lunes, 23 de abril de 2007

Geraldine: Cuando Afrodita cayó a la milonga 22 de enero de 2005

Los lunes la cita es en el Canning.
Se trata de un hermoso local con un señorial toldo hacia la calle, que queda en la avenida Raúl Scalabrini Ortiz. Como todo porteño sabe la avenida tenía el nombre del primer ministro británico que reconoció nuestra Independencia y, de paso, nos despojó de la Banda Oriental, es decir, de lo que hoy es la República Oriental del Uruguay. Tuvieron que venir varios gobiernos peronistas para que la avenida fuese bautizada con el nombre de aquel escritor y poeta argentino que descubrió y explicó el sistema de dominación británica en el Río de la Plata y craneó la nacionalización de los ferrocarriles. Después que los ingleses nos volvieron a echar a patadas de las Malvinas y nos impusieron una cierta forma de democracia, le pusimos, como simbólica revancha, Scalabrini Ortiz a la vieja avenida Jorge Canning. Fue casi todo lo que pudimos hacer contra los ingleses.
Bien. Los lunes, como digo, la cita es en el Canning, en el amplio salón con piso de parquet del Club Helénico.
Sus altas paredes exhiben las inmensas pinturas de la gran Marcia Schwarz. Las amplias telas muestran las infinitas posibilidades de la angustia femenina, bajo la forma de milongueras gozando del delirio que sus cuerpos oferentes generan en el misterio de la danza y sufriendo el desengaño de esas palabras dichas sin pensar y el olvido de un cuerpo cuyo nombre nunca será recordado. Óleos cuyo único color dominante es el rojo: el rojo de las ingles de una parturienta; el texto en letras rojas escritas con un tampón; la copa de vino que derrama el himen de la virgen sacrificada. Ese es el único color que Marcia ha puesto en sus pinturas del Club Helénico. El eterno color femenino. El de la pasión y la sangre.
Y en la pista del Canning, en el Club Helénico, está bailando Afrodita.
Geraldine es el nombre que le han puesto sus padres, viejos sacerdotes del rito porteño. Es morena. Su pelo suelto y espumoso ha sabido de un par de trenzas cayendo sobre el marfil de sus hombros redondeados y suaves. Los ojos negros ponen en la noche la luz de todas las mañanas de enero y sus pestañas mueven el aire, como las plumas de un abanico que intenta que nada amenace su resplandeciente grandeza.
Las formas de Geraldine son la cifra de la belleza porteña. No es más alta que ningún hombre. La armonía de su rostro oliváceo, la forma redonda de su mentón, la suave curva de una nariz, cuyas fosas oscuras se abren sedientas al bailar, la boca carnosa y brillante, la sonrisa refulgentemente blanca, las orejas pequeñas ocultas bajo las guedejas del pelo renegrido, toda esa belleza que acongoja, no es sino expresión, quizás la más alta, de nuestra única y mestiza singularidad. Geraldine es una resplandecientemente hermosa criolla. Y está bailando el tango.
No importa quién la lleva. Geraldine es, en los brazos de su pareja, la eterna seducción femenina. Sus pies responden con gracia la propuesta pícara del hombre. Su cuerpo se vuelca generoso al quieto paso atrás del compañero. Golpea la punta del pie dos veces, en el silencio y la quietud del paso, se marca su gloriosa grupa bajo la segunda piel de la falda, y ahí devuelve con un giro y un ocho hacia atrás, la propuesta gentil de su pareja. Nadie como Geraldine despliega en la pista esa seducción que el hombre impone a la mujer en el tango. Cuando baila Geraldine se hace evidente que el hombre en el tango solamente tiene un papel que cumplir: que todos deseen con violencia a la mujer que baila con él.
Cuando baila Geraldine, baila Afrodita, en la helénica pista del Canning.

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