Al entrar a su departamento veo que está atendiendo a un caballero cuyo rostro me resulta conocido, me hace acordar a alguien.
Saludo a Alejandro, al cliente envuelto en la florida tela que usa Alejandro para cortar y a una joven muchacha que lo acompañaba. Y ahí caigo en la cuenta de quien era esa cara conocida. Ni más ni menos que Miguel Ángel Solá, el gran actor argentino radicado desde hace años en Madrid.
Al sentarme en uno de los sillones del living de Alejandro, dejo escapar involuntariamente un suspiro y de inmediato oigo a Alejandro que dice a viva voz:
-- Estás necesitando un vino--. Interrumpe su trabajo y viene hacia mí con una botella. --Mirá lo que tengo--, y me entrega una hermosa botella sin abrir. Miro la etiqueta y veo que se trata de un exquisito jerez español, de esos que en Madrid te lo tomás más o menos a las seis y media de la tarde. Abro la botella, sirvo unos vasos y convido a los presentes.
Brindamos y comenzó, entonces, la verdadera visita a mi peluquero.
Con Miguel Ángel conversamos de la situación política que a él le resultaba incomprensible. Llegó a Buenos Aires hace unos meses y le resulta casi imposible de entender cómo se ha llegado a este mamarracho. Charlamos, me escuchaba atentamente, traté de relatarle mis hipótesis sobre habíamos desembocado en casi toda América Latina a una situación así. Se lo veía sinceramente preocupado.
Entonces es mi turno y paso al sillón del peluquero envuelto en mi delgada manta floreada y Alejandro comienza a contar una serie de historias desopilantes. Resulta que además de su profesión, se dedica a comprar departamentos en la zona, arreglarlos y venderlos. Esto lo ha puesto en contacto con varios consorcios, administradores de consorcios y abogados ventajeros de los administradores consorcios.
Durante una hora contó sus peleas con administraciones fraudulentas, con plomeros, gasistas y electricistas ventajeros y cómo fue doblandole el brazo a cada uno hasta imponer una especie de ética de la administración de consorcios que le ha ahorrado miles y miles de pesos a propietarios, en general entrados en años y que eran incapaces de enfrentar los desmanejos a los que estaban sometidos.
En suma, conocí al genio Miguel Ángel Sola, a su compañera Fátima y el otro aspecto comercial e implacable de Alejandro. Escanciamos un par de copas del ríquísimo jerez y me volví con una maravilloso corte de pelo, tal como ocurre cada vez que lo visito.
Alejandro es un genio.
Buenos Aires, 20 de agosto de 2026.