sábado, 7 de septiembre de 2024

Madrid, un amigo, Piazzolla y una visión apocalíptica

Mi amigo Marcos Iaffa, un argentino residente desde hace 20 años en Madrid, me invitó a un recital del Astor Quintet, en un hermoso sótano cercano a la Plaza Santo Domingo que lleva el sugerente nombre de Café Berlín. 

Pero antes, quiero contarles quien es mi amigo Marcos Iaffa. 

Es un arquitecto porteño a quien conocí en la milonga hace 25 años. Su abuelo era un inmigrante de Odessa, con pasaporte ruso, y su padre fue un convencido y sincero comunista argentino que, en sus años mozos, vino a España a combatir junto a las Brigadas Internacionales por la República y contra los fascistas. En España se enamoró de una bella muchacha campesina y entre metrallas y canciones unieron sus vidas. Al caer Madrid, el hombre fue hecho prisionero de la morralla franquista, dejando a su compañera embarazada. La intervención del gobierno argentino, posiblemente del presidente Ortiz, permitió su libertad y su repatriación. Ya en la Argentina recién pudo reunirse con su española un par de años después. La muchacha llegó al puerto de Buenos Aires con un niño de la mano, quien por primera vez conoció a su padre. Era el hermano mayor de Marcos.

Marcos creció en un hogar comunista y sus primeras armas políticas fueron en la lucha entre “la libre” y “la laica”, en las calles porteñas, a fines de los años 50. Pasó por todas las divisiones de la izquierda socialista de la década del 60 y mantuvo con su padre y su madre una diferencia política esencial. Al contrario de ellos, obvia y casi necesariamente aferrados al mundo de la preguerra, nunca compartió una mirada lapidaria y cancelatoria del peronismo. Pasó por la CGT de los Argentinos y terminó en una militancia cercana al Partido Comunista Revolucionario. Hemos descubierto en Madrid que Chiche Perelman, Darío Lagos, Antonio Sofía y Ricardo Chornik -a destacados militantes y dirigentes de ese partido y con quienes compartí enfrentamientos y coincidencias- eran también sus amigos.

Pero a Marcos lo conocí en la milonga. A los cincuenta años se acercó, como yo, al baile y el caminar abrazado con una hermosa mujer al compás de un tango, de una milonga o un vals se convirtió en su segunda vida.

Y a principios del siglo se vino a Madrid para instalar una milonga. Y le fue bien. Logró continuar su profesión de arquitecto y, algunas noches a la semana, era el anfitrión de españoles y españolas que también caían bajo la seducción de Troilo, Di Sarli y Miguel Caló. Mi amigo cerró hace años su milonga, pero esa exitosa experiencia lo hizo un referente tanguero de esta ciudad.

Marcos, entonces, me invitó al Café Berlín. Y pude presenciar un recital de una hora y media del Astor Quintet. Son unos músicos fenomenales, grandiosos, que han logrado encontrar, como diría Julián Centeya, “el misterio profundo de la cosa” y suenan como si Piazzolla, López Ruiz, Kicho Díaz, Osvaldo Manzi y Baralis llenaran el escenario. Su repertorio es exquisito y recorren casi todas las etapas de Piazzolla, desde su inicial “Triunfal” que convenció a Nadia Boulanger que su alumno era antes que nada un bandoneonista de tango hasta el apabullante “Biyuya” de su etapa más avanzada.


Todo el recital me produjo una honda conmoción. Obviamente no era nostalgia. Hace dos días que estoy en Madrid y todo es estupendo. No hay nada de allá que, hoy, pueda extrañar. No soy de los que viajan y rápidamente extrañan el 60 o la pizza de Güerrín.

