martes, 29 de septiembre de 2020

Geraldine: Cuando Afrodita cayó a la milonga

Geraldine: Cuando Afrodita cayó a la milonga 22 de enero de 2005
Los lunes la cita es en el Canning.

Se trata de un hermoso local con un señorial toldo hacia la calle, que queda en la avenida Raúl Scalabrini Ortiz. Como todo porteño sabe la avenida tenía el nombre del primer ministro británico que reconoció nuestra Independencia y, de paso, nos despojó de la Banda Oriental, es decir, de lo que hoy es la República Oriental del Uruguay. Tuvieron que venir varios gobiernos peronistas para que la avenida fuese bautizada con el nombre de aquel escritor y poeta argentino que descubrió y explicó el sistema de dominación británica en el Río de la Plata y craneó la nacionalización de los ferrocarriles. Después que los ingleses nos volvieron a echar a patadas de las Malvinas y nos impusieron una cierta forma de democracia, le pusimos, como simbólica revancha, Scalabrini Ortiz a la vieja avenida Jorge Canning. Fue casi todo lo que pudimos hacer contra los ingleses. 

Bien. 

Los lunes, como digo, la cita es en el Canning, en el amplio salón con piso de parquet del Club Helénico. Sus altas paredes exhiben las inmensas pinturas de la gran Marcia Schwarz. Las amplias telas muestran las infinitas posibilidades de la angustia femenina, bajo la forma de milongueras gozando del delirio que sus cuerpos oferentes generan en el misterio de la danza y sufriendo el desengaño de esas palabras dichas sin pensar y el olvido de un cuerpo cuyo nombre nunca será recordado. Óleos cuyo único color dominante es el rojo: el rojo de las ingles de una parturienta; el texto en letras rojas escritas con un tampón; la copa de vino que derrama el himen de la virgen sacrificada. Ese es el único color que Marcia ha puesto en sus pinturas del Club Helénico. El eterno color femenino. El de la pasión y la sangre. 

Y en la pista del Canning, en el Club Helénico, está bailando Afrodita. 

Geraldine es el nombre que le han puesto sus padres, viejos sacerdotes del rito porteño. Es morena. Su pelo suelto y espumoso ha sabido de un par de trenzas cayendo sobre el marfil de sus hombros redondeados y suaves. Los ojos negros ponen en la noche la luz de todas las mañanas de enero y sus pestañas mueven el aire, como las plumas de un abanico que intenta que nada amenace su resplandeciente grandeza. Las formas de Geraldine son la cifra de la belleza porteña. No es más alta que ningún hombre. La armonía de su rostro oliváceo, la forma redonda de su mentón, la suave curva de una nariz, cuyas fosas oscuras se abren sedientas al bailar, la boca carnosa y brillante, la sonrisa refulgentemente blanca, las orejas pequeñas ocultas bajo las guedejas del pelo renegrido, toda esa belleza que acongoja, no es sino expresión, quizás la más alta, de nuestra única y mestiza singularidad. Geraldine es una resplandecientemente hermosa criolla. 

Y está bailando el tango. No importa quién la lleva. Geraldine es, en los brazos de su pareja, la eterna seducción femenina. Sus pies responden con gracia la propuesta pícara del hombre. Su cuerpo se vuelca generoso al quieto paso atrás del compañero. Golpea la punta del pie dos veces, en el silencio y la quietud del paso, se marca su gloriosa grupa bajo la segunda piel de la falda, y ahí devuelve con un giro y un ocho hacia atrás, la propuesta gentil de su pareja. 

Nadie como Geraldine despliega en la pista esa seducción que el hombre impone a la mujer en el tango. Cuando baila Geraldine se hace evidente que el hombre en el tango solamente tiene un papel que cumplir: que todos deseen con violencia a la mujer que baila con él. 

Cuando baila Geraldine, baila Afrodita, en la helénica pista del Canning.

sábado, 12 de septiembre de 2020

María Baraibar, la Negra, mi madre

 Hoy cumpliría 102 años María Baraibar, la Negra.

Había nacido en el campo, en una chacra cercana a la localidad de Uriburu en La Pampa. Era hija de una pareja de vascos del valle de Lecumberri, don Pedro Baraibar y doña Carmen Echeveste, llegados al Plata a fines del siglo XIX. Eran 14 hermanos, de los cuales solo sobrevivieron hasta edad adulta diez de ellos. Don Pedro falleció cuando María, la menor, tenía dos años. A excepción de ella que fue bastante longeva, todos murieron en edad relativamente temprana.

La Negra, mi mamá, fue una mujer signada por su firme determinación de huir de la horrible vida en el campo ajeno, de las dificultades que abrumaron su infancia y, posiblemente, parte de su juventud. Como don Julio, mi padre, no tuvo una gran educación escolar. Pero era inteligente, determinada y bastante manipuladora. Logró, junto con don Julio, huir de aquellas condiciones que recordaba como una pesadilla: el viento, el sulky, los cardos rusos que atravesaban eternamente la estepa. Odiaba el viento como a una maldición. Le recordaba permanentemente una niñez dura, de la que poco hablaba.

Los años peronistas, ya lo he dicho, les permitieron a don Julio y doña María un importante ascenso social. Y María amó siempre esa nueva situación de ser amiga de las señoras encumbradas del Tandil de los años 60. Se invitaban a tomar el té y nunca pudo aprender a jugar a la canasta como le hubiera gustado para poder participar también de esa actividad social, muy de moda en aquellos años.

Era delgada y elegante. Siempre dijo adolecer de una frágil salud que, curiosamente, mejoró con los años. Nunca le gustó el cine ni el teatro, aunque lamentó toda su vida el despotismo de sus hermanos varones que le impidieron venir a Buenos Aires como modelo de Gath y Chaves, que quedó como una de sus aspiraciones truncas.

