martes, 12 de abril de 2016

Ovillejos del nuevo régimen

Como un torvo abogado marrullero,
Ingeniero,
De oratoria en torpe ejercicio,
Mauricio,
Jurando "per le piu sacri"
Macri.
Cambiaste, alegría en "Massacri",
La armonía en un desquicio
Y la virtud se hizo vicio
Ingeniero Mauricio Macri


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Con actitud de truhán,
Juan,
Agrandando tu papel,
Manuel,
Pretendés burlar la ley,
Urtubey.
Con Vandor en el zaguán
De un cielo de papel
Sos entre, los muertos, rey,
Don Juan Manuel Urtubey





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Aceptado fue tu pliego,

Diego,
Y del compromiso huis
Luis,
Y del poder eres socio
Bossio.
Muy peligroso es tu juego
De anteponer al país
La miseria de un negocio
Señor Don Diego Luis Bossio.




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De Trompifai el jaez,
Juez,
Muy amplificado el audio,
Claudio,
Ya ha pasado tu estío,
Bonadío.
Cuando enfrentado al gentío
sientas el piso temblar
ya no podrás alardear
Juez don Claudio Bonadío.

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Desde el sur de la Argentina,
Cristina,
Ágil te subiste a un jet,
Elisabet,
En el glaciar de los Andes,
Fernández.
Los desafíos son grandes,
Tu voluntad está entera
Y todo un pueblo te espera
Cristina Elisabet Fernández

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¿Quién conmueve a la Argentina?
Cristina,
¿Quién asusta al jet set?
Elisabet.
¿Quién provoca estos desbandes?
Fernández.
Afilada espada blandes
que días de octubre invoca
Y una esperanza provoca
Cristina Elisabet Fernández

Buenos Aires, Abril de 2016

lunes, 28 de septiembre de 2015

Terrenal: La teogonía del dúo de la cachetada

Fui a ver “Terrenal”, la obra de Mauricio Kartun, en el Teatro del Pueblo. Fui porque lo que había leído sobre ella me había despertado la curiosidad y, sobre todo, porque trabaja en ella mi viejo amigo Claudio Rissi.


Pero primero quiero contar quien es Claudio Rissi.

Claudio ha sido actor durante toda su vida después de la adolescencia, que ha quedado por cierto bastante atrás. Lo conocí a través de Jorge Coscia, durante la filmación de “Cipayos”, aquella comedia musical que hicimos nada menos que a fines de 1989, cuando el mundo cambió de arriba para abajo -y nosotros quedamos abajo, sin haber estado nunca arriba-. En “Cipayos”, Rissi interpretó a un chofer hindú, que durante toda la película se la pasa afirmando que no es hindú, que ha nacido en Londres. Sobre el final, cuando se pasa al bando de los argentinos tangueros que se han rebelado contra el invasor inglés, Rissi hace uno de los mejores chistes del filme. Es cuando le explica su actitud a la periodista francesa: “I was born in London… Londres… Catamarca”, dice con un esdrújulo acento catamarqueño. Y agrega: “Como París, Texas”, en lo que constituye un guiño cinéfilo. Posteriormente, en “El General y la Fiebre”, prestó su voz y su acento al general Facundo Quiroga. Y también se lo puede ver en “Cómix, cuentos de amor de video y de muerte” y en “Canción Desesperada” de Coscia.

Durante todos esos años forjamos una amistad de muchas trasnoches y largas conversaciones a puro café y whisky, cuando Pernambuco, en Corrientes al 1500, era el centro de reunión de actores, actrices, insomnes y desvelados de todo pelaje y profesión, en los ’80. Claudio no era un triunfador fácil. Fueron años de correr la coneja sin alcanzarla, intentando preservar sus condiciones, sus habilidades y su aprendizaje para no caer en la tentación de la superficial fugacidad televisiva o, simplemente, soportando una fortuna esquiva que no reconocía sus condiciones. Esto lo obligó a cambiar muchas veces de domicilio, a postergar una vida más mullida. Era en esas noches que Claudio afirmaba, con un énfasis sobreactuado que él era el mejor actor de Buenos Aires.

