lunes, 2 de febrero de 2026

El mundo de hoy en décimas

El mundo ya no es el mismo,
el escenario ha cambiado.
Lo que armaron los aliados,
después del gran cataclismo,
se ha derrumbado en un sismo
que ha sacudido a Occidente.
Es que se ha roto la entente
de Washington y Bruselas
y esto tiene por secuelas
la crisis que ya se siente.

Y tampoco es solo una
la potencia dominante.
Por un lado hay un gigante,
por donde sale la luna,
que se ha aliado con fortuna
con el eslavo vecino,
convocando a un genuino
acuerdo multipolar
donde cada uno es par
y sin objeto mezquino.

Los BRICS se llama el convenio
y son la mitad del mundo.
El terreno es fecundo
y ya lleva un decenio
de economía e ingenio.
Lo que está en juego, parece,
es si el dólar permanece
para el comercio mundial,
sacándolo del sitial
que día a día decrece.

El estado de Israel
lleva a cabo una matanza,
un genocidio, una danza
de degüellos en tropel,
cargados de odio, de hiel,
y ha arrasado toda Gaza.
La tregua es mentira crasa
y una agente inmobiliario
quiere hacer allí un balneario
que a palestinos desplaza.

Europa, como siempre, llora
lágrimas de cocodrilo,
pues ha perdido el estilo
de gran potencia rectora.
Mientras, Washington vigora
el poder de destrucción
de las legiones de Sión.
Palestina es el cordero
entregado al matadero
de un Occidente en fisión.

Nuestro “Gran País del Norte”,
en patética entropía
está buscando una vía,
un camino o un resorte
que evite que su recorte
se convierta en retirada.
Vetusta y empolvada
halló en Monroe la doctrina:
que América Latina
a Washington sea ordenada.

Y en nuestro lado del mapa
está todo en tensión.
México es gran bastión,
con presidenta que atrapa
todo el sentido de guapa.
Están Cuba y Nicaragua
esperando la macagua
y el pérfido mordiscón.
En semejante turbión
son el carbón de la fragua.

El país Bolivariano,
la Venezuela de Chávez,
está peleando las llaves
de un destino soberano.
El rubio Trump echó mano
de secuestrar a Maduro.
El pueblo hizo conjuro
con su nombre y el de Cilia.
En una larga vigilia
fueron ambos un huairuro.

De los países andinos
en Colombia está Petro,
quien le ha quitado el cetro
a gobiernos asesinos,
y hoy defiende genuinos
reclamos de independencia.
No lo achica la presencia
del belicoso gigante,
ni su gesto amenazante
y no promete obediencia.

En el resto de los Andes
no se ve mucha grandeza.
Los dueños de la riqueza
del Perú, en negocios grandes.
Los políticos desbandes
han convertido al estado
en un órgano castrado.
Y el pueblo, casi impotente,
es convertido en cliente,
en espectador cegado.

En Ecuador, tierra bella,
el dólar es el campeón
que impone su condición:
y deja profunda mella.
Volver a tomar la huella
de un gobierno popular
no es cosa de solo hablar.
Como en Perú, hay disputa,
entre Monroe y la Ruta,
todo es para pensar.

La cosa en Chile ha cambiado.
De un modo menos violento
vuelve el país al momento
del viejo golpe de estado,
con Allende asesinado
y Pinochet presidente.
Chile, otra vez como agente
de intereses imperiales,
reclamos territoriales
y enemistad permanente.

Y Brasil sigue con Lula
como su gran estadista.
En los BRICS encontró pista
y desde allí se vincula,
discute, opina y postula
ante el mundo en su conjunto.
Hoy Brasil está en el punto
más alto desde el Imperio.
¿Le faltará un socio serio
como Argentina?, pregunto.

