domingo, 18 de diciembre de 2011

El destino que carga con la Victoria

o Moira y Berenice

Silvia tenía, entonces, veintitrés años. Además Silvia era hermosa. De pelo color caoba, delgada, de ojos juguetones y brillantes, Silvia era coqueta, seductora y, como había nacido en Buenos Aires, un poquito histérica.

En esa epoca Silvia estudiaba Derecho en la Universidad Católica Argentina. De clase media y de padre profesional, la alegre Silvia estaba comprometida en casamiento con un muchacho compañero de estudios, católico, conservador y, posiblemente, aburrido.

De no haber pasado nada de lo que pasó, Silvia y su futuro abogado se hubieran casado. Es más, ya tenían fecha de matrimonio: un día del mes de junio de 1970.

Pero aquellas eran épocas en que nadie podía estar seguro de que su novia llegaría en fecha y hora al pie del altar. Eran épocas en que las chicas rubias y bellas, de clase media y de padres profesionales, incluso las que estudiaban Derecho en la Universidad Católica, se habían alborotado.

El Cordobazo había conmovido la paz impuesta por un bigotudo y obtuso general de labio leporino, el autoproclamado jefe de la Revolución Argentina, Juan Carlos Onganía. Había venido para quedarse veinte años, tenía las urnas bien guardadas y gustaba de entrar airoso a la inauguración de la Sociedad Rural en una carroza tirada por caballos. Había sido jefe de Remonta en Tandil y tenía con los nobles equinos muchas cosas en común. Pero de pronto el país había comenzado a sacudirse y en ese 29 de mayo de 1969, una airada multitud de estudiantes, obreros industriales y vecinos, en Córdoba, hartos de la autocracia militar, se habían alzado con una energía desconocida.

Y el impulso se había extendido por todo el país. Hasta los recoletos claustros católicos había llegado el alzamiento. Chicos y chicas de buen pasar habían comenzado a discutir airadamente sobre cuestiones que, hasta ese momento, sólo eran motivo de beata caridad, de santurrona compasión. Los pobres, los trabajadores, la doctrina social se mezclaban con el Concilio Vaticano II, la libertad religiosa, el evolucionismo de Teilhard de Chardin, El “Pensamiento de Carlos Marx”, del jesuita Yves Calvez y el sexo prematrimonial. Y en esa vorágine había entrado sin remedio la bella Silvia.

Llevada por estas nuevas preocupaciones Silvia entró en contacto con un pequeño grupo de estudiantes de distintos años de la carrera, apasionados por estas discusiones y muy enfrentados con otros pequeños grupos identificados con el nacionalismo católico o con la secta llamada Tradición, Familia y Propiedad. Mientras aquellos reivindicaban al obispo Podestá o al incipiente Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, estos esgrimían al sacerdote Julio Meinvielle, al talentoso Leonardo Castellani o al miserable Cosme Béccar Varela.

¿Quienes integraban este grupo? La mayoría de ellos vive aún -a Dios gracias, digamos- y son jueces, periodistas, funcionarios, abogadas, viudas, esposas de banqueros. Eran hijos e hijas de esa amplia, difusa y tan evidente franja social llamada clase media argentina, que habían estudiado en escuelas públicas o privadas, con esa intensidad y esmero con que se enseñaba en aquellos años. Tenían la vida por delante y nada les parecía más importante que esas discusiones interminables en las que se enfrascaban días y noches, esa preocupación permanente por los pobres, como ellos mismos decían, esa sensación de saber que ocurrirían grandes cosas y que ellos querían estar en lo que ocurriera. Todos ellos eran, aún, católicos practicantes, cosa que también iría cambiando con el paso de los meses.

Silvia se integró a este grupo y empezó a frecuentar sus reuniones. En el año 1970, un año después del Cordobazo, el grupo que se había puesto el nombre de Agrupación Estudiantil Nacional y Social, se presentó a elecciones en el centro de estudiantes donde la disputa electoral siempre, hasta ese momento, había sido amistosa y deportiva. La presentación generó un intenso debate, inusual en la vieja casa de la calle Juncal, cerca de la Cinco Esquinas. Aunque no ganó, le dio una impronta política a la disputa que atrajo la atención de las autoridades y les valió muchas veces el mote de infiltrados.

La muchacha tenía, como se ha dicho, fecha de casamiento, con todas las pompas y circunstancias del caso: vestido exclusivo, misa de esponsales, gran fiesta en el Plaza o en el Alvear, un largo viaje a Europa, lista de regalos en el Bazar Inglés. En las reuniones del grupo en cuestión, que también eran asados en Luján o almuerzos en un inolvidable restaurante de Belgrano, en Pampa y la vía, que ya no existe, Silvia conoció a Ricardo, un rosarino emparentado con la familia del diario La Capital, donde trabajaba como corresponsal, flaco, simpático, conversador y que manifestaba una creciente simpatía hacia el peronismo, por un lado, y las alternativas armadas por el otro.

