lunes, 4 de mayo de 2026

Un domingo en San Telmo y un momento cubano


Hoy fui a caminar a San Telmo. Hacía mucho que no iba.

Me baje en Belgrano y Defensa y descubrí (o quizás redescubrí) que la feria se ha prolongado hasta esa esquina. Una interminable serie de puestos se prolonga ininterrumpidamente hasta Independencia, con algunos cortos seudopodios en calles transversales. La oferta es la típica de esas ferias callejeras: desde pequeños recuerdos porteños y argentinos hasta artículos de cuero, sombreros, gorras, tejidos, cerámica, fotos y cuchillos. Por el lugar caminaba una enorme multitud en la que se podían oír expresiones en portugués, alemán, francés, inglés y hasta ruso. También, por supuesto, el acento argentino de diversas regiones del país. Debo reconocer que el mundialmente famoso Rastro de Madrid es más pequeño que esta Feria de San Telmo. Lamentablemente, también tengo que reconocer que es más barato. Los precios de San Telmo no lo son. Y si no lo son para los nativos, mucho menos deben serlo para los turistas extranjeros, con un dólar devaluado. Pese a la enorme cantidad de gente que recorría la zona, debo decir que no vi muchas operaciones. Un hacha de cocina, vieja y desafilada, a $30.000 no es para nada tentador. Es casi el precio por el que se puede comprar uno nuevo, afilado y limpio, en cuotas inclusive.

Al seguir por Defensa después de Independencia desaparece la feria situada en los bordes de la calle y comienza el viejo paseo habitual, con sus bares, confiterías, restaurantes y sus artistas callejeros. Lo primero que oí y, luego, encontré fue una pequeña orquesta árabe de vientos, con una dama que danzaba al compás de sus músicos.

Más adelante, un guitarrista, con un amplificador, hacía oír una versión de Hava Naguila.

Sigo mirando puestos y vidrieras. Entro y recorro el Mercado de San Telmo que está repleto de gente moviéndose, aunque sus muchos bares y restaurantes tiene escasos comensales. Salgo y vuelvo a la calle Defensa donde continúo mi marcha hacia San Juan.

Llegando a la Plaza San Telmo oigo una guitarra y una vos muy afinada que canta un típico son cubano. Me acerco a la esquina de Humberto I y Defensa, ya en la plaza y veo a un afrocubano, de unos 45 o 50 años, cantando y haciendo cantar a sus espectadores su divertido son, en el que hace falsetes, imitando una voz de mujer, mientras se acompaña con su guitarra. El tipo tiene realmente una extraordinaria simpatía, conserva notoriamente su acento caribeño y habla con un léxico que revela una buena educación pública. Continúa con un tema que es inmortal, Lágrimas Negras. Y el tipo comienza a hablar de Miguel Matamoros, su autor, el hombre que, de alguna manera, creó la música cubana del siglo XX. Y empieza a cantar con una muy bella voz:

Aunque tu, me has echado en el abandono
Aunque tu, has muerto todas mis ilusiones
Y en vez de maldecirte, con justo encono,
en mis sueños te colmo,
en mis sueños te colmo
de bendiciones.

Sufro la inmensa pena de tu extravío,
siento el dolor profundo de tu partida
y lloro sin que sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras
como mi vida.


En ese momento comienzo a sentir una profunda e íntima congoja. El pueblo de ese negro cubano, que reparte alegría con la cultura popular de su tierra y encuentra una entusiasmada y cálida adhesión de un público de argentinos que lo escuchan embelesados, está sufriendo, está amenazado por Estados Unidos de ser bombardeado, invadido, asesinado. No se trata de un país lejano y desconocido, que habla lenguas que no comprendemos y canta y baila músicas desconocidas. Se trata del pueblo de este guitarrista y cantor que nos habla y nos canta, en un diáfano español medio andaluz, canciones que venimos escuchando desde siempre. Y se trata de una tierra que hemos conocido, de ciudades que hemos recorrido y donde hemos sido recibidos con amor, con respeto tan solo porque veníamos de la patria del Che.