Es que Argentina es el drama
más triste de esta historia.
Como burro en la noria,
como insomne en la cama
da vuelta y vuelta en la rama
sin llegar a algún destino.
Hoy su finanza es casino,
cerrar industrias su norte
y no hay nada que le importe
más allá del desatino.

Sin curso y sin dirección
Argentina marcha a tumbos
¿Dónde están aquellos rumbos
que le impusiera Perón?
El proyecto y conducción
de unidad continental,
con Brasil, el franco pial
para empujar al conjunto
está olvidado, barrunto,
en medio de este andurrial.

Pero nada está estable.
Lo central es movimiento,
más rápido o más lento.
Por ello, todo es variable,
tanto que no es desdeñable
que, tal como ya pasara,
disipada la algazara,
aparezca una espada,
de civil o uniformada.
La historia no es tan rara.

2 de febrero de 2026.

sábado, 24 de enero de 2026

La tumba de Camilo Torres

En 1965, tenía yo 18 años.

El año anterior había terminado la escuela secundaria en Tandil y a principios de ese año toda la familia se había mudado a Buenos Aires. Mi padre alquiló, para ese verano, un pequeño departamento en la calle Copérnico, una pituca calle en Recoleta que termina en una escalera, en la cercanía de Avenida Las Heras y Avenida Pueyrredón. Y durante ese verano hice el curso de ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina.

1965 fue, entonces, mi inicio en la vida universitaria y en la vida porteña.

Al año siguiente, 1966, se produjo el golpe de estado de Onganía contra el gobierno de Illia. En el microcosmos de la UCA ya comenzaban a sentirse las tensiones entre las tendencias ultraconservadoras de la conducción y los cambios moleculares que vivía el catolicismo a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. El rector de la UCA era un obeso y recalcitrantemente reaccionario sacerdote, Monseñor Octavio Derisi, que venía de los viejos Cursos de Cultura Católica de la década del 30. Esos Cursos estaban conformados, entonces, con figuras como Tomás Casares, César E. Pico, y Atilio Dell'Oro Maini, es decir los nacionalistas chupacirios que ocuparon la primer parte de la Revolución de 1943. Como se sabe, Tomás Casares fue miembro de la Corte Suprema de Justicia, desde 1944 hasta 1955. Atilio Dell'Oro Maini, por su parte, había sido un estudiante cordobés, vinculado al reacionario obispado de Córdoba, opositor a la Reforma Universitaria de 1918, que se había ido alejando del viejo nacionalismo oligárquico para convertirse, con el paso de los años en ministro de Educación de la Revolución Libertadora.

El decano de la Facultad de Derecho era Santiago de Estrada, otro viejo nacionalista de los años 30, partícipe del levantamiento del 16 de Junio de 1955 y del bombardeo a la Plaza de Mayo y padre del homónimo Santiago de Estrada, quien fuera secretario de Seguridad Social de Rafael Videla y de Carlos Menem.
Bueno, ese era el espíritu de las autoridades de la UCA.

En ese año 1966, descubrí en un kiosco de la avenida Corrientes, cerca del Politeama –adonde iba a tomar un café, después de haber visto, quizás, Iván el Terrible, en el cine Lorraine–, la revista Cristianismo y Revolución. Y en ella me enteré de la muerte en combate del cura Camilo Torres Restrepo.


Durante, por lo menos, un año, Camilo Torres, su vida, su militancia y su muerte se convirtieron en el ideal de ese muchachito de 19 años que descubría desordenadamente, sin guía alguna, casi a puro sentimiento, la política revolucionaria, la idea de una única Latinoamérica y de un mundo justo e igualitario.

Que sesenta años después se haya logrado establecer el lugar donde fue enterrado el famoso Cura Guerrillero de los años '60 hizo que por mi cabeza pasara toda esta película que marca el punto inicial de una vida adulta signada, justamente, por la Revolución, Latinoamérica y la Justicia Social.

