sábado, 12 de julio de 2008

Olga, la novia comunista de Luis Carlos Prestes

Hoy tuve la posibilidad, gracias a la oportuna invitación de Roberto Hernández Montoya, de presenciar la premiere en Caracas de la película brasileña “Olga”, basada en el libro de Fernando Morais del mismo nombre, que es la biografía novelada de Olga Benario, la mujer y madre de la hija de Carlos Luis Prestes, el legendario Caballero de la Esperanza, el jefe de la columna que recorrió, sin ser derrotada, 25.000 kilómetros de territorio brasileño, muerta en un campo de concentración de Hitler por comunista y judía.

El siglo XX ha sido un siglo donde todas las tragedias de la historia de la humanidad se concentraron y multiplicaron. Ha sido –lo ha dicho Eric Hobsbawm mucho mejor de lo que yo podría explicarlo- un siglo de iniquidades, de espanto, de torrentes de sangre y dolor. La historia que cuenta esta película es particularmente dolorosa.

Vamos a tratar de ubicarnos. Una joven izquierdista berlinesa, hija de la burguesía progresista judía, ve crecer como un cáncer la bestia parda del nazismo: el resentimiento de la clase media alemana posterior al tratado de Versalles, que encuentra en el antisemitismo –el socialismo de los imbéciles, como lo caracterizó Friedrich Engels- la explicación de la humillación, la inflación y la decadencia de Alemania. El mesianismo mosaico, más “l’esprit du siecle” –el marxismo- la convierten en una apasionada militante de la revolución rusa, cuando ya el stalinismo se había hecho cargo de los últimos vestigios de democracia obrera en el Estado fundado por Lenin.

A mediados de la década del veinte, del siglo pasado, una revolución encabezada por la juventud militar pone en jaque a la República de los Fazendeiros del Brasil. En julio de 1924 estalla una sublevación en São Paulo, encabezada por oficiales del ejército de muy baja graduación –de ahí el nombre de “A Revolucião Tenentista”– que logra controlar la ciudad durante un mes. No fue un simple pronunciamiento militar en busca de algún cambio de gobierno, sino que pretendía un cambio de las estructuras políticas y económicas del Brasil “café con leche”. Y aunque el movimiento fue reprimido y vencido, tuvo coletazos de una enorme influencia en el estado de ánimo colectivo. El general Isidoro Dias, jefe de la sublevación, explicó de esta manera el levantamiento: “el Brasil esta casi en quiebra y no puede pagar las obligaciones de su deuda fabulosa (…) las clases pobres están acosadas por la miseria y por el hambre (…) los diputados, senadores, presidentes de los Estados y el Presidente de la República son designados o nombrados (…) por verdaderos trusts de la rendidora industria política”. Sobre el fondo histórico de ese levantamiento, Getulio Vargas gana las elecciones presidenciales de 1930.

La revolución de los Tenientes había tenido un resultado secundario, pero proteico: la columna del Capitán Luis Carlos Prestes, que al frente de unos mil hombres había recorrido unos 25.000 kilómetros, sin lograr modificar la relación de fuerzas políticas, pero sin sufrir una sola derrota militar. El pobrerío sin destino del Brasil fazendeiro había visto en el joven militar al Caballero de la Esperanza. Al ser derrotado, en 1927, tres años después del levantamiento tenentista, Luis Carlos Prestes se exilia en Buenos Aires. Y en la humilde pensión que le sirve de refugio comete un romántico error que signará toda su vida futura y la de su amada Olga: se afilia al partido Comunista argentino, uno de los perros más fieles al georgiano de sonrisa amarilla que por esa época se había hecho cargo de la omnímoda secretaría general del PCUS, Joseph Djugashvilli, alias Stalin.

El joven e idealista militar brasileño, en la soledad de la gran metrópolis platina, cree que el destino de su proeza brasileña, en lugar de emparentarse con las ideas del nacionalismo latinoamericano que comenzaban a plasmarse en Haya de la Torre en Perú, es el de las monsergas internacionalistas que surgen de la Komintern en manos de los verdugos de la generación de Lenin.

Y éste es el drama, abismal, torrentoso e incontenible, que cuenta la película que hemos visto anoche en el CELARG.