Y, amigos, debo confesarle, ese negro me hizo llenar los ojos de lágrimas. Seguramente no es castrista, seguramente se fue de su tierra porque no estaba de acuerdo o porque las terribles condiciones que debía soportar fueron demasiadas. Me importa un carajo. Su hermoso canto, su florida palabra, ese intencionado meneo de su cuerpo me hicieron acordar de sus compatriotas y de la inmensa dignidad desplegada este 1º de Mayo, de la amenaza letal que pende sobre Cuba, sobre sus hombres, sus mujeres y sus niños.

¡Viva Cuba, mierda!, grité para mis adentros.

3 de mayo de 2026

lunes, 2 de marzo de 2026

El sha, el arzobispo Makarios y el doctor Oscar Alende

La memoria es como una cebolla. No quiero decir que terminás llorando sino que el hallazgo de una capa descubre otra capa, pero seguramente Proust lo contó mejor que yo.

El hecho es que el recuerdo de la historia de Irán a lo largo del siglo XX que publiqué recientemente, llevó a que en mi cabeza, como si fuera una pantalla cinematográfica, se desarrollase esta pequeña y graciosa historia.

En 1971, en la Argentina, el autócrata Alejandro Agustín Lanusse, había iniciado una apertura política, ante el deterioro político de la dictadura militar después del alzamiento popular del 29 de mayo de 1969, en Córdoba, el conocido Cordobazo. Los partidos políticos habían comenzado a salir de sus catacumbas y sus figurones comenzaban a aparecer más seguido en los noticieros de los canales de televisión. En ese momento, Oscar Alende era presidente de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), que era el nombre de la fracción de la UCR que junto con Arturo Frondizi, dividió el partido. Allí nacieron la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), conducida por Ricardo Balbín, y la UCRI de Frondizi. Alende había heredado el sello partidario al alejarse Frondizi junto con el grupo desarrollista frigerista que fundó el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID).

Alende era un personaje típicamente radical. Ampuloso, engolado, muy bolaceador y de retórica grandilocuente y eufónica. Recuerdo también que Jorge Abelardo Ramos, genial asignador de motes a amigos y enemigos, nunca lo llamó por su nombre sino que, al referirse a Oscar Alende, lo mencionaba como “Fidel Pintos”. Mis lectores más veteranos entenderán la razón.

César Mascetti era en 1971, junto con Sergio Villarroel, el periodista estrella de Canal 13. En su noticiero presentó a Oscar Alende, quien acababa de regresar de Irán, donde había estado como invitado al 2500 aniversario del Imperio Persa. Así comenzó la conversación:

 Dr., acaba de volver de Irán. Cuéntenos sus impresiones.

 Efectivamente, respondió Alende. – Fuimos personalmente invitados por el Sha, junto con todos los presidentes de partidos políticos del mundo.

Mascetti se dio cuenta de la hipérbole, típica de El Bisonte, como se lo conocía a Alende, y volvió a preguntar:

– ¿Y cómo fue la recepción?

– Bueno, carraspeó Alende. – Nuestra visita salió en todos los diarios. No traje para mostrarle porque, bueno, ud. sabe que en Irán escriben al revés.

Mascetti se sorprendió.

– ¿Al revés?, ¿en qué sentido?

– Al revés que nosotros, de derecha a izquierda, – explicó el estadista, mientras movía la mano de derecha a izquierda.

Una sonrisa se insinuó en el periodista y volvió a preguntar:

– ¿Y cuántos fueron los invitados?

No dudó el doctor Alende en contestar:

– Y, éramos como 6.000 o 7.000 que fuimos invitados por el sha.

Y como para cambiar un poco la conversación, Alende le cuenta al periodista:

– Y al regresar sobrevolamos la isla de Chipre. Entonces me dirigí a la cabina del avión y solicité a los pilotos que, por radio, enviaran de mi parte un gran saludo solidario al arzobispo Makarios.

En ese momento y desde la década del 50, el arzobispo grecochipriota Makarios era el jefe del movimiento que pugnaba por la independencia de la isla del Imperio Británico, del cual era una simple colonia y centro de sus operaciones en Asia Occidental. Makarios, en representación de los chipriotas, pretendía que Chipre se integrase a Grecia, país al cual histórica y culturalmente pertenecía.


Mascetti se sorprendió del giro de la conversación y le volvió a preguntar a Alende

– ¿El arzobispo Makarios es amigo suyo?

Tampoco aquí hubo duda en la respuesta de Alende. Suspiró y espetó:

– Yo podría decir que soy su amigo.

