Publico aquí algunos textos a medio camino entre el intento de permanencia de la literatura y la realizada fugacidad del periodismo.
domingo, 27 de marzo de 2011
Cuando Palermo no era ni Hollywood ni Soho
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sábado, 26 de marzo de 2011

Hay equipo y hay partido
La gente del Primer Festival de Cine Político (Rosana Salas, Osvaldo Cascella, Clara y Clelia Isasmendi), que se está realizando en Buenos Aires, me invitó gentilmente a ver la proyección de C'est parti (algo así como Hay partido). Lejos de referirse a algún enfrentamiento futbolístico, el documental dirigido por Camille de Casabianca (quien además es guionista y camarógrafa de la película) registra las reuniones, encuentros y congresos que dieron nacimiento al llamado Nuevo Partido Anticapitalista, en Francia, en 2009.
Para ubicar a los lectores de este lado del charco, el NPA fue un movimiento impulsado por la Liga Comunista Revolucionaria, un partido nacido al calor del mayo francés en 1968, uno de cuyos dirigentes ha sido Alain Krivine, quien aparece a menudo en el filme. La LCR fue un pequeño grupo de orientación trotskista hasta que en las elecciones presidenciales del 2002 obtuvo para su candidato Olivier Besancenot 1.200.000 votos que aumentan en el 2007 a 1.500.000 votos. El joven Besancenot es un típico producto de la clase media francesa. De padre profesor y madre psicólogo, Olivier estudió Historia en la Universidad de Paris X: Nanterre, enclave izquierdista desde los años '60. Carismático e inteligente, con la segura locuacidad de un bachiller francés, Besancenot logró superar las módicas cifras electorales de los partidos a la izquierda del PC francés. Esto llevó a la Liga a la propuesta de autodisolución en un partido más amplio, más democrático, más autogestionario. De ello da cuenta el documental.
Se inicia, con toda la simbología que ello tiene, con la limpieza general por refacciones de la sede de la LCR. Toneladas de papeles, folletos, apuntes, resoluciones e informes vuelan desde un cuarto piso hasta un container situado a la puerta del edificio. Todo el pasado del partido, cuarenta años de discusiones, propuestas, resoluciones, sanciones, expulsiones y tesis, van desapareciendo ante la necesidad de refaccionar el edificio.
Mientras tanto, los dirigentes jóvenes y los viejos sobrevivientes del '68 analizan y discuten la manera en que nacerá el nuevo partido. Las pretensiones iluministas del viejo socialismo resurgen en los discursos de cada una de las asambleas y reuniones, en un lenguaje que recuerda, para quien las haya conocido, las asambleas estudiantiles de Sociales o de Filosofía. Mucha democracia directa, mucha gestión comunal y descentralizada, muchos chicos y chicas bien alimentados y con la dentadura completa.
Hay, no obstante, en la película una muy simpática figura, la de Abdel, un evidente francés norafricano, un “cabecita negra”, irrespetuoso y zumbón, que juega como personaje alternativo al frío y despasionado discurso racionalista de los jóvenes y viejos políticos franceses. Olivier Besancenot, a su vez, con su medida oratoria, su frialdad intelectual y su prolijidad gestual, despierta el recuerdo de aquel político menemista, hoy alejado de las luces, que fue Gustavo Béliz, apodado, como se recuerda, “Zapatitos Blancos” por sus conmilitones de entonces, quienes despreciaban con ello, su supuesto intento de pasar inmaculado por un gobierno barroso como pocos.
Los espectadores que me acompañaban deben haberse sorprendido, como lo hice yo, al apreciar la pulcritud y el orden que reinaba en los locales donde se realizaban las reuniones. Ningún sitio se parecía a nuestros muchas veces vetustos y mugrosos locales políticos. Una escena llama la atención. Cuando han terminado de llenar el container con carpetas, ficheros y archivos, uno de los dirigentes se pone a barrer alrededor del mismo. “Hay vidrios y nos pueden hacer una multa” explica a la cámara el veterano revolucionario que desde hace más de cuarenta años viene intentado abolir el régimen capitalista en la patria de Napoléon.
Después de una divertida discusión en la playa entre tres panzones dirigentes, uno de ellos en zunga, sobre Trotsky, Mao, Stalin y Lenin; después de visitar el picnic anual de L'Humanité, con debates sobre la revolución y el reformismo; después de los trabajos en comisión para determinar el nombre del nuevo partido, la película termina con una agorera imagen. Una joven militante sella, uno a uno y rítmicamente, los carnets de afiliación al nuevo partido. El trac, trac del sello acompaña como una percusión los títulos finales de la película. Nuevamente la sombra ominosa de la burocracia amenaza a la flamante y libertaria organización recién nacida.
Vale la pena ver esta película. Además de sus bondades como documental -buen encuadre, una cámara que muchas veces parece invisible-, nos permite escudriñar como por el ojo de la cerradura el debate político del progresismo europeo. Sus problemas son distintos a los nuestros, sus sueños de una mejor patria para el hombre y la mujer, son muy similares.
