martes, 19 de febrero de 2008

Norberto Acerbi se quedó en el 2006

Hace dos años falleció un extraordinario argentino, el doctor Norberto Acerbi. En aquella oportunidad escribí estas líneas en su memoria, que recién hoy subo a este blog. Se habían perdido en el fárrago de las cosas que se escriben para la red y la Nac & Pop, de Martín García, ayudó a su conservación.


Se nos fue el querido, el entrañable flaco Acerbi.


Militante de la Izquierda Nacional desde su juventud, sumó su pasión política a su formación médica, convirtiéndose en un admirador y continuador de la acción y las ideas del gran Ramón Carrillo.

Pese a que la desventura le pegó con la temprana muerte de uno de sus hijos, el flaco mantuvo hasta dónde lo traté y conocí un indoblegable optimismo, un humanismo revolucionario y un desopilante sentido del humor.

Las anécdotas acerca de sus salidas y sus ocurrencias son abundantes y han circulado entre nosotros alegrándonos las conversaciones entre compañeros.

Sólo voy a mencionar una, que no escuché de primera mano, sino que me fue contada por Jorge Spilimbergo a poco que llegué de Suecia.

El Centro Jauretche, en plena dictadura, había organizado una charla o una mesa redonda con destadas figuras del peronismo. El presentador era el flaco Acerbi. Poco a poco, el salón se va llenando de importantes personalidades: Fermín Chávez, Julio Bárbaro, Estevez Boero, diversos dirigentes del socialismo. Y era tarea de Acerbi ir mencionando por el micrófono estas presencias.
De pronto entra al local y se sienta entre el público un conspicuo dirigente de extraña apariencia. En ese mismo momento se oye la voz del flaco que dice estentóreamente: "Y acaba de entrar también a este acto un bicho raro..."

La estupefacción en el público presente fue como una descarga eléctrica.


Efectivamente flanqueado por sus, entonces, abundantes y espesas patillas, enfundado en su ajustado traje y empinándose sobre su corta estatura acababa de llegar ni más ni menos que Carlos Saúl Menem, por entonces un lider del peronismo.

Cuando ya parecía que el papelón era inevitable se escucha nuevamente la voz del flaco Acerbi, con una risueña y cariñosa impronta que dice: "Sí, compañeros, un verdadero bicho raro, un gobernador provincial que ha sido elegido por su pueblo y no es como los actuales usurpadores que azotan los presupuestos provinciales".

La ovación y el aplauso fueron la respuesta debida a la inesperada, hilarante, provocativa y oportuna capacidad de improvisación del querido Flaco Acerbi.

Fue uno de los artífices e impulsores del Juicio Político a la Deuda Externa y en ese carácter le tocó hablar en un acto organizado por el MTA, junto a Hugo Moyano, en la plaza del Congreso.
Fue autor de un hermoso libro dedicado a la figura de otro médico como él, de otro humanista laico como él, de otro político como él: Eduardo Wilde, el ministro de Interior de la primera presidencia de Julio Argentino Roca.

Echado de la dirección del Hospital de Avellaneda, por obra de la infamia menemista-duhaldista, Acerbi supo dar, también, una batalla política en la cuestión central de la salud de nuestro pueblo.

Norberto Acerbi, el flaco Acerbi, fue un gran compañero, un extraordinario amigo y un revolucionario cabal.

Que su memoria viva entre todos los compañeros que conocimos sus virtudes y gozamos de su admirable humanidad.

Que su mujer, paciente y cariñosa, que su hijo y sus nietos sepan que una comunidad militante lo llevará para siempre en su recuerdo y en su afecto.

Y que te diviertas donde sea que vayas, querido Flaco.

