viernes, 10 de febrero de 2012

Las colinas de España están sembradas de muertos

Las colinas de España están sembradas de muertos

España, obviamente, está muy cerca de los argentinos. Además de los lazos seculares y los derivados de la inmigración, de la que tantos somos descendientes, la facilidad de los viajes y una cierta democratización del turismo han hecho que la llevemos no sólo en el corazón, sino en la memoria de sus paisajes y su gente.

Todo lo cerca que está de nuestro corazón lo pude experimentar este jueves al presenciar el estreno de la obra “Granos de uva en el paladar””, interpretada por Arantza Alonso, Lucía Andreotta, Marta Cuenca, Clara Díaz, Sauce Ena y Ruth Palleja y dirigida por Susana Hornos y Zaida Rico, todas ellas españolas.

Y experimenté, con una emoción contenida para que no desbordase en llanto, lo malditamente cerca que la Guerra Civil Española, ese drama irresuelto que la actual crisis española y europea ha vuelto abrir con toda su espantosa parafernalia de espectros y banderas irrealizadas, está de nuestra conciencia. Mi generación y la generación anterior a la mía y la anterior a ésta tuvimos con la Guerra Civil y con la Revolución Española algo como una iniciación. Formó parte del ingreso a la vida política conciente, a la militancia y a un afán de cambiar el mundo, que a muchos no nos ha abandonado.

Si me quieres escribir

ya sabes mi paradero

en el frente de Gandesa

primera línea de fuego.

En el tren que va a Madrid

se agregaron dos vagones

uno para los fusiles

y otro para los cojones

cantábamos también aquí en los '60, junto con Zamba de mi Esperanza y Tonada del Viejo Amor. Y las fechas de nacimiento que los personajes de la obra recitan al presentarse hacen evidente a la conciencia que esos muertos, esos jóvenes fusilados, esas muchachas violadas, tenían -días más, días menos- la edad de nuestros padres.

La obra, con un desarrollo coral de gran inteligencia y con una notable precisión escénica, cuenta varias historias de amor, de revolución y de muerte que tienen su inicio en los días revueltos de la República.

Las actrices, de ascético vestuario -esas mujeres de negro que poblaban los campos de España, sentenciosas, secas, de amargo realismo- se transforman, a lo largo de un poco más de una hora, en jóvenes parejas, en madres imperativas y asexuadas, en furtivos y adolescentes amantes prohibidos, en presas republicanas, en pelotones de fusilamiento, en hombres y mujeres concretos, víctimas y victimarios de una guerra que está para siempre en nuestra memoria y en nuestra congoja.

A los largo de esas escenas, fuertes, sobrecogedoras, de una casi insoportable carga emocional, un cuerpo caído e inmóvil en un costado del escenario acompaña la historia con una presencia ominosa. Sobre el final, el muerto, uno de los miles de los muertos sin lápida y sin tumba de aquellos años que han quedado inmortalizados en himnos y poemas, se levanta, con notable prestación corporal de actriz. El encuentro con los que lo sobrevivieron, con las mujeres que fueron su madre y sus hermanas, es de una belleza arrasadora y vincula aquel pasado, tan reciente y tan lejano, con el presente.

La dirección y la puesta de Susana Hornos y Zaida Rico es impecable. Las actrices, todas y cada una de ellas, actúan con una precisión y un convicción que nos llevan, tan sólo con recursos interpretativos a los campos de Soria de Machado, a los olivares altivos de Hernández, a la Cataluña de Nin, regados de sangre plebeya que aun clama por su memoria.