De alguna manera se hizo cierta la afirmación de la canción que Chavela Vargas inmortalizara:

“Donde cayó Camilo se alzó una cruz,
que no fue de madera, sino de luz”.


24 de enero de 2026.

viernes, 16 de enero de 2026

El mercenario de la Wagner

Hoy al mediodía tuve que hacer una diligencia en una oficina de la ahora llamada ARCA, ex AFIP y antiguamente DGI. Existía la posibilidad de hacerla virtualmente, con el teléfono. Pero ARCA, AFIP y/o DGI han tenido, tienen y tendrán la más pedorra de todas las aplicaciones e interfaces posibles. Ocho veces intenté sacarme una foto, según me lo pedía la aplicación y ocho veces un infame cartelito me informaba que no había sido posible. Por lo tanto, decidí pedir un turno que me salió para este mediodía.

La oficina se encuentra en la vecindad de la esquina de Castro Barros e Independencia, de modo que consulté en Google Maps que ómnibus me dejaba mejor. Me dio dos alternativas interesantes: caminar por avenida La Plata dos o tres cuadras y tomar el 56 o, en su defecto el 96. Hacia allí me dirigí y busqué la parada del 56. Ese número no aparecía por ningún lado. Había un muchachito parado en la puerta de una casa de departamentos y le pregunté por esa parada.

-- No, me dijo. – El 56 no pasa más, después de aquel paro de transporte, ¿te acordas?, el 56 cortó el servicio.

-- Claro, le respondo, y el Google Maps no está enterado.

Se ríe y me dirijo a la siguiente alternativa. Busco la parada del 96, sobre la calle Formosa, casi avenida La Plata. El sol caía a plomo, aunque el calor no era abrumador. Me refugio bajo la sombra de un árbol y espero. Pasan los minutos y no hay el menor vestigio del 96. Miro la hora y veo que, pese a haber salido con tiempo, solo faltan veinte minutos para la hora del turno. En una ferretería, pregunto al señor que está detrás del mostrador si sabe algo del 96.

-- Uh, ese pasa cada 45 minutos.

-- Caramba, ¿y qué otra cosa me puede dejar en Castro Barros, además de mis piernas?, le pregunto.

-- ¿En Castro Barros? Son cinco cuadras...

-- Tiene ud. razón, son cinco cuadras. Iré caminando.

Y emprendo la marcha de las cinco cuadras que, por supuesto, no eran cinco, sino siete, pero que las caminé a paso firme.

Las oficinas de ARCA son una de las cosas más desangeladas del mundo, posiblemente solo superadas por una comisaría o la guardia de un hospital. Pero mi trámite fue breve y el aire acondicionado era muy bueno.

Emprendo el retorno por Independencia hasta llegar a avenida La Plata y de ahí, encaro, por la vereda de la sombra, el camino hacia Rivadavia.

Después de una cuadra me sobrepasa un señor corpulento, de unos 48 años, con un cuerpo que alguna vez fue musculoso y trabajado, pero que las empanadas, los asados, el fernet con cola y el malbec han echado a perder. Cuando ya está ubicado delante mío veo que tiene puesta una remera negra con esta inscripción:


Como se sabe, el hoy famoso Grupo Wagner es un ejército de mercenarios, creado por Yevgueni Prigozhin, antiguo chef del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, y que participó, aunque secundariamente, en la Guerra de Ucrania. En el 2023, la Wagner se levanta en armas y acusa al Ministerio de Defensa ruso de bombardear soldados del Grupo. Todo esto me vino a la cabeza al ver la siniestra insigna. Recuerdo también que un par de altos mandos de la organización murieron en misteriosos accidentes automovilísticos, después de la rebelión.

Acelero el paso y alcanzo al hombre. Cuando lo tengo a mi lado le digo:

-- ¿Vos sos del Grupo Wagner?

Me mira sorprendido.

-- ¿Sos del Wagner?, le repito.

-- Me encantaría, me dice en un murmullo de voz carrasposa.

