Hace ya más de diez años, una querida amiga, entreverada en el mundo del tango, me invitó a acompañarla a la peluquería, cosa que me encanta, así como acompañar a las damas que me ofrecen su amistad a comprarse ropa. Tiene, seguramente, un poco de fisgón, de ver algo tan íntimo como decidir en la compra de un vestido o ser responsable de una definitiva respuesta a la pregunta fatal:
– ¿Cómo me quedó el corte?
De modo que la acompañé. Era sobre la avenida Corrientes, en un sexto piso, en el departamento donde vivía con su mujer, cantante, y su hijo, ahora también cantor. Esa tarde me contó que también era productor teatral y descubrí que su clientela estaba formada por actores, actrices, escritores, directores, la variopinta e interesante fauna que gira alrededor de una actividad en la que Buenos Aires descuella, el teatro. Y aquella tarde resolvimos que sería mi peluquero.
Ayer, viernes, entonces, y previa reserva de turno, llegué al viejo y hermoso edificio en el que vive. La puerta de calle estaba abierta, pues un encargado estaba barriendo la entrada. Toco el portero eléctrico –al portero eléctrico se le puede decir portero, encargado eléctrico suena extraño– mientras veo que una bella y rubia señorita –en principio todas las bellas mujeres son señoritas– está esperando el ascensor, una verdadera reliquia belle époque que mi peluquero cuida como a un palimpsesto del siglo IX. Le hago seña que me espere, mientras que desde el pequeño parlante empotrado mi amigo me dice:
– Entrá, Julio.
Y escucho desde el ascensor:
– Te espero, Julio.
Miro nuevamente a la señorita y me apresuro a entrar.
Entro al ascensor y pregunto, para marcar el piso:
– ¿Dónde vas?
– Al sexto – me responde.
– Ah, yo también, vamos a verlo a Alejandro.
– Todos vamos a lo de Alejandro, Julio – y sonríe.
– Desde ya te digo que yo estoy llegando tarde, así que te atenderá primero a vos. Pero, ¿cómo te llamás?
– Veronica – me dice.
Llegamos. Alejandro nos abre la puerta, invito a Verónica a pasar y entramos a la peluquería de Alejandro. Un lugar con vista a la avenida Corrientes, con un piano, una mesa de café y dos sillas, un bar con copas y alguna bebida y un sillón de dos cuerpos, con las paredes cubiertas de hermosos y modernos cuadros de artistas argentinos contemporáneos. Al lado del bar veo un bombo legüero, que no había visto antes.
Alejandro estaba, en ese momento, atendiendo a otra señorita a la que le secaba el pelo largo con un cepillo gordo y un secador de mano. Inmediatamente le pone una gorra de baño y comienza un meticuloso trabajo de hacerle pequeños agujeritos a la gorra para extraer delgados mechoncitos de pelo. Mientras tanto me comentaba que el bombo legüero era suyo y que lo había dejado ahí porque era en ese lugar donde practicaba. También me contó que se lo había comprado al legendario luthier de bombos santiagueños, el Indio Froilán, cuyo taller y patio es motivo de visitas internacionales.
Alejandro tiene extraordinarias anécdotas e historias y siempre es un gusto compartirlas. Termina con la señorita de la gorra de baño, a quien abandona para que haga su efecto la tintura que aplicó en los flecos de su cabeza, e invita a Verónica.
Desde mi silla de la mesa de café me pongo a mirar el teléfono y escucho la charla de Alejandro con Verónica, mientras le lava la cabeza y comienza a cortarle el cabello. De pronto escucho a Verónica decir:
– Ah, traje una botella de champán frío que tengo en el bolso. Julio, en ese bolso negro, fijáte, hay un champán. Abrilo y brindemos.
Me apresuro a acercarme al bolso, antes que su dueña se arrepienta de la invitación, y, efectivamente, una fría y reluciente botella de Mumm descansaba en su interior. Retiro el morrión de alambre y comienzo el solemne rito de girar el corcho hasta escuchar el restallante, alegre y definitivo estallido del dióxido de carbono escapando de su encierro.
Eran las 6 de la tarde.
Serví el burbujeante elemento en las copas de champán que Alejandro tiene en su bar y brindamos por este hermoso país que parece que se va al carajo. Porque me olvidé de decirles que Alejandro y la inmensa mayoría de su exquisita clientela ama a este país. Y diganme si no vale la pena pelear para aplastar a los que lo están destrozando.
Buenos Aires, 21 de febrero de 2026.
Eran las 6 de la tarde.
Serví el burbujeante elemento en las copas de champán que Alejandro tiene en su bar y brindamos por este hermoso país que parece que se va al carajo. Porque me olvidé de decirles que Alejandro y la inmensa mayoría de su exquisita clientela ama a este país. Y diganme si no vale la pena pelear para aplastar a los que lo están destrozando.
Buenos Aires, 21 de febrero de 2026.



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