domingo, 25 de marzo de 2018

Ha muerto el skald de los peronistas



Ha muerto Alfredo Carlino. La noticia me llega como una trompada, una trompada esperada y para la que uno tensó los abdominales. Pero la trompada me dobla igual, me quita el resuello.
Ha muerto Alfredo Carlino. Busco a Alfredo Gobbi, el Violín Sentimental del Tango, un nombre, una orquesta y una época a la que Carlino estaba irremediablemente atado. Y escuchando Racing Club me pongo a pensar en Carlino, en el petizo Carlino, en el duende de la noche peronista, en ese gnomo encantado de pueblo argentino, de Perón, de Evita, de 17 de Octubre, de Gatica, de los mitos de la Resistencia, de los caños, del Retorno.
-¡Pero, querido!, me vuelve a sonar en el oído mudo de la memoria la voz carraspienta de Alfredo, con su disnea y su inolvidable, excepcional, única, imbatible e insuperable energía de vivir, de pelear, de discutir, de imponerse sobre el olvido gorila, sobre los fusilamientos, sobre los crímenes de la oligarquía. ¡Querido!, me vuelve a gritar en el oído mudo, son todos gorilas, eso es lo que pasa, ¡querido!
Alfredo fue lo más parecido a un antiguo skald vikingo que pudo haber dado nuestra epopeya argentina. Cantaba con voz gruesa y metáforas transparentes a las sagas populares, a los héroes anónimos de la mersa, a las victorias de su tribu y lloraba por las derrotas, por los muertos en combate, por la desmemoria y el silencio.
El viejo boxeador, el vendedor de libros de psicología, el enamorado de todas las psicólogas -lacanianas o no- de Buenos Aires, fue uno de los últimos argentinos vivos que podía dar testimonio personal de esa tarde única, con el solcito de octubre, en la Plaza de Mayo.
-¡Yo estuve en la Plaza, querido!, decía Alfredo y setenta años de historia pasaban por su relato alborotado, a pura fuerza de un corazon que empujó torrentes de sangre, cataratas de alegría, agitadas tropillas de palabras exaltadas, apasionadas, calientes y turbias, como las multitudes que habitaban su memoria.
-¡Yo lo conocí, querido!, decía Alfredo cuando surgía el nombre de algún viejo peronista, de algún antiguo dirigente gremial, para elogiarlo o para putearlo. Y de nuevo aparecían los años de la lucha resistente, de la proscripción, de fugaces reuniones en olvidados cafés, de encuentros murmurados, sin nombres propios, en sindicatos o en casas de familia convertidas en unidad básica.
Alfredo Carlino fue nuestro poeta, lo quisimos y lo admiramos como nuestro poeta, el hombre destinado por los dioses a contar la saga de nuestra realización como pueblo y como nación. Ocupaba con honor y dignidad ese lugar y sabía que su tarea era para que nada de esto, nada de nuestra epopeya cayese en el olvido.
La ceguera social de Jorge Luis Borges le impidió conocer al gran skald del siglo XX que gestó nuestra ciudad de Buenos Aires, tan ajena, a veces. Este enorme hijo de Buenos Aires, este porteño empedernido, heredero directo de José Hernández, llenó con su palabra, con su irresistible empuje, con su humanidad desbordante, los momentos de gloria y de dolor de la militancia peronista. Su poesía será para siempre el testimonio de varias generaciones argentinas que dedicaron su vida, su inteligencia y su voluntad a la construcción de un país independiente, justo y soberano. Y se las aguantó hasta el día siguiente de que todos saliéramos a la calle a gritarle a estos cajetillas que este pueblo no se olvida de quienes son y lo que hicieron.
Nuestro bardo se ha ido. Todos los atorrantes, todos los trasnochados y todos los madrugadores, todos los insomnes, las putas y las fabriqueras, las muchachas del servicio doméstico, los obreros de la UOM y de la curtiembre, los cartoneros y recicladores, los monotributistas a la fuerza y los pibes que la pucherean como pueden, todos nosotros, en suma, vamos a brindar por vos Alfredo, esta noche.
Que la tristeza no empañe el honor y la alegría de haberte tenido con nosotros, de haber oído tu voz inolvidable, y repetir como si estuvieras delante y haciéndote un poco de burla:
-¡Querido!
Buenos Aires, 25 de marzo de 2018