-- ¿Cómo?

-- Me encantaría, me repite.

-- Pero estás medio pasado de peso, le digo con una amplia sonrisa tendiente a aplacar cualquier extemporaneidad.

Y apuro el paso para alejarme del mercenario frustrado.

16 de enero de 2026

jueves, 1 de enero de 2026

La Ciudad Pintada de Rojo en el Parque Rivadavia


Cómo ya he contado, abandoné la última novela de Leonardo Padura, harto de su anticastrismo, y me quedé sin lectura para el fin de semana largo. Comí unas sustanciosas rodajas del peceto al horno con papas, cebollas y morrones verdes que fue mi cena de Fin de Año, acompañado de una copa de pinot noir. Había cesado la agobiante canícula de la noche y pensé que sería una buena oportunidad para un paseo por el Parque Rivadavia y fumar, bajo su abundante sombra, un robusto capa cubana de los que me regalé para las fiestas. Pero necesitaba un libro que justificara estar sentado una hora en un banco de plaza. Sobre mi mesa de trabajo había quedado, como olvidado, un ejemplar de La Ciudad Pintada de Rojo, una novela de Manuel Gálvez, publicada en 1948 por el Instituto Panamericano de Cultura, que compré a mi amigo Jorge, el músico de jazz propietario del viejo puesto de diarios de la estación Río de Janeiro, al que la crisis de la prensa gráfica convirtió en una rica librería de libros viejos, algunos, como este, muy viejos.

Logré encontrar en el Parque Rivadavia, repleto de vecinos, de parejas, chicos y perros que gozaban del transitorio alto el fuego que nos concedía el verano, un banco a la sombra de una hermosa y vieja tipa. Encendí mi cigarro y comencé a leer al viejo Manuel Gálvez. No pude parar hasta la página 170 y solo la caída del sol interrumpió mi lectura.

Gálvez es nuestro gran novelista del siglo XX y este relato nos mete en un Buenos Aires de 1835, gobernado férreamente por Juan Manuel de Rosas, un gaucho rubio y de ojos celestes de 42 años, y su mujer Encarnación Ezcurra, una dura y no muy agraciada mujer de 37 años. Y de golpe, ni más ni menos que en un lugar evocativo a Bernardino Rivadavia y cerca de la estatua ecuestre de Simón Bolívar, me enredé en la vida cotidiana de las familias “decentes” de entonces, de los festejos del 9 de Julio, de los enriedos, amores juveniles, odios adultos y la ensoñación de una jovencita federala de 16 años por los versos de un hombre de carácter huraño, de origen humilde, elegante y de oscuro pasado que ha conocido en París a los poetas románticos: Esteban Echeverría.

Me encontré siendo testigo del encuentro, entre temeroso y desenfadado, de una bella mujer de 35 años, federal de corazón, preocupada por los desvaríos unitarios de su esposo, un mediocre y engreído rentista, con la mismísima Encarnación, su antigua amiga de los 15 años. Y pude ver como el Restaurador, sin saberlo, interrumpe la reunión y cómo el apretón de manos y su mirada azul sobre la visitante despierta los celos de su esposa.

Si tuviéramos una industria cinematográfica nacional que, como en EE.UU., en Rusia, en Italia, en el Reino Unido, en Francia y hasta en Brasil, acude a su propia historia para crear grandes entretenimientos populares, este libro ya debería ser el guión para una serie en seis capítulos que las grandes plataformas se disputarían para ofertar a sus suscriptores. No la tenemos. Y la novela de Manuel Gálvez seguirá siendo desconocida, nunca sabremos cómo era la cotidianidad de nuestra gente hace 100 años, cómo se vivían entonces las duras disputas políticas y Rivadavia y Mitre arderán en su infierno, pero felices de haber logrado convencernos que nuestro pasado carece de todo interés y actualidad.