sábado, 16 de febrero de 2008

Elvio Vitali no baila esta noche en El Beso

Solía sentarse en alguna de las mesas de la primera fila que rodea la pista de baile, junto a otros milongueros con los que conversaba en voz baja. 
Había conservado la manera de hablar del barrio de Wilde, donde había nacido, un poco arrabalera, con una “eses” convertidas en “eshes” que ya se han ido perdiendo en el habla popular porteña. Su rostro recordaba increíblemente a Al Pacino –parecido del que era plenamente conciente- y le encantaba sacar a bailar a hermosas italianas con las que conversaba en su idioma, heredado por tradición familiar y por una larga residencia en Italia. 
Elvio Vitali, ese buen amigo de voz ronca y de convicciones firmes, amante de la trasnoche y el whisky, ha muerto, después de darle pelea larga y cansadora a una enfermedad que lo obligó a alejarse de los largos vasos, del hielo tintineante y de la noche seductora. 
Elvio, el de Juventud Universitaria Peronista, el argentino que en su exilio en México había creado la Librería Gandhi, que junto con él trasladara a Buenos Aires, convirtiéndola en un foco de radiación cultural en esa región de la avenida Corrientes que va desde Callao hasta Libertad, amaba el tango en todas sus expresiones. Aprendió a bailarlo de grande, en las clases que se daban en su librería, y había conseguido un estilo especial y distintivo: un poco encorvado, de pasos lentos, amurado fuertemente al torso de su compañera de ocasión. 
Fue impulsor comprometido del Festival Internación de Tango. Fue uno de los responsables de que la avenida Corrientes se convirtiera una noche en una gran milonga a cielo abierto, en una babel de idiomas y estilos, donde la Orquesta Escuela era el atanor que mezclaba a todos los herederos del Cachafaz del ancho mundo en una sola multitud danzante. Y en la que la belleza de Geraldine hipnotizó a todos con el negro de su pelo, la desmesura de sus ojos y la voluptuosidad de su baile. 
Fue, justamente, Elvio el que insistió que fuera ella la que, desde un elevado escenario, se convirtiera por una noche en la Afrodita porteña, ante la cual el Obelisco parecía más erguido que nunca. 
Como ha recordado Leonardo Cofré, convirtió el bar de La Gandhi en un lugar de encuentro de tangueros que descubrieron, junto a sociólogos, antropólogos y toda la fauna académica que constituía su clientela, a Luisito Cardei, el cantor de la voz chiquita, de la entonación casera, de los tangos cantados en una cocina de extramuros con una enorme mesa de madera con cajones para guardar los cubiertos. 
Lo conocí en la milonga y en la milonga aprendí a quererlo. Siempre con alguna hermosa mujer a su lado, siempre con la sonrisa de Pacino. 
Elvio Vitali no va a caer esta noche de sábado por la Milonga de las Morochas, en El Beso, de Corrientes y Riobamba. 
Y todos los tangos sonarán con más tristeza que nunca. 
16 de febrero de 2008

