lunes, 5 de septiembre de 2011

Confieso que he estado en el Glaciar Perito Moreno

Confieso que he estado en el Glaciar Perito Moreno

Una amiga venezolana envió a una lista un hermoso pps con fotos del Glaciar Perito Moreno. Le respondí así:

Muchas gracias por estas maravillosas postales.

No sé si les conté, pero en el mes de junio, unos días antes de mi cumpleaños, viajé por cuestiones políticas a Río Gallegos, la capital de la provincia de Santa Cruz. Los amigos de allá nos habían preparado, a mí y a mi amigo Hugo Barcia, un viaje al Calafate para ver el Glaciar Perito Moreno. Fuimos en auto, en una ruta cubierta de hielo, pasamos por el Calafate -calafate es una riquísima baya de la región, agridulce y pequeña, de color rojo fuerte- y seguimos hasta el maravilloso glaciar.

He estado muchas veces en las Cataratas del Iguazú y cada vez que voy se apodera de mí una especie de congoja que me atenacea el estómago, ante la belleza, fuerza y magnificencia del espectáculo de la Garganta del Diablo. Pero el impacto de una visita personal no es muy distinta a la que produce una buena película o una gran fotografía de los saltos.

Con el glaciar pasa otra cosa.

Sólo el contacto personal, en vivo y en directo, como dice la vulgaridad televisiva, proporciona a nuestra pequeña humanidad la magnitud, la abrumadora magnitud de este milagro. El glaciar Perito Moreno es una especie de gigantesca, polifémica broma, un chiste de dimensiones ciclópeas que la naturaleza nos brinda tan solo para demostrarnos el tamaño de este señorío que, dispendiosamente, tenemos sobre sus dominios. Uno queda con la boca abierta. Recibe, al llegar a la hermosamente gélida pasarela que permite admirar el frente del glaciar, una trompada en el plexo solar y se le corta la respiración. No es posible, esto no es posible, es lo único a lo que atina a pensar el pobre hijo de Adán ante la capacidad creativa de los dioses, ante su rampante sentido del humor, ante el blanco virginal, el celeste de las alturas, el esmeralda de esos témpanos milenarios, el turquesa que surge de las grietas profundas como catedrales. Amigos, el espectáculo del glaciar no se puede ver en una fotografia. Hay que visitarlo y pasar el resto de la vida pensando cómo describir lo que han visto.

Les cuento que al volver, esa misma noche al Calafate nos enteramos que los vuelos a Buenos Aires estaban suspendidos sin fecha, a causa de las cenizas de un volcán en la frontera con Chile. De modo que tuvimos que quedarnos diez días en la pequeña villa.

También les cuento que pasé mi cumpleaños número 64 en ese lugar, comiendo un cordero patagónico y bebiendo un excelente malbec de la región con mi amigo entrañable Hugo Barcia.

No lo había contado hasta ahora y el envío de Legda, como las galletas Madeleine a Proust, desataron mi memoria.

viernes, 8 de julio de 2011

Cipayos, en ocho capítulos

Este es el primero


domingo, 27 de marzo de 2011

Cuando Palermo no era ni Hollywood ni Soho



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El Dragón del Sur
de Hugo Barcia
Editorial Ciccus