Del modo de morir, del modo de dormir por toda la eternidad habla esta pieza formidable que se siente nombrada en la vieja canción popular

"Cuando yo me muera tengo ya dispuesto

en el testamento que me han de enterrar

en una bodega, dentro de una cuba

con un grano de uva en el paladar"

Granos de uva en el paladar, interpretada por Arantza Alonso, Lucía Andreotta, Marta Cuenca, Clara Díaz, Sauce Ena y Ruth Palleja, se presentará a partir del próximo jueves y durante dos meses, todos los jueves a las 21 en la Sala Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543, Capital).

martes, 31 de enero de 2012

Coronel de Artillería Martiniano Chilavert: traidor a la facción y leal a la patria

Coronel de Artillería Martiniano Chilavert: traidor a la facción y leal a la patria El coronel Martiniano Chilavert había nacido en Buenos Aires, aunque su infancia transcurrió en España. En 1812, a los catorce años de edad, volvió al Río de la Plata junto con su padre. Dos oficiales españoles integraban el pasaje. Uno era porteño como él y el otro había nacido en las Misiones. Carlos María de Alvear y José de San Martín -de ellos se trataba- serían sus jefes militares en una patria que recién comenzaba.

En los Granaderos creados por el correntino, Chilavert obtuvo su primer grado militar en la Artillería y peleó a las órdenes de Alvear en las tropas artiguistas, enviadas por el caudillo para enfrentar al director Rondeau.

Los enfrentamientos civiles que sucedieron a la derrota de Artigas lo obligaron a buscar refugio en Montevideo. Allí obtuvo su título de ingeniero y volvió a su ciudad natal. Participó en la guerra con el Brasil a las órdenes de Juan Galo de Lavalle. Ello fue determinante para que en las luchas civiles de los años '30 se pusiese del lado de los unitarios, contra Rosas, y enfrentase a Oribe a las órdenes del Pardejón Rivera.

Don José de San Martín, desde su exilio, le había escrito al gobernador de Buenos Aires: “lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer...”

El soldado Martiniano Chilavert no era hombre de partidos y banderías. La batalla de la Vuelta de Obligado, el valor de esos compatriotas que enfrentaban al invasor, hizo sonar un clarín en su alma patriota. El corazón de Chilavert vibraba en la misma frecuencia que el del viejo correntino que había liberado medio continente. Contra la opinión, el deseo y hasta la orden de los exiliados antirrosistas, vuelve a Buenos Aires para poner sus conocimientos bélicos al servicio de las armas de la Confederación y su jefe, el odiado don Juan Manuel.

Y en la noche posterior a la batalla de Caseros se produjo uno de esos hechos trágicos, signados por el destino fatal de un enfrentamiento entre hermanos.

Chilavert había sido el último en rendirse con su batería cuando ya no disponía de munición para seguir combatiendo a las tropas de Urquiza. Dicen que la resistencia había sido heroica, que cuando se había terminado el agua para enfriar los cañones, los hombres orinaban sobre el enrojecido hierro para seguir luchando. Había tropas extranjeras entre las que dirigía en entrerriano. Eran los mismos imperiales contra los que Chilavert había peleado en Ituzaingo. Y por no soportar su patria hollada por tropas extranjeras, había declinado su enfrentamiento con Rosas. Y hasta el último momento les dio batalla.

Solo, al lado de su ya inútil batería, el rostro tiznado por la pólvora, el uniforme oscurecido por el polvo del combate y su sudor guerrero, Chilavert esperaba. El capitán Alamán, desde su caballo, le pidió la rendición sin saber con quien hablaba. Dicen que el coronel Martiniano Chilavert le respondió con voz disfónica que buscara a un oficial de mayor graduación ante el cual pudiera rendirse. Y también dicen que fue un coronel Virasoro, seguramente correntino, el que lo condujo detenido hasta San Benito de Palermo, la residencia de Rosas convertida en cuartel general del entrerriano Urquiza.

Horas estuvo Chilavert esperando a su vencedor. No había dejado de pensar que el federalismo alborotaba los pueblos en alzamientos permanentes, como todo ese combate lo demostraba. No le gustaba Urquiza por federal, pero mucho menos le gustaba por haber traído a los “cambá” del emperador para pelear contra don Juan Manuel. Por eso se había alejado de los hombres de Montevideo, de los Varela y los Alsina, los hombres de levita que habían empujado a Lavalle a asesinar a su primo Dorrego.

Sobre esas cosas debe haber pensado en su espera, herido, sucio y agotado, hasta que lo condujeron en presencia del entrerriano.