jueves, 27 de diciembre de 2007

La última novela del viejo espía británico

La última novela del viejo espía británico
La historia de los latinoamericanos ha sido y es dura, nuestra resistencia al imperialismo, a las oligarquías locales, a la fragmentación y a la dominación extranjera ha sufrido todo tipo de crímenes, saqueos, violaciones y genocidios. Pero la historia del África subsahariana de los últimos cuarenta años es el catálogo más completo de la ferocidad, la crueldad, la ambición sin límites y la total inhumanidad del colonialismo europeo y de su sucesor, el imperialismo de todas las nacionalidades o, si se quiere, de ninguna.
La reflexión viene a cuento de la impresión que me ha dejado la lectura de la novela “La Canción de los Misioneros” (Plaza Janés – Sudamericana, 2007), la última del viejo maestro del género de espionaje, el británico –¿qué, sino británico puede ser el maestro del espionaje?- John Le Carré.
La caída del Muro de Berlín puso fin a su saga de Smiley, con su anticomunismo tory, sus probos y cornudos funcionarios, sus rubias demasiado apegadas al gin, sus traidores oxfordianos y homosexuales. Pero amplió la perspectiva de sus temas hacia el amplio escenario del viejo Imperio Británico, es decir, el mundo.
Sus tramas dejaron de ser el frío juego cerebral entre dos inteligentes torturados, el flemático George Smiley –con el rostro exacto de Alec Guinnes-, que lleva con dolor el estigma de una esposa infiel, y el enigmático Karla, con la culpa sangrante de una hija disidente. Se desentendió, por así decir, de la lucha contra el comunismo y se aventuró en el más proceloso mundo semicolonial, en los rincones de ese Tercer Mundo donde siempre hay un inglés- un ex misionero anglicano dipsómano acollarado a una jovencita morena y de carnes duras- e intrigas, proyectos de golpes de estado, invasiones o asesinatos ejecutados por el mero fin de apropiarse de unos yacimientos de uranio, unas minas de diamante, unas cuentas off shore en Las Caimanes o unos depósitos clandestinos de armas atómicas.
Y así, la mirada del viejo maestro ha adquirido experiencia y se ha ampliado. Ha decidido poner bajo el amparo de su prosa a pequeñas e insignificantes personas, por lo general no inglesas o inglesas a medias –de la antigua Alemania Oriental, de Panamá, de Serbia o, como en este caso, del Congo oriental, a orillas del lago Kivu.
“La Canción de los Misioneros” comienza con una cita de su célebre maestro, el polaco Joseph Conrad, tomada de su libro que transcurre a lo largo del río Congo, y que es la novela clásica del colonialismo europeo en el África, “El Corazón de la Tinieblas”: “La conquista de la tierra, que en esencia consiste en arrebatársela a quienes tienen una piel distinta o la nariz un poco más chata que la nuestra, no es un hecho agradable cuando se lo examina con atención”.
Su talento de narrador nos interna en las consecuencias destructivas de uno de los colonialismo más infames –si hay una escala en esta infamia- de todos los tiempos, el de la muy pacífica, mansa y tranquila Bélgica, cuyo rey y cuyas tropas expedicionarias cometieron los más monstruosos crímenes que pueda haber cometido el hombre blanco en un continente que fue escenario de la desatada violencia salvaje y homicida que puede ejercer el hombre blanco, dispuesto a arrebatarle la tierra y la riqueza a sus legítimos dueños.
Nos enteramos de la existencia de un mineral denominado coltan, acrónimo de un misterio llamado técnicamente columbita-tantalita, imprescindible para que los niñitos del mundo civilizado reciban su Play Station en el arbolito de Navidad o para que Motorola, Nokia, Erikcsson y Sony inunden al mundo con sus teléfonos celulares (1) .
Nos enteramos que en el Congo Oriental, justamente a orillas del lago Kivu, a los pies de las montañas Mulenge, se encuentra la reserva estratégica más importante de coltan del mundo y que han sido los grisáceos montículos, acumulados en la puerta de los yacimientos para así aumentar su precio, la causa y financiación de las llamadas Primera y Segunda Guerra del Congo, con el resultado de unos 3.800.000 muertos directa o indirectamente por ellas.
La novela del viejo Le Carré tiene como protagonistas los lenguajes y dialectos que se hablan en la región de los Grandes Lagos: el suajili, la lengua franca del centro de África, el lingala del noroeste del Congo, el shi de los congoleses, el bembe del lago Tanganika, el kinyarwanda hablado por los tutsis, el kinyamulengue hablado por los pastores bunyamulengues de los montes Mulengues, al sur del lago Kivu. Y como telón de fondo el saqueo de las riquezas minerales del oriente congolés por parte de los ruandeses para enriquecimiento de sus putrefactos gobiernos y de los consorcios ingleses, norteamericanos, belgas y holandeses. Sobre los sentimientos de odio que los tutsis de Ruanda han hecho nacer en el corazón de los pobladores del norte del lago Kivu, con sus incursiones de pillaje y violación, ante la indiferencia de los cascos azules de las Naciones Unidas -y el beneficio de varios miembros de su Consejo de Seguridad-sobre la desprotección de los piadosos pastores bunyamulengues -primo hermanos de los odiados tutsis- ante la venganza que los congoleños se toman sobre ellos, Le Carré ha construido una novela que no transcurre en África, sino en la neblinosa Londres y en una isla más neblinosa aún del Mar del Norte. Y sus actores tras las sombras son los organismos de espionaje británicos, una misteriosa empresa off shore, un aristócrata esponsor de ongs preocupadas por el África y los miserables agentes al servicio de la civilizada Europa.
El principal protagonista es un hijo mulato (“cebra”, lo llama otro africano puro) de un misionero jesuita irlandés y de una belleza congoleña que curó sus heridas y apagó su sed, inscripto secretamente y bajo una falsa paternidad en el consulado inglés de Nairobi, a quien su vida en la misión le permitió desarrollar un prodigioso y versátil conocimiento de las lenguas bantúes, así como del inglés y el francés.
Se trata en suma del camino de este negro adaptado, criado con mimos excesivos e ilegales por otro sacerdote jesuita, al morir su propio padre, que encuentra en el transcurso de una semana el verdadero sentido de su vida, el amor de una hermosa nativa de la ciudad de Goma, en el corazón de las tinieblas.
Pero, el viejo fabulador de Poole, el anciano contador de historias de espionaje, expone, sobre todo, el drama sin fin del gran continente cuyas riquezas siguen siendo usufructuadas por “the burden of the white man”, la carga, la responsabilidad del hombre blanco.
Porque como ha escrito Ramiro de Altube en la página de Afrol News: “Sobre la tumba de los 2000 niños y campesinos africanos que mueren por día en el Congo, podemos, distraídos, seguir usando nuestros celulares”.
Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil 27 de diciembre de 2007