“La vida, esas cosas, quien sabe lo qué” hizo que su compañera se fuera en larga gira y, por fin, Claudio se refugió de mucha penuria en el lejano sur del conurbano. Allá, en un yermo Monte Grande, siguió con tenacidad su vocación y, así como el gitano Melquíades llevó el hielo a Macondo, Claudio llevó el teatro a Esteban Echeverría, inició a cientos de chicos y chicas en la pasajera insania de creerse otro, en ese juego sagrado de inventarse un espacio propio, de imaginarse ser bello y querido o feo y despreciado, o feo y querido o bello y despreciado, que son las infinitas posibilidades que ofrece la memoria emotiva, o esa fina percepción de los incalculables matices que tienen los sentimientos y las sensaciones. Fueron esos años, en su exilio granbonaerense, cuando dejamos de vernos tan a menudo, mientras cada uno por su lado buscaba el lugar que la vida adulta le tenía destinado.

Tuve una gran alegría cuando lo vi en televisión haciendo hermosos papeles, papeles de interpretación, luciendo ese rostro de Jean Reno, que le descubrimos sus amigos cuando vimos “El perfecto asesino” de Jean Luc Besson. Y mucho más cuando me contaron y leí sobre la repercusión que su trabajo en “Terrenal”, la última obra de Kartun, había tenido sobre el público y la crítica, coincidentes esta vez en sus elogios.

“Terrenal” es una obra prodigiosa, tersa y crujiente como un pastelito de dulce de membrillo. Es un texto admirable, que se desmenuza como una cebolla en capa tras capa, hasta llegar a un centro luminoso y oscuro, donde la teología, el relato bíblico, la antropología, las luchas sociales y la pura naturaleza humana encuentran un vórtice revelador. El gran Mauricio Kartun ha logrado crear una pieza universal a partir de un paisaje referencial que solamente puede ser argentino, donde Dios y sus criaturas juegan, con un humor de teatro de variedades, con citas a lo más plebeyo de la cultura popular argentina -donde Luis Sandrini se da la mano con Pepe Marrone- con los textos consagrados de la cultura occidental, la culposa relación entre el hombre y su Creador.

Claudio Da Passano y Claudio Martinez Bel son esas abandonadas criaturas que inexorablemente -lo sabemos- protagonizarán el primer asesinato de nuestra cultura, Caín y Abel, los hermanos que expresan en el relato bíblico el paso de la cultura transhumante, recolectora y pastoril a la sedentaria y agrícola. Un Abel recolector de isocas, irresponsable, bebedor y noctámbulo, compite con un Caín cultivador de morrones, madrugador, laborioso y obsesionado por la propiedad privada, por el amor de Tatita, el Yahvé criollo, jodón, bailarín y mujeriego, interpretado por Claudio Rissi.

El resultado es desopilante y sobrecogedor. La actuación es deslumbrante y la maldición de Tatita será para siempre un ejercicio obligado en toda clase de arte dramático. Rissi logra con Tatita, un catamarqueño de bombachas y botas, carajeador y despótico, demostrarnos, por fin, lo que nos aseguraba hace dos o tres lustros, que es el mejor actor de Buenos Aires. Por supuesto no puedo decir cómo sería Terrenal sin él. Pero con él, con sus chistes de doble intención, con sus visajes al público, con sus ojos saltones de cómico de circo criollo, logra convertir la genialidad de Kartun en un clásico del teatro argentino de todos los tiempos.

Salí del viejo teatro de Barletta, como salimos todos los que colmábamos la sala, en estado de gracia. Habíamos sido testigos de uno de los misterios litúrgicos más milagrosos de la modernidad. Habíamos participado de la creación pura de belleza y perfección.

En la puerta lo abracé a Claudio emocionado de que la vida me haya permitido ser su amigo.

Buenos Aires 29 de septiembre de 2015.

sábado, 21 de marzo de 2015

El aniversario del arte del siglo XX

Eva Piwowarski nos recuerda que hoy se cumple el 120° aniversario del cine.


Gracias al maestro Ingmar Bergman por la Fuente de la Doncella que vi a los 17 años en el cine Avenida de Tandil, y cuyos primeros planos nunca pude apartar de mi memoria. 


Y por el juego de naipes entre el Hombre y la Muerte y por el largo viaje de ese anciano hacia el Rincón de la Frutillas Silvestres y por enseñarme, siendo muy joven, el misterio del dolor y de la muerte. 



Gracias a Lucchino Visconti por la desgarradora historia de Rocco y sus hermanos, la sangrante incorporación de Italia al mundo capitalista de posguerra, 



y por El Gatopardo, que puso en imágenes la desgarrante lucha por construir una nación -tan cercana a nosotros-. 