Fue un flechazo. Silvia y Ricardo se enamoraron. Pero se enamoraron mal, mucho. Quien sabe si fue porque estaba por casarse, porque Ricardo parecía todo lo contrario de su convencional novio o por todo lo que la relación ofrecía de prohibido en aquellos días, pero el caso es que Silvia y Ricardo se convirtieron en protagonistas de una comedia de amor como Los Paraguas de Cherburgo, que nos conmovía por entonces. La cosa se fue haciendo insostenible con el pobre novio oficial que sentía que el pampero de la revolución le alejaba su rubia mujercita. Hasta que un día Silvia decidió fugarse de su casa y romper de esa manera con la ilusión casamentera. Todos los integrantes de aquel grupo participaron en la conspiración, la alojaron durante algunos días en sus casas u ocultaron sus pertenencias, mientras Silvia se encontraba furtivamente con Ricardo en departamentos prestados o en hoteles-alojamiento, como se los llamaba antes que la pudibundez municipal los bautizara albergues transitorios.

Hasta que un día, o una noche, o una siesta o un amanecer, Silvia quedó embarazada. Sus amores con Ricardo tuvieron un fruto, un hermoso fruto que nacería meses después y se llamó Moira, el nombre griego de las diosas que tejen el destino.

Silvia y Ricardo comenzaron a vivir juntos. Con su empleo y algunas otras colaboraciones Ricardo comenzó a mantener un hogar.

Pero, ya lo dijimos, los tiempos eran tormentosos. Los otros miembros del grupo también comenzaron a casarse y a definir, cada uno, el camino político que consideraban oportuno y eficaz.

Ricardo prosiguió el que había elegido durante ese vertiginoso año. Fue acercándose a Montoneros y a su aparato de prensa. Pocos años después sería el codirector de El Descamisado, el semanario de la organización armada.

En algún momento, el amor fue languideciendo entre Silvia y Ricardo, en situaciones de las que no tengo el menor conocimiento. Ricardo se fue alejando también de mi vida. Ya no lo veía sino esporádicamente y el ambiente político había comenzado a espesarse. Nada sé de lo que pasó en esos años con Moira, la hija de Ricardo y Silvia.

Aquellos años eran potentes no sólo para la política. El cine movilizaba también a jóvenes inquietos, innovadores, buscadores de caminos distintos en una Argentina que se resistía a lanzarse por rutas nuevas. Miguel era uno de esos jóvenes. Había filmado una película de largo nombre que muy pocos habían visto pero que se introducía lentamente en las conversaciones de aquellos días. Miguel había comenzado a convertirse en un director de culto.

Y en algún momento Miguel y Silvia se encontraron y se enamoraron. Yo alcancé a estar con ellos una noche de ese corto período que va de 1973 a 1976 y que en nuestra memoria se ha convertido en un larguísimo ciclo por la cantidad abrumadora de experiencias que nos traían cada una de las jornadas. Silvia seguía siendo hermosa, levemente snob, divertida y simpática. Vivían en un agradable departamento, lleno de objetos viejos y nuevos, libros y mantas sobre los sillones. Formaban una linda pareja y aún no tenían hijos.

En 1976, Silvia y Miguel tuvieron una hija a la que le pusieron el extraño nombre de Berenice. Ignoro si en homenaje a Edgar Allan Poe y su macabra historia o invocando la esperanzada etimología del nombre: “portadora de la victoria”. Pero le pusieron Berenice.

Y, como con tantas otras historias que comenzaron en aquella corta primavera, llegó el horrible invierno del golpe de estado -videlamartínezdehozmuerteydesa-sosiego- y dejamos de vernos.

En 1977 lo encontré a Ricardo. Había ido a buscar a mi hija a la escuela que está cerca de la Recoleta, cuando lo veo en la vereda de enfrente. Sinceramente, el corazón me dio un vuelco, como dice el lugar común, y miré alrededor antes de cruzar a saludarlo. Me contó pocas cosas, pero me dejaron con una sensación que aún hoy puedo reconstruir: Eramos algo como dos “dead man walking”. “Dos boletas caminado” se decía también, con el humor negro con que los humanos conjuramos el horror. Nos abrazamos. Habían pasado tan sólo unos años desde aquella elección en la Facultad de Derecho de la UCA. Éramos aún dos hombres jóvenes que no habían cumplido 30 años. El pasaba los días en la calle, en bares, caminando. Y a la noche dormía en diferentes lugares. Como yo, también iba a encontrarse con su hija, Moira. A los dos la muerte nos acechaba.

En algún momento de esos meses, Ricardo, Moira, Silvia, Miguel, mis hijas, mi mujer y yo nos fuimos a cualquier parte y seguimos en cualquier parte esa historia que comenzara en 1969.

