lunes, 23 de abril de 2007

No me digas adiós

Había viajado a Copenhague para visitar a unos amigos que habían ido a parar al país de Andersen y el señor de tenebroso apellido, Søren Kierkegaard. Paseamos, bajo una llovizna pertinaz, nos mareamos con cerveza “elefant” y recorrimos librerías. En una de ellas me encontré con un libro en cuya tapa decía:


Osvaldo Soriano
Jeg siger ikke farvel
En række fantastiske og dramatiske forviklinger opstår, da en argentinsk forfatter tager til Hollywood for at lære om Gøg og Gokke.
Ovs: Uffe Harder. Gyldendal, 1980

Al regresar, los recuerdos de años adolescentes en Tandil me encontraron escribiendo este cuento. Ninguno de los personajes que aquí aparecen tienen que ver con los hombres en que se transformaron.

Jakobsberg, 1980

Porque es así como me pongo a escribir. A la noche, cuando me voy a la cama, me entra a trabajar el mate. Y se vienen todos como en manifestación. Los personajes, digo. Siento la cabeza como el 60, con la diferencia que ninguno de los pasajeros pagó boleto. Se colaron, viajan de garrón. Y dicen cosas. Chamuyan entre ellos, están alborotados y todos quieren salir en el cuento. Cierro los ojos, pero no para dormirme. Para que no se me vayan, para que se queden ahí, dando vueltas como en una calesita. Y es difícil pararlos y decirles, por ejemplo, a vos, Gordo, te tengo que contar.

No puede ser que nadie sepa que yo, nada menos que yo, te corregía las faltas de ortografía de esos cuentos medio como de Ray Bradbury que escribías con la secreta esperanza de que El Eco de Tandil te los publicara. Pará, Gordo, sentate un cacho. Tomate algo. Llevame de nuevo en la Gilera y gritale al cura Actis, cara de cardenal putañero: ¡A Cuba, cura, a Cuba! Hacé que me dé vergüenza de nuevo, pará, Gordo, no seas boludo, que yo voy al colegio de curas y me lo tengo que aguantar todos jueves en la capilla, no seas pelotudo, no ves que me juna. Y cagate de risa de nuevo, Gordo, Falstaff provinciano. Hacé de cuenta que estamos en la puerta de casa y nos quedamos, sin apuro, acá nomás en la vereda. Todavía te emocionás con eso de di, camarada sol, no te parece una tremenda burrada regalarle este día al patrón, Prevert viejo y peludo. ¿Cómo era que escribías siempre? ¿Si yo tendría, era? Analfa, tananai. En la Industrial no te enseñaron el subjuntivo. Cada huevada que me traés escrita para que te la corrija, te tengo que explicar que se dice si yo tuviera…

Vení, Gordo, aguantame un cacho, contame, ¿ya escribiste de nuevo las Crónicas Marcianas con prólogo de Borges y todo? No, yo no tengo mucho que hacer. Ya sé que hay gente, pero que esperen, los escribo otro día. Nadie los manda a venirse todos juntos, a tomar el mismo colectivo. Hoy te quiero escribir a vos, porque no puedo dejar de inventarte desde que te encontré en una mesa de novedades en una librería de Copenhague. Me chamuyabas en danés, Gordo. ¿Cómo hiciste? En ese idioma inconcebible me decías algo así como que yo no te digo adiós. ¿En qué andás? ¿Le querés cazar la parola al viejito Juan Fugl? ¿Querés que te lean en su idioma las dinamarquesas de la calle Chacabuco, esos chacareros colorados que se llamaban Eric o Ronald y los peones les decían Enrique o Rolando, para hacerla fácil?

Y claro que no me decís adiós si yo quiero inventarte, campeón de moto en Cipoletti, pero ¿a quién le ganaste?, ¿era una carrera de no videntes? Esperá, Gordo, que quiero escribir un cuento un poco más largo, si te piantás me quedo sin material narrativo y además quiero que me digas la verdad. Dejá que los otros personajes vengan otro día, que hagan cola, que saquen número, que llamen por teléfono, pero hoy vos no te me escapás. Por ahí me quedo dormido y andá a saber cuando te vuelvo a ver. Con lo transitada que tengo la sabiola. En la sala de espera hay una multitud. Pero a vos, Gordo, te juné enseguida y te hice pasar primero. Porque vos tenés que explicarme cómo fue el asunto aquel del cuento de la araña. Vamos, Gordo, no te hagás el fesa. El cuento ese que te publicó Nario que siempre tuvo berretines artísticos y hasta llegó a sacar algo sobre el Tata Dios en Todo es Historia… ¿Que si Nario era de Amigos del Arte? No jodás, Gordo. Después de cómo veinte años y más guita tirada en análisis que la mierda vengo a entender que los Amigos del orto –¡que sutileza, Gordo, para los chistes teníamos en Tandil, eh!- habían sido ni más ni menos que los chivos emisarios que los bufarrones del Club Hípico tenían para aguantarse su ocio de terratenientes –los pocos- y pelagatos –los muchos-.
¿Vos creés que no se puede escribir de esto porque a nadie le importa un pito lo que pasó en Tandil en aquella época? No me embarullés, pará. Es probable, Gordo, pero me importa a mí, y a vos. Y si te encuentro en una librería de Copenhague, hablándome en danés desde la solapa de un libro, tengo todo el derecho del mundo de convertirte en personaje de un cuento y a la vez tener con vos una serie de sobreentendidos y chistes secretos. Pero, pará la mano con esto. Vos me querés desviar de mi pregunta anterior.