Moscú, los desconocidos y lejanos mecanismo de poder que susurran en el Kremlin, deciden que la Komintern debe fijar una excepción a su política. Los comunistas brasileños conseguirán de Moscú que no aplique para ellos la línea de Frente Popular Antifascista, lanzada por el organismo internacional y su jefe, Jorge Dimitrov, para los partidos stalinistas. Fundamentaron esta excepcionalidad en la creencia de que, con la presencia de Prestes, les sería fácil conquistar el poder. En 1935 se lanzaron, encabezados por Luis Carlos Prestes, a una intentona insurreccional que fracasó estrepitosamente. El fracaso no sólo desarticuló y destrozó al Partido Comunista, sino que, como sostiene Darcy Ribeiro, “el resultado principal de la cuartelada fue fortalecer enormemente a los integralistas (la derecha católica fascista), abriéndoles amplias áreas de apoyo en muchas camadas de la población, lo que les permitió realizar grandes manifestaciones con el fin de elegir a Plínio Salgado Presidente de la República. Getulio terminó por disolver el Partido Integralista, asumiendo el papel de Jefe de un ‘Estado Novo’, de naturaleza autoritaria. Quebró el separatismo aislacionista de los estados, centralizando el poder y enseñando el sentido de la ‘brasileidad’”.

La película “Olga” trata de estas jornadas y, centralmente, de la dramática vida de la custodia de seguridad que la burocracia soviética le pone a Luis Carlos Prestes, la alemana Olga Bentario, aquella muchacha que había entregado su vida a la causa soviética.

Qué tenían que hacer estos “expertos” soviéticos en el Brasil de la década del treinta del siglo pasado, es una pregunta que la película no contesta. La entrega militante, la consagración a la idea de la revolución mundial –ilustrada insistentemente con los acordes de “La Internacional”- había llevado a aquellos jóvenes a un país del que ignoraban todo, tan lejano a sus experiencias vitales como podrían serlo para nosotros las noches blancas moscovitas, a organizar y dirigir una insurrección obrera y militar que sólo existía en sus informes, exagerados y desvirtuados, y en su imaginación.

Pero la historia, la historia real, tiene un punto dramático que puso una mácula indeleble en la vida política de Getulio Vargas. Apresado Prestes y su compañera, ésta es entregada a la Gestapo alemana, a sabiendas del destino inmisericorde que le esperaba. Es éste un crimen que todo lo que Getulio ha hecho por la construcción del Brasil moderno, que toda su lucha titánica por convertir al gigante suramericano en la nación acorde a sus capacidades, que su propio suicidio y su testamento político, no alcanzan a compensar. Fue un crimen cruel e innecesario. El torbellino de sangre y odio que terminó en la Segunda Guerra Mundial, y al que el Brasil le entregó la vida de 465 brasileños muertos en Europa bajo la bandera de los aliados, lo llevó a esta miserable entrega de una militante joven y honesta. Su desatino moscovita ya se había convertido en pasión suramericana, en amor por nuestro pueblo y. en devoción a uno de sus grandes héroes.

La película “Olga” cuenta esta historia dramática de una mujer bella, fuerte y digna. Es imposible sustraerse al caudal emotivo que corre en sus fotogramas. La hermosa actriz que interpreta a Olga Bentario es de una belleza sobrecogedora. Sus ojos grises provocan interrogantes aterradores en sus captores y en la platea del CELARG. El llanto, tirada sobre las rejas de su prisión, cuando le arrancan a la hija suya y de Prestes del pecho materno, no se soporta sin que corran, todo lo disimulado que se pueda, las lágrimas por las mejillas.

Y la carta final, enviada a su hija y a su amado esposo, en el momento previo a la muerte en la cámara de gas, solo se equipara en grandeza, en belleza y en entrega humana a la de su verdugo, Getulio Vargas, a la hora de su orgulloso suicidio.

El siglo XX ha sido feroz.

Y tenemos que asumirlo sin derecho a inventario. Olga, Luis Carlos Prestes, Getulio y toda esa generación vive en nosotros. Por eso lloramos su tragedia.

Caracas, 11 de julio de 2008.