(1) De acuerdo a lo que parecen ser propiedades fisico-químicas “mágicas”, este mineral es fundamental para las industrias de aparatos electrónicos, centrales atómicas y espaciales, misiles balísticos, video juegos, aparatos de diagnóstico médico no invasivos, trenes sin ruedas (magnéticos), fibra óptica, etc. Sin embargo el 60 % de su producción se destina a la elaboración de los condensadores y otras partes de los teléfonos celulares. El coltan permite que uno de los sueños occidentales se haga realidad; con él las baterías de los minicelulares de bolsillo mantienen por más tiempo su carga, ya que los microchips de nueva generación que con él se elaboran optimizan el consumo de corriente eléctrica. Después de ser usado en un principio para los filamentos de las “lamparitas”, luego fue reemplazado en esta función por el más barato y accesible tugsteno, y parecía condenado al olvido. Sin embargo en las últimas décadas el valor volvió a preñar al coltan, volvió a darle vivacidad, a convertirlo en mercancía. Mucho más cuando se produjo el boom comercial de los teléfonos móviles que en número de 500.000 inundaron el mercado en el 2000. Desde unos años antes, sin embargo, el colombio-tantalio que era extraído en Brasil, Australia y Tailandia había empezado a escasear. La japonesa Sony, por ejemplo, tuvo que aplazar el lanzamiento de la segunda versión del juguete preferido de los niños occidentales, el Play Station, debido a este incordio. El gran aumento de la demanda ha hecho establecer un mercado ilegal paralelo en el Africa central.Afrol News: http://www.afrol.com/es/especiales/13258

jueves, 15 de noviembre de 2007


El duende de la barba blanca


Jorge Waisburd llevaba un registro sobre todas las maneras posibles en que sus compatriotas escribían su apellido, partiendo del hecho de reconocer que las posibilidades de equivocación eran tan infinitas como comprensibles. Nadie imaginaba que ese abstruso sonido escondía algo tan sugerente como “Barba Blanca”, que es lo que originariamente quería decir.


Lo traté durante los últimos diez años, a partir de conocerlo en la dirección de la “2x4” y pude admirar el notable sentido poético con que asumía la tarea radial tanto como la pasión irresistible que tenía hacia el tango, hacia su música y hacia sus letras.


Jorge poseía, además de una voz única en el medio, de tonos graves, ronca y aterciopelada a la vez, una inagotable creatividad sonora, un exquisito buen gusto para elegir melodías, acordes y arpegios que usaba en sus pequeñas composiciones radiales, que le dieron una personalidad única en el mundo a aquella “2X4” de fines del siglo pasado.


Era dueño de dos atributos contradictorios, un gozoso sentido del humor y un carácter irascible y, muchas veces, caprichoso: dos poderosas razones para que nos peleásemos tantas veces y con tanta vehemencia como con frecuencia y vehemencia nos divertíamos juntos.


Con Jorge aprendí, ya grande, cuando se cree que ya es imposible aprender nada, la belleza de un texto evocativo fundido a unos lentos acordes de un bandoneón tocado por Rovira o por Mingo Moles, ese amigo de su corazón que una noche se tomó el piro, dejándolo con el alma herida para siempre.


Improvisaba, con una música de fondo que hacía subir y bajar, al ritmo de su fantasía, inolvidables poemitas espontáneos que llevaban a sus oyentes por delicados y somnolientos senderos, donde la llovizna caía sobre un desconsuelo, o el sol sonreía ante un beso primerizo.
Este ruso más argentino que el dulce de leche, criado en la amistad y el respeto a Lionel, su casi tío Edmundo Rivero, cuya voz, recordaba Jorge, acompañaba las fiestas familiares, los cumpleaños y los Años Nuevos, hizo los mejores programas de tango de todos los tiempos, un género al que el mal gusto, la obviedad y la mala poesía amenazan permanentemente en reducirlo a una ramplona sucesión de tangos mediocres, presentados por estólidos y mal envejecidos locutores.


Admiraba a los poetas y por eso ofreció su amistad a Alejandro Zwarcman –otro rusito que le ha dado al tango contemporáneo algunas de las mejores letras, como “Pompeya no olvida”- y que hoy lo llora con razón y sin consuelo.


Amaba y respetaba infinitamente a los músicos, a quienes recibía con los brazos abiertos en la radio, cuando llegaban con sus CDs recién salidos. Pepe Libertella y Luis Stazzo, Acho Manzi y el Tata Cedrón, Juan Vattuone y Roberto Alvarez, para dar sólo algunos nombres que aparecen en la memoria en este momento doloroso, lo consideraban su amigo y Jorge los trataba con la delicadeza con que se toma una pieza de porcelana, conciente tanto de su valor como de su fragilidad.