Mascetti nunca le pudo preguntar a Makarios si era amigo de Oscar Alende. Fidel Pintos no lo hubiera hecho mejor.

2 de marzo de 2026.

sábado, 21 de febrero de 2026

Un botella de Mumm en la peluquería

Creo que ya he contado que más o menos cada dos meses visito a mi peluquero.

Hace ya más de diez años, una querida amiga, entreverada en el mundo del tango, me invitó a acompañarla a la peluquería, cosa que me encanta, así como acompañar a las damas que me ofrecen su amistad a comprarse ropa. Tiene, seguramente, un poco de fisgón, de ver algo tan íntimo como decidir en la compra de un vestido o ser responsable de una definitiva respuesta a la pregunta fatal:

 ¿Cómo me quedó el corte?

De modo que la acompañé. Era sobre la avenida Corrientes, en un sexto piso, en el departamento donde vivía con su mujer, cantante, y su hijo, ahora también cantor. Esa tarde me contó que también era productor teatral y descubrí que su clientela estaba formada por actores, actrices, escritores, directores, la variopinta e interesante fauna que gira alrededor de una actividad en la que Buenos Aires descuella, el teatro. Y aquella tarde resolvimos que sería mi peluquero.

Ayer, viernes, entonces, y previa reserva de turno, llegué al viejo y hermoso edificio en el que vive. La puerta de calle estaba abierta, pues un encargado estaba barriendo la entrada. Toco el portero eléctrico –al portero eléctrico se le puede decir portero, encargado eléctrico suena extraño– mientras veo que una bella y rubia señorita –en principio todas las bellas mujeres son señoritas– está esperando el ascensor, una verdadera reliquia belle époque que mi peluquero cuida como a un palimpsesto del siglo IX. Le hago seña que me espere, mientras que desde el pequeño parlante empotrado mi amigo me dice:

 Entrá, Julio.

Y escucho desde el ascensor:

 Te espero, Julio.

Miro nuevamente a la señorita y me apresuro a entrar.

Entro al ascensor y pregunto, para marcar el piso:

 ¿Dónde vas?

 Al sexto – me responde.

 Ah, yo también, vamos a verlo a Alejandro.

 Todos vamos a lo de Alejandro, Julio – y sonríe.

– Desde ya te digo que yo estoy llegando tarde, así que te atenderá primero a vos. Pero, ¿cómo te llamás?

– Veronica – me dice.

Llegamos. Alejandro nos abre la puerta, invito a Verónica a pasar y entramos a la peluquería de Alejandro. Un lugar con vista a la avenida Corrientes, con un piano, una mesa de café y dos sillas, un bar con copas y alguna bebida y un sillón de dos cuerpos, con las paredes cubiertas de hermosos y modernos cuadros de artistas argentinos contemporáneos. Al lado del bar veo un bombo legüero, que no había visto antes.

Alejandro estaba, en ese momento, atendiendo a otra señorita a la que le secaba el pelo largo con un cepillo gordo y un secador de mano. Inmediatamente le pone una gorra de baño y comienza un meticuloso trabajo de hacerle pequeños agujeritos a la gorra para extraer delgados mechoncitos de pelo. Mientras tanto me comentaba que el bombo legüero era suyo y que lo había dejado ahí porque era en ese lugar donde practicaba. También me contó que se lo había comprado al legendario luthier de bombos santiagueños, el Indio Froilán, cuyo taller y patio es motivo de visitas internacionales.

Alejandro tiene extraordinarias anécdotas e historias y siempre es un gusto compartirlas. Termina con la señorita de la gorra de baño, a quien abandona para que haga su efecto la tintura que aplicó en los flecos de su cabeza, e invita a Verónica.

Desde mi silla de la mesa de café me pongo a mirar el teléfono y escucho la charla de Alejandro con Verónica, mientras le lava la cabeza y comienza a cortarle el cabello. De pronto escucho a Verónica decir:

– Ah, traje una botella de champán frío que tengo en el bolso. Julio, en ese bolso negro, fijáte, hay un champán. Abrilo y brindemos.


