sábado, 18 de marzo de 2023

Guerra en Europa, Sin Novedad en el Frente

Anoche vi “Sin Novedad en el Frente”. Para mi generación, el título de la película evoca inmediatamente a la novela del alemán Erich Maria Remarque, aunque mi generación, posiblemente, sea la primera que no la leyó al llegar a los veinte años.



El libro salió a la venta en 1929 y se convirtió rápidamente en uno de los textos más populares contra la guerra. La tradujo al castellano, en España, el stalinista Wenceslao Roces, un profesor de Derecho Romano, funcionario de la República Española y vinculado a un oscuro episodio ocurrido poco antes de la caída de Madrid en manos del fascismo: la desaparición de 2.796 monedas de oro antiguas, por un total de 16 kilo, más 242 monedas árabes y 322 visigodas que no llegaron a pesarse. Roces, hombre, por otra parte, de una amplia cultura, fue, entre otros trabajos, el traductor de la biografía de Carlos Marx, de Franz Mehring.

En la Argentina, su traductor fue otro stalinista, el poeta Arístides Gandolfi Herrero, conocido como Alvaro Yunque, de una vasta producción literaria.

Para mi generación, que no conoció guerras mundiales, para decirlo de algún modo, sino que creció en un mundo de guerras de liberación, guerras anticolonialistas y antiimperialistas (Corea, Vietnam, crisis de Suez, Congo, Angola, Mozambique, etc.) la novela de Remarque aparecía como un lloroso libelo pacifista, defensor de la coexistencia pacífica.

De manera que mi acercamiento a la película ha sido prudente y sin entusiasmo. El hecho de que esta nueva versión alemana compitiese con nuestra “Argentina, 1985” por el Oscar a la mejor película extranjera no hizo más que aumentar mi prevención.

Quedé deslumbrado, maravillado, estupefacto. Esta versión de “Sin Novedad en el Frente” es una gigantesca película, con una dirección de cámara y de actores, con un encuadre, con una iluminación y una dirección de arte para los que casi no encuentro adjetivos. Me repito, es deslumbrante. Mi querido amigo Enrique Lacolla -el maestro cordobés que me ayudó, entre otros saberes, a ver y a analizar el cine- no es muy entusiasta del alejamiento de la película de la novela originaria, de la aparición de instancias institucionales y políticas en el filme y de su final distinto al de Remarque (http://www.enriquelacolla.com/sitio/notas.php?id=752) . Insisto, no leí la novela ni vi las versiones cinematográficas anteriores.

Esta película no se puede no ver. Además de su alta calidad técnica y artística, es la primera vez, desde la entrada del Ejército Rojo en Berlín, que en el centro de Europa hay una guerra en la que están, de una u otra manera, involucradas todas las potencias atómicas y todos los países de Europa occidental. La carnicería, la degollina, la picadora de carne humana, el desprecio a la dignidad humana que la guerra implica aparece en la pantalla con una naturalidad apabullante. Hay fotogramas en el filme que ni el genio de Ieronimus Bosch y su parafernalia de íncubos y demonios podría haber imaginado.

Que nuestra película haya competido en el mismo nivel que ésta acrecienta su valor. No ganamos, pero no ganamos ante algo casi único.

domingo, 5 de febrero de 2023

Lidia Borda y Ariel Arditt en el Tasso

Vengo del Torquato Tasso. Hacía mucho que no iba. He sido un habitué desde los tiempos, en la década del 90, que era una milonga, donde también se presentaban en su pequeño escenario, artistas como el Chango Farías Gómez o La Orquesta Petitera. Fue ahí donde, los domingos por la tarde, tomé inolvidables clases de milonga de El Tigre, un veterano milonguero, viejo marino mercante con increíbles historias en Johannesburg y Bangkok.

Ha cambiado el Tasso. Ahora es un lindo lugar nocturno donde se puede comer y tomar un buen vino y presenciar un extraordinario y único show de tango. Fui con una querida y vieja amiga de aquellas noches milongueras, una hermosa morocha, divertida y geminiana, como yo. Lo de geminiana viene a cuento porque mi amiga es, también, astróloga, con afamados clientes y con columna en importantes matutinos porteños. Lo primero que me dijo al encontrarnos -no nos veíamos desde antes de la pandemia- fue:

- Julio, Géminis está en Marte, estamos muy mecha corta.