miércoles, 21 de marzo de 2018

Mis viejos amigos, los jóvenes Karl y Freddy



Anoche me vi una hermosa, cautivante película: El Joven Marx, de Raoul Peck.
Peck es un director negro, haitiano, criado en el Congo, Francia, con una peculiar formación educativa. Hizo su escuela primaria en Kinshasha, luego estudió en Nueva York y en Orléans, donde obtuvo su bachillerato. De ahí estudió ingeniería industrial en la Universidad Humboldt de Berlin. Trabajó un año como chofer de taxi en EE.UU., para luego ser periodista y fotógrafo, hasta que, en 1988, se recibió de director de cine en la Academia de Televisión y Cine de Berlín Occidental.
La película es excelente. Los primeros tres minutos constituyen, posiblemente, la mejor síntesis expresiva de la crisis y contradicción entre el capitalismo y el viejo régimen de los miserables principados, condados y ducados de la Alemania anterior a Bismarck.
Cito a César Rendueles, crítico de cine de El País:
Al principio de El joven Karl Marx se ve un bosque en el que unos campesinos alemanes recogen leña. Un anciano reprende a un niño que estaba intentando arrancar una rama de un árbol, pues solo se llevan la leña caída. En ese momento aparecen a caballo unos soldados armados que masacran a los campesinos. Mientras, se oye una voz en off que resulta ser la de un Marx veinteañero leyendo un manuscrito en la redacción de un periódico de Colonia en 1843, inmediatamente antes de que el ejército irrumpa para clausurar la publicación. Se trata del Rheinische Zeitung, un diario liberal crítico con el absolutismo prusiano en el que Marx publicó una serie de artículos denunciando los cambios legislativos que criminalizaron el derecho consuetudinario a recoger leña de los campesinos de la región de Mosela. Es un tema del que Marx prácticamente no se volvió a ocupar hasta que lo recuperó en El capital,donde relaciona el origen del mercado de trabajo capitalista con la expropiación violenta de los bienes comunes tradicionales. Del mismo modo, durante mucho tiempo los intérpretes de Marx apenas prestaron atención a esta cuestión. En cambio, en las últimas décadas, los “comunes” ocupan un lugar crucial tanto en la práctica política como en la obra de autores marxistas como David Harvey, economistas como Elinor Ostrom o historiadores como Peter Linebaugh o Silvia Federici.
Y ese es solo el primer minuto de la película”.
Pero para quienes, cuando teníamos la edad de esos dos muchachos, engreídos, sabelotodos, románticos y generosos, los leímos y descubrimos una manera de encontrar un hilo conductor, brillante y vibrante, que nos permitiese comprender, dar sentido e interpretar el mundo al que empezábamos a entrar, la película tiene el sabor de encontrarse con viejos amigos.
No sólo con el joven Karl, bohemio fumador, de sonrisa sarcástica, de ironía fácil y mirada sobradora, sino con el burguesito cajetilla de Freddy. Y con la refinada Jenny, que extraña su Lenschen, la niña de su edad que fue su amiga y mucama y partera y hasta, dicen las malas lenguas, la madre del hijo varón de Marx, Edgar, que murió en Australia. Y con la gran hija del glorioso proletariado irlandés, como la llamó Franz Mehring a la pelirroja Mary Burns, la mujer, la concubina de Freddy. Pero también con Arnold Ruge, del que no teníamos su rostro, o de Steiner y Bruno Bauer y los críticos críticos a los que Karl desprecia con sorna y malevolencia.
Me encontré con viejos amigos y fui testigo de anécdotas que ya había leído, que me conocía de memoria, como cuando el joven Moro, pobre, con una mujer hermosa, una hija bellísima y otra en camino, le pregunta al gendarme que lo echa de Francia, si la orden de expulsión es del Rey de Francia o de Prusia.
La película es mucho más que una biopic, como se ha dado en llamar a este tipo de obras biografícas. El haitiano -¿no es maravilloso que sea un haitiano, el país más pobre de América Latina, el país que nació del único levantamiento esclavo triunfante en la historia de la humanidad, el que haya logrado filmarla?- logra una perfecta relación dialéctica entre la acción y el pensamiento, entre la necesidad de la práctica y la necesidad de la teoría, y presenta el momento en que el pensamiento más alto y deslumbrante de la Europa moderna comienza a conformarse y encontrar su camino.
La película termina con los cuatro jóvenes, tienen todos alrededor de treinta años, escribiendo a la luz de una vela, con los dedos entintados, y bebiendo vino, cubiertos de manuscritos y cuartillas que se confunden, el Manifiesto del Partido Comunista, un partido que no existía aún.
Su texto, sobre imágenes que llegan hasta la actualidad y con Bob Dylan cantando Like a Rolling Stone, es el mismo que leímos cuando, como decía, teníamos la misma edad que esos muchachos. Y lo hemos seguido haciendo año tras año, junto con muchas cosas más que nos enriquecieron esa lectura.
Buenos Aires, 21 de marzo de 2018

