martes, 31 de enero de 2012

Coronel de Artillería Martiniano Chilavert:
traidor a la facción y leal a la patria


El coronel Martiniano Chilavert había nacido en Buenos Aires, aunque su infancia transcurrió en España. En 1812, a los catorce años de edad, volvió al Río de la Plata junto con su padre. Dos oficiales españoles integraban el pasaje. Uno era porteño como él y el otro había nacido en las Misiones. Carlos María de Alvear y José de San Martín -de ellos se trataba- serían sus jefes militares en una patria que recién comenzaba.

En los Granaderos creados por el correntino, Chilavert obtuvo su primer grado militar en la Artillería y peleó a las órdenes de Alvear en las tropas artiguistas, enviadas por el caudillo para enfrentar al director Rondeau.

Los enfrentamientos civiles que sucedieron a la derrota de Artigas lo obligaron a buscar refugio en Montevideo. Allí obtuvo su título de ingeniero y volvió a su ciudad natal. Participó en la guerra con el Brasil a las órdenes de Juan Galo de Lavalle. Ello fue determinante para que en las luchas civiles de los años '30 se pusiese del lado de los unitarios, contra Rosas, y enfrentase a Oribe a las órdenes del Pardejón Rivera.

Don José de San Martín, desde su exilio, le había escrito al gobernador de Buenos Aires: “lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer...”

El soldado Martiniano Chilavert no era hombre de partidos y banderías. La batalla de la Vuelta de Obligado, el valor de esos compatriotas que enfrentaban al invasor, hizo sonar un clarín en su alma patriota. El corazón de Chilavert vibraba en la misma frecuencia que el del viejo correntino que había liberado medio continente. Contra la opinión, el deseo y hasta la orden de los exiliados antirrosistas, vuelve a Buenos Aires para poner sus conocimientos bélicos al servicio de las armas de la Confederación y su jefe, el odiado don Juan Manuel.

Y en la noche posterior a la batalla de Caseros se produjo uno de esos hechos trágicos, signados por el destino fatal de un enfrentamiento entre hermanos.

Chilavert había sido el último en rendirse con su batería cuando ya no disponía de munición para seguir combatiendo a las tropas de Urquiza. Dicen que la resistencia había sido heroica, que cuando se había terminado el agua para enfriar los cañones, los hombres orinaban sobre el enrojecido hierro para seguir luchando. Había tropas extranjeras entre las que dirigía en entrerriano. Eran los mismos imperiales contra los que Chilavert había peleado en Ituzaingo. Y por no soportar su patria hollada por tropas extranjeras, había declinado su enfrentamiento con Rosas. Y hasta el último momento les dio batalla.

Solo, al lado de su ya inútil batería, el rostro tiznado por la pólvora, el uniforme oscurecido por el polvo del combate y su sudor guerrero, Chilavert esperaba. El capitán Alamán, desde su caballo, le pidió la rendición sin saber con quien hablaba. Dicen que el coronel Martiniano Chilavert le respondió con voz disfónica que buscara a un oficial de mayor graduación ante el cual pudiera rendirse. Y también dicen que fue un coronel Virasoro, seguramente correntino, el que lo condujo detenido hasta San Benito de Palermo, la residencia de Rosas convertida en cuartel general del entrerriano Urquiza.

Horas estuvo Chilavert esperando a su vencedor. No había dejado de pensar que el federalismo alborotaba los pueblos en alzamientos permanentes, como todo ese combate lo demostraba. No le gustaba Urquiza por federal, pero mucho menos le gustaba por haber traído a los “cambá” del emperador para pelear contra don Juan Manuel. Por eso se había alejado de los hombres de Montevideo, de los Varela y los Alsina, los hombres de levita que habían empujado a Lavalle a asesinar a su primo Dorrego.

Sobre esas cosas debe haber pensado en su espera, herido, sucio y agotado, hasta que lo condujeron en presencia del entrerriano.

Toda la noche hablaron. Historiadores y dramaturgos han escrito distintas hipótesis de ese diálogo que la historia se llevó para siempre. Los dos hombres, como en un cuento del porteño Borges -nacido del lado bueno del Arroyo del Medio-, habrán hablado sobre la traición y la lealtad, sobre las ideas abstractas de los juristas y el agudo dolor “que aún no sabe su nombre”, como Marechal define la Patria. Cuentan los testigos que, de a ratos, se oían los gritos destemplados e iracundos de don Justo y algún puñetazo sobre la mesa.

Al amanecer, Urquiza llamó a la guardia y dio la seca orden de que fusilaran al prisionero.

Y la escena final de la tragedia comenzó cuando don Justo, quien sabe si indignado por la altivez del prisionero, por su irreductible voluntad, ordenó en voz baja que fuese fusilado por la espalda, como a un traidor.

El mayor Modesto Rolón fue quien tuvo a su cargo la orden de Urquiza. Se preparó Chilavert para entregar su alma al Dios en el que creía. Cuentan que le dio el reloj a Rolón con el encargo de entregárselo a su hijo, en Buenos Aires.

Se sacó el tirador, donde había unos billetes y tabaco. Se los dio a los soldados, para que lo repartieran.

E hizo frente al pelotón.

No pudo creer lo que oía cuando el mayor Rolón le ordena que se pusiese de espalda a los fusiles, como mueren los traidores. También cuentan que sonó una estrepitosa bofetada en la cara de Rolón. Los soldados comenzaron a acercarse para cumplir con la orden. A cada uno de ellos los recibía con fieros puñetazos. No iba a morir como un traidor, porque no lo era. Simplemente se había alejado del “indigno espíritu de partido”, como había pedido el exiliado ilustre.

El acero de un puñal reflejó, artero, la pálida luz de la madrugada y se perdió varias veces en la carne del coronel rendido. Mientras caía, seguía gritando, con los gallos de la mañana, su valor y lealtad a la Patria.

Cayó ensangrentado y con el rostro al cielo el coronel Chilavert. Rolón cumplió a medias la orden terrible del señor de San José. Descerrajó su revolver en el pecho del artillero que seguía gritando su derecho a ver la muerte de frente, como los héroes.

Un poncho blanco tapaba el cuerpo de Martiniano Chilavert con sus rosas de sangre en el pecho, nunca en la espalda, cuando su esposa, de negro, seria y enjuta, lo recogió esa mañana espantosa del 4 de febrero de 1852.

31 de Enero de 2012

No hay comentarios:

Publicar un comentario