Me apresuro a acercarme al bolso, antes que su dueña se arrepienta de la invitación, y, efectivamente, una fría y reluciente botella de Mumm descansaba en su interior. Retiro el morrión de alambre y comienzo el solemne rito de girar el corcho hasta escuchar el restallante, alegre y definitivo estallido del dióxido de carbono escapando de su encierro.

Eran las 6 de la tarde.

Serví el burbujeante elemento en las copas de champán que Alejandro tiene en su bar y brindamos por este hermoso país que parece que se va al carajo. Porque me olvidé de decirles que Alejandro y la inmensa mayoría de su exquisita clientela ama a este país. Y diganme si no vale la pena pelear para aplastar a los que lo están destrozando.

Buenos Aires, 21 de febrero de 2026.

lunes, 2 de febrero de 2026

El mundo de hoy en décimas

El mundo ya no es el mismo,
el escenario ha cambiado.
Lo que armaron los aliados,
después del gran cataclismo,
se ha derrumbado en un sismo
que ha sacudido a Occidente.
Es que se ha roto la entente
de Washington y Bruselas
y esto tiene por secuelas
la crisis que ya se siente.

Y tampoco es solo una
la potencia dominante.
Por un lado hay un gigante,
por donde sale la luna,
que se ha aliado con fortuna
con el eslavo vecino,
convocando a un genuino
acuerdo multipolar
donde cada uno es par
y sin objeto mezquino.

Los BRICS se llama el convenio
y son la mitad del mundo.
El terreno es fecundo
y ya lleva un decenio
de economía e ingenio.
Lo que está en juego, parece,
es si el dólar permanece
para el comercio mundial,
sacándolo del sitial
que día a día decrece.

El estado de Israel
lleva a cabo una matanza,
un genocidio, una danza
de degüellos en tropel,
cargados de odio, de hiel,
y ha arrasado toda Gaza.
La tregua es mentira crasa
y una agente inmobiliario
quiere hacer allí un balneario
que a palestinos desplaza.

Europa, como siempre, llora
lágrimas de cocodrilo,
pues ha perdido el estilo
de gran potencia rectora.
Mientras, Washington vigora
el poder de destrucción
de las legiones de Sión.
Palestina es el cordero
entregado al matadero
de un Occidente en fisión.

Donald Trump, en su impostura,
no imaginó que Irán,
la tierra de Omar Khayam,
iba a ser la sepultura
de su ambición y una dura
paliza para el sionismo
ya convertido en nazismo
contra el pueblo palestino.
Hoy es de Marte el sino
y el mundo vive en un sismo.


Nuestro “Gran País del Norte”,
en patética entropía
está buscando una vía,
un camino o un resorte
que evite que su recorte
se convierta en retirada.
Vetusta y empolvada
halló en Monroe la doctrina:
que América Latina
a Washington sea ordenada.

Y en nuestro lado del mapa
está todo en tensión.
México es gran bastión,
con presidenta que atrapa
todo el sentido de guapa.
Están Cuba y Nicaragua
esperando la macagua
y el pérfido mordiscón.
En semejante turbión
son el carbón de la fragua.

El país Bolivariano,
la Venezuela de Chávez,
está peleando las llaves
de un destino soberano.
El rubio Trump echó mano
de secuestrar a Maduro.
El pueblo hizo conjuro
con su nombre y el de Cilia.
En una larga vigilia
fueron ambos un huairuro.

De los países andinos
en Colombia está Petro,
quien le ha quitado el cetro
a gobiernos asesinos,
y hoy defiende genuinos
reclamos de independencia.
No lo achica la presencia
del belicoso gigante,
ni su gesto amenazante
y no promete obediencia.

En el resto de los Andes
no se ve mucha grandeza.
Los dueños de la riqueza
del Perú, en negocios grandes.
Los políticos desbandes
han convertido al estado
en un órgano castrado.
Y el pueblo, casi impotente,
es convertido en cliente,
en espectador cegado.

En Ecuador, tierra bella,
el dólar es el campeón
que impone su condición:
y deja profunda mella.
Volver a tomar la huella
de un gobierno popular
no es cosa de solo hablar.
Como en Perú, hay disputa,
entre Monroe y la Ruta,
todo es para pensar.

La cosa en Chile ha cambiado.
De un modo menos violento
vuelve el país al momento
del viejo golpe de estado,
con Allende asesinado
y Pinochet presidente.
Chile, otra vez como agente
de intereses imperiales,
reclamos territoriales
y enemistad permanente.

