martes, 19 de febrero de 2008


Conjuntos de Ban Lon y chatitas

“Estamos prisioneros, carcelero, / yo de estos pobres barrotes, /tú del miedo. / Como el que se prende fuego / andan los presos de miedo, / de nada vale que corran / si el incendio va con ellos”.

Esos versos son de Armando Tejada Gómez, un poeta mendocino, del sistema cultural del partido comunista, que llegó a ser diputado provincial por la UCRI en las elecciones de 1958, en las listas que la UCRI abrió al PC.

Se presentaba con Alberto Mathus, el primer marido de Mercedes Sosa, un tucumano que según cuentan la cagaba a palos a la gorda -no era tan gorda entonces- cuando se machaba.

Cruza putativa de Neruda y Nicolás Guillén, Tejada Gómez impregnó con sus poemas la década del 60.

En 1964, yo cursaba quinto año del bachiller, en el Colegio San José de Tandil e integraba un grupo llamado Pequeño Teatro Experimental (PTE) en el que también participaban, entre otros, un gordito empleado de Metalúrgica Tandil llamado Osvaldo Soriano y el hijo del relojero del pueblo, estudiante de la escuela Industrial y tornero llamado Víctor Andrés Laplace.

El grupo lo dirigía Juan Carlos Gargiulo, el bohemio tandilense más redomado de aquellos tiempos. Se levantaba a las doce del mediodía y las malas lenguas decían de él que jamás de los jamases había trabajado.


Fue quien me hizo conocer obras como Los de la Mesa 10 de Osvaldo Dragún o Cuando los Indios estaban Cabreros, de Agustín Cuzzani. Por Juan Carlos Gargiulo supe de la existencia de Nuevo Teatro y de Pedro Asquini y Alejandra Boero.

Con él, con el gordo Soriano, con Víctor, con Juan Campagnolle me introduje en un mundo formado por una mesa de café, largas charlas sobre los más diversos temas, una aburrida tacita llena de puchos de cigarrillo y los ojos brillantes por el descubrimiento de un nuevo mundo cuya seducción aún no me ha abandonado.

En esa mesa provinciana de la Confitería Rex esperábamos los miércoles a que llegara la revista Primera Plana y la leíamos con devoción y meticulosidad de exégetas y en la espera nos leíamos unos a los otros los poemas o los cuentos que habíamos borroneado durante la semana.

Mi vida se había dividido en dos: por un lado el colegio de curas, la misa del domingo, la libreta semanal de calificaciones, los “asaltos” de los fines de semana con las chicas del colegio de la Inmaculada Concepción o del Normal, los módicos ensueños eróticos “chapando” al compás de Ray Conniff con niñas vestidas con conjuntos de Banlon color rosa o amarillo y unos zapatitos imperceptibles que se llamaban “chatitas”, cuya capellada dejaba ver el nacimiento de unos pequeñísimos y suaves dedos, como si fueran pequeños y multiplicados escotes (el fetichismo corre por mi cuenta), el pedido de algo de plata a mi viejo para tomar algo y comprar cigarrillos Chesterfield de contrabando -con respecto a mi padre y al Estado Nacional-.

Y por otro el de esta bohemia que me integraba a un mundo, como digo, hasta entonces desconocido.

Ahí hablábamos de Aldous Huxley, cuyo libro Punto y Contrapunto, me había fascinado, de El Lobo Estepario y Siddarta de Herman Hesse, de Stanislavsky, de Cortázar, de Sábato, de Marcos Ana, de León Felipe, comentábamos las pocas películas que llegaban a Tandil de Ingmar Bergman, o El General Della Rovere, de y con Vittorio de Sica, repetíamos una y otra vez los gags de las películas de Carlos Chaplin, que había dejado de ser el Carlitos Chaplin de nuestra niñez para convertirse en un ídolo estético al que le descubríamos la genialidad a través de un ejercicio intelectual y ya no con la ingenuidad sensorial de la infancia.

Y también, un día, hablamos de Armando Tejada Gómez y alguien trajo un disco con poemas suyos.