Toda la noche hablaron. Historiadores y dramaturgos han escrito distintas hipótesis de ese diálogo que la historia se llevó para siempre. Los dos hombres, como en un cuento del porteño Borges -nacido del lado bueno del Arroyo del Medio-, habrán hablado sobre la traición y la lealtad, sobre las ideas abstractas de los juristas y el agudo dolor “que aún no sabe su nombre”, como Marechal define la Patria. Cuentan los testigos que, de a ratos, se oían los gritos destemplados e iracundos de don Justo y algún puñetazo sobre la mesa.

Al amanecer, Urquiza llamó a la guardia y dio la seca orden de que fusilaran al prisionero.

Y la escena final de la tragedia comenzó cuando don Justo, quien sabe si indignado por la altivez del prisionero, por su irreductible voluntad, ordenó en voz baja que fuese fusilado por la espalda, como a un traidor.

El mayor Modesto Rolón fue quien tuvo a su cargo la orden de Urquiza. Se preparó Chilavert para entregar su alma al Dios en el que creía. Cuentan que le dio el reloj a Rolón con el encargo de entregárselo a su hijo, en Buenos Aires.

Se sacó el tirador, donde había unos billetes y tabaco. Se los dio a los soldados, para que lo repartieran.

E hizo frente al pelotón.

No pudo creer lo que oía cuando el mayor Rolón le ordena que se pusiese de espalda a los fusiles, como mueren los traidores. También cuentan que sonó una estrepitosa bofetada en la cara de Rolón. Los soldados comenzaron a acercarse para cumplir con la orden. A cada uno de ellos los recibía con fieros puñetazos. No iba a morir como un traidor, porque no lo era. Simplemente se había alejado del “indigno espíritu de partido”, como había pedido el exiliado ilustre.

El acero de un puñal reflejó, artero, la pálida luz de la madrugada y se perdió varias veces en la carne del coronel rendido. Mientras caía, seguía gritando, con los gallos de la mañana, su valor y lealtad a la Patria.

Cayó ensangrentado y con el rostro al cielo el coronel Chilavert. Rolón cumplió a medias la orden terrible del señor de San José. Descerrajó su revolver en el pecho del artillero que seguía gritando su derecho a ver la muerte de frente, como los héroes.

Un poncho blanco tapaba el cuerpo de Martiniano Chilavert con sus rosas de sangre en el pecho, nunca en la espalda, cuando su esposa, de negro, seria y enjuta, lo recogió esa mañana espantosa del 4 de febrero de 1852.

31 de Enero de 2012

domingo, 22 de enero de 2012

El camino al poder del gran caudillo haitiano Toussaint-L'Ouverture

El camino al poder del gran caudillo haitiano Toussaint-L'Ouverture

El abuelo de François Dominique Toussaint-L´Ouverture se llamaba Gaou Guinou. Era de sangre real y había nacido en la colonia francesa de Dahomey, que recién en 1960 obtuvo su independencia para pasar a llamarse, años después, República de Benin. Secuestrado por los esclavistas franceses, fue enviado con su hijo a una plantación en la parte francesa de La Española o Santo Domingo.

Un amo impregnado de humanismo iluminista enseñó a François a leer y escribir y lo nombró capataz de la plantación. Se casó, tuvo dos hijos y, en 1776, fue manumitido y se convirtió en un pequeño campesino libre.

Una población de 12.000 blancos franceses mantenía en un brutal sometimiento a unos 300.000 esclavos africanos. La cruel economía de plantación azucarera había destruido la
diversidad productiva de Haití, convirtiéndola en uno de los más lucrativos negocios de la época. Si se ha dicho que la Revolución Francesa tuvo influencia en los procesos independentistas de la América hispánica -una teoría que soslaya el alzamiento del pueblo español contra el invasor francés-, en la parte francesa de la isla el hecho adquirió una enorme repercusión. La caída de la monarquía liberó las distintas fuerzas en pugna en el enclave colonial y los pequeños propietarios se enfrentaron a los grandes, los propietarios negros y mulatos a los blancos, los negros esclavos a sus amos y una gran parte de todos ellos a la política de la metrópoli que pretendía mantener el status colonial.

