lunes, 23 de abril de 2007

Marie-Claire descubre América

Mi amiga quedó en la fría y bella Estocolmo, su chileno se fue por el oscuro sendero sin retorno y en esta noche cálida de otoño, en el familiar septentrión, la he vuelto a recordar. Esta historia no es la suya, por supuesto, pero se parece mucho a la que me contó en alguna larga noche boreal.

Jakobsberg, junio de 1982.


A Antonella Dolci


Marie-Claire no tiene la menor idea de quién es Héctor Gagliardi. Puede recitar de memoria dos o tres sonetos de Rimbaud, en un francés que no tiene nada de parisino. A Mallarmé lo leyó a los quince años en una primera edición, tomada de la biblioteca de uno de los abuelos, un severo pastor protestante, admirador de Pascal y de Blanca de Aquitania. Proust no tiene secretos para ella y los bizcochos Madeleine eran el obvio ingrediente a la hora del té en la Provenza de los tíos. Pero de Gagliardi no sabe lo que se dice un corno.

Ahora bien, resulta que Marie-Claire se enamora perdidamente de José Ignacio. Chileno, inmenso, desbordante, entrador y guitarrero. Marie-Claire dice que lo conoció en un seminario de Lucien Goldman. Eran los años sesenta, Ho Chi Minh, por dos, por tres, por muchos más Vietnam, cuando cada becario latinoamericano era un Che Guevara venidero en la graciosa fantasía de todas las Marie-Claire de Europa. Como digo, Marie-Claire se enamora perdidamente de José Ignacio. Viven dos años en París, mientras el chileno termina su doctorado en ciencias sociales y Marie-Claire su licenciatura en Letras. En aquella época descubre la novela latinoamericana y aprende a recitar largos párrafos del Canto General, en un español que no tiene nada de santiaguino.

Pero Gagliardi, nones.

Y ocurre que su José Ignacio debe volver a Chile. Con el diploma en la mano ya no quedan excusas para recibir los cheques mensuales. Marie-Claire cuenta que viajaron a Lisboa, que pasaron una semana despidiéndose por las callecitas del Alfama, llorando con los melancólicos fados y desorientándose, un poco borrachos, entre tanto funicular, escalerita y placita. Un mediodía José Ignacio sube a un barco enorme, anclado cerca de la tumba de Camoens –dice Marie-Claire-, y se va hacia el mar por ese Tejo lento y asimétrico, en una orilla la capital más occidental de Europa y en la otra el campo, la más absoluta ausencia de ciudad. Y en el puerto se queda Marie-Claire con la promesa de viajar a Santiago, donde se casarán.

Dos meses después Marie-Claire cruza el Atlántico en un barco que la dejará en Buenos Aires. Una gramática española la prepara para su diálogo con el continente de los tucanes y las orquídeas. Sueña con ese mar frío y tumultuoso del que le hablaba José Ignacio. Desea probar el gusto extraño de esos mariscos gelatinosos y palpitantes que José Ignacio exaltó cuando comían unas almejas saltadas en ajo y vino blanco a orillas del Mediterráneo. Fue cuando Marie-Claire quería apaciguar el exacerbado chovinismo gastronómico del chileno. José Ignacio las había comido complacido y le había explicado: “Claro que están buenas. Pero es por la fritura, es gracias al producto de siglos de cocina, por el agregado de hierbas, condimentos, aceites. Están buenas por la cultura, Marie-Claire. Las almejas en sí mismas no tienen gusto a nada. Nosotros las comemos crudas, recién desenterradas y la boca se te llena con todo el yodo del Pacífico”. Y había comenzado con una larga enumeración de las distintas variedades y sus distintos nombres regionales, mientras con las manos, con la cara, con todo su cuerpo le explicaba la sensación, o el recuerdo de la sensación, que el amargo y blando molusco, aún vivo, había dejado en su alma.

Hasta que Marie-Claire llega a la dársena de Puerto Nuevo con sus dos valijas y el equipo estereofónico que constituye su único mobiliario. De aquí en más comienza América Latina. Recuerda fugazmente que Isadore Ducasse había nacido muy cerca de allí, en la otra orilla del río. La primera vez en su vida que estaba sola y tan lejos de tíos y abuelos, en un mundo donde aún sobrevivían los antiguos ritos solares, donde una nueva sociedad podría nacer por la acción de hirsutos parteros armados de machetes.

Pero, como digo, Marie-Claire no había leído, entonces, ni leería jamás a Héctor Gagliardi.

Eran las diez de la mañana. A las cinco de la tarde salía de Ezeiza su avión para Santiago. Tomó un destartalado Di Tella, con las gomas lisas y un feo abollón en una de las puertas delanteras. Un morocho de pelo crespo y largas patillas la miraba de reojo desde el espejito retrovisor, cuando Marie-Claire, con el corazón rebalsado de expectativas, se acomodó en el asiento trasero. Marie-Claire me dice que había decidido ya en el barco hablar italiano durante su breve estancia en Buenos Aires. Claro que es difícil de todas maneras pronunciar la breve fórmula “A Ezeiza” con algún tipo de acento no español, no obstante lo cual el tachero le preguntó, siempre a través del espejo:

- La señorita ¿es francesa?

Y Marie-Claire le explicó de dónde venía, qué hacía, adónde iba.

- Perdone la curiosidad, pero ¿a qué va a Chile? -, le preguntó el morocho.

Y Marie-Claire le habló de su José Ignacio, su chileno que la esperaba desde hacía dos meses en Santiago, con una promesa de matrimonio.

