella la que produjo mi primer rubor preadolescente al despedirla con un beso en la mejilla en alguno de los viajes.
Sobre la avenida Roca tenía su negocio el hermano menor de mi padre, Herminio, el tío Petizo. Había entrado de joven a la policía del territorio, cuando era el estado nacional el que se encargaba de la administración. Esa actividad lo llevó por distintos lugares del sur del país, a partir de la provincialización de La Pampa. Su esposa, Maruca, era mi madrina de bautismo, una mujer también pampeana de la localidad de Macachín. Con el grado de subcomisario o comisario Petizo llegó a Ushuaia.
Era la época del presidente Arturo Frondizi y, como fomento a la radicación en la Patagonia, se había creado al sur del paralelo 48 una zona libre de impuestos para los productos importados. En una época en que las mercaderías norteamericanas comenzaban a reemplazar a las británicas -casimires y poplines que habían sido las estrellas del consumo de la clase media-. Se conseguían a bajos precios, al sur del famoso paralelo, desde autos a lencería y medias importadas. El nylon, el nuevo aporte norteamericano a la industria textil y de la indumentaria, era la atracción principal. “Me lo trajeron del paralelo” era la expresión ufana de quien mostraba un par de calcetines de nylon, un tejido brillante, caluroso, impermeable y desagradable al tacto, o una caja de cigarrillos Chesterfield. Esos calcetines habian hallado la solución a la preocupación que desveló a Roberto Arlt: no se gastaban con la velocidad con que lo hacían los viejos calcetines de algodón que obligaban al consabido zurcido en los talones. Esta actividad, el zurcido de medias, solía ser la actividad propia de las tardes de domingo de las esposas de la clase media. De la misma manera, las enaguas y la lencería femenina hecha en nylon se convirtieron en el fetiche de la época. El tío Petizo había logrado, durante su estancia en Ushuaia, al sur del paralelo 48, hacerse de un importante stock de artículos importados, sobre todo hechos en el apreciado nylon. Con ello logró abrir, al jubilarse de la policía -en edad relativamente temprana, dado su servicio en zona inhóspita-, un negocio en pleno centro de Santa Rosa al que le puso el rutilante nombre de La Casa del Nailon. Este contrabando interno fue su fuente de ingresos, además de su jubilación policial, durante varios años. Cuando la diferencia de precios se terminó, con la abolición de aquella aduana seca del paralelo 48, la Casa del Nailón comenzó a proveerse de la industria nacional que ya había comenzado a incorporar la novedad textil de un nombre cuyo origen sigue siendo objeto de multiples teorías.
El tío Petizo -Herminio era su nombre- fisonómicamente se parecía mucho a mi padre. Había entre ellos una secreta rivalidad. Mi padre, quien de alguna manera sentía que había ascendido socialmente, miraba con desagrado algunos excesos plebeyos de su hermano, su afán por negocios difíciles o imposibles, sus amistades más simples y ramplonas. Petizo, a su vez, se molestaba con esta sutil, pero evidente, pedantería y se reía, como un hermano menor y buscando nuestra complicidad, de estas cosas.
Como he contado antes, la tía Evelia, la hermana mayor de mi padre, era propietaria del más antiguo cine de Santa Rosa, que funcionaba en el Club Español. Era entonces un edificio vetusto y bastante abandonado, con la estructura típica de todos esos centros y clubes que crearon los primeros inmigrantes para nuclear a sus connacionales. Afortunadamente no ha sido demolido, sino que por el contrario se encuentra en excelente estado de conservación, mejor que cuando lo conocí en aquellos años. En cada función daban dos o tres películas, la mayoría de ellas argentinas y bastante viejas. No era raro que se cortasen en la mitad de la proyección, con el consabido zapateo del público. Durante muchos años la tía Evelia fue la empresaria cinematográfica más importante de Santa Rosa. Viajaba habitualmente a Buenos Aires para conseguir sus películas y conocía a los distribuidores que, entonces y por muchos años, tenían sus locales sobre la calle Lavalle, entre Riobamba y Ayacucho.