En 1791 comenzó una rebelión negra que se convirtió en el primer grito independentista de la América colonial. Encabezada por un esclavo de unos cincuenta años, los rebeldes se lanzan a la quema de plantaciones y a un directo ajuste de cuentas con sus propietarios. Ante la respuesta de los colonialistas franceses, los rebeldes cruzan la frontera hacia la parte española de la isla y entran en negociaciones con sus autoridades, quienes, enfrentados a Francia en Europa, ven la oportunidad de darle un golpe en su mejor colonia.


Toussaint se unió a estas tropas, recibió formación militar de los españoles y se convirtió al poco tiempo en uno de los principales y más exitosos oficiales del ejército de esclavos alzados. Su nombre comenzó a hacerse conocido entre los cientos de miles de combatientes, quienes lo llamaban L´Ouverture, El Iniciador. Fue el nombre con el que al final entró en la historia. Y con el título de General del Ejército de España, obtenido en esa época.

No obstante, Toussaint, que ya se había convertido en uno de los líderes de la revolución, llegó a la conclusión de que no estaba en el interés de los españoles la abolición de la esclavitud -objetivo central y excluyente de la revuelta- sino tan sólo debilitar el poderío francés en la región. “Uníos, hermanos, y luchad conmigo por la misma causa. Arrancad de raíz conmigo el árbol de la esclavitud”, sostuvo en su proclama de 1793, el mismo día en que los delegados de la República en la isla declararon la liberación de los esclavos para que se unieran a la Revolución.

Es necesario decir que no fue del todo generosa esta declaración. Haití se encontraba invadido por tropas españolas y británicas a las que se habían unido no pocos monárquicos franceses. Para que los 300.000 esclavos lucharan por la República debían ser liberados. Al año siguiente, y por acción de un grupo de diputados haitianos negros, la Asamblea Constituyente abolió la esclavitud en todo el territorio francés, tanto europeo como de ultramar.


No obstante ello, la lucha contra la esclavitud y por la independencia se extendió varios años más. Toussaint rompió con los españoles y los hizo replegarse en su propia frontera y comenzó a ser reconocido por los propios franceses, quienes lo ascendieron a General de División de la República.
El talento militar y político de Toussaint L`Ouverture logró dar una batalla permanente sobre los tres frentes: los españoles, los británicos y los propios franceses.

En 1798, este descendiente de la dinastía dahomeyana logra sus objetivos: mientras los españoles abandonan el territorio haitiano, los británicos capitulan y se alejan de la isla. A su vez, logra sacarse de encima los comisarios franceses, con lo que se convierte en el jefe político y militar absoluto de un Haití, sin esclavos y, en lo formal, miembro, en pie de igualdad, de la República Francesa.


El 22 de enero de 1801 François Toussaint L`Ouverture obliga a capitular a los españoles y, según lo acordado en el Tratado de Basilea que puso punto final al enfrentamiento franco-español, la totalidad de la isla de Santo Domingo quedaba bajo control del caudillo negro. Se iniciaba entonces otra etapa de la gran rebelión
de los afro-haitianos, la única rebelión de esclavos triunfante en la historia de la Humanidad.

Publicado en Telam

lunes, 26 de diciembre de 2011

Rafael Barrett, un dandy conquistado por la selva paraguaya

Rafael Barrett, un dandy conquistado por la selva paraguaya

Rafael Barret fue un hombre que tuvo una vida corta y fugaz: vivió 34 años. Fue el hijo de un extraño connubio entre una aristócrata española, María del Carmen Álvarez de Toledo, y un inglés de Coventry, un tal George Barrett Clark. Nace Rafael en la provincia de Cantabria, en el norte de España. Parece que realizó sus primeros estudios en Inglaterra y luego volvió a Madrid, para estudiar ingeniería. Muy pronto entró en contacto con los grupos literarios madrileños de los que formaban parte, entre otros, Ramiro de Maeztu, Angel Ganivet y don Ramón del Valle Inclán, todos integrantes de lo que luego sería conocida como la “Generación del 98”. Su vida en Madrid fue bohemia y tumultuosa al estilo de la juventud dorada de la época. Amores clandestinos, duelos, borracheras, casinos y pendencias caracterizaron este período de su vida, que terminó en un hecho, entre dramático y cómico, que cambió su vida.