Sabía que la música y la poesía ocupan un lugar definitivo en la vida de los hombres y concebía su actividad profesional como el nexo para que esa música y esa poesía que produce esta ciudad que tanto amaba, llegase a los hombres y las mujeres que, con ellas, eran más ricos, más nobles, más bellos.


Va a ser muy difícil pensar en Jorge Waisburd como ausente para siempre. Esta maldita, esta bendita, esta desagradecida, esta generosa Buenos Aires que nos ha tomado el corazón y nos hace impensable vivir en otro lado, ha perdido un amigo, un ladero, una pierna linda para recorrerla, descubrirla y volverle a declarar nuestro amor. Va a ser difícil pensar otra armonía de ciudad, tango y radio distinta a la que Jorge creó a pura amor y talento.


Dentro del Jorge Waisburd que todos conocimos anidaba, por esas cosas del nombre, un duende de barba blanca, que seguramente se ha quedado con todos los que hoy pensamos que esta tristeza tiene razón y fundamento: su muerte nos hace más pobres, más solos, más frágiles.


Buenos Aires, 12 de noviembre de 2007.


Quien quiera saber de quién estoy hablando puede visitar este lugar:



jueves, 30 de agosto de 2007

Los milongueros


Los milongueros

Son todos setentones. A todos les cubre la cabeza el zorro plateado. El de algunos de ellos, además, está quedando pelado. Blanco y pelado. Quien más, quien menos tiene una pancita hecha a base de mucho vino tinto e infinitas empanadas.

Alguno, como Daniel García, el “Flaco Dani”, conserva la silueta de sus años mozos, luce sacos y trajes de gran corte y se da el lujo de peinarse, a lo Cary Grant, una cabellera que la tintura hace rubiona, pero que conserva íntegra y saludable.

Otro, como Julio, un elegante y señorial anciano con pinta de abogado radical, ha perdido el pelo que se ha encanecido junto con el bigote, pero no ha permitido que la gula se lleve la prestancia. Sus oscuros trajes cruzados, su camisa blanca sin una arruga, su sobria corbata, parecen adaptarse como una piel a su reservada elegancia.

Está Tito Roca, eternamente joven, aunque de anteojos y una incipiente calvicie, cantor de fiestas y cumpleaños de amigos.

También integra la fila un hombre que se parece a Jack Palance en su vejez. Vivió gran parte de su vida en el Dock Sur, conoce todos los oficios de la vida rea, estuvo a bordo como marinero mercante, cuenta historias increíbles sobre su paso por Ciudad del Cabo, Bangkok y Hong Kong. Su sobrenombre es El Tigre y nadie conoce su nombre verdadero. A mí me lo dijo una noche. Pero no soy ningún buchón.

También el Teté Rusconi está en la fila. Disfruta orgullosamente de su panza y sobrelleva con estoicismo su disnea. No le preocupa la elegancia cajetilla y cuentan que deslumbró a Pina Bausch que lo lleva a Kuppertal para que comparta el secreto de sus giros en la pista con los bailarines de su compañía.

Y hay varios más. Los ha llamado a la pista de Porteño y Bailarín, la milonga céntrica de los martes, otro hombre como ellos. Es de mediana estatura. Con unos pocos kilos demás luce un traje de fino tropical azul noche. Camisa blanca y corbata de seda completan un atuendo al que no le falta una elegante traba de oro en la corbata, puesta exactamente a la altura del botón del centro de la chaqueta, el que se prende, para que no se vea sino un fugaz brillo, cuando la lleva cerrada. El zarzo en la mano izquierda forma parte de su linda pinta de muchacho de barrio que se fue para el centro. Es cuando habla que aparece “algo en vos que grita Chiclana”. Los giros de su conversación se remontan a suburbios de la década del cincuenta, a un modo entre respetuoso y plebeyo que revela su origen. Se llama Ricardo Maceiras y en la milonga se lo conoce como el Pibe Sarandí.

La noche de hoy es en su homenaje y él ha preferido compartirlo con los amigos que desde la adolescencia lo acompañan en las noches porteñas. Los ha ido llamando uno a uno.

Todos ellos llevan en sus rostros las huellas de una vida en la que han sobrado las experiencias. Puestos ahí, en fila, mirando al público, se asemejan más a una rueda de reconocimiento en sede policial que a un grupo de homenajeados. Dan la impresión que esa noche, por alguna razón burocrática, el comisario de la seccional dio la consabida orden: “Detengan a los sospechosos de siempre”.

