Publico aquí algunos textos a medio camino entre el intento de permanencia de la literatura y la realizada fugacidad del periodismo.
jueves, 1 de enero de 2026
La Ciudad Pintada de Rojo en el Parque Rivadavia
Cómo ya he contado, abandoné la última novela de Leonardo Padura, harto de su anticastrismo, y me quedé sin lectura para el fin de semana largo. Comí unas sustanciosas rodajas del peceto al horno con papas, cebollas y morrones verdes que fue mi cena de Fin de Año, acompañado de una copa de pinot noir. Había cesado la agobiante canícula de la noche y pensé que sería una buena oportunidad para un paseo por el Parque Rivadavia y fumar, bajo su abundante sombra, un robusto capa cubana de los que me regalé para las fiestas. Pero necesitaba un libro que justificara estar sentado una hora en un banco de plaza. Sobre mi mesa de trabajo había quedado, como olvidado, un ejemplar de La Ciudad Pintada de Rojo, una novela de Manuel Gálvez, publicada en 1948 por el Instituto Panamericano de Cultura, que compré a mi amigo Jorge, el músico de jazz propietario del viejo puesto de diarios de la estación Río de Janeiro, al que la crisis de la prensa gráfica convirtió en una rica librería de libros viejos, algunos, como este, muy viejos.
Logré encontrar en el Parque Rivadavia, repleto de vecinos, de parejas, chicos y perros que gozaban del transitorio alto el fuego que nos concedía el verano, un banco a la sombra de una hermosa y vieja tipa. Encendí mi cigarro y comencé a leer al viejo Manuel Gálvez. No pude parar hasta la página 170 y solo la caída del sol interrumpió mi lectura.
Gálvez es nuestro gran novelista del siglo XX y este relato nos mete en un Buenos Aires de 1835, gobernado férreamente por Juan Manuel de Rosas, un gaucho rubio y de ojos celestes de 42 años, y su mujer Encarnación Ezcurra, una dura y no muy agraciada mujer de 37 años. Y de golpe, ni más ni menos que en un lugar evocativo a Bernardino Rivadavia y cerca de la estatua ecuestre de Simón Bolívar, me enredé en la vida cotidiana de las familias “decentes” de entonces, de los festejos del 9 de Julio, de los enriedos, amores juveniles, odios adultos y la ensoñación de una jovencita federala de 16 años por los versos de un hombre de carácter huraño, de origen humilde, elegante y de oscuro pasado que ha conocido en París a los poetas románticos: Esteban Echeverría.
Me encontré siendo testigo del encuentro, entre temeroso y desenfadado, de una bella mujer de 35 años, federal de corazón, preocupada por los desvaríos unitarios de su esposo, un mediocre y engreído rentista, con la mismísima Encarnación, su antigua amiga de los 15 años. Y pude ver como el Restaurador, sin saberlo, interrumpe la reunión y cómo el apretón de manos y su mirada azul sobre la visitante despierta los celos de su esposa.
Si tuviéramos una industria cinematográfica nacional que, como en EE.UU., en Rusia, en Italia, en el Reino Unido, en Francia y hasta en Brasil, acude a su propia historia para crear grandes entretenimientos populares, este libro ya debería ser el guión para una serie en seis capítulos que las grandes plataformas se disputarían para ofertar a sus suscriptores. No la tenemos. Y la novela de Manuel Gálvez seguirá siendo desconocida, nunca sabremos cómo era la cotidianidad de nuestra gente hace 100 años, cómo se vivían entonces las duras disputas políticas y Rivadavia y Mitre arderán en su infierno, pero felices de haber logrado convencernos que nuestro pasado carece de todo interés y actualidad.
1º de enero de 2026
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