Señor Leopoldo Marechal
Rivadavia 2341
Admirado Marechal:
Ud. no me conoce. Permítame presentarme: Julio Fernández Baraibar, veintidós años, estudiante. Y no sé escribirle una carta a Marechal. De manera que trataré de simplificar el estilo y abordarlo directamente.
El propósito de mi abordaje es, por un lado, concretar un viejo anhelo: conocerlo y, por el otro, manifestarle las inquietudes de un grupo de cristianos que nos reunimos en Su Nombre y bajo el título de Centro de Estudios de la Tierra Nueva. Es nuestro propósito meditar y profundizar la realidad de nuestra Patria y de nuestra Latinoamérica, tomando esta realidad en toda su extensión, cultural, política, económica y religiosa, a efecto de esclarecer una acción concreta dentro de esta realidad. Sabemos y conocemos la situación de nuestra Patria, su dependencia, sus contradicciones (con este pedazo de Europa injertado en su puerto), el sufrimiento de nuestro pueblo, su ignorancia y su alienación cultural. Queremos meternos en esa realidad, consustanciarnos con ella, y de hecho, todos nosotros lo estamos, recrear un pensamiento que a fuer de revolucionario sea nacional y latinoamericano. Sabemos que solamente, como ya lo han muchos, antes que nosotros (y Ud. bien lo sabe, maestro), volviendo nuestros ojos para adentro y sin importar fórmulas ya preparadas (especies de “do it yourself” intelectual) podremos y debemos buscar las soluciones.
Por todo esto, y por una punta de cosas más, la carta.
Concretamente, lo que quiero es charlar un día con Ud. personalmente. Nuestra actividad se desarrolla a través de cursos, seminarios, mesas redondas, charlas y publicaciones periódicas. De todo esto queremos hablar con Ud. Y además todo lo que Ud. puede hablar con nosotros.
Le rogaría, por lo tanto, contestase esta carta a: Sarmiento 580, 3º piso, of 306, o me llamase telefónicamente, de 12 a 18 horas al 46-6714.
Vaya entonces toda mi admiración y mi agradecimiento
Julio Fernández Baraibar
Acabo de reencontrarme en mi archivo con esta carta que le envié a Leopoldo Marechal en la fecha arriba indicada. En esos días Marechal había publicado El Banquete de Severo Arcángelo y, después de un largo ostracismo que lo llevó a definirse como El Escritor Depuesto, su nombre y su foto eran tapa en las principales revistas de entonces y, sobre todo, en Primera Plana. Para mi generación fue un descubrimiento. El éxito de su nueva y metafísica novela hizo que la Editorial Sudamericana publicase una nueva edición de Adán Buenosayres. Yo había devorado ambas novelas y mi admiración por Marechal no tenía límites, admiración, por otra parte, que me ha acompañado toda la vida. El Adán Buenosayres fue uno de los pocos libros que llevé al exilio sueco.
Con un estilo un tanto pretencioso y engolado que ocultaba una ingenuidad que, sin lamentarlo, he perdido, me animé a escribirle. Y la dirección y el teléfono que puse no eran los de mi casa, sino los de una oficina donde trabajaba por las tardes. No quería que la carta o la llamada estuviese intervenida por mis padres.
A los pocos días, recibí una llamada telefónica que me decía:
– Julio, le habla su amigo Leopoldo Marechal.
Casi me desmayo. Realmente quedé, como se decía entonces, abatatado. Murmuré algo y escuchó que me dice:
– Pasado mañana voy a ir la librería de la Editorial Atlántida, sobre Florida, a firmar libros. Venga, así nos conocemos personalmente.
Y allí estuve. Era un encuentro de escritores argentinos, organizado por la editorial, en el que firmarían libros a los interesados. Habían hecho un largo mostrador con los escritores y sus libros y allí lo vi a Marechal. Me acerqué y vi que estaba al lado de Mujica Láinez. Lo primero que hizo Marechal fue explicarme esa vecindad:
– Acá estoy con Manuel, se lo presentó.
Mujica Láinez me saludó, mientras murmuraba, de buen humor:
– Ambos empezamos con M y eso nos ha juntado, Leopoldo.
Con una sonrisa irónica, Marechal agregó:
– ¡Tantas cosas lindas empiezan con M, Manuel!
Después de esta inolvidable presentación, Marechal me invitó a su casa para unos días después.
Y allí pude conocer también a Elbiamor y apreciar el hermoso busto que le hiciera Fioravanti, el gran escultor de la generación anterior.
A la reunión fui acompañado por un par de compañeros de aquel Centro de Estudios de la Nueva Tierra que desaparecería al poco tiempo con la rápida evolución que tenían nuestras ideas en aquellos años que culminarían con el Cordobazo.
Pero esa es otra historia. Aquí está la carta que personalmente me contestó Leopoldo Marechal.
27 de septiembre de 2026


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