Me baje en Belgrano y Defensa y descubrí (o quizás redescubrí) que la feria se ha prolongado hasta esa esquina. Una interminable serie de puestos se prolonga ininterrumpidamente hasta Independencia, con algunos cortos seudopodios en calles transversales. La oferta es la típica de esas ferias callejeras: desde pequeños recuerdos porteños y argentinos hasta artículos de cuero, sombreros, gorras, tejidos, cerámica, fotos y cuchillos. Por el lugar caminaba una enorme multitud en la que se podían oír expresiones en portugués, alemán, francés, inglés y hasta ruso. También, por supuesto, el acento argentino de diversas regiones del país. Debo reconocer que el mundialmente famoso Rastro de Madrid es más pequeño que esta Feria de San Telmo. Lamentablemente, también tengo que reconocer que es más barato. Los precios de San Telmo no lo son. Y si no lo son para los nativos, mucho menos deben serlo para los turistas extranjeros, con un dólar devaluado. Pese a la enorme cantidad de gente que recorría la zona, debo decir que no vi muchas operaciones. Un hacha de cocina, vieja y desafilada, a $30.000 no es para nada tentador. Es casi el precio por el que se puede comprar uno nuevo, afilado y limpio, en cuotas inclusive.
Al seguir por Defensa después de Independencia desaparece la feria situada en los bordes de la calle y comienza el viejo paseo habitual, con sus bares, confiterías, restaurantes y sus artistas callejeros. Lo primero que oí y, luego, encontré fue una pequeña orquesta árabe de vientos, con una dama que danzaba al compás de sus músicos.
Más adelante, un guitarrista, con un amplificador, hacía oír una versión de Hava Naguila.
Sigo mirando puestos y vidrieras. Entro y recorro el Mercado de San Telmo que está repleto de gente moviéndose, aunque sus muchos bares y restaurantes tiene escasos comensales. Salgo y vuelvo a la calle Defensa donde continúo mi marcha hacia San Juan.
Llegando a la Plaza San Telmo oigo una guitarra y una vos muy afinada que canta un típico son cubano. Me acerco a la esquina de Humberto I y Defensa, ya en la plaza y veo a un afrocubano, de unos 45 o 50 años, cantando y haciendo cantar a sus espectadores su divertido son, en el que hace falsetes, imitando una voz de mujer, mientras se acompaña con su guitarra. El tipo tiene realmente una extraordinaria simpatía, conserva notoriamente su acento caribeño y habla con un léxico que revela una buena educación pública. Continúa con un tema que es inmortal, Lágrimas Negras. Y el tipo comienza a hablar de Miguel Matamoros, su autor, el hombre que, de alguna manera, creó la música cubana del siglo XX. Y empieza a cantar con una muy bella voz:
Aunque tu, me has echado en el abandono
Aunque tu, has muerto todas mis ilusiones
Y en vez de maldecirte, con justo encono,
en mis sueños te colmo,
en mis sueños te colmo
de bendiciones.
Sufro la inmensa pena de tu extravío,
siento el dolor profundo de tu partida
y lloro sin que sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras
como mi vida.
En ese momento comienzo a sentir una profunda e íntima congoja. El pueblo de ese negro cubano, que reparte alegría con la cultura popular de su tierra y encuentra una entusiasmada y cálida adhesión de un público de argentinos que lo escuchan embelesados, está sufriendo, está amenazado por Estados Unidos de ser bombardeado, invadido, asesinado. No se trata de un país lejano y desconocido, que habla lenguas que no comprendemos y canta y baila músicas desconocidas. Se trata del pueblo de este guitarrista y cantor que nos habla y nos canta, en un diáfano español medio andaluz, canciones que venimos escuchando desde siempre. Y se trata de una tierra que hemos conocido, de ciudades que hemos recorrido y donde hemos sido recibidos con amor, con respeto tan solo porque veníamos de la patria del Che.
Y, amigos, debo confesarle, ese negro me hizo llenar los ojos de lágrimas. Seguramente no es castrista, seguramente se fue de su tierra porque no estaba de acuerdo o porque las terribles condiciones que debía soportar fueron demasiadas. Me importa un carajo. Su hermoso canto, su florida palabra, ese intencionado meneo de su cuerpo me hicieron acordar de sus compatriotas y de la inmensa dignidad desplegada este 1º de Mayo, de la amenaza letal que pende sobre Cuba, sobre sus hombres, sus mujeres y sus niños.
¡Viva Cuba, mierda!, grité para mis adentros.
3 de mayo de 2026