En 1902, a los 25 años, Rafael Barrett la emprende literalmente a las trompadas, en la vía pública, en el centro de Madrid y a la vista de todo el mundo, con el Duque de Arión, lo que provocó un gran impacto social, a punto que Ramiro de Maeztu, uno de los mejores periodistas del momento, comentó el hecho en una de sus columnas.

¿Cuál había sido la razón de este ataque? El motivo fue que Barret había retado a duelo al abogado José María Azopardo, por un cierto asunto. Un tribunal de honor presidido por el Duque de Arión –y a pedido del abogado, a quien le daba miedo batirse a duelo- declaró que Barret era un notorio homosexual y que, por lo tanto, no estaba en condiciones, por esta indignidad, de defender su honor. La decisión de este tribunal salvó abogado de una muerte segura, pero provoca en Barret tal indignación que –tal como se acostumbraba a hacer en aquélla época, por ridículo que hoy suene- concurrió a un médico para hacerse los análisis necesarios para que quede asentado en escritura pública su “no pederastia”. Después de ello, trompeó, como hemos dicho, al Duque de Arión, por haber sido el presidente del tribunal de honor que había decretado su homosexualidad. El incidente provocó su aislamiento social que recién terminó con la aparición de un artículo en la prensa madrileña –en uno de los diarios de mayor circulación de la época- que afirmaba “ayer falleció el señor Rafael Barret”. Fue declarado muerto.

Barrett llegó a la conclusión de que su vida en España está cerrada y viajó a Buenos Aires. En ese momento era un joven de veinticinco o veintiséis años, solo, que hasta ese momento había escrito sobre matemáticas, ya que era un destacado especialista en esa ciencia. A poco de llegar y junto al argentino Julio Rey Pastor, Rafael Barrett fundó la Sociedad Matemática Argentina y comenzó a escribir diarios y revistas españolas e, incluso, en Caras y Caretas.

A los pocos meses de estar en Buenos Aires decidió viajar como corresponsal a cubrir una revolución liberal que se había lanzado en el Paraguay y, al llegar, decidió afincarse en ese país. Quedó atrapado por el Paraguay. Se unió a estos revolucionarios liberales y comenzó así su evolución hacia el anarquismo militante. Curiosamente, no lo hizo a partir del sacrificio de los mártires de Chicago o del crimen de Sacco y Vanzetti, por parte de la plutocracia yanqui, sino a partir de la situación de los trabajadores yerbateros, de la miseria en que se encontraban los indígenas en el Paraguay.

Rafael Barret era, hasta entonces, un hombre de una formación nieztcheana -muy de moda en ésa época- y el contacto con la tierra paraguaya lo hizo transformarse en un anarquista libertario, en un militante ácrata. Fundó un diario, el “Germinal”, donde comenzó a escribir con una prosa de enorme ironía y sarcasmo. Sus artículos provocaron una persecución política que lo obligó a entrar y salir del Paraguay en repetidas oportunidades. Por último se instaló en Montevideo, donde influyó notoriamente en José Rodó, en Carlos Vaz Ferreira, en Alberto Zum Felde, en los intelectuales más destacados de la ciudad del 1900. Su presencia fue una especie de fermento con la que creció la renovación ideológica, intelectual y literaria que, en aquel momento, se produjo en ambas márgenes del Río de la Plata. Enfermó muy gravemente de tuberculosis y viajó a Francia tratando de encontrar una cura para su mal, pero murió a los 34 años de edad, en Arcachon, en la Gironda francesa.

Su obra literaria volcada en cientos de artículos periodísticos tiene su mejor expresión en la serie “Lo que son los yerbales paraguayos”, donde denuncia la terrible explotación a la que son sometidos los trabajadores guaraníes. “El Dolor Paraguayo”, otra recopilación de sus artículos logró exponer ante las nuevas generaciones las trágicas consecuencias de la inicua Guerra de la Triple Alianza.