Días atrás presentamos en la Casa Nacional del Bicentenario esta novela del periodista y escritor Hugo Barcia, la primera publicada de una producción en prosa que tiene ya muchos años de actividad.
El Dragón del Sur es una novela que encierra muchas cosas, una dentro de la otra, como una caja china o una Mariushka. Con el recurso de reconstruir los sabores de la infancia -se le atribuye a Rainer Marie Rilke haber afirmado que “la infancia es la patria del hombre”-, Barcia se introduce en la experiencia de dos dolorosas derrotas: la del bando republicano en la Guerra Civil Española y la del bando nacional en la Argentina del '55 -es el efecto de Coriolis sobre las ideas políticas, que las hace cambiar de signo al atravesar los mares y el Ecuador-.
A Barcia, no sin razón, le interesa indagar en esas derrotas estrepitosas. La experiencia de las derrotas es el único material de donde se pueden extraer reflexiones que permitan futuros triunfos. También le permite adentrarse en otra experiencia límite en la vida de un pueblo: la de la nación dividida, la guerra civil, como tragedia central de la convivencia humana. La tragedia española de 1939 se le representa a Barcia, a través de sus personajes, como una prefiguración de esa otra tragedia que regará de sangre argentina la Plaza de Mayo en 1955, los bombardeos de la Marina de Guerra antiperonista sobre la población desarmada y pacífica. El fantasma de la guerra civil acecha a Manuel, un gallego dueño de esas viejas librerías de barrios con olor a lápices Faber y gomas de borrar Dos Banderas. Y el fantasma de la guerra civil vuelve a rondar premonitoriamente en los alrededores de Gascón y Gorriti, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires a fines de la década del '40.
El barrio es, para Barcia, el microcosmos que evoca y sintetiza el macrocosmos, el mundo grande e inasible. Un poco a la manera como Leopoldo Marechal toma, en Adán Buenosayres, las calles cercanas al parque Centenario, alrededor de esa iglesia del Cristo de la Mano Rota, Hugo Barcia plantea en clave realista y, muchas veces, grotesca, la lucha de clases -convertida en una batalla campal de piedras y naranjas- entre una creída clase media del barrio y los oscuros y vivaces habitantes de los conventillos.
Esa clase media, hecha de médicos, escribanos, algún martillero público y unos recién llegados talleristas convertidos en repentinos industriales, junto, por supuesto, a sus indescriptibles señoras e hijas, es pintada por Barcia con ferocidad y con gracia. Reaparece en sus páginas un modo de hablar del Buenos Aires de aquellos años que se ha perdido. Una especie de neococoliche, pretencioso y vulgar, es la lengua que hablan algunos de sus inolvidables personajes, como la Beba, una tórrida muchacha que pugna entre el deseo que su cuerpo recién madurado provoca en ella misma y en terceros y el sueño del vestido blanco en el casamiento por iglesia.
La burguesía en ascenso, producto de las políticas derivadas de la Segunda Guerra Mundial, es retratada por Barcia en sus expresiones más plebeyas. Hijos de recientes inmigrantes italianos, un pequeño taller de diez operarios los convierte, en su fantasía, en compañeros de Henry Ford.
El padre Silva, de la Iglesia de Santa Lucía, es el sacerdote-guerrero del barrio. En el patio de su parroquia se reúnen los más humildes del barrio, desde allí sale una inefable comparsa de murgueros, carros y caballos hacia la Plaza de Mayo para rescatar a Perón una tarde soleada.
El gallego Manuel, su hermosa María y el padre Silva son, en la mirada del niño que cuenta esta historia, los Tres Mosqueteros de una pequeña epopeya, en un barrio que tenía mucho de pequeña aldea, antes de convertirse en Palermo Hollywood o Palermo Soho, como la tilinguería en uso lo ha bautizado.
No obstante los avatares de la historia argentina, una gran alegría recorre la novela. Contrariamente a esas sombrías películas de don Manuel Antín, ubicadas en los mismos años que la novela, aquí los protagonistas más plebeyos disfrutan de una inmensa alegría vital y sus rivales pitucos son pintados con un trazo misericordioso y cordial. Son, al fin y al cabo, pobres figuras de un drama que se juega muy por encima de sus cabezas.
La novela El Dragón del Sur es una hermosa pintura de aquellos años y de aquellos sueños. Está escrita con soltura y desparpajo. Barcia seguramente se divirtió al hacerlo y transmite ese sentimiento al lector. Cuando los argentinos hemos vuelto a vivir horas de justicia y de patria, una mirada evocativa sobre aquellos años, cuando empezó esta historia, merece una lectura que será, sin duda, placentera y enriquecedora.
Buenos Aires, 27 de marzo de 2011

sábado, 26 de marzo de 2011











Hay equipo y hay partido

La gente del Primer Festival de Cine Político (Rosana Salas, Osvaldo Cascella, Clara y Clelia Isasmendi), que se está realizando en Buenos Aires, me invitó gentilmente a ver la proyección de C'est parti (algo así como Hay partido). Lejos de referirse a algún enfrentamiento futbolístico, el documental dirigido por Camille de Casabianca (quien además es guionista y camarógrafa de la película) registra las reuniones, encuentros y congresos que dieron nacimiento al llamado Nuevo Partido Anticapitalista, en Francia, en 2009.