Bueno, fuimos al Tasso a ver y escuchar a Lidia Borda y a Ariel Arditt.

El local estaba repleto. La muchachita que nos recibió nos informó que las mesas eran compartidas. Nos sentamos a la mesa de una pareja, amable y simpática. No había una sola mesa libre. Estaba lleno.

Pedimos algo para comer y una botella de un liviano y rico Pinot Noir.

A las diez se apagaron las luces y aparecieron Lidia y Ariel, acompañados por un pianista y un guitarrista, con una guitarra de ocho cuerdas como la que toca Yamandú Costa, ese notable guitarrista gaúcho que les presenté semanas atrás.

Amigos, el show de Lidia Borda y Ariel Arditt es algo extraordinario, único, digno de esta maravillosa y también única ciudad que es Buenos Aires.

Lidia Borda es una intérprete maravillosa. Canta hoy mejor, incluso, que hace diez años, cuando era, posiblemente, la mejor. Su repertorio es, simplemente, exquisito. Esos tangos y valses se vuelven en su voz redonda, potente, envolvente y llena de sorprendentes vibratos, en avasallantes poemas de amor, de olvido y desesperación.

Lidia Borda es una experiencia emocional única y digna de los más grandes escenarios del mundo. Es nuestra Nina Simone, nuestra Amalia Rodríguez, nuestra Omara Portuondo.
Ariel Arditt, a su vez, es el mejor cantor de los últimos veinte años. Pero ha adquirido aplomo, experiencia, cancha y su repertorio es, también exquisito y cuidado.

Quiero decir que, gracias al Pinot Noir y al prodigio de estos dos artistas mi amiga y yo tuvimos que secarnos los ojos. Se nos habían metido unos tangos.

En algún momento, cuando los escuché por primera vez, hace ya años, pensé que Lidia buscaba inspiración en Ada Falcón, así como Ariel lo hacía con Charlo. Hoy son dos maravillosos artistas porteños, los mejores en su género que es el género de Buenos Aires.


Mención aparte merecen los dos músicos. El pianista, Daniel Godfrid, es un pibe que rompe el teclado. Con una inspiración salganiana, acompaña, adorna, replica y resalta la voz de los cantantes. El guitarrista, cuyo nombre me van a disculpar, no le va a menos y arma un dúo que recuerda a los viejos Salgan y De Lío.

Esta ciudad es, para mi, una de las mejores del mundo. En ninguna de las grandes ciudades que conozco podés disfrutar de un show como este y salir a caminar por San Telmo, a las doce de la noche, para encontrarte, en la Plaza, una pareja de baile que la rompe con un público que cena, disfruta de un vino o una cerveza en una noche de luna llena.

Nos fuimos, mi amiga y yo, caminando por Defensa. Me aseguró que la lectura de la carta astral daba que salíamos campeones del mundo y nos pusimos a hablar de los pibes de Malvinas, de Bangla Desh, de su cariño a la Argentina y terminamos puteando a los ingleses. Porque ya se sabe: el que no salta es un inglés.

jueves, 3 de noviembre de 2022

Arturo Jauretche en octavas reales


Arturo Jauretche fue aquel gigante

que atravesó el siglo pasado,

con gesto y actitud siempre rampante

ante el cipayo y el inglés odiado,

dejando tras de sí, en prosa vibrante,

de argentino patriotismo un legado.

La Patria no es la tumba que se llora,

sino la cuna del hijo que se adora.


Descubrió con Hipólito Yrigoyen

al caudillo que Manzi le contara,

al hombre que hasta su silencio oyen

las multitudes en su justa algara.

Y mientras las multitudes lo apoyen

la Patria brillará alta y clara.

Su voz se alzó en el momento oscuro

del traidor, del tirano, del perjuro.


En Paso de los Libres fue el fusil

que habló con su voz atronadora.

Duro fue el combate, dolorosa y vil

la metralla y su lluvia destructora.

Preso y bajo la luz de un candil,

contó en verso la hazaña redentora.