Y Brasil sigue con Lula
como su gran estadista.
En los BRICS encontró pista
y desde allí se vincula,
discute, opina y postula
ante el mundo en su conjunto.
Hoy Brasil está en el punto
más alto desde el Imperio.
¿Le faltará un socio serio
como Argentina?, pregunto.

Es que Argentina es el drama
más triste de esta historia.
Como burro en la noria,
como insomne en la cama
da vuelta y vuelta en la rama
sin llegar a algún destino.
Hoy su finanza es casino,
cerrar industrias su norte
y no hay nada que le importe
más allá del desatino.

Sin curso y sin dirección
Argentina marcha a tumbos
¿Dónde están aquellos rumbos
que le impusiera Perón?
El proyecto y conducción
de unidad continental,
con Brasil, el franco pial
para empujar al conjunto
está olvidado, barrunto,
en medio de este andurrial.

Pero nada está estable.
Lo central es movimiento,
más rápido o más lento.
Por ello, todo es variable,
tanto que no es desdeñable
que, tal como ya pasara,
disipada la algazara,
aparezca una espada,
de civil o uniformada.
La historia no es tan rara.

30 de marzo de 2026.

sábado, 24 de enero de 2026

La tumba de Camilo Torres

En 1965, tenía yo 18 años.

El año anterior había terminado la escuela secundaria en Tandil y a principios de ese año toda la familia se había mudado a Buenos Aires. Mi padre alquiló, para ese verano, un pequeño departamento en la calle Copérnico, una pituca calle en Recoleta que termina en una escalera, en la cercanía de Avenida Las Heras y Avenida Pueyrredón. Y durante ese verano hice el curso de ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina.

1965 fue, entonces, mi inicio en la vida universitaria y en la vida porteña.

Al año siguiente, 1966, se produjo el golpe de estado de Onganía contra el gobierno de Illia. En el microcosmos de la UCA ya comenzaban a sentirse las tensiones entre las tendencias ultraconservadoras de la conducción y los cambios moleculares que vivía el catolicismo a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. El rector de la UCA era un obeso y recalcitrantemente reaccionario sacerdote, Monseñor Octavio Derisi, que venía de los viejos Cursos de Cultura Católica de la década del 30. Esos Cursos estaban conformados, entonces, con figuras como Tomás Casares, César E. Pico, y Atilio Dell'Oro Maini, es decir los nacionalistas chupacirios que ocuparon la primer parte de la Revolución de 1943. Como se sabe, Tomás Casares fue miembro de la Corte Suprema de Justicia, desde 1944 hasta 1955. Atilio Dell'Oro Maini, por su parte, había sido un estudiante cordobés, vinculado al reacionario obispado de Córdoba, opositor a la Reforma Universitaria de 1918, que se había ido alejando del viejo nacionalismo oligárquico para convertirse, con el paso de los años en ministro de Educación de la Revolución Libertadora.

El decano de la Facultad de Derecho era Santiago de Estrada, otro viejo nacionalista de los años 30, partícipe del levantamiento del 16 de Junio de 1955 y del bombardeo a la Plaza de Mayo y padre del homónimo Santiago de Estrada, quien fuera secretario de Seguridad Social de Rafael Videla y de Carlos Menem.
Bueno, ese era el espíritu de las autoridades de la UCA.

En ese año 1966, descubrí en un kiosco de la avenida Corrientes, cerca del Politeama –adonde iba a tomar un café, después de haber visto, quizás, Iván el Terrible, en el cine Lorraine–, la revista Cristianismo y Revolución. Y en ella me enteré de la muerte en combate del cura Camilo Torres Restrepo.


Durante, por lo menos, un año, Camilo Torres, su vida, su militancia y su muerte se convirtieron en el ideal de ese muchachito de 19 años que descubría desordenadamente, sin guía alguna, casi a puro sentimiento, la política revolucionaria, la idea de una única Latinoamérica y de un mundo justo e igualitario.

Que sesenta años después se haya logrado establecer el lugar donde fue enterrado el famoso Cura Guerrillero de los años '60 hizo que por mi cabeza pasara toda esta película que marca el punto inicial de una vida adulta signada, justamente, por la Revolución, Latinoamérica y la Justicia Social.