Su influencia en la cultura suramericana fue inmensa. El uruguayo José Enrique Rodó, el paraguayo Augusto Roa Bastos, el argentino Jorge Abelardo Ramos y hasta el joven Jorge Luis Borges, han reconocido la huella dejada en ellos por su potente pluma.

El dandy libertino de los salones madrileños se convirtió en la selva paraguaya, en tribuno del dolor de su pueblo y en profeta de su redención histórica.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Esta noche tenía

el corazón destrozado.

Un amor matutino,

en una tarde de sol,

llenó de cielo mi noche

y, como siempre, la noche

se convirtió en amargura

de escarcha y madrugada.


Buenos Aires, 23 de diciembre de 2011

domingo, 18 de diciembre de 2011

El destino que carga con la Victoria o Moira y Berenice

El destino que carga con la Victoria

o Moira y Berenice

Silvia tenía, entonces, veintitrés años. Además Silvia era hermosa. De pelo color caoba, delgada, de ojos juguetones y brillantes, Silvia era coqueta, seductora y, como había nacido en Buenos Aires, un poquito histérica.

En esa epoca Silvia estudiaba Derecho en la Universidad Católica Argentina. De clase media y de padre profesional, la alegre Silvia estaba comprometida en casamiento con un muchacho compañero de estudios, católico, conservador y, posiblemente, aburrido.

De no haber pasado nada de lo que pasó, Silvia y su futuro abogado se hubieran casado. Es más, ya tenían fecha de matrimonio: un día del mes de junio de 1970.

Pero aquellas eran épocas en que nadie podía estar seguro de que su novia llegaría en fecha y hora al pie del altar. Eran épocas en que las chicas rubias y bellas, de clase media y de padres profesionales, incluso las que estudiaban Derecho en la Universidad Católica, se habían alborotado.

El Cordobazo había conmovido la paz impuesta por un bigotudo y obtuso general de labio leporino, el autoproclamado jefe de la Revolución Argentina, Juan Carlos Onganía. Había venido para quedarse veinte años, tenía las urnas bien guardadas y gustaba de entrar airoso a la inauguración de la Sociedad Rural en una carroza tirada por caballos. Había sido jefe de Remonta en Tandil y tenía con los nobles equinos muchas cosas en común. Pero de pronto el país había comenzado a sacudirse y en ese 29 de mayo de 1969, una airada multitud de estudiantes, obreros industriales y vecinos, en Córdoba, hartos de la autocracia militar, se habían alzado con una energía desconocida.

Y el impulso se había extendido por todo el país. Hasta los recoletos claustros católicos había llegado el alzamiento. Chicos y chicas de buen pasar habían comenzado a discutir airadamente sobre cuestiones que, hasta ese momento, sólo eran motivo de beata caridad, de santurrona compasión. Los pobres, los trabajadores, la doctrina social se mezclaban con el Concilio Vaticano II, la libertad religiosa, el evolucionismo de Teilhard de Chardin, El “Pensamiento de Carlos Marx”, del jesuita Yves Calvez y el sexo prematrimonial. Y en esa vorágine había entrado sin remedio la bella Silvia.

Llevada por estas nuevas preocupaciones Silvia entró en contacto con un pequeño grupo de estudiantes de distintos años de la carrera, apasionados por estas discusiones y muy enfrentados con otros pequeños grupos identificados con el nacionalismo católico o con la secta llamada Tradición, Familia y Propiedad. Mientras aquellos reivindicaban al obispo Podestá o al incipiente Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, estos esgrimían al sacerdote Julio Meinvielle, al talentoso Leonardo Castellani o al miserable Cosme Béccar Varela.

¿Quienes integraban este grupo? La mayoría de ellos vive aún -a Dios gracias, digamos- y son jueces, periodistas, funcionarios, abogadas, viudas, esposas de banqueros. Eran hijos e hijas de esa amplia, difusa y tan evidente franja social llamada clase media argentina, que habían estudiado en escuelas públicas o privadas, con esa intensidad y esmero con que se enseñaba en aquellos años. Tenían la vida por delante y nada les parecía más importante que esas discusiones interminables en las que se enfrascaban días y noches, esa preocupación permanente por los pobres, como ellos mismos decían, esa sensación de saber que ocurrirían grandes cosas y que ellos querían estar en lo que ocurriera. Todos ellos eran, aún, católicos practicantes, cosa que también iría cambiando con el paso de los meses.