Para ubicar a los lectores de este lado del charco, el NPA fue un movimiento impulsado por la Liga Comunista Revolucionaria, un partido nacido al calor del mayo francés en 1968, uno de cuyos dirigentes ha sido Alain Krivine, quien aparece a menudo en el filme. La LCR fue un pequeño grupo de orientación trotskista hasta que en las elecciones presidenciales del 2002 obtuvo para su candidato Olivier Besancenot 1.200.000 votos que aumentan en el 2007 a 1.500.000 votos. El joven Besancenot es un típico producto de la clase media francesa. De padre profesor y madre psicólogo, Olivier estudió Historia en la Universidad de Paris X: Nanterre, enclave izquierdista desde los años '60. Carismático e inteligente, con la segura locuacidad de un bachiller francés, Besancenot logró superar las módicas cifras electorales de los partidos a la izquierda del PC francés. Esto llevó a la Liga a la propuesta de autodisolución en un partido más amplio, más democrático, más autogestionario. De ello da cuenta el documental.

Se inicia, con toda la simbología que ello tiene, con la limpieza general por refacciones de la sede de la LCR. Toneladas de papeles, folletos, apuntes, resoluciones e informes vuelan desde un cuarto piso hasta un container situado a la puerta del edificio. Todo el pasado del partido, cuarenta años de discusiones, propuestas, resoluciones, sanciones, expulsiones y tesis, van desapareciendo ante la necesidad de refaccionar el edificio.

Mientras tanto, los dirigentes jóvenes y los viejos sobrevivientes del '68 analizan y discuten la manera en que nacerá el nuevo partido. Las pretensiones iluministas del viejo socialismo resurgen en los discursos de cada una de las asambleas y reuniones, en un lenguaje que recuerda, para quien las haya conocido, las asambleas estudiantiles de Sociales o de Filosofía. Mucha democracia directa, mucha gestión comunal y descentralizada, muchos chicos y chicas bien alimentados y con la dentadura completa.

Hay, no obstante, en la película una muy simpática figura, la de Abdel, un evidente francés norafricano, un “cabecita negra”, irrespetuoso y zumbón, que juega como personaje alternativo al frío y despasionado discurso racionalista de los jóvenes y viejos políticos franceses. Olivier Besancenot, a su vez, con su medida oratoria, su frialdad intelectual y su prolijidad gestual, despierta el recuerdo de aquel político menemista, hoy alejado de las luces, que fue Gustavo Béliz, apodado, como se recuerda, “Zapatitos Blancos” por sus conmilitones de entonces, quienes despreciaban con ello, su supuesto intento de pasar inmaculado por un gobierno barroso como pocos.

Los espectadores que me acompañaban deben haberse sorprendido, como lo hice yo, al apreciar la pulcritud y el orden que reinaba en los locales donde se realizaban las reuniones. Ningún sitio se parecía a nuestros muchas veces vetustos y mugrosos locales políticos. Una escena llama la atención. Cuando han terminado de llenar el container con carpetas, ficheros y archivos, uno de los dirigentes se pone a barrer alrededor del mismo. “Hay vidrios y nos pueden hacer una multa” explica a la cámara el veterano revolucionario que desde hace más de cuarenta años viene intentado abolir el régimen capitalista en la patria de Napoléon.