Ricardo y Moira fueron a parar a Italia. Silvia, Miguel y Berenice recalaron en Paris, con una valija llena de negativos de las dos películas que Miguel había logrado hacer. Mi mujer, mis hijas y yo aterrizamos en Estocolmo, la ciudad donde se había muerto de frío Renato Descartes.

Y nunca más supimos de nuestras vidas.

Nunca más hasta hace unos días cuando escucho y veo por la televisión que hay un extraña película francesa que amenaza con llevarse muchos premios y hasta el de Mejor Película Extranjera en la competencia del Oscar. Una película en blanco y negro, muda, que cuenta una melancólica historia de un actor del cine mudo que no logra superar el umbral del cine sonoro. Y escucho que la protagonista es una actriz francesa, nacida en Argentina, de nombre Berenice Bejo. El corazón me vuelve a dar otro vuelco, pero esta vez de alegre sorpresa. Me meto en Internet, en la prodigiosa Biblioteca de Alejandría virtual, que casi como en el Aleph, nos permite ver todo desde todos los puntos posibles, y me encuentro que también Moira, en Italia, se convirtió en una actriz de la cual hablan los periódicos. Que ha filmado nada menos que con Liliana Cavani y que Moira y Berenice, además de medio hermanas, son grandes amigas.

Se me apareció el rostro juvenil de Silvia, su desparpajo, su maravilloso atolondramiento de veinte años. Se me aparecio Ricardo y el abrazo en la calle Ayacucho. Me cayó sobre los hombros el peso de que yo y mi generación teníamos detrás toda una historia.

Si Berenice gana el Oscar me encantaría brindar con ella, su hermana y todos sus padres en aquel viejo restaurante de Pampa y la vía, que ya no existe.

Buenos Aires, 18 de diciembre de 2011.

11 comentarios:

  1. JULIO:

    ¿Y qué fue de Silvia, Ricardo y Miguel?

    No nos dejes con la intriga.

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  2. che, qué linda historia... Ojalá se les dé.

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  3. Por favor Julio ¿qué pasó con Silvia?. Muy buena la historia.

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  4. Qué bello texto, Julio!! Te felicito!! Un fuerte abrazo. Roberto Vera

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  5. Hermoso el recuerdo y tanto lugar común,textos como este me acerca más a vo, porque aunque nos vemos seguido cuando estoy allí ,siempre en medio de mucha gente y muchas cosas.- un abrazo.Rosa

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  6. Tu historia me hizo llorar por lo que cuentas que es tan bello, con un finl gracias a Dios feliz.Aunque no sabemos de los otros protagonistas, esta vale. Yo viví con muchos amigos sin un final feliz. Que triunfen y se haga por todos los que no pudieron seguir. Un gran abrazo Carlos Moyano del Barco

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  7. Les contaré la historia de Silvia cuando me encuentre con ella. Seguramente será fascinante como ella.

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  8. Maravilloso, la vida teje y desteje y vuelve a tejer, y a vos te tiene entre nosotros en esta vuelta para sorprendernos con una historia bella y sublime ..porque el texto y estos afectos de tu vida lo son.
    Vi a la "portadora de la victoria" (Berenice Bejo) en El Artista...espléndida, una joya de película. Gracias Julio, Besos. Vivi

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  9. Bueno,gracías por esta experiencia de vida que haz expuesto a nuestro alcance,gracias,y la vida es maravillosa ..... cuando quiere.

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  10. Conozco a los integrantes de la historia Ricardo y Moira, con quien comparto familia, hermanos y vida (hago parte de estas grandes familias ensambladas que esos años apasionados e intensos dejaron): Ricardo fue la segunda pareja de mi mamá, con quien tuvo más hijos (mis hermanos), osea que con Moira somos como hermanas. Ricardo es un periodista (y escritor!) comprometido, y Moira vive en París y, entre otras cosas, es flamante y amorosa mamá.
    A lo mejor en algún momento Ricardo pueda escribir la otra parte de la historia...! Un abrazo y gracias por el compartir.

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  11. Pero querido Julio, qué enorme sorpresa! Fue Victoria (Solanas) la que me envió hoy tu texto tan lindo. Como vos, recuerdo el asombro de aquel encuentro cerca de la Recoleta y, por supuesto, al grupo de conspiradores. Me alegra muchísimo "rencontrarte" de este modo y sintiendo tu cariño. Para los más curiosos: Silvia sigue en París y con Miguel, sobre Moira ya les dijo Victoria, quien escribe tiene su casa en Toscana pero nuevamente en tránsito hacia Roma y trabaja en Kabul, Afganistán, organizando medios de comunicación independientes y formando periodistas afganos. Un enorme abrazo y te escribiré a tu correo. Ricardo.

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