lunes, 23 de abril de 2007

Danilo Devizia


Ignoro si el lector conoció a Danilo Devizia.

Danilo era actor. Pero era uno de los más geniales, tumultuosos y políticamente incorrectos actores argentinos. Su talento era explosivo, retorcido, intolerante e insoportable. Peronista inclaudicable, trotskysta de sólida formación, cristiano convencido, Danilo no tenía límites. Los pocos años que pasó en Buenos Aires lo hicieron centro en las mesas de los amaneceres en el Pernambuco de la calle Corrientes de la década del 80. Danilo tenía una amplia cultura, muy superior a la media entre sus colegas, estaba políticamente formado en la tradición del peronismo y de lo mejor de los escritos de León Trotsky. Era provocativamente gay y la experiencia vital, sin límites y sin claudicaciones, constituyó la materia prima de su arte.

Logró momentos culminantes en el escenario del teatro Alvear, junto a Alberto de Mendoza, interpretando a Juan Sombra, el demonio en la adaptación porteña del Don Juan. La prensa comercial no pudo ignorar su perversa y ambigua interpretación, su infinita delgadez discepoleana, su maligna mirada, su voz meliflua y seductora.

Pasó noches y noches de hambre y wisky, en su intento de no entregar su arte al becerro de oro de la televisión y los bolos en las tiras. Sólo hizo lo que quiso. Cuando no pudo más, cuando la angustia, la soledad, el hambre y la enfermedad lo abatieron se volvió a su pueblo natal, Necochea, con su madre y sus amigos de la infancia.

Lo conocí cuando filmamos Mirta de Liniers a Estambul. Después hicimos Chorros y la última vez que lo contraté fue para hacer un extraordinario y corrompido gerente gay de una disco, La Maga.

Danilo Devizia era intransigente, sensible e inadaptable.
Murió anteayer en Necochea. Fue uno de los más grandes actores argentinos: una especie de Klaus Kinsky rioplatense.

Estoy triste.


22 de Julio de 2002

Yuyo Pistarini

Gracias al compañero y amigo Eduardo Rotundo tuve oportunidad de conocer a ese tipo singular que fue el Yuyo Pistarini. Hijo de quien fuera el ministro más importante de las primeras presidencias de Juan Domingo Perón, el general Juan Pistarini, Yuyo vivió el peronismo desde las estructuras del poder y de las familias del poder y lo contó en el libro de memorias que le publicara, justamente Eduardo Rotundo. Conoció, entonces, como nadie las luces y las sombras del gran movimiento popular argentino, sus incontenibles peleas de palacio, sus cotilleos, las grandes obras públicas y las pequeñas miserias de sus personajes.

La vida de su padre, como diplomático representando al Ejército Argentino, hizo que Yuyo estudiara en la Alemania nazi, donde integró a los doce años la Hitlers Jugend y en Inglaterra, como adolescente, asistiendo a los umbrosos claustros de Oxford. Fue oficial de aviación de donde se retiró por no soportar la dura disciplina militar. Estudió en el legendario Massachussets Institute of Technology (MIT) y conoció Hollywood junto con su amigo de juergas, Fernando Lamas. Fue testigo del romance entre este y Lana Turner. Una tarde, después de un abundante asado y no pocas botellas de Malbec, me contó cómo había hecho Lamas para impresionar a la blonda diva.

Fue en la pileta de un hotel de cinco estrellas. El carilindo de Lamas, al cambiarse, puso en su entrepierna, bajo el pantalón de baño elástico que se usaba entonces, un pañuelo, de modo tal de ofrecer a la vista de quien se interesara una turgencia que exageraba sus propias dotes. Caminó lentamente hasta el trampolín, pasando por delante de la reposera de la Turner, subió la escalera y, con gran parsimonia, y haciendo evidente su inflacionado bulto, picó varias veces en la tabla y se lanzó a la pileta. Yuyo me aseguró que fue sólo salir del agua y la que luego sería amante de Johnny Stompanatto -a quien asesinó la hija de la Turner de varias cuchilladas mientras el ítalo americano fajaba a la rubia- ya estaba virtualmente pegada a su lado.

Yuyo Pistarini fue amante de estrellas de Hollywood y de Artistas Argentinos Asociados y amigo de play boys, ministros, presidentes, muchachas de vida alegre y dueños de cabarets. Como una especie de Isidoro Cañones, con quien uno no podía evitar identificarlo, integró la jeneusse doré de la posguerra y se dedicó a la venta de autos y lanchas de alta cilindrada.

Al caer el peronismo fue preso a Las Heras, junto con su padre, por cuya memoria luchó hasta el último momento de su vida. Inició diversas empresas comerciales. Fue, durante algunos años, dictador de la moda porteña y se casó, en los sesenta, con una conocida modelo que aún lleva su apellido.

Fue un amigo leal y afectuoso. Hablaba con esa pronunciación propia de las clases altas porteñas de hace unas décadas, levemente afectada y hasta el último momento de su vida, antes que la enfermedad lo postrase, gozó de todos los placeres que nos depara este valle de lágrimas: bailar en El Verde, escuchar jazz -hablaba de Horacio Armani y de Oscar Alemán como si esta noche tocaran en Gong-, frecuentar simpáticas y bien conservadas veteranas, disfrutar de un Johnny Walker de 25 años o de un Rutini. Ya no circulaba en un Thunderbird descapotable. Pero seguía comprando sus mocasines en Guido.