A unas cuadras de la plaza principal de Santa Rosa estaba el negocio de la tía Lisignia o Licinia. Nunca vi su nombre escrito. Era la única hermana de mi padre que se había casado y lo había hecho con Juan Lambert, un descendiente de aquellos franceses que habían llegado a poblar el territorio nacional. Tenía un pequeño negocio, bajo el rubro de librería, donde vendía todo tipo de artículos para regalo. Juguetes de poco valor, lápices, cuadernos, chafalonías que deslumbraban mis ojos infantiles de entonces. La tía Lisignia tenía tres hijos que, por alguna razón que nunca descifré, tenían importancia en el sistema afectivo de mi padre. El mayor Juan Carlos era considerado por la familia como una especie de genio, un muchacho brillante al que cualquier futuro le estaba permitido. Jorge, el segundo, por el contrario, era una especie de Daniel el Terrible, cuya infancia y juventud había transcurrido entre graves quebraduras de brazos, accidentes de moto y expediciones de caza de jabalí. Mabel era la la hija menor y, como toda prima, fue motivo de furiosas fantasías adolescentes. Mi padre siempre admiró, de alguna manera, a su sobrino Juan Carlos, que había logrado viajar a Alemania y convertirse en algo así como una especialista en servicios de transporte urbano.
El tío Raúl y la tía Hilda, a su vez, tenían cuatro hijos. Uno de ellos era mucho mayor que mi hermano y yo. Raulito era su nombre. Era un muchacho robusto, entrado en kilos, que terminó como propietario y conductor de un camión que hacía la ruta a la Patagonia. Horacio era su hermano, con quien jugaba en aquellos veranos pampeanos, alto, delgado y con estudios secundarios. La hermana menor, Hylda, era conocida en la familia como La Cambicha. No había problemas sobre el pensamiento políticamente correcto en las familias de entonces. La Cambicha era morocha, criolla, hermosa y divertida. Su sobrenombre derivaba del éxito discográfico de la época, El Rancho de la Cambicha, cantado por Antonio Tormo. El aspecto criollo de mi prima, su color de piel, su pelo renegrido -heredado de sus parientes santiagueños- determinaron que sus padre y toda mi familia la condenaran con ese sobrenombre. El desprecio por los criollos era proverbial en la familia de la Mata. El otro hijo del tío Raúl era Julio, posiblemente llamado así en homenaje a mi padre. Era -es- menor que yo, serio y concentrado en sus cosas, según lo recuerdo. Sesenta años después de aquellas visitas lo he vuelto a encontrar en la Babel de Facebook, descubriendo con alegría que compartimos los mismos anhelos políticos.
Horacio, Juan Carlos, Jorge, La Cambicha fueron mis compañeros de juegos en aquellos veranos pampeanos. Del otro lado de la casa del tío Raúl estaban las instalaciones del club del barrio. Una cancha de básquet se convertía, en las noches estivales, en la pista de baile donde la barriada se reunía para celebrar los carnavales. Las mesas y las sillas de lata rodeaban la pista de baile. Un proscenio medio improvisado alojaba a una orquesta de las llamadas “características”. Su repertorio estaba formado por rancheras y pasodobles, a los que se sumaban éxitos del momento que los músicos convertían en rancheras o pasodobles, con sus despliegues de acordeones a piano, violines y piano.
El Club All Boys era la antítesis del humilde club de la calle Raúl B. Díaz. En la pileta y en los bailes de All Boys se encontraba la clase media alta santarroseña, con sus pretensiones de clase dominante, con sus chicas vestidas a la moda de la revista Claudia, con sus madres teñidas de rubio y levemente obesas. Mis primos no iban a All Boys. Mis padres me llevaban alguna vez, en verano, a la pileta. Allí se pavoneaban de su relativa prosperidad con los socios y socias que los habían conocido como sencillos empleados de Casa Galver.
Otra visita obligada y que dejó gratos recuerdos en mi memoria, sobre todo en la adolescencia, era a la Confitería La Capital de Oscar de la Mata. Los sábados al atardecer había una tertulia para los jóvenes y, por las tardes, a partir de las seis, era el lugar de encuentro, de miradas cruzadas, de tímidas aproximaciones de muchachas y muchachos en plena “edad del pavo”, como no sin un cierto desprecio los adultos se referían a la adolescencia. No he escuchado esa expresión en los últimos cuarenta años. O los adolescentes ya no son tan pavos o los adultos han comenzado a entender de otra manera esa difícil etapa.