miércoles, 28 de febrero de 2018

Oscuro soneto en olvido


 Mientras purgabas larga condena de prisión
la guadaña acabó con tu vida, sin piedad.
Fin merecido y justo, por la fría crueldad
con que arrancaste gritos y vidas con fruición.

Hijo y nieto de gorilas con una pasión
radical, fue lo tuyo ejercicio de maldad
perversa, insana. Fue estúpida brutalidad,
de un miserable enano con gorra de cartón.

Que para siempre te cubra el manto del olvido,
que se apaguen los odios que eternamente enciendes,
que el buitre de la venganza calle su graznido,

que el tiempo borre la horca vil de la que pendes
Ha muerto solo y odiado, tal como ha vivido,
el genocida Luciano Benjamín Menéndez

jueves, 25 de enero de 2018

Annagreta Vive


Annagreta era rubia, de ojos de un azul claro, sin llegar a celeste. Alta y delgada, pero de fuerte contextura. Espaldas anchas que sostenían rotundos pechos escandinavos. Tenía voz gruesa, aunque femenina, y solía hablar en un tono más fuerte que sus compatriotas, siempre tendientes al hablar en voz baja. Cuando la conocí, siendo un expatriado meridional en un suburbio de Estocolmo, Annagreta ya se había separado de su marido y criaba dos hermosas mellizas rubias, Petra y Pernila, a las que educaba en un ambiente cosmopolita de inmigrantes griegos, turcos, chilenos, argentinos y uruguayos, sus amigos, con discos de Mikis Teodorakis, Violeta Parra y Mercedes Sosa. La finlandesa Arja Sajonmaa cantaba Gracias a la Vida y el holandés Cornelis Vreeswijk interpretaba los poemas del trovador sueco del siglo XVIII, Carl Michael Bellman.
Annagreta había tenido un agitada juventud en los vertiginosos años '60, era simpatizante del VPK (Partido de Izquierda de los Comunistas) y discutía con frecuencia con mis amigos del SAP (Partido Obrero Socialdemócrata). Nada de eso le impedía su dedicación a pequeñas artesanías textiles y de madera, el cuidado de sus hijas y encabezar los reclamos habitacionales y de urbanización ante la municipalidad y su empresa de viviendas.
Annagreta fue una maravillosa amiga. Me hizo conocer a los poetas suecos que le gustaban, empezando por Ebert Taube -que fue durante unos años ciudadano argentino-, Ivar Lo-Johansson y Moa Martinsson. Y fue también la amiga de esa gran familia de suramericanos a los que, con su afecto, su camaradería y su fuerte personalidad, los ayudó a comprender y, finalmente, a querer esa extraña tierra de inviernos eternos y veranos fugaces y resplandecientes. Gracias a ella, esos siete años de exilio lograron tener momentos inolvidablemente felices y gratos, de hermosos Midsommarafton, de cálidas mañanas de Santa Lucía. Annagreta consiguió que la nostalgia nunca superase la felicidad de encontrar en Septentrión amigos que serían para siempre.
Su pastel de ruibarbo sería, desde esa época, el agridulce sabor del exilio sueco y los numerosos snaps de aguardiente que tomamos juntos, gracias a ella y a otros queridos amigos, nunca se convirtieron en la amarga embriaguez del desasosiego y el desarraigo.
Cuando volvimos a Estocolmo a filmar Mirta de Liniers a Estambul, Annagreta y sus amigos alquilaron nada menos que un castillo cercano a Jakobsberg para reunir a todos los viejos amigos y celebrar el regreso, el reencuentro y agasajar al grupo de directores, actores y técnicos que me acompañaban. Mis amigos serían siempre sus amigos. En su casa, en su cocina y en su dormitorio, filmamos varias de las escenas de Mirta y su turco enamorado.
Una tarde de verano llegó hasta nuestro departamento con un vestido largo, blanco y una también blanca capelina y, colgando de su hombro, su cámara fotográfica.
-Vamos a vestirnos muy elegantes, me dijo, y vamos a sacarnos fotos al bosque.
Me puse mi saco blanco y Soledad, mi hija menor, se puso también su vestido largo de fiesta y nos sacamos una decena de fotos. Hoy he encontrado sólo esta. Estamos de espalda. Somos jóvenes y Soledad una niña.
En 1996 volví a visitarla. Vivía en una pequeña casita en Flen, una aldea de 6300 habitantes al oeste de Estocolmo, en el distrito de Södermanland, con una hermosa estación de ferrocarril. Pasamos un día juntos, recordamos viejos amigos, bellos momentos, tomamos cerveza y snaps y, quiero recordar, comimos pastel de ruibarbo.
Hoy me cuentan que Annagreta acaba de fallecer de un derrame cerebral, el mismo maldito accidente que se llevó a Isabel, la amiga de Annagreta, y madre de mis hijas. Ya hacía unos años que su vibrante cerebro no era lo que había sido, pero para mí seguía siendo muy grato saber que Annagreta estaba allí, cuidada por sus mellizas, hoy ya hermosas mujeres que, gracias a Annagreta, hablan español y son felices y agradecidas de haber tenido una infancia rodeada de hombres y mujeres de todo el mundo.
Tenía pensado encontrarme con Annagreta este verano septentrional. Hubiera sido una fiesta celebrar el Midsommar con ella, aunque ya no pudiésemos recordar esos viejos tiempos. Ya no va a ser posible.
Pero en mi corazón, en el de Guadalupe y en el de Soledad, Annagreta Segerberg será siempre la paráfrasis de un pueblo generoso, abierto y solidario. Conocimos y hemos querido a una de sus mejores hijas. Podemos decir, nosotros, argentinos que nos negamos a aceptar la muerte de nuestros grandes hombres y mujeres, que Annagreta vive.
25 de enero de 2018