Buenos Aires, 26 de marzo de 2011
jueves, 7 de enero de 2010
La Muerte se llevó a Tete y a su eterna juventud
miércoles, 16 de septiembre de 2009
esposa y el compromiso de una mujer con un hombre y la pequeña hija de éste convierten en dulce y dolorosa memoria los momentos de íntima amistad con aquél. De Luque decidió contar esta historia en una especie de rompecabezas narrativo en el que el presente, el pasado, los recuerdos y los sueños se mezclan en un vertiginoso caleidoscopio que la inteligencia del espectador armará definitivamente en el momento mismo de la palabra fin. El resultado es un torrente, nunca desbordado, de emociones, de suaves y fugaces momentos, de pequeñas miserias y traiciones, de inteligentes diálogos y de bellísimas imágenes y armoniosos encuadres. El Vestido es una película femenina que deja la sensación de que de esa manera, aparentemente arbitraria, sin orden ni sentido finalista, es como la mitad del cielo vive y siente el amor, la entrega, el abandono, la traición y la fidelidad: una especie de fragmento de un discurso amoroso contado por una mujer.
No obstante ello, no hay culpas ni víctimas en la historia que cuenta Paula de Luque. Hay, simplemente, la evidencia de que así es la vida, así somos los hombres y las mujeres: seres desgarrados, tironeados, transidos, que sólo buscan, muchas veces infructuosamente, un poco de felicidad compartida. Si el padre del protagonista la encontró en el amor de un hombre que llora femeninamente su muerte y la joven heroína en la amistad con la hija de su pareja, el protagonista masculino de la película parece partir, al final del filme, sin haberlo logrado. Una sombra de infelicidad, de tristeza viril e irremediable, lo acompaña.
La propuesta, en su sorprendente originalidad, mantiene una estructura gramatical de notable solidez en la que el espectador encuentra indefectiblemente respuesta a sus interrogantes y desconciertos. La belleza deslumbrante de la protagonista, Antonella Costa, y la masculinidad rotunda de Eduard Fernández ayudan, sin duda, a enfatizar cierto carácter paradigmático de la película de Paula de Luque. La fotografía es, como dije, bellísima e impecable. Con este filme, la hermosa bailarina de Nucleodanza se ha convertido definitivamente en una gran directora de cine.
Buenos Aires, 16 de setiembre de 2009
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Los Robertos aparecieron en San Telmo
El lunes fue una gran cena la de la Oesterheld. El Torcuato Tasso, centro tanguero de San Telmo, rebalsó con más de 250 amigos y amigas que vinieron a saludar y a escuchar a Gabriel Mariotto, el interventor del Comité Federal de Radiodifusión y autor del proyecto de la nueva Ley de Servicios Audiovisuales, que Cristina presentó al Congreso el jueves pasado. La ley pondrá fin a la vigencia de una ley de radiodifusión dictada por Videla y Martínez de Hoz y, sobre todo, al monopolio que Clarín ejerce sobre los medios audiovisuales. Su texto propone que el espectro mediático sea repartido en tres partes iguales entre el Estado, el sector empresarial y las organizaciones sin fines de lucro. La multiplicación de las frecuencias, como resultado del desarrollo técnico, no significará entonces una nueva y más totalitaria monopolización empresaria.
Pero todo esto no es más que un introito, aburridamente politizado, a lo que en realidad importa.
Esas cenas se caracterizan por el hecho de que se come muy poco y se toma mucho. La condición del módico precio que se obtiene no es la cantidad, y mucho menos la calidad, de la comida sino una continua provisión de Vasco Viejo en todas las mesas hasta que se acabe la reunión. De manera que después de gritar, discutir, echar vainas, piropear a las muchachas y dar millones de besos y abrazos, a eso de las dos de la mañana me fui con Vivi, una buena chica, a tomar una última botellita de malbec en algún bodegón de San Telmo.
Encontramos abierto el Seddon, un amplio pub irlandés, atendido por una Molly argentina, amiga desde hace muchísimos años. El lugar tiene una gigantesca pantalla de televisión en la que, al momento de sentarnos a la mesa, estaba cantando Silvio Rodríguez.
Brindamos Vivi y yo por los fantasmas de los ingleses muertos en la zona cuando la invasión de 1806 y de pronto escuchamos que Silvio está cantando Te recuerdo Amanda. Curiosamente esa es la canción que cantaba el entonces marido de Molly, un sueco llamado Rolf Hansson, en la película Mirta de Liniers a Estambul, que tiene Roberto Hernández Montoya y que tendrá que devolverme cuando yo le devuelva la Ferrari. Miro hacia la pantalla y veo que Silvio está dando un recital en Caracas, con una maravillosa profusión de banderas mirandinas.
Y de pronto, amigos, en el medio de la noche porteña, aparece Roberto Hernández Montoya, diciendo, como de costumbre sus consabidas intrascendencias. Ahí estaba uno de los Robertos, mientras los pocos parroquianos que quedaban en el lugar no entendían mis gritos y mi alborozo.
Pero inmediatamente, detrás de este Roberto aparece el otro Roberto, el holandés errante, pronunciando sus habituales verdades y sus profundas observaciones.
También recuerdo que había un argentino que gritaba: "Ahí están mis panas, ahí están mis panas". Recuerdo también que Vivi sacó unas fotos y que Molly llamó a un patrullero.
Después no recuerdo más nada.
Pero las fotos quedaron como testimonio de la noche en que se aparecieron los Robertos en San Telmo.


Buenos Aires, 2 de setiembre de 2009