1º de enero de 2026

domingo, 7 de diciembre de 2025

Vanya, un gigantesco desafío actoral


El siempre gentil amigo Oscar Barney Finn me invitó a la última función de la obra “Vanya”, que se ha estado exhibiendo en la linda sala teatral de la Cultural Inglesa. Ese lugar tiene para mí una intensa carga emocional. En la vereda de enfrente a Suipacha 1333 viví los tres primeros años de mi llegada a Buenos Aires y del inicio a mis estudios universitarios. La Iglesia del Socorro, la confitería que llamábamos “El Socorrito” y que hoy se llama “Dos Escudos”, en diagonal al templo y el viejo edificio de la Cultural Inglesa formaron parte de mi primer paisaje porteño. En un departamento de planta baja, con un pequeño patio que lindaba con los fondos de la Embajada de Israel transcurrió mi primer conocimiento de la ciudad de Buenos Aires, ahí leí algunos de los libros que signarían para siempre mi vida adulta.

La vida ha sido pródiga conmigo en misteriosas coincidencias. Muchos, pero muchos años después, con un pasado en la política argentina, con un exilio de siete años, y dos películas realizadas junto a Jorge Coscia, recibí una llamada de Víctor Laplace. Sinceramente no recuerdo cual era el motivo de la llamada, pero me invitó a su casa para conversar. Me dio la dirección. Algo resonó en mi memoria, pero no le di mucha importancia. Esa tarde llegué al lugar de la cita y nuevamente la memoria me hizo un pequeño llamado. Toque el botón del portero automático y Víctor salió a recibirme. Me acompañó hasta su departamento. Al entrar, más de veinte años de mi vida me devolvieron a aquellos momentos de mi descubrimiento porteño. Víctor vivía exactamente en el mismo departamento de la calle Suipacha al 1300 donde yo había vivido. Encontrarme con el antiguo compañero de andanzas tandilenses de la infancia y la adolescencia, en el mismo lugar donde inicié mi vida en la ciudad de la que nunca quiero irme, fue el tema central de nuestra conversación aquella tarde. A punto de que jamás recordaré el motivo de esa cita.

Y con esa sensación fui hoy a la función de “Vanya”, la obra que Oscar Barney Finn dirige, sin saber con exactitud de qué se trataba.
Invité a una querida amiga tucumana que, afortunadamente, se encuentra en Buenos Aires, y ya en el foyer de ese agradable espacio me encontré con algunos amigos conlos que compartiría el espectáculo.
Y el espectáculo que presenciamos mi amiga Andrea y yo superó, rebasó, excedió, desbordó todas mis expectativas.
“Vanya”, la obra, es una adaptación realizada por el músico y dramaturgo británico e irlandés Simon Stephens del clásico de Antón Chéjov, “El Tío Vanya”, publicado en 1899 y cuyo estreno en 1900 se hizo con la la dirección de Konstantín Stanislavski. Pero a su vez, esta puesta es una adaptación a una geografía y a un ambiente argentinos, llevada a cabo por Oscar Barney Finn.

Un solo actor, el increíble Paulo Brunetti, total e injustamente desconocido por mí hasta este momento, asume la responsabilidad de interpretar a los nueve personajes de la obra de Chéjov.

Y el resultado es electrizante. Desde el primer momento de desconcierto, cuando el actor emerge de un sótano, como quien es parido desde las profundidades, y comienza a hablar y comportarse como una mujer, hasta la escena final donde nuevamente emerge, ahora Vanya, del mismo útero subterráneo, para encontrarse tristemente con su sobrina Sonia y deciden enfrentar una nueva vida con renovada esperanza, Paulo Brunetti se convierte en un guía esquizofrénico que encarna cada una de las nueve conflictivas personalidades pergeñadas por Chéjov.

Su proeza es alucinante. Y la labor del director, para cuidar que cada una de esas conflictivas y enfrentadas almas, no se confundan en la mirada del espectador es una obra maestra.