A partir de allí todos mis poemas comenzaron a parecerse a los de Tejada Gómez y cuando los recitaba lo hacía con la entonación y hasta la prosodia mendocina de éste.

Y un día, no sé como, lo trajimos a Tejada a dar un recital a Tandil. Fue en el Club Ferro Carril Sur, si no me equivoco, sobre la avenida que llevaba a la estación.

Al recital vinieron los comunistas conocidos del pueblo, Juan Antonio Salceda, Nigro y un médico que había sido el último candidato a intendente por el PC, un tal Webbe, que no era oriundo de Tandil. Allí Tejada desgranó todo su repertorio, más o menos el mismo de su disco.

Nos baño con su torrente de adjetivos tipo “raigal”, que usaba profusamente, nos llenó de buenas intenciones con sus niños en la calle y sus señoras “que cambian de médico esta tarde, / de amantes esta noche, / porque el tedio que tienen / no cabe en todo el mundo”, nos mostró el sudor de sus obreros, nos salpicó con el agua de la bomba con que lavan sus fragantes axilas, vimos el vientre “fecundo” de sus mujeres y pasamos revista, en suma, a todos los tópicos de la poesía social de entonces en la versión un tanto adocenada del mendocino.

A la noche, Salceda, presidente de la Cooperativa Eléctrica -Lenin había dicho que el comunismo en Rusia era “soviets más electrificación”: los comunistas de Tandil habían logrado ambas cosas en una sola institución-, nos invitó a todos en su casa para comer unas empanadas, tomar vino y charlar con el poeta.

Recuerdo que esa velada me permitió sacarme de encima el peso de su influencia deletérea.
El tipo me cayó francamente mal.

Su admiración sin límites a la Unión Soviética, su simplona idea del comunismo como solución a los problemas del alma -los principales problemas en un adolescente de clase media como yo- me desilusionaron.

Me pareció vulgar y ramplón.

Recuerdo con precisión un diálogo o discusión que tuve con él. Presumía ante nosotros, pajueranos de un pueblo del centro de la provincia de Buenos Aires, de su estadía en Moscú junto con don Osvaldo Pugliese.

Y se reía al recordar la admiración que, decía, les producía a los rusos la tristeza de la música que interpretaba el maestro.

Le pregunté entonces por qué les producía esa admiración y la respuesta que me espantó fue: “Porque en el socialismo no hay lugar para la tristeza. La tristeza es producto de la sociedad de clases y al desaparecer ésta, como en la URSS, ya no hay lugar para la tristeza, es una cosa del pasado”.

El adolescente con granitos en la cara, que se deleitaba con la dulce tristeza de no tener una novia, o con la angustia de no saber cuál era la vida que su propia vida le deparaba, salió rampante en defensa de la tristeza, rechazando abierta y frontalmente toda interpretación clasista de tan personal y ensimismado sentimiento.

La idea misma de que un ordenamiento social fuese capaz de erradicarla le parecía sencillamente delirante.

No necesito aclarar que, ya adulto, le sigue pareciendo.

Tejada Gómez había terminado para mí.

Seguiría durante un tiempo recitando algunos de sus poemas que había memorizado, acompañado por los pocos acordes que aprendí a sacarle a una guitarra, por razones puramente de conquista femenina. Tejada era, en ese sentido, enormemente entrador.

Pocas niñas se resistían a que uno les dijera, mirándolas a los ojos, “Acuérdate esta noche y guárdame en tu día, muchacha, continente de pájaros”.

Todavía lo puedo decir con cierto éxito, porque esas mismas niñas de hoy ni siquiera oyeron hablar de Tejada Gomez.

No tendrá el perfume de una magdalena mojada en un té de tilo, pero tu mención de aquellos versos descerrajó este vendaval de recuerdos grato.

Agradezco a Tamara Di Tella la imagen que ilustra este texto. La tomé sin pedirle permiso de su blog
http://weblogs.clarin.com/tamaraditella/archives/2007/09/ustedes-me-entrevistan-a-mi.html
puesto que era la única que en toda la web recordaba esa ingenua parte de nuestra adolescencia.