Son los milongueros


Nacieron en los barrios suburbanos de una Buenos Aires mucho más estirada y pagada de sí misma que la de hoy, justamente devaluada por piqueteros, cartoneros y descamisados de toda índole. Son de la época cuando venir al centro significaba poder ponerse un traje y un sombrero, una camisa que no tuviera los puños deshilachados, una corbata decente y un par de tarros rigurosamente lustrados.

A los trece años, cuando el rito de iniciación viril de entonces, “ponerse los largos”, los convertía en aprendices de hombres, los amigos mayores los llevaban a la milonga.

No había en esa época clases de tango en algún Centro Cultural. La idea misma del centro cultural les hubiera resultado maricona.

Iban a lugares que se llamaban Rincón de Luna, Mi Ranchito o el Palmereñito, donde dos por tres caía la cana en un procedimiento de rutina.

Si vivían en el Dock Sur acudían al Salón Social Yugoslavo o al Salón Caboverdiano, el de los pocos negros que quedaron después que la guerra de la Independencia, la del Paraguay y la fiebre amarilla terminaron de llevarse a los que trabajaban en las casas de familia.

Y ahí, a los trece o catorce años tenían que mirar a los que bailaban para descubrir el arcano de esa danza cuyo dominio les prometía el dominio del mundo. Después, en el barrio, con los muchachos de la esquina practicaban. Los primerizos hacían de mujer y los mayores intentaban nuevos pasos, giros y dibujos.

Cuando a los veinte obtenían la inmensa libreta de enrolamiento, la papeleta como la llamaban los viejos que todavía recordaban las elecciones a punta de pistola en el atrio de una iglesia, aquel mamotreto marrón que contenía, además de los datos personales del portador, los símbolos patrios y la versión completa del Himno Nacional Argentino, obtenían un nuevo símbolo de su reciente estado: la llave de la puerta de casa y, con ella, el derecho a volver a la hora que quisieran.

Entonces, los sábados, con los pantalones bien planchados, se mandaban hasta los Bomberos Voluntarios de Echenagucía, milonga debute, donde se cuidaban de no mostrar la hilacha.
A los veinte ya habían aprendido a bailar. Entonces el mundo se les abría a las famosas milongas del centro, donde había minas que tenían su propio departamento. El sueño de pasar la noche con alguna de aquellas rubias, soñadas mil noches en la pieza del convoy, solía realizarse de cuando en cuando, como premio a su pinta juvenil y al arte increíble de sus pies.

Son los milongueros

Una madrugada decidieron que esa sería su vida. Toda otra aspiración humana, toda otra forma de realización se había consumido porque lo único que los mantenía vivos era ese insomnio bailado noche tras noche. Siempre habría algún trabajito para pucherear. Si era dentro de la ley, no digo mejor, pero, por lo menos, más tranquilo.

Y se hicieron adultos siguiendo a Di Sarli, a Caló, a D’Arienzo o a Pugliese. Y todos ellos se hicieron feligreses de un Buda alcohólico y bueno, Pichuco, el ejemplo de la amistad nocturna, de la hermandad del whiski y un poco de aquella cocaína de entonces, sin cortes ni pasta base.
Un día o, como dijo el Pibe Sarandí, un año, 1955, ese mundo desapareció. No el del whiski, la blanca y la mala vida. Ese siguió y creció. El mundo del tango, de las grandes orquestas, de las milongas de barrio y de los grandes salones del centro comenzaba a morirse junto con la Ciudad Infantil, el Pulqui y los Planes Quinquenales.

Son los milongueros


Cuando las grandes grabadoras comenzaron a llenar los surcos de los 33 y los 45 con material norteamericano, el tango inició su retirada. Se refugió en oscuros clubes barriales, en sótanos mal ventilados. Las orquestas fueron reemplazadas por grabaciones de aquellos éxitos populares. Y ahí estaban estos juramentados que ya nada podían hacer sino seguir bailando, noche tras noche, cada vez menos y, como siempre ocurre en la entropía, cada vez más cerrados sobre sí mismos.
Pero no aflojaron. Ninguna otra preocupación fue más importante para ellos que continuar ese culto al que fueron introducidos en su pubertad, como a un Jehová de suburbio. Sobrevivieron con laburos de mala muerte. Alguno de ellos seguramente tocó el piano en alguna comisaría, o se pasó unos meses con la comida pagada por el Estado.

Leyendo la historia me he encontrado, en la Francia de 1830, en la Italia de 1870, en la Alemania de la misma época y hasta en la Argentina de 1945, con personajes que habían tenido una destacada actuación veinte o treinta años atrás. Y que la bajamar de la historia los había mantenido ocultos, lejos de los primeros planos, hasta que un despertar popular, un levantamiento, una revolución los saca de la oscuridad y el anonimato.