lunes, 22 de enero de 2018

El optimismo del periférico Aki Kaurismäki


Acabo de ver “Le Havre”, una película del finlandés Aki Kaurismäki. Es una delicia.
De alguna manera, pese a su tranquilidad escandinava, a su alto desarrollo tecnológico y a su notable bienestar económico, Finlandia es una nación y una cultura periféricas.
Descendientes de una de las columnas migratorias de la Horda de Oro, estos ugrios originados en los Urales, fueron durante siglos disputados por la Corona Sueca y la Corona Moscovita. Su lengua llamó Ruotsi" (suecos) a los señores suecos que dieron origen a la dinastía Romanoff, y esa palabra le puso nombre al enorme imperio que terminó de consolidar Catalina la Grande, Rusia.
La burguesía finesa, a fines del siglo XIX, hablaba sueco como primera lengua, y el finés confinado a los espesos y nevados montes salpicados por miríadas de lagos, se consideraba un idioma extinguido. Mientras tanto, Finlandia y Karelia eran parte del imperio zarista.
El nacionalismo finés nació, por lo tanto, vinculado a su reivindicación lingüistica y su precursor fue el científico Elías Lönnrot, autor del Kallevala, la recompilación de viejas tradiciones, baladas y mitos fineses. Obtuvo su independencia con la Revolución de Octubre y vivió casi todo el siglo XX bajo la sombra amenazante de su gigantesco vecino.
Insisto, Finlandia y los finlandeses son periféricos.
Y eso es lo que se trasluce en las películas de Aki Kaurismäki, por lo menos, las filmadas en los últimos años.
El tipo reniega del actual cine de Hollywood, de los grandes decorados, de los colores rutilantes, de los despliegues tecnológicos y hace un cine que, en cierta forma, se asemeja, en su lenguaje, en su estructura y hasta en su melodramatismo, al mejor cine argentino de nuestro época dorada, al de los '40 y '50.
Le Havre es una historia, como suelen serlo las de Aki, de gente periférica, pobre, simple, del montón, casi de descarte: un anciano lustrabotas del puerto de Normandía, Le Havre, apellidado Marx; su esposa enferma de cáncer llamada Arletty, como la actriz de “Les Enfants du Paradis”; una panadera gorda y rubicunda, un verdulero malhumorado y un niño de Gabón, negro e ilegal al que lo busca la policía para deportarlo, una perra obviamente llamada Laika. Y un inspector de policía, francés como el beaujolais, llamado Monet, como el policía de Crimen y Castigo, que sabe diferenciar entre crimen e inmigración.
De paso hace trabajar en dos cameos, nada más y nada menos, que a Pierre Etaix y a Jean Pierre Leaud, dos genios de los años 60. Ah, y el tango, que los finlandeses consideran propio, con la voz de... Carlos Gardel y “Cuesta Abajo”, como van las vidas de estas pobres y tiernas figuras.
Aki Kaurismäki es dueño de un envidiable optimismo basado en una hermosa confianza en la naturaleza solidaria del alma humana. Y está convencido que Dios premia a la gente simple, buena y fraterna.
No sé si esto es cierto, pero Aki lo cree y encontrarlo en una película es muy reconfortante.