Mi pensamiento se vio brutalmente invadido por la idea que -quizás, quién dice, Dios no lo permita- esa Argentina que produjo a Astor y a estos músicos que estaban en el escenario, finos virtuosos de su instrumento, capaces de captar el espíritu, la textura del gran compositor, sean animales en peligro de extinción. Que la Argentina que los produjo -todos ellos estudiaron en la escuela pública, tres de ellos egresados de la Escuela de Música Popular de Avellaneda- desaparezca y los argentinos, talentosos, cultos, educados, un poco soberbios y algo prepotentes nos convirtamos en una especie de gitanos, sin país, con solo tradiciones, con una música y una cultura propia, dispersa por el mundo, sin asentamiento posible. Una raza basada en el recuerdo, en la literatura, en la música y en la memoria de hombres y mujeres que vivieron y crearon un paraíso perdido que desapareció de la faz de la tierra.

Porque así se ve la Argentina desde lejos. No es nostalgia, es casi desesperación. Una pandilla de vulgares e ignorantes charlatanes al servicio de una clase bastarda, inculta y sin arraigo, movidos tan solo por una miserable crematística, sin horizonte, sin futuro, sin civilización, destruye los cimientos humanos, económicos y sociales del país, mientras los argentinos discutimos sobre nuestro luminoso pasado.

Sé que suena apocalíptico y trágico. Pero Cartago dejó de existir.

Madrid, 8 de septiembre de 2024 

sábado, 31 de agosto de 2024

Partió de mí un barco llevándome

Este país, mi país, la Argentina, llevada y traída a lo largo de estos dolorosos 70 años, guarda en su seno la maravillosa capacidad de cumplir, posiblemente, un único mandato de los hombres del 53 cuando inscribieron en el preámbulo constitucional “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

Alguna vez, casi como un chiste, afirmé que cuando el periodismo vea a algún muchacho de origen coreano presidir el centro de estudiantes del Nacional Buenos Aires, del Carlos Pellegrini o del Mariano Acosta, que le ponga un ojo, porque posiblemente sea el primer presidente argentino de ese origen.

Acabo de escuchar en la radio sobre el estreno de una película dirigida por una compatriota de origen coreano. Me niego a hablar de argentino-coreana. Esa es la denominación usada en los EE.UU. donde sólo los americanos de origen anglo-sajón se consideran con el derecho a ser norteamericanos. Astor Piazzolla no es ítalo-argentino, ni Norman Briski es judeo-argentino. Acá somos todos argentinos de diferentes orígenes, algunos de acá, otros de allá.



La película se llama Partió de mí un barco llevándome, su directora, nacida en Buenos Aires, se llama Cecilia Kang y su protagonista es otra porteña, Melanie Chong. El argumento toma como punto de partida la brutal explotación sexual de mujeres coreanas por parte de los invasores japoneses que entre 1910 y 1945 ocuparon colonialmente el actual territorio de Corea del Norte y Corea del Sur. El destino de esas pobres mujeres no terminó con la expulsión de los japoneses. La sociedad coreana las relegó a un plano de inexistencia, como si hubieran sido cómplices del invasor. La directora toma como punto de partida el testimonio horroroso de una de esas mujeres, Kim Bok-dong, quien falleció en enero de 2019. A partir de ello se mete con aquellas voces que fueron durante mucho tiempo silenciadas y que hasta el día de hoy son escuchadas parcialmente, a través de su protagonista Melanie.

La directora ha dicho que desconocía esa historia y le impresionó en un viaje que realizó a Seúl. Las historias desconocidas de la tierra de los padres se mezclan con las desconocidas historias de la tierra en la que nació y encuentra el nombre para su filme en un poema de Alejandra Pizarnik:

“explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome”

Este país, mi país, La Argentina sigue incorporando a “todos los hombres (y mujeres) del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Y no hay argentino-coreanos. Hay argentinos con los ojos rasgados y una maravillosa gastronomía. Y la directora agrega, en una entrevista, para que no quepa duda de lo que estoy diciendo:  Hoy por hoy, con las políticas que estamos viviendo, siento que se hace aún más presente una película como ésta”.

Esa tontería me enorgullece y emociona.

La película se exhibe en el MALBA los sábados a las 18 horas.

jueves, 8 de agosto de 2024

Cateterismo

Hoy tuve un día lleno de emociones.

Como les conté, tenía que internarme a las 13 horas para una intervención médica. Pedí un coche para las 12 y, como Rivadavia estaba cortada por la manifestación de la UTEP, caminé hasta avenida La Plata a esperar el vehículo.