El régimen falaz y descreído

nunca tuvo enemigo más fornido.


Durante la década fraudulenta

llamó al yrigoyenismo en derrota.

La pluma y el mitín fueron la incruenta

forma de evitar el sino de ilota

que amenazaba al país en venta

por una oligarquía antipatriota.

En FORJA se forjó el batallón

de la intransigencia y la abstención.


Junto a Raúl Scalabrini Ortiz,

entrerriano, poeta y militante,

intentaron encontrar la matriz

del atraso y la pobreza angustiante

y en los trenes ingleses, la raíz

de un saqueo brutal y extenuante.

Que el ferrocarril fuese nacional

fue el combate aguerrido y cabal.


Un golpe militar le puso fin

a la trampa del fraude electoral

y empezó a escucharse un cornetín

que acompañaba al reclamo social.

De la Argentina en todo el confín

crecía el movimiento sindical.

Nuestro héroe vislumbró con certeza

que llegaba una hora de grandeza.


Y fue en aquella tarde inolvidable

del pueblo en las calles y en los puentes,

pidiendo al General preso que hable,

descansando sus patas en las fuentes,

aquella tarde soleada y afable

de un pueblo trabajador y valiente,

que el hombre vio que algo empezaba,

que el sol de Mayo de nuevo brillaba.


Su pluma y su enjundia se ofrecieron

del gobierno de Perón, al servicio.

Por seis años sus esfuerzos fueron

del general Mercante, sano oficio

que los bonaerenses compartieron

en los años del popular bullicio.

La envidia y la intriga se juntaron.

Nuestro héroe y sus amigos se marcharon.


Ni una palabra salió de su pluma,

afilada como era en el combate.

Prefirió el silencio que abruma

a comenzar un interno debate

que solo al enemigo fuerzas suma.

Ya vendría la hora del rescate

cuando subiese la enemiga espuma.

Callado se mantuvo don Arturo

hasta el golpe criminal y oscuro.


Cuando en el septiembre de la traición

el sol de Mayo volvió a eclipsarse,

cuando el odio impío de la reacción

comenzó cruelmente a desplegarse,

cuando prohibieron nombrar a Perón,

entonces volvió Jauretche a pelearse.

Publicó “El Retorno al Coloniaje”

y ordenó la cabeza del gauchaje.


No conoció una tregua la pelea

y enfrentó a cipayos y tilingos,

de gorilas, a una inmensa ralea,

y sin dejar afuera a los gringos,

que al nativo ponen, como albacea,

a cumplir sus deseos, sin respingos.

Jauretche fue la voz de los callados,

sus libros, luz para los desastrados.


Fue en los años de golpe y proscripción,

de Aramburu, Frondizi y generales,

cuando Arturo volcó su pasión

en libros y revistas, vendavales

de ideas para una generación

que despertaba a las luchas sociales,

que no vivió la gesta peronista

y a la historia se sumaba idealista.


El Medio Pelo en la Sociedad

Argentina, Los profetas del Odio

se transformaron en la novedad

literaria y llegó su nombre al podio

de las ventas y la publicidad.

En su vida empezó otro episodio:

su Manual de Zonceras Argentinas

desmanteló las mentiras supinas.


“Civilización y Barbarie” era

la matriz de todo ese pensamiento.

Lo propio era herencia sucia y rastrera

y lo ajeno legítimo portento.

El creador famoso de esta zoncera

no fue otro que Domingo Sarmiento.

Tanto comunistas como oligarcas

se embarraron juntos en esta charca.


Y así hubo argentinos que supieron

que Sarmiento había faltado a la escuela,

que La Prensa y La Nación construyeron

y sostuvieron una opinión lela,

que don Bartolo y su diario cumplieron

papel de guionistas en la zarzuela.

La “historia oficial” fue la herramienta

de una Argentina rica y hambrienta.


Esto y muchas otras cosas más

nos enseñó Arturo en esos años:

luchar por una Argentina capaz

de enfrentar a propios y a extraños

y que florezcan los jacarandás

bajo un cielo azul blanco, sin amaños.

Sus palabras no eran para el parnaso.

Fueron combustible del Cordobazo.