Ante esta revelación, el taxista –Marie-Claire dixit- volvió por primera vez la cabeza con un gesto de verdadera preocupación en la cara.

-Pero, señorita… ¿Usted confía en un chileno? ¿Usted está segura de que la van a estar esperando en Chile? … No sé. Pero yo no confiaría nunca en la promesa de un chileno. Y menos en la promesa que le hacen a una mujer.

Marie-Claire dice que en un principio no entendió nada. Y no por el idioma, porque el tachero le hablaba muy lentamente. José Ignacio le había contado de la hermandad de los pueblos latinoamericanos, le había hablado de O’Higgins, de San Martín, de Bolívar. Ante sus ojos levemente grises, habían desfilado, casi como en una superproducción yanqui, desarrapados ejércitos de argentinos, chilenos, uruguayos, peruanos, peleando con lanzas y de a caballo contra atildados oficiales españoles. José Ignacio le hablaba de la unidad de todos los latinoamericanos, le decía: “tuvimos un pasado común y estamos creando un futuro común, Marie-Claire”. Y ella compraba todo lo que su chileno propio le vendía con adjetivos resonantes, con ademanes grandilocuentes y con los ojos encendidos por el apasionamiento y unas botellas de Cotes du Rhone.

Y el tachero continuaba, paternal y escasamente heroico:

-Y sus padres ¿la han dejado venirse hasta acá, sola, a encontrarse con un chileno? Usted no sabe lo que son. Sobre todo con las mujeres. Muy distinto a nosotros. Los argentinos, mire, tenemos a la mujer en un altar, qué quiere que le diga. Cada mujer es, qué sé yo, como una hermana, como una madre para nosotros. Pero en Chile es otra cosa. Son mentirosos, engañadores. Borrachos. En Buenos Aires, por ejemplo, todos los carteristas son chilenos…

E insistía, mientras el tránsito de las calles céntrica hacía el viaje eterno:

- ¿Se habrá garantizado, por lo menos, el viaje de vuelta? Porque, como que hay Dios, que el chileno ese que usted dice está casado y se quiere aprovechar de usted.

Pero Marie-Claire hacía ya varios años que había comenzado a dudar de la existencia de Dios.

- Así que estudió literatura… ¿Sabe cómo me llamo?

No, Marie-Claire no tenía la menor idea.

- Víctor Hugo. Víctor Hugo Palavecino-, dijo satisfecho mientras sonreía a Marie-Claire con ojos de iniciado.- Víctor Hugo, como su compatriota.

Y Marie-Claire cuenta que la mirada del taxista la hacía sentirse obligada a manifestar su extrañeza ante la enorme coincidencia de que una licenciada francesa en literatura italiana se encontrara en Buenos Aires sentada en un taxi conducido por un chofer de veintiocho años de edad de nombre Víctor Hugo.

- Y, por supuesto, escribo-, agregó Víctor Hugo. – Hago versos, poesías…

El taxi ya había tomado la avenida del Trabajo y se dirigía, ahora con menores demoras, hacia la autopista. Y en este momento, por primera y única vez en su vida, Marie-Claire tomó contacto con el discurso gagliardiano, a través de uno de sus más afamados discípulos. Porque Marie-Claire cuenta que bastó que ella dijera algo así como “¡qué interesante!” para que Víctor Hugo tomase un grueso cuaderno Laprida –Marie-Claire, en realidad, ignora, si era un cuaderno Laprida, pero la he convencido de la necesidad de que lo fuera- de la guantera del Di Tella, se lo alcanza a Marie-Claire, mirando obviamente por el espejito, y le dice:

- Por favor, hágame el honor de leerlos en voz alta.

Marie-Claire dice que le hizo el honor. Y durante varios kilómetros leyó sin entender largos poemas en octavas, mientras su Víctor Hugo asentía satisfecho, siempre mirando por el espejito. Después dice que le habló de su sentimiento poético, de tangos y cantores que Marie-Claire jamás había oído nombrar. Y sus ensoñaciones selváticas, sus expectativas heroicas se iban lentamente mezclando con el paisaje sencillo de Víctor Hugo, con las madres buenas de sus poemas, con las novias eternas de sus octavillas, y los tucanes se confundían con grises gorriones de otoño y las orquídeas con los simples malvones de un patio con pajarera.

Y llegaron a Ezeiza. Como aún faltaban unas horas para su avión a Santiago, Víctor Hugo exigió en hacerle compañía. Durante las dos o tres horas de espera Marie-Claire recibió las más variadas advertencias sobre el carácter de los hombres chilenos. Se tuvo que negar varias veces a la propuesta de volverse a Europa y renunciar a su aventura, que Víctor Hugo consideraba a todas luces descabellada, y aceptó con resignación la compasión benevolente del taxista poeta cuando la despidió en el hall central del aeropuerto. El viaje, por supuesto, no le costó nada, puesto que Víctor Hugo se negó terminantemente a convertirse en cómplice del engaño del que iba a ser objeto mi cálida amiga, cobrando el viaje.

Como ya dije, Marie-Claire no sabe quien es Gagliardi. Pero conoció a Víctor Hugo Palavecino. Y para su sensibilidad provenzal, Buenos Aires es una ciudad de taxistas que recitan melancólicos poemas a sus pasajeros. A esta altura de nuestra amistad sabe que su imagen es, por lo menos, escasa. Pero, me resigno, le ayuda a matizar la visión mitológica con que llegó a nuestras playas.

Y El Triste sonreirá desde su cielo de trenzas y percal.

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