Algo así les pasó a los milongueros


Refugiados en su fervor tanguero, marginados de los grandes medios, de los grandes salones y hasta de su propio barrio, aguantaron la mala racha. Continuaron bailando con las mismas viejas amigas los mismos viejos tangos de sus años mozos.
Y un día se abrieron, milagrosamente, las puertas del cielo.

Empezaron a encontrarse con pibes jóvenes que querían saber el secreto. Alguno viajó a París o a Nueva York. Y con tenacidad descubrió que la tradición de esa música, la más universal que creamos los argentinos, no había muerto. Que había gringas y gringos –los argentinos llamamos de esa manera a todos los que no son argentinos, como los griegos llamaban bárbaros a quienes no habían nacido en Hellas- que querían conocer esa danza, una de las últimas en las que el contacto físico entre un hombre y una mujer era la base de una acuerdo de tres minutos.

Los milongueros habían mantenido encendido el fuego de los dioses durante veinte o treinta años. El mundo y hasta su propio barrio quería bailar esa danza de la que todos volvían a hablar. Los bailarines de Rincón de Luna y Mi Ranchito estaban allí para que el mundo bailase al compás de viejas orquestas, de gastados discos de pasta que sólo existían en las colecciones de algunos maniáticos.

Estos hombres que están en la pista de Porteño y Bailarín, convocados por el Pibe Sarandí, son algunos de los que permitieron que el mundo vuelva a bailar el tango, que una nueva generación de bailarines milongueros haya cruzado sus saberes con la técnica de la danza académica y hoy se baile en Argentina y en el mundo el mejor tango de todos los tiempos.

Son setentones que viajan a Europa y a Estados Unidos. Nunca apostaron a ganar y hoy cobran en dólares y en euros. Sus nombres circulan en la internet y la vida les ha dado un changüí que nunca pidieron.

Ahí, en fila, representando a todos sus pares, reyes de la milonga, aplaudidos por muchachas de todas las latitudes, con esas caras de haber conocido todo, los milongueros son el desafío al olvido y la muerte.

Buenos Aires, 30 de agosto de 2007

domingo, 5 de agosto de 2007

El día que Josephine Baker suspiró por un argentino


El irish-argie Luis Alberto Murray fue un peronista, católico de firmes convicciones, con importantes incrustaciones anarquistas, admirador de León Trotsky y de Gilbert Keith Chesterton, poeta y cuentista, gran amigo de la Izquierda Nacional y un extraordinario bebedor de Old Smuggler.

Su relación con la Izquierda Nacional viene de su entrañable y nunca quebrantada amistad con Jorge Abelardo Ramos. En plena Década Infame, alrededor del año 33 o 34, se produjo una huelga de estudiantes secundarios. El pelirrojo Abelardo Ramos y el castaño claro Luis Alberto Murray, de marítimos ojos celestes, eran militantes ácratas, lectores de Eliseo Reclus y Rafael Barret. Ambos fueron expulsados del colegio al que concurrían y forjaron una amistad que duró hasta la partida del último en irse, Luis Alberto. Era imposible, so riesgo de una serie pelea a trompada limpia, hacer el más mínimo comentario crítico a Ramos en presencia de Murray. Algo parecido a lo que todavía hoy ocurre con Alberto Methol Ferré. Una amistad de acero basada en la admiración y en una profunda complicidad intelectual.

Fue por su amistad con Ramos que Luis Alberto llegó a ser Secretario de Redacción del periódico -una sábana que salía semanalmente- Política que Ramos publicó a principios de la década del 60.

Extraordinario periodista, escribió deliciosas notas históricas en la época en que Clarín era todavía un diario donde se podían apreciar buenas plumas, con buena cultura y una cierta inteligencia, dónde todavía no existían los egresados de las facultades de comunicación social incapaces de escribir una gacetilla o ignorantes de lo que no salga en CQC.

Tengo la sensación de que lo que voy a escribir a continuación ya lo he contado antes. Pero frente a la duda prefiero reiterarme.

Un día, en el living de su departamente en Catalinas Sur, Jorge Enea Spilimbergo me contó la leyenda que circulaba alrededor de Murray y a cuya verosimilitud aquél le ponía muchas fichas.

Luis Alberto Murray era en los años cincuenta un tipo de unos treinta y pico de años notablemente agraciado. Sus ojos, su mandíbula cuadrada -de la que ignoro sus virtudes erógenas, pero que, según todos los indicios, tiene un enorme atractivo sobre las damas-, su fina y recta nariz, su delgada elegancia, causaban estragos en el otro sexo y era motivo de constantes satisfacciones y húmedos pecados que sólo Dios sabe cómo pesaban en su irlandesa alma , siempre dispuesta a la confesión, el arrepentimiento y el propósito de enmienda.