En esa esquina me encuentro con un lógico nudo de tránsito y un viejo típicamente caballitense hablando, con un conductor, de los "planeros, vagos y malentretenidos" que marchan por la avenida. Espero que se desocupe para que me alcance y lo miro. Cree ver en mí una mirada de complacencia con sus invectivas y me dice: 

--Este país de mierda.

Lo miré a los ojos y le respondo en vos alta y provocadora: 

-- Sí, este país hecho mierda por el hijo de puta de Milei.

-- Ya lo era desde antes. -- me responde el pobre anciano.

-- Calláte viejo de mierda, bien que lo votaste al insecto este.

Pretendió responderme algo que no escuché, pero me oí claramente decirle, ya en tren te rompo los dientes:

-- Sos un viejo de mierda gorila e hijo de mil putas.

Comenzó a retirarse, mientras el Dr. Baraibar, convertido ya en su otro yo, gritaba:

-- ¡Andá a la puta que te pario, viejo choto!

El geronte se retiró a paso redoblado perdiéndose en el tráfico y la multitud.

Llegué al sanatorio donde me esperaba mi hija. Me interné, me desnudé, me puse la pecherita esa que te dan en los nosocomios para taparte el rabo y me acosté, mientras miraba los juegos olímpicos, con mi hija de compañía.

Al rato entra el doctor y me informa que van a tener que postergar la intervención ya que los dos quirófanos que dispone el sanatorio estaban ocupados en casos de emergencia aguda y que no sabían a qué hora se desocuparían. Dado que yo estaba en ayunas me aconsejó suspender la internación para dentro de 15 días. Me pareció oportuna y prudente la medida y me volví a vestir y salí con mi hija para buscar algún lugar donde almorzar.

Estaba famélico.

Encontramos un restaurante llamado algo así como Las Delicias de Taiwan y entramos.

Ya en la entrada veo unos libros en cuyas tapas dice algo como La verdad sobre el Partido Comunista Chino. Nos sentamos a una mesa y, observando el entorno, vemos que pertenece a la secta china Falun y en las pantallas de televisión pasan vídeos atacando a la República Popular China. Mi hija y yo comentamos la situación y pedimos la comida que, por otra parte, era excelente. Comimos muy rico y pedimos la cuenta.

El tipo que nos atendía nos cobra e intenta darme un folleto explicativo sobre las actividades de la secta.

Le guiño un ojo a mi hija y le digo:

-- No, gracias, somos comunistas.

-- Yo solo quería explicarles quiénes somos.-- me dice el gil este.

-- Sí, -- le digo -- son la secta que creó la CIA contra el gobierno de la República fundada por el camarada Mao Tze Dong.

-- Acá todos nosotros pertenecemos a ese movimiento. -- me responde.

-- Lo sé, lo sé, ya los vamos a echar a la mierda de acá también.-- le dije, dando por terminado el agradable diálogo.

El día estaba salvado. Me había peleado con un gorila argentino y con agentes de la CIA chinos.

Y pensar que yo salí para que me pongan un catéter. 

martes, 2 de julio de 2024

La Vaca Atada

El domingo estuve, acompañado por Violeta, mi nieta, en el teatro El Portón de Sánchez. Fuimos a ver La Vaca Atada, una obra escrita y dirigida por Helena Tritek, una de las decanas contemporáneas del teatro porteño.


La obra es una delicia. En tono paródico y con una concepción escénica casi coreográfica, cinco actores exponen los preparativos de un viaje a París, por seis meses, y el propio viaje de una familia oligárquica de lo que Jorge Abelardo Ramos llamó “La Belle Époque”, el breve período argentino que se inicia en 1880 y finaliza con el triunfo de don Hipólito Yrigoyen en 1916, es decir el momento en que la estupidez liberal á la page supone que la Argentina era “una gran potencia”.