Silvia se integró a este grupo y empezó a frecuentar sus reuniones. En el año 1970, un año después del Cordobazo, el grupo que se había puesto el nombre de Agrupación Estudiantil Nacional y Social, se presentó a elecciones en el centro de estudiantes donde la disputa electoral siempre, hasta ese momento, había sido amistosa y deportiva. La presentación generó un intenso debate, inusual en la vieja casa de la calle Juncal, cerca de la Cinco Esquinas. Aunque no ganó, le dio una impronta política a la disputa que atrajo la atención de las autoridades y les valió muchas veces el mote de infiltrados.

La muchacha tenía, como se ha dicho, fecha de casamiento, con todas las pompas y circunstancias del caso: vestido exclusivo, misa de esponsales, gran fiesta en el Plaza o en el Alvear, un largo viaje a Europa, lista de regalos en el Bazar Inglés. En las reuniones del grupo en cuestión, que también eran asados en Luján o almuerzos en un inolvidable restaurante de Belgrano, en Pampa y la vía, que ya no existe, Silvia conoció a Ricardo, un rosarino emparentado con la familia del diario La Capital, donde trabajaba como corresponsal, flaco, simpático, conversador y que manifestaba una creciente simpatía hacia el peronismo, por un lado, y las alternativas armadas por el otro.

Fue un flechazo. Silvia y Ricardo se enamoraron. Pero se enamoraron mal, mucho. Quien sabe si fue porque estaba por casarse, porque Ricardo parecía todo lo contrario de su convencional novio o por todo lo que la relación ofrecía de prohibido en aquellos días, pero el caso es que Silvia y Ricardo se convirtieron en protagonistas de una comedia de amor como Los Paraguas de Cherburgo, que nos conmovía por entonces. La cosa se fue haciendo insostenible con el pobre novio oficial que sentía que el pampero de la revolución le alejaba su rubia mujercita. Hasta que un día Silvia decidió fugarse de su casa y romper de esa manera con la ilusión casamentera. Todos los integrantes de aquel grupo participaron en la conspiración, la alojaron durante algunos días en sus casas u ocultaron sus pertenencias, mientras Silvia se encontraba furtivamente con Ricardo en departamentos prestados o en hoteles-alojamiento, como se los llamaba antes que la pudibundez municipal los bautizara albergues transitorios.

Hasta que un día, o una noche, o una siesta o un amanecer, Silvia quedó embarazada. Sus amores con Ricardo tuvieron un fruto, un hermoso fruto que nacería meses después y se llamó Moira, el nombre griego de las diosas que tejen el destino.

Silvia y Ricardo comenzaron a vivir juntos. Con su empleo y algunas otras colaboraciones Ricardo comenzó a mantener un hogar.

Pero, ya lo dijimos, los tiempos eran tormentosos. Los otros miembros del grupo también comenzaron a casarse y a definir, cada uno, el camino político que consideraban oportuno y eficaz.

Ricardo prosiguió el que había elegido durante ese vertiginoso año. Fue acercándose a Montoneros y a su aparato de prensa. Pocos años después sería el codirector de El Descamisado, el semanario de la organización armada.

En algún momento, el amor fue languideciendo entre Silvia y Ricardo, en situaciones de las que no tengo el menor conocimiento. Ricardo se fue alejando también de mi vida. Ya no lo veía sino esporádicamente y el ambiente político había comenzado a espesarse. Nada sé de lo que pasó en esos años con Moira, la hija de Ricardo y Silvia.

Aquellos años eran potentes no sólo para la política. El cine movilizaba también a jóvenes inquietos, innovadores, buscadores de caminos distintos en una Argentina que se resistía a lanzarse por rutas nuevas. Miguel era uno de esos jóvenes. Había filmado una película de largo nombre que muy pocos habían visto pero que se introducía lentamente en las conversaciones de aquellos días. Miguel había comenzado a convertirse en un director de culto.

