lunes, 11 de febrero de 2019

Sorjonen o la Finlandia postsoviética


Finlandia (Suommi para sí mismos) constituye una singularidad en esa bellísima región formada por una especie de doble península integrada por los países escandinavos y, justamente, Finlandia y su contraparte rusa, Karelia. Es una singularidad porque no forma parte de ninguna de las dos grandes potencias de los siglos XVII y XVIII en la región, Rusia y Suecia. Es una singularidad porque no se habla una lengua germano nórdica ni una lengua eslava. Se habla el finés, lengua que hasta 1850 era considerada una lengua muerta por la clase de propietarios agrarios y burgueses citadinos que hablaba sueco, aún cuando fuera Rusia el imperio al cual pertenecía el Gran Ducado de Finlandia.

En lo profundo de los bosques, a orillas de los miles de lagos de la región, había miles de campesinos sometidos a un régimen de servidumbre que mantenían el idioma finés. El movimiento nacionalista se desarrolló a partir de la lucha por el reconocimiento lingüístico -ya lo he contado en alguna otra oportunidad- hasta que la Revolución Rusa de Octubre de 1917 le dio a Finlandia su independencia y soberanía.
Entre enero y mayo del año siguiente, 1918, tuvo lugar una sangrienta guerra civil, entre propietarios y desposeídos, que tuvo como resultado la muerte de unos 40.000 finlandeses, 6.000 de ellos menores de 20 años. Las historias de los guardias rojos derrotados cavando sus propias tumbas para ser fusilados por los blancos todavía son material para novelas.

Derrotados los rojos, Finlandia se convirtió en un protectorado del Imperio Alemán, hasta que en ese mismo año, el Kaiser es derrotado y, bajo la protección de los aliados "democráticos" -Francia, Inglaterra y EE.UU.- se crea la República de Finlandia y se celebran las primeras elecciones de su historia. 1918, dos años después de las primeras elecciones libres de nuestra propia historia.

Obligada a vivir al lado Rusia y su inevitable gravitación cualquiera sea el régimen político social que tenga, Alemania, con quien comparte el Mar Báltico, y Suecia, con quien ha convivido a la fuerza y comparte el idioma y las islas Ålands, los finlandeses han sabido arreglarselas.

Así como supieron, con el presidente Uhro Kekkonnen, que gobernó el país durante 26 años, evitar ser invadidos por los soviéticos y hacer buenos negocios con ellos, convirtiéndose en la puerta por donde entraba a la URSS la tecnología occidental, los cambios experimentados en Rusia a partir de 1989 tuvieron su inevitable repercusión en la pacífica Suommi.

Sorjonen, la serie que acabo de terminar de ver en su primera temporada, da cuenta de estos dramáticos cambios. Como ha puntualizado el amigo Fernando Musante, a cien kilómetros de Lappeenranta, al sur del país, está la ciudad fundada por Pedro el Grande, en 1703, doscientos veintitrés años después que el vasco Garay fundara Buenos Aires, San Petersburgo. Esa cercanía no puede ser inocua.

Me causó mucha gracia la especial maldad, que después no vi repetida en otros capítulos, del primer capítulo, en el cual el viejo dentista depravado que gusta de manosear adolescentes desnudas y anestesiadas se llame Gösta Lilljeberg, es decir, sea sueco.

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