Mientras disfrutaba el espectáculo reflexionaba sobre esta notable capacidad que ha tenido nuestra patria en lograr que una notoria hija de inmigrantes, cuyos antepasados llegaron al país posiblemente ilusionados por la aparente prosperidad pampeana, ejecute una radiante vivisección de aquella vieja clase dominante y, sobre todo, de los hombres y mujeres a su servicio.

El primer acto de la obra es, justamente, del personal de servicio. Dos hombres y dos mujeres dedicados a mantener en orden, limpieza y perfección la residencia del matrimonio Paz Roca Anchorena y su hija. La compleja relación de sumisión y aprovechamiento, de ejercicio del poder del mayordomo (brillantemente interpretado por Miguel Alejandro Granado) sobre el resto del personal, el remedo admirativo, caricaturesco y sometido del estilo de vida de los patrones, es un verdadero hallazgo. Milagros Almeida encarna a la mucama, ansiosa por el viaje que iniciará con la familia a París en su largo viaje, mientras Granado fanfarronea en un francés champurreado sobre los sitios que ya ha visitado en viajes anteriores.

Es en el segundo acto que la pareja (Fito Yanelli y Silvina Quintadilla) toma un papel protagónico, mientras que la hija (la encantadora Julieta Raponi) sirve como un trait d'union (para seguir con las franchutadas) de la obra en su conjunto. En mi humilde opinión aquí el texto de Tritek baja en intensidad porque, aún considerando el tono paródico que ha elegido, la descripción de esos oligarcas prototípicos me sonó menos creíble que los anteriores. Les ha puesto un tono un tanto grandilocuente y ampuloso que, insisto, en mi humilde opinión, baja la intensidad de la parodia.

Pero es solo un detalle. Es un espectáculo obligado en estos tiempos en que pretenden retrotraernos a ese falso paraíso que nunca existió, ya no encandilados por Les Champs Elysées, sino por el Ocean Drive de la vulgar Miami. 

Vayan a verla, está los domingos a las 18 horas.

Buenos Aires, 2 de julio de 2024







 

jueves, 20 de junio de 2024

La lluvia seguirá cayendo

Anoche fui al teatro. Se daba, por segunda vez, La lluvia seguirá cayendo y Oscar Barney Finn, su director y coautor, había tenido la gentil deferencia de invitarme. Fui entusiasmado porque sabía de las grandes condiciones de Barney Finn como director y me iba a reencontrar con Osvaldo Santoro, como artista, después de los duros trances a los que lo sometió la vida en los últimos años.
A Osvaldo tuve el placer de conocerlo como vicepresidente de Radio y Televisión Argentina y me encontré con un tipo sensacional, de profundas convicciones políticas, de gran capacidad de gestión y lleno de propuestas renovadoras.
La obra es, de alguna manera una continuidad de Lejana tierra mía, de Eduardo Rovner, que se estrenó en el 2002 , también con la dirección de Barney Finn y la actuación de Osvaldo Santoro y Paulo Brunetti, que también actúa en la obra del Beckett.

Pero esto es solo información. Esta obra, escrita por Barney Finn y Marcelo Zapata, tiene total autonomía de aquella y, en todo caso, lo único que advierte es la cíclica reiteración de las crisis argentinas y su permanente efecto sobre nosotros, los argentinos. Un hijo (Paulo Brunetti) vuelve, después de 20 años de vida en EE.UU. con una exitosa carrera en el mundo de la computación. Lo recibe el padre (Osvaldo Santoro), un pintor reconocido pero en quiebra económica. La obra recorrerá sus enfrentamientos, sus miserias, sus fracasos, con el país y su errabundo devenir como fondo.
Pasé una hora y pico dejándome llevar por la notable interpretación de Osvaldo Santoro, la débil fortaleza de ese pintor soberbio, altivo y solitario en pugna con su hijo, también en muy feliz interpretación de Paulo Brunetti. Vale la pena la obra, la puesta y la actuación. La escenografía de Carlos Gómez Centurión, me reencontró con las telas del artista mendocino y su hermosa residencia al pie de los Andes.
Vayan a verla, realmente la actuación de Osvaldo Santoro, sus cambios, sus enojos y su desazón desgarran el alma.
La función terminó con un estruendoso y largo aplauso del público. A todos les había pasado lo mismo que a mí.