Estaba convencida de que los hombres, es decir los varones, eran seres manejables y que las mujeres que se quejaban de sus maridos eran responsables por no haberlos sabido manejar. Lo peor fue que intentó convencer de lo mismo a quien fue la madre de mis hijas, en los primeros meses de casamiento.

La Negra era bastante intolerante con quienes no se sometían a sus designios. Odiaba la rebeldía y tenía una particular aversión por lo que llamaba el resentimiento. Nunca supe exactamente a qué se refería pero lo consideraba algo verdaderamente deleznable. Todo su antiperonismo podría sintetizarse en su definición de los peronistas como "resentidos". Profesaba una gran admiración y cariño por Mirtha Legrand.

Tuve con ella algunas peleas memorables. Recuerdo tres. Una fue el día que le dije que me casaba. Empezó a actuar un ataque de nervios. Apretó los puños, comenzó a temblar y a morderse la lengua. Otra fue en Suecia, cuando vino a visitarme acompañada por mi suegra. En el medio de un almuerzo con otros amigos comenzó a defender empecinadamente a la dictadura, diciendo que dónde verdaderamente había inseguridad era en Italia con las Brigadas Rojas. La tuve que amenazar con echarla de mi casa. La tercera tuvo que ver con el embarazo de mi hija y por ello no entro en detalles. Pero dejé de verla casi por un año.

Nunca tuve con ella una conversación cercana, íntima. Era mi madre y, obviamente, la quería. Pero siempre hubo una distancia que aún el afecto filial nunca pudo achicar.

Bueno, hoy cumpliría 102 años.

Buenos Aires, 9 de septiembre de 2020.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Porteño nacido en Tandil

 Si leen mi perfil verán que he puesto hace ya varios años "porteño nacido en Tandil". Buenos Aires es definitivamente mi lugar en el mundo. Es la ciudad que quiero, es donde quiero vivir y he tenido la suerte de poder elegir dónde vivir. No puedo estar lejos de Buenos Aires más de un mes. Conozco, gracias a la lucha política, todo el país y muchos otros países, pero nada hay más bello, más dulce, más grato al corazón que tomar un café en la mesa de la vidriera de alguna esquina porteña. Bailo tango, me encanta cantar tangos, Miguel Caló y Aníbal Troilo me conmueven tanto como Rachmaninoff o Bach.

Pero como Dorrego, como José Hernández y como nuestro presidente Alberto Fernández, reniego del privilegio que la historia y la nefasta constitución de 1994 le han dado a esta ciudad.

Me considero federal, me considero políticamente hermano de las reivindicaciones, históricas y actuales, del interior de la Argentina y de su gente. Y apoyo firmemente el decreto presidencial que devuelve, en parte, a la provincia de Buenos Aires y su área del conurbano -una síntesis del conjunto del pueblo argentino- lo que le arrebató el régimen macrista.

Y digo con otro porteño nacional:

¡Cuántos medran a tu sombra!

Tu campiña es verde alfombra,

tus astros vivos topacios;

habitando tus palacios

¡cuántos medran a tu sombra!”

Buenos Aires, 11 de septiembre de 2020


domingo, 6 de septiembre de 2020

Las plagas de Breslavia o el retorno de Simón Radowitsky

 Las plagas de Breslavia - Tu web de ocio

Acabo de ver “Las Plagas de Breslavia”, un policial polaco que esta en Netflix.

La historia de Breslavia, también conocida como Breslau o Vrastislava, es la síntesis del drama histórico de la nación polaca, de eso que los socialistas de la Segunda Internacional llamaban “la Cuestión Polaca”. Su primer registro data del año 1000 y su nombre actual, en grafía polaca, es Wrocław, que se pronuncia algo así como Vrotsuaf, pero que a lo largo de la historia ha sido llamada Breslau, en alemán, Vratislav, en checo o bohemio y Vratislava en latín. Construída a orillas de lo que hoy llamaríamos la hidrovía del Óder, formó parte de la Liga Hanseática y es la capital de la Baja Silesia. Formó parte del Sacro Imperio Romano Germánico, al imperio Austríaco hasta que Federico el Grande logró arrebatársela a los Habsburgos de Viena y la convirtió en capital de la Silesia alemana. Fue en Breslavia donde se inició, en 1813, el levantamiento contra la ocupación francesa de Napoleón Bonaparte.

El Partido Nacional Socialista, en las elecciones de 1933, obtuvo en Breslau el más alto porcentaje de votos en toda Alemania, 51,7%. Poco tiempo después se estableció, en las afueras de la ciudad, el campo de concentración de Breslau, con el objeto de encerrar allí a la minoría judía de la ciudad, pero también a la población polaca. Para 1945, Breslau se había convertido en uno de los principales asientos de la industria alemana de guerra hasta que, ese mismo año, cayó ante el asedio del Ejército Rojo durante más de tres meses.

Toda esta información para explicar la densidad histórica de Breslavia. Nada de esto aparece en la película, pero es seguramente este pasado el que convierte a la película en una de las más densas y tortuosas películas policiales que he visto en tiempos de pandemia y de películas policiales.

Un personaje femenino de una intensidad psicológica y de una dureza que sorprende, una trama de corrupción, avaricia y abandono estatal que la identifica con todo el mundo a merced del capital financiero y con un final sorprendente, Las Plagas de Breslavia, los va a desconcertar. El genero policial negro, una vez más, se hace cargo de las miserias de la Europa posterior al estado de bienestar. Y el vengador Simón Radowitsky vuelve a encarnar en una mujer, gorda y sufrida, que bien podría vivir en La Matanza.