Y en algún momento Miguel y Silvia se encontraron y se enamoraron. Yo alcancé a estar con ellos una noche de ese corto período que va de 1973 a 1976 y que en nuestra memoria se ha convertido en un larguísimo ciclo por la cantidad abrumadora de experiencias que nos traían cada una de las jornadas. Silvia seguía siendo hermosa, levemente snob, divertida y simpática. Vivían en un agradable departamento, lleno de objetos viejos y nuevos, libros y mantas sobre los sillones. Formaban una linda pareja y aún no tenían hijos.

En 1976, Silvia y Miguel tuvieron una hija a la que le pusieron el extraño nombre de Berenice. Ignoro si en homenaje a Edgar Allan Poe y su macabra historia o invocando la esperanzada etimología del nombre: “portadora de la victoria”. Pero le pusieron Berenice.

Y, como con tantas otras historias que comenzaron en aquella corta primavera, llegó el horrible invierno del golpe de estado -videlamartínezdehozmuerteydesasosiego- y dejamos de vernos.

En 1977 lo encontré a Ricardo. Había ido a buscar a mi hija a la escuela que está cerca de la Recoleta, cuando lo veo en la vereda de enfrente. Sinceramente, el corazón me dio un vuelco, como dice el lugar común, y miré alrededor antes de cruzar a saludarlo. Me contó pocas cosas, pero me dejaron con una sensación que aún hoy puedo reconstruir: Eramos algo como dos “dead man walking”. “Dos boletas caminado” se decía también, con el humor negro con que los humanos conjuramos el horror. Nos abrazamos. Habían pasado tan sólo unos años desde aquella elección en la Facultad de Derecho de la UCA. Éramos aún dos hombres jóvenes que no habían cumplido 30 años. El pasaba los días en la calle, en bares, caminando. Y a la noche dormía en diferentes lugares. Como yo, también iba a encontrarse con su hija, Moira. A los dos la muerte nos acechaba.

En algún momento de esos meses, Ricardo, Moira, Silvia, Miguel, mis hijas, mi mujer y yo nos fuimos a cualquier parte y seguimos en cualquier parte esa historia que comenzara en 1969.

Ricardo y Moira fueron a parar a Italia. Silvia, Miguel y Berenice recalaron en Paris, con una valija llena de negativos de las dos películas que Miguel había logrado hacer. Mi mujer, mis hijas y yo aterrizamos en Estocolmo, la ciudad donde se había muerto de frío Renato Descartes.

Y nunca más supimos de nuestras vidas.

Nunca más hasta hace unos días cuando escucho y veo por la televisión que hay un extraña película francesa que amenaza con llevarse muchos premios y hasta el de Mejor Película Extranjera en la competencia del Oscar. Una película en blanco y negro, muda, que cuenta una melancólica historia de un actor del cine mudo que no logra superar el umbral del cine sonoro. Y escucho que la protagonista es una actriz francesa, nacida en Argentina, de nombre Berenice Bejo. El corazón me vuelve a dar otro vuelco, pero esta vez de alegre sorpresa. Me meto en Internet, en la prodigiosa Biblioteca de Alejandría virtual, que casi como en el Aleph, nos permite ver todo desde todos los puntos posibles, y me encuentro que también Moira, en Italia, se convirtió en una actriz de la cual hablan los periódicos. Que ha filmado nada menos que con Liliana Cavani y que Moira y Berenice, además de medio hermanas, son grandes amigas.

Se me apareció el rostro juvenil de Silvia, su desparpajo, su maravilloso atolondramiento de veinte años. Se me aparecio Ricardo y el abrazo en la calle Ayacucho. Me cayó sobre los hombros el peso de que yo y mi generación teníamos detrás toda una historia.

Si Berenice gana el Oscar me encantaría brindar con ella, su hermana y todos sus padres en aquel viejo restaurante de Pampa y la vía, que ya no existe.

Buenos Aires, 18 de diciembre de 2011.