lunes, 13 de mayo de 2024

Olegario V. Andrade y Eleuterio Tiscornia

Bueno, hoy encontré, en mi kiosco de la estación Río de Janeiro, un libro editado en 1943 por la Academia Argentina de Letras: Obras Poéticas, de Olegario V. Andrade, que comienza con un muy documentado prólogo de Eleuterio F. Tiscornia, un filólogo y romanista, entrerriano como el poeta y famoso por un aburrido y un tanto pretencioso, pero erudito, trabajo llamado La Lengua del Martín Fierro. Olegario Víctor Andrade, el poeta de la Confederación de Paraná nació – me entero por este prólogo – en Rio Grande do Sul en 1839, en la localidad de Alegrete, aunque a los cuatro años de edad ya estaba radicado con su padre y su madre en Gualeguaychú, que es también cuna de Tiscornia.



Por su parte, Alegrete fue también el lugar de nacimiento de dos grandes brasileños: de Osvaldo Aranha y de Mário Quintana. Osvaldo Aranha fue compañero de armas de Getulio Vargas en su alzamiento contra la Republica Velha, en 1930, su embajador en EE.UU., ministro de Relaciones Exteriores y presidente de la II Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1947, que acepto la partición de Palestina y dio origen al Estado de Israel. Aranha fue iniciado en el candomblé, la religión afroamericana de los “orixás” y las “iyalorixás”, e instó a Getulio a legalizar la actividad de los terreiros. Osvaldo Aranha era uno de los que acompañaban a Getulio en el momento final, cuando se dispara un balazo en el corazón, para evitar el golpe militar del Brasil “café con leche”. Mário Quintana fue un importante poeta brasileño, periodista y traductor, especialmente del francés.

El padre del poeta, un sencillo orfebre de nombre Mariano Andrade, tuvo que irse de Gualeguaychú por razones políticas. Tiscornia no lo dice pero deja entrever que era unitario y lo compara con otros emigrados de clara filiación celeste. Me atrevo a sostener que, más que unitario, el recién casado Andrade era antirrosista, cosa que se entiende si se parte de comprender que la disputa, en el litoral, era el puerto de Buenos Aires vs. los puertos de Santa Fe y Entre Ríos. Al instalarse don Justo José de Urquiza como gobernador de Entre Ríos, los Andrade, ya con hijos, vuelven al terruño.

Y el libro es una hermosa recopilación del poemario que se editó al morir Olegario V. Andrade. A una serie de correcciones que se hicieron, pequeños errores de composición, hay una que vale la pena resaltar. En esta edición aparece con su verdadero nombre “Al General Ángel Vicente Peñaloza” el poema que Andrade le dedicara al héroe riojano, asesinado por Mitre. Y vale la pena porque cuando el Senado Nacional editó este poemario, Mitre logró que el poema apareciese con el falso nombre de “Al Jeneral Lavalle”. La trapisonda fue denunciada por un periodista de La Razón de Montevideo, en 1882. En un texto, que Tiscornia atribuye, con dudas, a Dermidio de María, un amigo juvenil de Andrade, se puede leer: “Una de sus mejores composiciones poéticas, de la juventud, es un Canto a la muerte del Chacho. Para hacerlo admirar en Buenos Aires hubo de publicarlo como Canto a la muerte de Lavalle, aun cuando fuese un contrasentido aplicar al veterano unitario lo que iba realmente dirigido al caudillo de las últimas montoneras federales”. No había sido decisión del poeta ponerle ese nombre, sino del falsificador Bartolomé Mitre.

Para terminar y siguiendo con la reflexión sobre el optimismo de Chesterton, Olegario Víctor Andrade le dedica un largo poema en verso mayor a Víctor Hugo. Ahí escribe algo que me hubiera gustado escribir y vale la pena traer a estos tiempos oscuros:

No hay noche sin mañana...
En el cielo, en la historia, dondequiera
La sombra es siempre efímera y liviana,
La nube por más negra, pasajera.

Buenos Aires, 13 de mayo de 2024