Paulo Brunetti, el actor patagónico, radicado hace años en Chile, pero que conserva impoluta su impronta argentina, ha realizado una prueba de fuego. El resultado podría haber sido un ridículo pastiche, un batiburrillo de personalidades confusas e incomprensibles. Por el contrario, el gigantesco trabajo actoral y la férrea conducción del director han logrado hacer de “Vanya” un espectáculo inolvidable.

Un largo y sostenido aplauso de un público exigente coronó la función. Paulo Brunetti informó que seguirían en Mar del Plata durante el verano. Quienes tengan programadas sus vacaciones por ahí no pueden perderse este extraordinario y exitoso desafío actoral.
Buenos Aires, 7 de diciembre de 2025

domingo, 9 de noviembre de 2025

Gaucho, Patria y Tradición

Anoche estuve, con mi amigo Edu Auzmendi, en La Conversa, en Castro Barros 809. La idea era presenciar un espectáculo que se llamaba Gaucho, Patria y Tradición, todo ello a cargo del historiador Ezequiel Adamovsky, la cantante surera Nayla Beltrán y los payadores Wilson Saliwonckzyk y Santiago Lapine.


Fui testigo de un espectáculo emocionante y de una inmersión en la historia y en la antropología de mi país de tan solo hace 160 años. Ezequiel Adamovsky es un hombre al que sigo desde que publicó su Historia de la Clase Media. Es un notable hijo de la academia que carece de los vicios de sus colegas, que ha sabido encontrar algunas de las claves maestras de la sociedad argentina y que en su libro sobre el gaucho ha ratificado algunas de las mejores cosas que aprendí de mis maestros de la Izquierda Nacional. Ignoro si lo sabe y carece de la más mínima importancia, pero su visión del gaucho, de su entronización como paradigma nacional por parte de la clase dominante del fin de siglo XIX y principios del XX, de la transformación del matrero y desertor en paradigma del héroe nacional, por parte de un sistema oligárquico que lo había eliminado socialmente, es uno de los mejores momentos de las reflexiones de Jorge Abelardo Ramos, tanto en Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, como en Crisis y Resurrección de la Literatura Argentina.

El espectáculo me emocionó hasta las lágrimas y en mi fuero interno deseaba que un escenario como el del Gran Rex o el Teatro San Martín pudiera albergarlo.

Un historiador, de orígenes centroeuropeos, unos maravillosos payadores criollos, pero con antepasados en Europa oriental y una muchacha cantora de milongas sureras, expusieron con verso, canto y palabra, la historia de ese mito fundante: el gaucho y el uso que el nacionalismo lugoniano hizo de ese matrero desertor, convirtiéndolo en paráfrasis de una nación inexistente y de un ser nacional al servicio de una clase dueña de las tierras.

Nos hablaron y nos cantaron sobre la multitud de genes españoles, indios y africanos que compusieron ese héroe, de sus mujeres innombradas e ignotas. De la multitud de "negros" que pueblan el poema de Hernández y de la convergencia de sonidos y tradiciones que conformaron las décimas y las milongas con las que esos gauchos cantaron su gesta.

Hubo un momento, quizás ayudado por el exquisito cabernet franc que tomamos con mi amigo, en que los ojos se me humedecieron hasta necesitar la ayuda recatada de una servilleta de papel. Pero la sensación de adentrarnos en nuestra gestación como pueblo, la admiración que siempre me produce la notable capacidad de incorporar lejanas tradiciones y culturas transformándolas en propias, de nuestra Argentina, me dieron una maravillosa noche de viernes.

Nayla Beltrán le agregó a la experiencia una versión femenina, del siglo XXI y desde la pampa urbanizada, de esas décimas hispanas que constituyeron nuestro canto nacional.
Una noche para agradecer a los amigos que nos contaron estas maravillas desde el improvisado escenario.