Y gracias a Jacques Demy y sus Paraguas de Cherburgo, que me hicieron llorar a la salida del Cine Arte en 1968. 



Y por Vittorio de Sica y su Ladrón de Bicicletas, con el primer plano final más apabullante de la historia del cine.



Y gracias a Leonardo Favio que, con su Crónica de un Niño Solo, me convenció a los veinte años que había un cine argentino que tenía mucho que decirle al mundo.



Y a Jorge Coscia, cuya confianza y amistad me permitió entrar en el mundo de las imágenes proyectadas en la pantalla de plata, para interpretar los sueños, como dijo Breton , de las multitudes.
Mi generación se formó con el libro y el cine. 



Que ambas notables creaciones humanas sigan formando a las nuevas generaciones no es solo un deseo, sino una necesidad “tan eterno como el viento, como el aire”.

sábado, 7 de febrero de 2015

El genio manco



Yo tendría unos diez años. Una noche, como de costumbre, mi padre volvió del trabajo a eso de las ocho. Pero, como no era costumbre, me dijo: 
-Copete (tal fue siempre mi sobrenombre familiar), vestite bien que vamos a salir.

Quienes conocen mi placer trasnochador se pueden imaginar mi alegría. Me preparé y mi papá, sin decirme qué íbamos a hacer, me llevó al Club Hípico de Tandil, sobre la calle Pinto, enfrente de la peluquería de Passo, nuestro peluquero y de las tres cuartas partes de los hombres de Tandil.
En el piso superior del Club estaban dispuestas las mesas, las arañas prendidas, como si fuera una noche de alguna gala fuera de lo común. De pronto se apagaron las arañas del salón, se encendieron las luces del escenario donde habitualmente se instalaba la orquesta de Don Vito para amenizar las fiestas y apareció un hombre joven, alto, delgado, vestido en negro frac y rematada su cabeza con una chistera, galera le llamábamos entonces, también negra. Un fino y cuidado bigote adornaba su labio superior. Y la mano derecha metida elegantemente en el bolsillo del impecable pantalón.Parecía la encarnación de Mandrake, el Mago, que salía en la página de las historietas del Eco de Tandil, y que con sus gestos hipnóticos realizaba proezas sin par.
Pero también noté que debajo del rutilante uniforme de mago estaba ese mismo señor que dos por tres pasaba por casa a conversar con mi padre y al que este llamaba Lavandera.
Andá a abrir, que debe ser Lavandera.
Siempre quedaba en mi la duda sobre si mi padre se había salteado el artículo determinante femenino -la lavandera- o realmente me decía la bandera. Porque ese muchacho, un poco menor que mi padre, no era ni lo uno lo otro. Y mi padre me explicaba entonces que el apellido era Lavandera, que trabajaba en el Banco Nación como cajero y que en un accidente había perdido su mano derecha.
 Tenés que ver cómo cuenta los billetes con una sola mano, me decía mi papá.
Y ahí lo tenía a Lavandera vestido de Mandrake, el Mago.
Esa noche descubrí que el héroe inventado por Lee Falk existía, vivía en Tandil y con una sola mano creaba un mundo fantástico donde los naipes volaban del mazo a un bolsillo y las monedas se multiplicaban con solo girar en sus dedos. Y que Narda y Lothar no existían, eran mentira.
Pero Mandrake sí, y se presentaba bajo el seudónimo de René Lavand y, como Clark Kent, disimulaba su personalidad detrás de los barrotes de la caja del Banco Nación.
Ese hombre fue la magia de mi niñez tandileña.
Ese mago, ese brujo manco, ese genio escondido en lo profundo de su chistera, ese convocador de sueños y fantasías se ha ido.
Al llegar, sacó una moneda de la boca de San Pedro. Y se sentó tranquilamente con los ángeles, que lo estaban esperando para ser fascinados por su mano omnipotente.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Åsögatan