Por fin, el Proscripto pegó la vuelta.

El pueblo argentino pudo traerlo

por su voluntad firme y resuelta.

La dictadura quiso detenerlo.

El pueblo contestó con la revuelta.

Y Lanusse ya no pudo vencerlo.

Arturo celebró la gran victoria

que tuvo de ayuda su memoria.


Fue un tiempo borrascoso y duro.

Más allá del Ande un héroe cayó

y el enemigo, falaz y oscuro,

el golpe traicionero comenzó.

Al año del triunfo se fue Arturo.

El 25 de Mayo murió.

Nunca fue tan triste esa jornada.

Nunca tan lluviosa y tan llorada.


Esta fue la historia de un argentino

cuyo nombre debe ser recordado.

Sus libros advirtieron el destino

de pobres, sin patria y condenados,

sujetos a un extranjero mezquino,

en una país injusto y endeudado.

La idea de su prosa campechana:

la patria justa, libre y soberana.


Buenos Aires, 2 de noviembre de 2022



viernes, 28 de octubre de 2022

Con Violeta en el Colón

Como ya dije, fui al Teatro Colón con Violeta. La ópera era Los Pescadores de Perlas, del pobre George Bizet, muerto a los 36 años, de un misterioso ataque al corazón, que se sumó a su depresión y fracaso económico. Esta ópera se representó una sola vez en vida del autor y fue considerada un fracaso. La historia tiene ese exotismo medio ridículo que atacó a Europa en la segunda mitad del siglo XIX, ambientada en algún impreciso lugar de la India, en una aldea de pescadores de perlas. Pero como se sabe, el argumento no es lo más importante de una ópera. Lo importante es la música, la voz, el volumen, los coros, los tintineos increíbles de la soprano, el vozarrón del barítono y los gorjeos del tenor, que, como le expliqué en voz baja a Violeta, es siempre el "muchachito", el protagonista masculino. Bueno, aquí comparte su protagonismo con el barítono, por el amor de Leila, la soprano. Excelentes los tres.

Ir al Colón es siempre agradable y placentero, por el mero hecho de ir al Colón, sus luces, su neoclasicismo italianizante, sus techos y la experiencia única de oír y ver a músicos, cantores y bailarines. E ir al Colón con mi nieta Violeta es una experiencia irremplazable.

Teníamos un palco central. Entramos y ya había sentada en una de las sillas una mujer que, inmediatamente, se me representó como una hermana astral de "la vecina de Cristina". Su empaque, su peinado, su "outfit" me recordó de inmediato a la susodicha. No tardaríamos en darnos cuenta que mi impresión no estaba desencaminada.

A poco de estar ya sentados entraron dos chicas muy jóvenes, que se acomodaron en las sillas detrás de las nuestras en el pequeño palco.


Las escuché hablar. Paré la oreja, hablaban muy bajito, pero algo había titilado en mi oído. Una palabra, un sonido, una pronunciación.

Me acerco a la oreja de Violeta y le digo:

- Esta chicas hablan sueco.

- Julio, estás flasheando, me respondió la irrespetuosa.

- Ok, dije. Y pensé, sí, por ahí me pareció.

Y seguí parando la oreja.

No las podía oír con precisión, escuchaba algunos sonidos que no llegaban a formar una palabra que significase algo, pero los sonidos eran familiares.

No aguante más. Me di vuelta y con una sonrisa de oreja a oreja pregunté:

- Ursäkta, tjejer, pratar ni svenska? (Disculpen, chicas, ¿ustedes hablan sueco?)

De inmediato las chicas, no tenían más de 22 años, abrieron grandes sus ojos y sus bocas se iluminaron en un sonrisa.

- Nei, men vi snakker norsk. Hvorfor snakker du svensk?, er du svensk? (No, pero hablamos noruego. ¿Por qué hablás sueco? ¿Sos sueco?)