Buenos Aires, 21 de enero de 2018

domingo, 10 de diciembre de 2017

El marinero y el príncipe

La vida ha sido pródiga conmigo. Y este conflicto ridículo provocado por la torpeza de un presidente inepto con el reino de Noruega me recordó un hecho ocurrido posiblemente en el año 1997 o 98.
Vivíamos bajo la falsa prosperidad del uno a uno y el Dúo Dinámico de Menem y Cavallo se vanagloriaba por el mundo del resultado de sus políticas. Fue una época en que me dediqué con ahínco y entrega a una actividad que me dio grandes momentos y recuerdos: la milonga. También fue una época que transcurrió en un hermoso horario, entre las 10 de la noche y las cinco de la mañana. Conocí hermosas mujeres de todo el mundo y una increíble variedad de personajes nocturnos. Viejos tangueros, ex presidiarios, antiguos marineros, ocho cuarentas retirados, bailarines que habían recorrido el mundo entero al compás de La Yumba, estafadores y charlatanes.
Frecuentaba la milonga de entonces un noruego, jubilado en su país como marino mercante, que se había aquerenciado en Buenos Aires, había aprendido a bailar el tango y amaba la noche porteña. Tendría entonces unos 70 años y vivía en la zona de San Telmo. Un mediodía, después de una jornada que había comenzado en la medianoche anterior, recalamos a almorzar en el maravilloso boliche El Desnivel, en la calle Defensa y el pasaje Giuffra. Éramos un grupo de seis o siete hombres y mujeres, transnochados y hambrientos, que nos sentamos a una mesa cercana a la escalera que subía al entrepiso. Bajo esa escalera había, entonces, una mesa redonda que solía ser un lugar preferencial por su ubicación y tamaño.
Nos sentamos a nuestra mesa y el noruego comenzó a mirar con atención hacia la mesa redonda.
De pronto exclamó:
- Pero..., ese es Haakon.
En realidad, sonó algo como Jóokon. Después nos enteramos que se escribía así.
Se incorporó decidido y se acercó a la mesa e inició una conversación con un joven, vestido como un hombre de negocios, traje oscuro, corbata de seda, alto y delgado.
Volvió a la mesa y nos confirmó su hallazgo. Era, justamente, Haakon Magnus, el hijo de Harald, rey de Noruega, el heredero al trono creado con la ruptura de la Unión de Suecia y Noruega, en 1905. Según le había explicado, estaba en Buenos Aires en un viaje privado de negocios y no tendría inconveniente en estrechar la mano de los amigos de su súbdito.
De modo que, al irnos, nos acercamos a la real mesa y saludamos al príncipe Haakon, ante la delicia y el orgullo de nuestro marinero.
La milonga y la trasnoche nos habían ofrecido otra inesperada sorpresa.

Buenos Aires, 9 de diciembre de 2017