Me puse a leer un libro de Henning Mankell que tenía en vista desde hacía un tiempo. “La Pirámide” se llama. Es una colección de cuentos policiales en los que interviene Kurt Wallander antes del 8 de enero de 1990, fecha en que comienza el primer libro con este personaje central, “Asesinos sin Rostro”.
En la portadilla del libro encuentro escrito "María Isabel", con la caligrafía de docente que tenía María Isabel. A poco de comenzar la lectura, la intriga creada por Mankell me hace olvidar el detalle.
Pero en el tercer cuento, “El hombre de la playa”, me encuentro con un subrayado bajo la oración: “Vivía solo en un apartamento situado en la calle de Åsögatan”. Y este subrayado, hecho con la misma lapicera de la firma, sí detuvo mi lectura.
Porque María Isabel recordó al leerlo lo mismo que yo recordé al ver el nombre Åsögatan. Es una calle, del barrio Sur de Estocolmo, situada atrás de la llamada Skattehuset, Casa de los Impuestos, la oficina central de la poderosa, eficaz y temida agencia nacional de impuestos, que no vaciló en meter preso a Ingmar Bergman, al terminar el estreno de una obra en el Teatro Dramaten, por haber evadido el pago de sus obligaciones fiscales. Y queda a pocos metros de la casa donde nació una muchacha estocolmeña llamada Greta Lovisa Gustafsson, conocida en el mundo entero como Greta Garbo.
Pero nada de esto es lo que explica el subrayado. Ocurre que en la calle Åsögatan, o calle de la Cresta de la Isla, como su textual traducción indica, fue nuestro primer hogar en Estocolmo. Durante casi un año vivimos, con nuestras hijas en uno de los monoblocs situados en esa calle y donde comenzamos a champurrear el idioma de Strindberg. En esa calle y, en ese entonces, populoso y plebeyo barrio Sur aprendimos a conocer a esos hombres serios y tímidos, esas mujeres extrañas y bellas, conocimos su hospitalidad y descubrimos sus borrachines tomando Explorer en la plaza, y nos encontramos definitivamente exilados.
En el patio de Åsögatan mis hijas comenzaron a hablar sueco con sus amiguitas del edificio, allí patinaron sobre el hielo por primera vez en sus vidas, allí comenzó una de ellas a concurrir al preescolar, allí empezó una historia de siete años de alejamiento, de nostalgias por cosas que nunca nos habían interesado, de develar el misterio de un país frío, hermoso, por momentos desangelado y, por momentos, lleno de amor y fraternidad.
Seguramente, María Isabel tuvo recuerdos parecidos a estos cuando descubrió la calle Åsögatan en el libro de Mankell y la subrayó. Un subrayado que resaltó el lugar que en nuestras vidas había tenido la calle Åsögatan.
Buenos Aires, 3 de noviembre de 2014.