De alguna manera se hizo cierta la afirmación de la canción que Chavela Vargas inmortalizara:

“Donde cayó Camilo se alzó una cruz,
que no fue de madera, sino de luz”.


24 de enero de 2026.

viernes, 16 de enero de 2026

El mercenario de la Wagner

Hoy al mediodía tuve que hacer una diligencia en una oficina de la ahora llamada ARCA, ex AFIP y antiguamente DGI. Existía la posibilidad de hacerla virtualmente, con el teléfono. Pero ARCA, AFIP y/o DGI han tenido, tienen y tendrán la más pedorra de todas las aplicaciones e interfaces posibles. Ocho veces intenté sacarme una foto, según me lo pedía la aplicación y ocho veces un infame cartelito me informaba que no había sido posible. Por lo tanto, decidí pedir un turno que me salió para este mediodía.

La oficina se encuentra en la vecindad de la esquina de Castro Barros e Independencia, de modo que consulté en Google Maps que ómnibus me dejaba mejor. Me dio dos alternativas interesantes: caminar por avenida La Plata dos o tres cuadras y tomar el 56 o, en su defecto el 96. Hacia allí me dirigí y busqué la parada del 56. Ese número no aparecía por ningún lado. Había un muchachito parado en la puerta de una casa de departamentos y le pregunté por esa parada.

-- No, me dijo. – El 56 no pasa más, después de aquel paro de transporte, ¿te acordas?, el 56 cortó el servicio.

-- Claro, le respondo, y el Google Maps no está enterado.

Se ríe y me dirijo a la siguiente alternativa. Busco la parada del 96, sobre la calle Formosa, casi avenida La Plata. El sol caía a plomo, aunque el calor no era abrumador. Me refugio bajo la sombra de un árbol y espero. Pasan los minutos y no hay el menor vestigio del 96. Miro la hora y veo que, pese a haber salido con tiempo, solo faltan veinte minutos para la hora del turno. En una ferretería, pregunto al señor que está detrás del mostrador si sabe algo del 96.

-- Uh, ese pasa cada 45 minutos.

-- Caramba, ¿y qué otra cosa me puede dejar en Castro Barros, además de mis piernas?, le pregunto.

-- ¿En Castro Barros? Son cinco cuadras...

-- Tiene ud. razón, son cinco cuadras. Iré caminando.

Y emprendo la marcha de las cinco cuadras que, por supuesto, no eran cinco, sino siete, pero que las caminé a paso firme.

Las oficinas de ARCA son una de las cosas más desangeladas del mundo, posiblemente solo superadas por una comisaría o la guardia de un hospital. Pero mi trámite fue breve y el aire acondicionado era muy bueno.

Emprendo el retorno por Independencia hasta llegar a avenida La Plata y de ahí, encaro, por la vereda de la sombra, el camino hacia Rivadavia.

Después de una cuadra me sobrepasa un señor corpulento, de unos 48 años, con un cuerpo que alguna vez fue musculoso y trabajado, pero que las empanadas, los asados, el fernet con cola y el malbec han echado a perder. Cuando ya está ubicado delante mío veo que tiene puesta una remera negra con esta inscripción:


Como se sabe, el hoy famoso Grupo Wagner es un ejército de mercenarios, creado por Yevgueni Prigozhin, antiguo chef del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, y que participó, aunque secundariamente, en la Guerra de Ucrania. En el 2023, la Wagner se levanta en armas y acusa al Ministerio de Defensa ruso de bombardear soldados del Grupo. Todo esto me vino a la cabeza al ver la siniestra insigna. Recuerdo también que un par de altos mandos de la organización murieron en misteriosos accidentes automovilísticos, después de la rebelión.

Acelero el paso y alcanzo al hombre. Cuando lo tengo a mi lado le digo:

-- ¿Vos sos del Grupo Wagner?

Me mira sorprendido.

-- ¿Sos del Wagner?, le repito.

-- Me encantaría, me dice en un murmullo de voz carrasposa.

-- ¿Cómo?

-- Me encantaría, me repite.

-- Pero estás medio pasado de peso, le digo con una amplia sonrisa tendiente a aplacar cualquier extemporaneidad.

Y apuro el paso para alejarme del mercenario frustrado.

16 de enero de 2026