Así es, Elisabeth y Ada (se pronuncia Oda) eran dos chicas noruegas de visita en Buenos Aires. Me contaron que vivían en San Telmo, donde el padre de Ada tenía un departamento, ya que había vivido y trabajado acá. Elisabeth era la primera vez que venía a Latinamerika, como ella mismo dijo, y estaba fascinada. Era la segunda vez que venían al Colón. La primera habían venido para escuchar a la Filarmónica. Una era de Bergen y otra de Oslo. Al escuchar dónde vivían comprendí de inmediato su fascinación. Son dos ciudades donde después de las 18.30 muy difícilmente puedas hacer algo como ir al teatro o comer en un restaurante.

A todo esto, Violeta ya estaba convencida que lugar a donde yo vaya aparecerá siempre alguna niña nórdica con la que pueda hablar en sueco delante de ella. Todos los martes vemos, cada uno en su casa, Wallander por Films & Arts y la comentamos por whatsapp.

Las chicas champurreaban algo de español de modo que al ratito Violeta se había sumado a la conversación.

La hermana astral de la "vecina de Cristina" es un capítulo aparte.

Durante todo el primer acto se manifestó muy molesta con los ruidos de la sala. Incluso, en un momento, llegó a sonar un celular, pese a la recomendación de apagarlo, antes de empezar la función. Comenzó a cabecear airada hasta que se mandó un chistido.

En el entreacto, y viendo que yo hablaba en "idioma" con las chicas -lo de "idioma" es un viejo chiste de Catita, el muñeco inolvidable de Nini Marshall. Llamaba "idioma" a toda lengua que no fuese el castellano con fuerte pronunciación galaica- comenzó a hablar conmigo. Me contó que venía al Colón desde los dos años. Que antes era otra cosa. La gente venía de gala. Se respetaba. Que hoy la gente es muy ignorante. Que en ningún teatro del mundo la gente no apagaba el celular. La miré a Violeta. Violeta me miró. Nos callamos. Cuando apagaron las luces me acerqué a su oreja.

- Está hecha con el mismo lápiz que la vecina de Cristina, le dije.

- Re, fue la lacónica y asertiva respuesta que recibí.

En suma, una gran noche. De ahí nos fuimos a comer rabas a Lalo.

¡Viva Perón!

lunes, 26 de septiembre de 2022

"Gozos y Dolores entre dos siglos es torrentoso, vital y agradecido"

Esta fue la participación del crítico literario Rodolfo Edwards en la presentación del libro "Gozos y Dolores entre dos Siglos", de mi autoría. Fue el jueves 22 de septiembre del 2022, en el Centro Cultural Borges.



Pasaron apenas dos siglos de independencia, pero las garras imperiales nunca dejaron de afilarse: su voracidad sigue intacta. Por eso, el estado de alerta, de aquellos países que fuimos colonia, debe ser constante. Como decía un viejo refrán: camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Vivimos arriba de un volcán que en cualquier momento nos arrasa. Por instinto histórico, debemos defender lo nuestro, porque existe un largo historial de expoliación. No se puede dejar solo al lobo con las gallinas. Las aves carroñeras giran en círculo, proyectando sus sombras irregulares sobre el terruño, sobre las cosas amadas. A río revuelto, ganancia de pescadores. En esto momentos confusos, es menester poner las barbas en remojo para saber de qué lado estamos. Aquellos que nos quieren vender un paraíso republicano en cómodas cuotas, cantan como las sirenas con el son del engaño y la mentira. Otra vez estamos viviendo una encrucijada histórica, donde debemos definir el destino de la Patria, nada más y nada menos que nuestro futuro.

Y aquella disyuntiva que planteó el General Perón, cuando dijo que “el año 2000 nos encontrará unidos o dominados”, hoy debemos leerla bajo otra luz; los tiempos son más veloces, todo parece deshacerse en el aire, lo efímero y superficial se impone, nos inunda por doquier, con esa constante prédica mediática y globalizadora. No hay tiempo demás. Las particularidades de los pueblos están cada vez más subsumidas bajo las lógicas del mercado y del consumo: nos taponan el alma con celulares, tablets y televisores que siempre repiten la misma canción: aquí, allá y en todas partes, como si todo diese lo mismo, como si nada importara.