Decime, el cuento de la araña esa que sube y se resbala y vuelve a subir y se vuelve a resbalar y, vuelta la burra al trigo, comienza nuevamente la ascensión y así como diez veces, pero el lector, que es un boludo, no se aviva que se trata de una araña y entonces después de contar en dos carillas las dificultades de la vida se viene sobre el personaje, la araña, algo así como un aguacero, pero de la gran puta, una especie de catarata que arrastra todo lo que encuentra, personaje incluido, hasta un agujero negro y tenebroso y aparece una vocecita, que sos vos mismo imitando a una nena, que dice mamá, ¡volvieron las arañas a la pileta del baño! Y el lector, yo, se cuenta que era una araña, ¡oh!, ese cuento, Gordo, lo escribiste vos o era cierto que lo plagiaste de un libro de inglés, como dijo ese otro hijo de su madre que mandó una carta al diario con una traducción de un cuento que era demasiado parecido al que vos mismo habías escrito.

¿Qué hacés, gordo?

Sos capaz de irte y dejarme sin respuesta. ¡Qué quilombo que se armó! Pero no seas tonto, Gordo, no te lo tomés así. A mí qué me importa si un personaje me sale plagiario. No son cosas mías y a esta altura del campeonato no me voy a hacer la virgencita pudorosa. Además, sinceramente, no creo para nada que un personaje mío puede ser tan poca cosa. Yo creo en el personaje, viste. Tapame la boca con la carta de Julito Cortázar que tenías colgada en un marquito al lado de la catrera. Así yo aprovecho y te muestro la que me mandó Perón, escrita a máquina, eso sí, porque no éramos tan amigos como para que me mandara una manuscrita.
Pero, cortala. Después cambiamos figuritas, si querés. Lo que te quiero decir es esto. Vos no tenías la más puta idea de dónde quedaba Bélgica o, para ser más exactos, Bruselas. Pero en el único lugar del mundo en que soñabas vivir era en Bruselas, porque Julito había nacido allá. Y el Julito había tenido un rato libre, habiendo nacido allá y trabajando, pobre, como traductor de la UNESCO, para mandarte una cartita a… Tandil.

¡Qué personaje que sos, Gordo! Sí, ya sé que te tenés que ir, pero esperá que te relate un poco. Disculpame, estaba pensando, ahora que me saludás en danés, podés aprovechar a escribir los cuentos de Andersen o las obras completas de Kierkegaard. No te chivés, si sos un personaje simpático, como todos los gordos. Pero nos enojamos con aquellos chanchos que dudaban de tu honestidad y te defendimos en todo momento. Mandamos unas cartas furibundas al matutino pequeño burgués de izquierda tandilense. Y no te dejamos de dar manija en ningún momento. No faltó el que llegó a usar un argumento irrefutable: si hubiera querido plagiar, en vez de usar la misma araña en el mismo baño, el Gordo hubiera usado una hormiga en un picnic. Y tenía razón, Gordo, tan boludo no eras, ¿no?

Pero, perdoname, ¿te quedó algún complejo con el idioma a raíz de esa experiencia traumática en plena crisis juvenil? No, te pregunto porque me da la impresión que en otro relato en que te encontré como personaje insistías demasiado en convencernos a los giles que pagamos un vagón de mangos después de Rodrigo para ver tus andanzas rodeado de gente importante, que ha hecho películas y todo, y convencernos, digo, de que no sabías inglés. Pero antes que te vayás, tengo gente esperando, personajes, buenos tipos, viste, y andá a saber cuando nos volvemos a encontrar, explicale al lector cómo termino la cosa. Contale, dale, decile el versito al señor, nene. Explicale que el cuento de la pobre arañita, que pongo las manos en el fuego lo escribiste vos solito, mientras la vieja te traía unos mates, te permitió largar la Metalúrgica y no volver a ver más al colorado Selvetti, que todavía anda buscando un André Gorz que lo pinte, y se te acabaron los madrugones y el salir medio dormido en la Gilera, con ese frío ojetudo que hace en Tandil en invierno, y pasaste de obreracho raso que cada mañana de primavera repetía en la puerta de la fábrica di, camarada sol, no te parece una tremenda burrada regalarle este día al patrón, a la categoría de periodista de tiempo completo. Y pudiste comenzar a hacer las crónicas del clásico Santamarina-Ferro Carril Sur y hasta alguna reseña del tradicional enfrentamiento entre El Solcito y Napaleofú por el campeonato de la Liga Agraria, en el mismo diario que te había publicado aquella milonga de la arañita trepadora.

Gordo, que hacés, ¿te ofendiste? Pucha que estás cambiado como personaje. Si te vas a poner así te podés ir un poquitito a la mierda. No, ya no sos el mismo. Y bueno, disculpame, no fue mi intención, pero sabés que pasa, últimamente todos los personajes me vienen medio cambiados. Chau, Gordo.

Decime adiós, aunque sea, Gordo…

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