En aquella época, y como producto de la contraofensiva política lanzada por el gobierno peronista contra la administración norteamericana, llegó al país como invitada oficial, al modo como Sean Penn acaba de ser recibido en Venezuela, la legendaria bailarina Josephine Baker. Ya había estado en Buenos Aires, a fines de la década del veinte, cuando el gobierno del presidente Yrigoyen, en medio de la campaña oligárquica que terminaría en el golpe del 30 de setiembre, prohibió que bailara, como solía hacerlo, con sus senos al aire. En su compañía de entonces no figuraba aún un hombrecito moreno, nacido en el Chaco, de madre indígena, y que la seduciría, unos años después, con el arte deslumbrante de sus dedos sobre las cuerdas de la guitarra y quién sabe sobre dónde más: el maravilloso Oscar Alemán.

Pero la Venus de Ebano no era ya, en los 50, “una diva del jazz europeo, con atávico síncopa de gene afro, que había tatuado pupilas con su cuerpo tallado en temblor de quásar y fibra de ónix”, como, con chirriante mal gusto, la describe un ignoto biógrafo. No era ya la veinteañera cimbreante, de grupas sobrenaturales, que con una faldita hecha con bananas, sacudía sus caderas en los grandes cabarets del mundo. La Baker era entonces una bella cuarentona, cuidada, sonriente y elegante. Tenía tan sólo unos kilitos más que cuando los grandes hoteles norteamericanos le cerraron sus escenarios por la supuesta promiscuidad de sus espectáculos. Ya había vuelto a Francia y adoptado la ciudadanía francesa. Ya se había convertido en heroína militar de su país de adopción, por su valiente participación en la Resistencia y su grado de teniente auxiliar de la Aviación Francesa. Ya podía, si lo deseaba, cubrir sus generosos pechos con la Legíon de Honor y la Medalla de la Resistencia recibidas al terminar la guerra.

Josephine Baker era en ese momento una luchadora contra la discriminación racial en su país y contra la pobreza. Había comenzado a adoptar niños desamparados de todas partes del mundo y lo hacía como parte de una campaña política por denunciar la miseria en que la plutocracia dominante en su país, EE.UU., imponía, no sólo en el resto del mundo, sino sobre su propia sociedad. Desde los EE.UU. la diva negra había proclamado su solidaridad con el gobierno peronista y había agradecido la ayuda que Eva Perón había enviado a los pobres de New York.

La Baker se alojaba en el Hotel Plaza.

Hacia allí marchó el periodista Luis Alberto Murray a cumplir con la misión que le había impuesto su jefe, en la agencia oficial de noticias: entrevistar a la visitante.

El reportero realiza su labor y vuelve a la redacción. Al llegar, el jefe lo llama a su oficina.

- ¿Qué paso?, ¿qué le hiciste a la negra?, le pregunta a boca de jarro.

El periodista no sabe de qué le están hablando.

-Nada, murmura.

- Acaba de llamar y pidió que le enviaramos nuevamente al reportero al hotel porque lo quiere conocer y charlar con él.

Y así fue, me contó aquel día Spilimbergo, que Murray volvió al Plaza y Josephine Baker pudo conocerlo como se debe.

Unos años después me invitaron al cumpleaños de Saúl Ubaldini, en la Federación de Cerveceros, en la calle Humahuaca. Allí me lo encontré a Luis Alberto y me senté a su lado durante la cena. Al terminar, sería la medianoche o la una de la mañana, salimos juntos y fuimos a tomar una copa a Las Violetas, antes de su reapertura. Obviamente no fue una copa sino una interminable serie de Old Smuggler que finalizó, ya de día, cuando cambió el turno de los mozos, y los dos, con paso inseguro, nos retiramos del lugar. Aquella noche, gracias a la confianza que genera saber que tanto uno como el interlocutor están completamente ebrios, le pregunté si la leyenda era cierta.

- Esas cosas hay que mantenerlas en la leyenda, me dijo. No deben ser ni desmentidas ni confirmadas.

La Baker, nacida Mc Donald y cuyo padre había vinculado sus genes con la verde Erin, seguramente se llevó a la tumba un buen recuerdo de dos argentinos tan distintos como fueron el negrito Alemán y el rubito Murray.

A la señora le gustaban los chicos de todas las razas.


Buenos Aires, 5 de agosto de 2007.