Pasamos los días atrapados en un caleidoscopio, girando sin sentido: juega el gato maula con el mísero ratón. Nos desnudan y nos visten a todos con la misma ropa como soldados involuntarios de un ejército de zombies. Esta uniformidad es una plaga que debemos conjurar inventándonos día tras día, poniendo semillas por todas partes, germinando hasta en lo más nimio. Porque las grandes cosas empiezan en las pequeñas cosas, en el obrar cotidiano. Con sólo raspar la coraza que nos separa de la verdad, habremos hecho un acto bautismal, un comienzo.

Julio Fernández Baraibar escribió un libro necesario y estas reflexiones me surgieron después de leer Gozos y dolores entre dos siglos. La potencia de los versos invitan a refundarnos en nuestras convicciones, despiertan a los pájaros dormidos del pensamiento para que vuelen hacia el origen, donde pertenecemos, aunque nos nieguen tres veces todos los Pedros que andan por ahí, fingiendo lo que no son, hipócritas de salón, con esa verba inflamada de sofistas de cartón.

Gozos y dolores entre dos siglos es torrentoso, vital y agradecido. Hay un orgullo que se derrama generosamente sobre el territorio en cuestión. El libro de Julio se reconoce en una tradición que se remite al Songorocosongo de Nicolás Guillén y al Canto General de Pablo Neruda, cartografías que unen en hermandad poética y militante, minerales andinos y frutas tropicales.

Con un profundo sentido musical y pictórico, Julio desgrana una épica profundamente americanista, honrando el legado de aquellos que marcaron el camino: Simón Bolívar, Hugo Chávez, Eva Duarte, Juan Domingo Perón, Salvador Allende, Lula Da Silva, desfilan ante nuestros ojos como tótems vivientes, porque el legado pervive en los predicadores, en aquellos que aguantan las banderas como un profundo acto de fe. Como decía Raúl Scalabrini Ortiz al comienzo de El hombre que está solo y espera: “¡CREER! He allí toda la magia de la vida”. Y Julio cree, por eso nos habla del cuatro (ese mágico instrumento) para ponerle música a Venezuela, baila rumba y se llena la boca de naturaleza bienhechora. Y las palabras parecen arrancadas desde el fondo de la tierra: no sólo suenan, también huelen y son nuestras. Pero Gozos y dolores entre dos siglos también denuncia las políticas extractivas del Invasor, el desprecio y la cultura del descarte, donde casi nadie parece tener ciudadanía plena. Julio señala el lugar de la herida y no se olvida de los olvidados, de los invisibles, de los perseguidos. La “irrupción brutal de lo moderno” sólo puede ser combatida con una conciencia continental, por una lucha mancomunada. Aquel viejo continentalismo que soñaba el General Perón, todavía es posible:

“y Viva Chávez gritaba el bahiano de los orixás,

y el carioca de los morros

y la gorda peronista del comedor en La Matanza

y la morena limeña

y la mujer de pollera en Potosí o Cochabamba”

“Los hombres que se ponen a la cabeza de un pueblo

deberían ser inmortales, como ese mismo pueblo.”

También el Colorado Jorge Abelardo Ramos y el querido Jorge Coscia se hacen palabra en la evocación emocionada. Porque todo esto es una larga cadena y no podrán cortarla tan fácilmente. Somos los todos, la mayoría, la que anda entre gozos y dolores, atravesando el tiempo y las distancias.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Cantaclaro y Santos Vega entre Escobar y Caballito

Pasé el domingo con amigos en Escobar. Tenía que estar en Buenos Aires al mediodía, por un turno en una dependencia oficial que tenía reservado desde hace tiempo y que implica algunos ingresos mensuales. De modo que reservé un auto en una de las plataformas. A las 10 de la mañana me avisan por el celular que el auto está a un minuto del lugar donde debía recogerme.

Josué se llamaba el conductor. A poco de subir me di cuenta, por el acento y su tipología, que el hombre era venezolano. Ningún descubrimiento, por otra parte, ya que esa actividad está semimonopolizada por los compatriotas del norte. Hablaba con el simpático tono de los caraqueños, siempre con una “vaina” en los labios o, como ellos mismos dicen, “mamador de gallos”.

La conversación comenzó sobre las bellezas de su tierra, sobre Morrocoy y Los Roques. De ahí pasamos a Mérida y Trujillo y las posibilidades que les da a los venezolanos, tropicales como son, de ver y conocer la nieve. Y el hombre tenía una conversación educada y conocía bien su tierra.