viernes, 28 de febrero de 2014

Un viaje en ambulancia



De golpe, temprano a la mañana, un como chupón en la punta superior del abdomen. La necesidad de respirar profundamente y una transpiración fría y extraña. Al rato la sensación desaparece, pero hay algo que no está funcionando como de costumbre. Me ducho, me visto, saco el auto y hago una serie de trámites pendientes. La extrañeza no se va del cuerpo aunque tampoco empeora ni entorpece el resto de los sentidos. Así se va la mañana. Al llegar a la Casa del Bicentenario, la caminata de una cuadra para comprar fichas para el estacionamiento se hace interminable, agotadora. El bolso con libros y la computadora se vuelve la cruz del Gólgota y la vuelta a la máquina tickeadora, el cruce del Valle de la Luna sin cantimplora.
Llego, por fin, a mi oficina, me saco el saco, tomo un enorme vaso de agua helada, porque la sed se había vuelto insoportable e interrumpo una reunión en el despacho de la directora al quejido de:" ¿Tenemos algún servicio de ambulancia? Porque me siento mal..."
En ese momento la escena comienza a acelerarse. Se levantan los que estaban en la reunión. Todos corren a ayudarme. Me acompañan hasta un sillón. Me piden que me acueste. Aparece un ventilador, alguien me desabrocha el cinturón y todas esas cosas que tienen un doble efecto: descubrir la diligencia de los amigos en ayudar y considerar la seriedad de la situación que los mueve a semejante actividad. Y alguien llama a la ambulancia. Mientras tanto, me viene a la memoria algo que escuché al Chango Rodríguez hace muchos años, después de haber sufrido una agudo cuadro cardiológico. En una entrevista con Nicolás Mancera, le dice: "Tenía el corazón como pato en una bolsa". Algo así sentía, sin haber visto jamás un pato en una bolsa, pero pudiéndolo imaginar.
Llega por fin el servicio de ART contratado oportunamente. Un médico rubio y flaco y su escudero morocho y gordito. Me tocan, me sacan la camisa, me mete una aguja en el brazo y cuelgan una botella que parece que tuviera Absolut Vodka, por lo menos el color es parecido. La presión está bien. Aparece un aparato con la forma de un octopudus, ocho brazos de goma con chupetes en las puntas. Se inicia entonces el electrocardiograma, mientras casi todo el personal de la Casa Nacional del Bicentenario asiste a una escena de ER. “Tenés una arritmia” dice el médico con un tono que expresaba más preocupación que la mía.
En un momento se produce un conflicto de jurisdicciones respecto al electrocardiograma, ya que la directora de la Casa con fines exclusivamente de diagnóstico -su hermano es un distinguido cardiólogo- le pide el resultado del electro. El galeno le responde que él es el que está a cargo de la situación a lo que recibe como respuesta un golpe de chapa: Yo soy la responsable este lugar. "Yo soy el responsable de este señor en arritmia y con una una aguja en la vena desde donde le damos Absolut Vodka". Posiblemente haya dicho suero.
Después vino el debate sobre las jurisdicciones entre la ART y la obra social que demoró la decisión, mientras el pato seguía sacudiéndose a su antojo y sin criterio alguno. "Hablen con fulano y con mengano -dos buenos amigos que facilitarían el trámite-", dice el arrítmico, con voz languidecente, y ante el miedo que el pato se escape de la bolsa a raíz de cuestiones jurisdiccionales. Y ahora viene lo mejor.
Yo viajé dos o tres veces en helicóptero. Recorrí la costa del Mar Báltico en un velero. Anduve en trineo y en motos para nieve. Viajé montado en una autobomba radiante y colorada. Pero nunca había logrado realizar mi sueño: viajar en una ambulancia con la sirena a todo sonar y una voz metálica que gritaba a los distraídos: ¡A un lado! ¡A un ladol! o lo que sea que gritan las ambulancias.
Mientras tanto el médico rubio me contaba que en esa ambulancia había viajado gente famosa. "Recién vi un folleto sobre Leonardo Favio", me dice. "bueno, ahí donde va ud. viajó Leonardo Favio". "Y también Sandro".
Con voz trémula me atreví a preguntarle si había viajado algún otro que hubiera sobrevivido. No me pudo dar precisiones. Pero, por fin, viajaba en una ambulancia.
La entrada en la camilla al Sanatorio Anchorena me permitió además gozar del famoso plano camilla que aparece en todas las películas sobre médicos y hospitales. Esa imagen contrapicada, casi contracenital, en la que pasan rápido techo, luces, techo, luces, mientras alrededor se oyen voces de urgencia o, quizás, de desesperación.
Pero mi viaje fue muy corto. Entré en una prodigiosa sala de observación, en la que además de maravillosos aparatos se veían cajas de plástico con etiquetas donde se podía leer: Kit de parto, Kit completo de traqueostomía, Set urológico y otros equipos completos para las atrocidades que se cometen en una sala de guardia.
Y ahí estuve, nuevamente enchufado a una bolsa de Absolut Vodka y a una máquina que hacía un pertinaz y molesto pip pip pip, que al cabo de una hora uno desea que haga un ruido continuo y sostenido, aunque en ello le vaya la vida.
Me enchufaron el índice a esa extraña pinza que vaya a saber lo que te lee, quizás las impresiones digitales o el zódíaco chino. Me sacaron sangre y me visitaron dos o tres médicos. La doctora clínica me preguntó, después que yo le contara los remedios que tomaba, si tomaba alguna otra cosa. No pude evitarlo: "Mucho vino", le dije.
La cardióloga era una agraciada española, la doctora Inés Granada, que me hizo acordar a una película con José Sacristán, donde yo era José Sacristán. Me era difícil atender sus explicaciones porque su acento me producía otras lindas sensaciones.
En resumen, coño, que no tuve más que una arritmia supraventricular que, oye, no es nada maligno y, majo, no tiene consecuencias. Pero sería bueno que te hicieras algunos estudios para que sepamos, tú entiendes, de donde te ha salido este pato en la bolsa, recuerdo vagamente que me dijo y me dio el alta, mientras se alejaba displicentemente.
Y esto es todo, mis amigos. Me tendré que hacer un holster, parece, y una prueba de esfuerzo. Propuse una prueba del menor esfuerzo y no me lo aceptaron ninguno de los especialistas.


Buenos Aires, 28 de febrero de 2014