Después de una divertida discusión en la playa entre tres panzones dirigentes, uno de ellos en zunga, sobre Trotsky, Mao, Stalin y Lenin; después de visitar el picnic anual de L'Humanité, con debates sobre la revolución y el reformismo; después de los trabajos en comisión para determinar el nombre del nuevo partido, la película termina con una agorera imagen. Una joven militante sella, uno a uno y rítmicamente, los carnets de afiliación al nuevo partido. El trac, trac del sello acompaña como una percusión los títulos finales de la película. Nuevamente la sombra ominosa de la burocracia amenaza a la flamante y libertaria organización recién nacida.

Vale la pena ver esta película. Además de sus bondades como documental -buen encuadre, una cámara que muchas veces parece invisible-, nos permite escudriñar como por el ojo de la cerradura el debate político del progresismo europeo. Sus problemas son distintos a los nuestros, sus sueños de una mejor patria para el hombre y la mujer, son muy similares.

Buenos Aires, 26 de marzo de 2011

jueves, 7 de enero de 2010

La Muerte se llevó a Tete y a su eterna juventud

La Muerte se llevó a Tete y a su eterna juventud

Por algún arcano inscripto en el Libro de las Transformaciones o por el caprichoso azar que maneja los dados este año no empezó bien. Primero fue un amigo al que su corazón fraterno le dio un tonto e inesperado respingo. No fue nada, pero nos encontramos, aún no repuestos de las copas y las risas del Fin de Año, en el congelado habitáculo de terapia intensiva. 
Mi amigo estaba conectado a pantallas de luces titilantes, con un extraño artilugio en su dedo índice y un inodoro al lado de su cama que recordaba el parentesco entre el hospital y la cárcel. Sólo el cinismo de mis comentarios intentaba vanamente soslayar el carácter patético de la situación. Pero, como digo, no fue nada. Tantos corazones ha roto mi amigo que el suyo, generoso y tierno, se debe haber curtido en esas lides. 
Y hoy la pequeña caja llena de desgracias del celular me informa que se murió el Tete. El Tete Rusconi, el Peter Pan de la milonga, el bailarín de la juventud eterna, el panzón y disneico duende de pies de plumas, el irrepetible valseador de los giros mareadores, el perpetuo adolescente de voz áspera ya no gritará “¡cambio de pareja!” en el medio de una tanda. 
Lo conocí hace ya catorce años. En aquel increíble tugurio que era el Parakultural de la calle Chacabuco al mil, con aquel baño veneciano, al que sólo se podía llegar atravesando los tablones que flotaban sobre el charco que lo rodeaba, el Tete daba lecciones de tango. Junto con Silvia, su compañera, su amiga, su pareja de baile, al que se le va de sus brazos otro increíble artista, el Tete juntaba diez o quince parejas a las que, con paciencia y entusiasmo, les enseñaba a caminar, ni más ni menos. 
Esto fue lo primero que me sorprendió del Tete. Se pasaba horas con esa caterva de hombres adultos recién separados, de psicólogas atraídas por el misterio del abrazo, de gringos y gringas balbuceantes, de jóvenes que nunca escucharon a D’Arienzo, haciéndoles escuchar la música –De Biaggi, le gustaba- y caminando en grandes círculos al ritmo de lo que escuchaban. Aunque parezca mentira, en eso, básicamente, consistía su gran enseñanza. 
Ya lo he escrito en otro lado, pero vale la pena repetirlo: entre tanto volar de piernas a destiempo y tanta coreografía de memoria, nunca enseñaba un solo paso a sus principiantes, nunca los ilusionaba con volar como ángeles. Los alentaba en el sueño de caminar sobre el piso según lo exigía la orquesta que escuchaban y lograr con ello el ensueño de volar como lo hacen los humanos, aferrados al suelo. 
Y al final de sus inolvidables clases, para darnos una imagen de la tierra que nos prometía, Tete bailaba con Silvia algunos de esos valses que lo convertían en un ángel de carne y hueso, de panza y anteojos, dividiendo el tiempo, creando formas con sus pies y los de su compañera. En esos tres minutos, Tete nos mostraba los prodigios que podríamos realizar una vez que la música se nos metiera en el alma y nos dejáramos llevar tan sólo por su mandato. Un aplauso terminaba siempre las clases de Tete. Nos había convertido en creyentes de ese paraíso del movimiento y el ritmo. 
Con los años logré el placer de su amistad milonguera y de la menguada confianza que esa relación entre hombres, que es la vieja milonga, permite. Su espíritu, ese hálito vital que nos acompaña, tenía veinte años. El baile, el tango, las milongas eran su hábitat. Allí se sentía en su casa, en el living de su casa, de esa casa que nunca compró y que reemplazó, en su afán bailarín y caminador, por departamentos provisorios o más transitorias pensiones. 
Nunca me cansé de verlo bailar. Cada vez que bailaba, haciendo lo mismo, creaba nuevos espacios, nuevas formas, nuevos giros vertiginosos, nuevas urdimbres de piernas que provocaban el aplauso y la fascinación. 
Ha muerto el Tete. 
Otro compañero de la noche y de la vida, Pablo Malizzia, le escribió un vals. Me cuentan que ese tema fue su última presentación en público. Me encantaría que fuese cierto, porque es el merecido homenaje de las nuevas generaciones a los maestros que transmitieron el fuego sagrado, atravesando la noche del olvido, del desarraigo y de la soledad.
No es cielo, ni es azul, ya lo sabemos. 
Pina Bausch está sentada en una mesa, lánguido el cuerpo pequeño, la mirada perdida en la pista brumosa. El Tete la cabecea con su sonrisa de barrio y juntos se pierden en una Pavadita eterna. 
Buenos Aires, 7 de enero de enero de 2010.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La felicidad, esa inalcanzable sensación