Para meterme más en el tema de la música le comento que que un par de días atrás había estado mirando por Youtube un concierto homenaje de Joseph Amado -un joven salsero venezolano- al gran Héctor Lavoe. No lo conocía a Joseph Amado, pero inmediatamente me dice que su prima el otro día lo llamó para contarle que había estado en el Teresa Carreño en un recital de Oscar D'León, que a sus 80 años había estado cantando y bailando durante tres horas, con tres cambios de ropa. Oscar D'León es el cantor de salsa venezolana por excelencia. Nacido en Antímano, que es como decir una mezcla de San Telmo y Mataderos, desde 1972, que formó su primer grupo, es el ídolo de la música caribeña en su país y ha sido el primer venezolano en ganar el Grammy, a principios del siglo. A Josué se le iluminaba el rostro hablándome de Oscar D'Leon.

Entonces le menciono al Tío Simón, a Simón Díaz, y le cuento que me gustan mucho, además de su himno Caballo Viejo, su hermoso tierno tema “La vaca Mariposa tuvo un terné” y sobre todo, le digo ese cuyo nombre no recuerdo en donde el cantor ve a la bella mujer de su amigo, desnuda bañándose en el río.

- Ah, me dice, “Mercedes” se llama. Vamos a escucharla.

Y toca algunos botones y empiezan a sonar el arpa, el cuatro y las maracas del típico trío llanero que acompañó siempre a Simón Díaz. Y ahí canta el Tío Simón:

Mercedes se esta bañando en las orillas de un río.
Mis ojos la están mirando, pero es de un amigo mío.
Yo no quisiera mirarla pero no tengo la culpa.
Me parece una esmeralda con flores de chupa chupa.
Que yo le avise a mi amigo, muy difícil me resulta.


Y ahí el hombre se ilumina y me cuenta que en Venezuela hubo un escritor que se llamaba Rómulo Gallegos que escribió sobre Florentino Coronado, Cantaclaro, me dice el hombre. Y entonces recordè las noches que, en Caracas, leía la maravillosa novela de Gallegos, su pintura del llano, de sus calores y sus ríos refrescantes y cantarines. De los chinchorros tendidos en la noche a la luz de la luna llanera.

- Y Florentino le gana al diablo en un contrapunto, me dice.


å€

Desde el asiento trasero le cuento, entonces, que acá lo tenemos a Santos Vega, el gaucho payador a quien también retó Juan Sin Ropa, el diablo. Y le digo:

Juan Sin Ropa (se llamaba

Juan Sin Ropa el forastero)

comenzó por un ligero

dulce acorde que encantaba.

Y con voz que modulaba

blandamente los sonidos,

cantó tristes nunca oídos,

cantó cielos no escuchados,

que llevaban, derramados,

la embriaguez a los sentidos.

- Ah, me dice, no sabía nada de esto. - ¿Como se llamaba?

- Santo Vega, le repito.

- Lo voy a anotar para buscarlo después en internet. Lo que yo leí en el colegio, me dice, fue el Martín Fierro.

Y ahí celebré mentalmente que los programas de Venezuela tuvieran al gaucho Fierro, como los nuestros tenían a Doña Bárbara.

- Y uno en el colegio no le daba importancia. Lo leía porque lo obligaban. Pero después uno se daba cuenta de lo que esos libros eran, me dice el ya amigo caraqueño. - Me pasó con Cien Años de Soledad. Lo leí en el colegio y no me pasó nada. Pero claro, si uno a esa edad está pensando en las muchachitas y los senos que le están creciendo. Pero después... lo leí tres veces, me dice mirándome por el espejo.

Así fuimos llegando a mi destino. El viaje había sido un maravilloso encuentro entre un venezolano, cuya hija ha comenzado a estudiar arquitectura en la UBA, me dijo orgulloso y sonriente, y un argentino que, posiblemente no coincidan en muchas cosas, pero coincidieron en un sorprendente diálogo literario entre Escobar y Caballito.

Buenos Aires, 19 de septiembre de 2022