jueves, 3 de noviembre de 2022

Arturo Jauretche en octavas reales


Arturo Jauretche fue aquel gigante

que atravesó el siglo pasado,

con gesto y actitud siempre rampante

ante el cipayo y el inglés odiado,

dejando tras de sí, en prosa vibrante,

de argentino patriotismo un legado.

La Patria no es la tumba que se llora,

sino la cuna del hijo que se adora.


Descubrió con Hipólito Yrigoyen

al caudillo que Manzi le contara,

al hombre que hasta su silencio oyen

las multitudes en su justa algara.

Y mientras las multitudes lo apoyen

la Patria brillará alta y clara.

Su voz se alzó en el momento oscuro

del traidor, del tirano, del perjuro.


En Paso de los Libres fue el fusil

que habló con su voz atronadora.

Duro fue el combate, dolorosa y vil

la metralla y su lluvia destructora.

Preso y bajo la luz de un candil,

contó en verso la hazaña redentora.

El régimen falaz y descreído

nunca tuvo enemigo más fornido.


Durante la década fraudulenta

llamó al yrigoyenismo en derrota.

La pluma y el mitín fueron la incruenta

forma de evitar el sino de ilota

que amenazaba al país en venta

por una oligarquía antipatriota.

En FORJA se forjó el batallón

de la intransigencia y la abstención.


Junto a Raúl Scalabrini Ortiz,

entrerriano, poeta y militante,

intentaron encontrar la matriz

del atraso y la pobreza angustiante

y en los trenes ingleses, la raíz

de un saqueo brutal y extenuante.

Que el ferrocarril fuese nacional

fue el combate aguerrido y cabal.


Un golpe militar le puso fin

a la trampa del fraude electoral

y empezó a escucharse un cornetín

que acompañaba al reclamo social.

De la Argentina en todo el confín

crecía el movimiento sindical.

Nuestro héroe vislumbró con certeza

que llegaba una hora de grandeza.


Y fue en aquella tarde inolvidable

del pueblo en las calles y en los puentes,

pidiendo al General preso que hable,

descansando sus patas en las fuentes,

aquella tarde soleada y afable

de un pueblo trabajador y valiente,

que el hombre vio que algo empezaba,

que el sol de Mayo de nuevo brillaba.


Su pluma y su enjundia se ofrecieron

del gobierno de Perón, al servicio.

Por seis años sus esfuerzos fueron

del general Mercante, sano oficio

que los bonaerenses compartieron

en los años del popular bullicio.

La envidia y la intriga se juntaron.

Nuestro héroe y sus amigos se marcharon.


Ni una palabra salió de su pluma,

afilada como era en el combate.

Prefirió el silencio que abruma

a comenzar un interno debate

que solo al enemigo fuerzas suma.

Ya vendría la hora del rescate

cuando subiese la enemiga espuma.

Callado se mantuvo don Arturo

hasta el golpe criminal y oscuro.


Cuando en el septiembre de la traición

el sol de Mayo volvió a eclipsarse,

cuando el odio impío de la reacción

comenzó cruelmente a desplegarse,

cuando prohibieron nombrar a Perón,

entonces volvió Jauretche a pelearse.

Publicó “El Retorno al Coloniaje”

y ordenó la cabeza del gauchaje.


No conoció una tregua la pelea

y enfrentó a cipayos y tilingos,

de gorilas, a una inmensa ralea,

y sin dejar afuera a los gringos,

que al nativo ponen, como albacea,

a cumplir sus deseos, sin respingos.

Jauretche fue la voz de los callados,

sus libros, luz para los desastrados.


Fue en los años de golpe y proscripción,

de Aramburu, Frondizi y generales,

cuando Arturo volcó su pasión

en libros y revistas, vendavales

de ideas para una generación

que despertaba a las luchas sociales,

que no vivió la gesta peronista

y a la historia se sumaba idealista.


El Medio Pelo en la Sociedad

Argentina, Los profetas del Odio

se transformaron en la novedad

literaria y llegó su nombre al podio

de las ventas y la publicidad.

En su vida empezó otro episodio:

su Manual de Zonceras Argentinas

desmanteló las mentiras supinas.


“Civilización y Barbarie” era

la matriz de todo ese pensamiento.

Lo propio era herencia sucia y rastrera

y lo ajeno legítimo portento.

El creador famoso de esta zoncera

no fue otro que Domingo Sarmiento.

Tanto comunistas como oligarcas

se embarraron juntos en esta charca.


Y así hubo argentinos que supieron

que Sarmiento había faltado a la escuela,

que La Prensa y La Nación construyeron

y sostuvieron una opinión lela,

que don Bartolo y su diario cumplieron

papel de guionistas en la zarzuela.

La “historia oficial” fue la herramienta

de una Argentina rica y hambrienta.


Esto y muchas otras cosas más

nos enseñó Arturo en esos años:

luchar por una Argentina capaz

de enfrentar a propios y a extraños

y que florezcan los jacarandás

bajo un cielo azul blanco, sin amaños.

Sus palabras no eran para el parnaso.

Fueron combustible del Cordobazo.


Por fin, el Proscripto pegó la vuelta.

El pueblo argentino pudo traerlo

por su voluntad firme y resuelta.

La dictadura quiso detenerlo.

El pueblo contestó con la revuelta.

Y Lanusse ya no pudo vencerlo.

Arturo celebró la gran victoria

que tuvo de ayuda su memoria.


Fue un tiempo borrascoso y duro.

Más allá del Ande un héroe cayó

y el enemigo, falaz y oscuro,

el golpe traicionero comenzó.

Al año del triunfo se fue Arturo.

El 25 de Mayo murió.

Nunca fue tan triste esa jornada.

Nunca tan lluviosa y tan llorada.


Esta fue la historia de un argentino

cuyo nombre debe ser recordado.

Sus libros advirtieron el destino

de pobres, sin patria y condenados,

sujetos a un extranjero mezquino,

en una país injusto y endeudado.

La idea de su prosa campechana:

la patria justa, libre y soberana.


Buenos Aires, 2 de noviembre de 2022