El Vestido, la segunda película de Paula de Luque, es extraña y sutilmente femenina. Cuenta una historia de amor frustrado, donde la cobardía impide a un hombre enamorado separarse de su esposa y el compromiso de una mujer con un hombre y la pequeña hija de éste convierten en dulce y dolorosa memoria los momentos de íntima amistad con aquél.

De Luque decidió contar esta historia en una especie de rompecabezas narrativo en el que el presente, el pasado, los recuerdos y los sueños se mezclan en un vertiginoso caleidoscopio que la inteligencia del espectador armará definitivamente en el momento mismo de la palabra fin. El resultado es un torrente, nunca desbordado, de emociones, de suaves y fugaces momentos, de pequeñas miserias y traiciones, de inteligentes diálogos y de bellísimas imágenes y armoniosos encuadres. El Vestido es una película femenina que deja la sensación de que de esa manera, aparentemente arbitraria, sin orden ni sentido finalista, es como la mitad del cielo vive y siente el amor, la entrega, el abandono, la traición y la fidelidad: una especie de fragmento de un discurso amoroso contado por una mujer.

No obstante ello, no hay culpas ni víctimas en la historia que cuenta Paula de Luque. Hay, simplemente, la evidencia de que así es la vida, así somos los hombres y las mujeres: seres desgarrados, tironeados, transidos, que sólo buscan, muchas veces infructuosamente, un poco de felicidad compartida. Si el padre del protagonista la encontró en el amor de un hombre que llora femeninamente su muerte y la joven heroína en la amistad con la hija de su pareja, el protagonista masculino de la película parece partir, al final del filme, sin haberlo logrado. Una sombra de infelicidad, de tristeza viril e irremediable, lo acompaña.

La propuesta, en su sorprendente originalidad, mantiene una estructura gramatical de notable solidez en la que el espectador encuentra indefectiblemente respuesta a sus interrogantes y desconciertos. La belleza deslumbrante de la protagonista, Antonella Costa, y la masculinidad rotunda de Eduard Fernández ayudan, sin duda, a enfatizar cierto carácter paradigmático de la película de Paula de Luque. La fotografía es, como dije, bellísima e impecable. Con este filme, la hermosa bailarina de Nucleodanza se ha convertido definitivamente en una gran directora de cine.

Buenos Aires, 16 de setiembre de 2009