Esta noche voy a brindar por su imborrable recuerdo.Y todas las discotecas de Buenos Aires deberían haber puesto algún tema interpretado por el Rey Charol y Armando Rolón, de esmoquin y moño, debería haberlo despedido, aquella estúpida noche en que se murió Yuyo Pistarini.

Mario Granero


Todos los 8 de junio, desde hace veinte años, una llamada telefónica, alrededor de las 10 de la mañana, inicia mi día de cumpleaños. Mario Granero, el gordo Granero, llama para saludarme, así como lo ha hecho con todos sus amigos de quienes sabe y jamás olvida el día de su nacimiento. Ayer a la hora de siempre la inconfundible y algo aguardentosa voz del gordo me volvió a saluda. -¡Julito! ¡Feliz cumpleaños, querido!. El gordo Granero, Mario, confirmaba que efectivamente ayer era 8 de junio. Nos hicimos algunas bromas, hablamos mal de algunos y bien de otros, nos cambiamos unos chismes y nos prometimos una cena con amigos comunes.
A la noche, en otro cumpleaños, Mario Granero se desplomó, muerto para siempre.
Así como hay tipos que en una vida son capaces de acumular millones y millones de dólares, como Bill Gates, o millones y millones de enemigos, como Bush, el gordo solamente sabía acumular amigos. Era dueño de la más amplia, heterogénea y rica agenda, con datos que iban desde los agregados de las más ignotas embajadas, hasta presidentes de la Nación, senadores, gobernadores, periodistas y chicas generosas y divertidas.
Quien no estuviera en la agenda del gordo no formaba parte del campo nacional y popular, aún cuando en la misma se encontraban nombres de las más diversas tradiciones e historias.
Peronista de toda la vida, se había iniciado, como tantos otros, en las huestes peinadas para atrás a la gomina de Tacuara. Se contaba de él que una noche, a la salida de un restaurante, en los primeros sesentas, vació el cargador de una pistola entre los pies del ex presidente Arturo Frondizi, en un atentado que le habría costado una estadía en Devoto.
Mario Granero nunca ocupó el centro de la escena, pero siempre estuvo en la escena, como una especie de Zelig, de testigo permanente de los principales sucesos políticos posteriores a los setenta.
En su mesa, a la noche, en la Biela de la Recoleta uno podía encontrar, junto con una gran cantidad de vasos de whisky, a Cafiero, a Ginés García, al Tati Vernet, a Telerman, a Silvia Mercado, a algún periodista de Ambito y uno que otro juez. Alguna vez se lo presenté a Spilimbergo y a partir de aquel día el gordo lo integró definitivamente a su lista de amigos. El día que Spili falleció el gordo me llamó para expresarme su dolor y evocar algunos recuerdos, siempre festivos.
El gordo Granero era un incorregible bohemio, trasnochador y sibarita. Nunca ganó mucho dinero y tuvo una admirable capacidad para gastarlo. Al irse la política argentina ha perdido uno de sus encantos, se ha vuelto más aburrida, más gris.
Y ya no me despertaré el día de mi cumpleaños con su entrañable llamada, que ya he comenzado a extrañar.


Una Chacarera en memoria de un Amigo


Acabo de llegar de un singular homenaje a un muerto.
Vengo de la cena en homenaje y recuerdo a Mario Granero, el Gordo Granero.
Fue en un restaurante de Palermo Viejo con un nombre con resonancias criollas. Estaba repleto. Unas doscientas personas, hombres y mujeres entre los treinta y los setenta años, ocupaban la casi totalidad de las mesas.
Había de todo. Desde Ginés García hasta Radamés Marini. Desde quien esto escribe hasta el Mono Grassi Sussini. Incluyendo a la familia del homenajeado, su esposa y sus hijos.
Hace muchos años, cuando era un adolescente, leí una biografía de Louis Armstrong, el genial hijo de New Orleáns. Me sorprendió el relato de los entierros de los negros. Contaba el trompetista que las oportunidades para tocar su instrumento eran, entre otras, las procesiones rumbo a la Quinta del Ñato, acompañando con el estrépito del dixieland los restos del “brother” a su descanso eterno. Fue en esas dolorosas y festivas columnas donde nació y se hizo célebre el clásico “When the saints go marching in”, convertido, gracias a la creatividad de los descendientes de esclavos, en una de las representaciones arquetípicas de la cultura popular norteamericana.
Ese recuerdo apareció en mi memoria en la cena en homenaje y recuerdo al Gordo Granero.
Leopoldo Marechal, el vate de la alegría combativa que, como el homenajeado, supo enlazar la pasión de la Patria con la de su pueblo y el futuro, definió, con un chiste, ese oscuro paso:

Cierta vez, en un ancho cañadón de Maipú,
le pregunté a una rana que tañía
su vihuela de junco
si era dable y sensible comparar a la muerte
con un sistema refrigerador.
Y ella me dijo, punteando
su cordaje verdecaña:
“Morir es partir un poco.”
Luego, Elbiamor, no es justo dedicar elegías
a lo que apenas es un motivo de vals.

Y no hubo, pese a la supuestamente llorosa naturaleza de nuestros compatriotas, elegías esta noche. Hubo vino, alegría de compañeros, música y canto.
Un tipo cuyo tarea en la vida fue hacerse de amigos, e intentar hacer amigos a quienes muchas cosas enfrentaban, fue despedido, a dos meses de su partida, con una fiesta inolvidable, en la que la zambas y chacareras, los poemas de amor de las zambas y las cuartetas zumbonas de las chacareras, daban combate a la melancolía, a la irreparable pérdida, con la alegría que el divertido muerto brindó a sus seres queridos, su familia y sus amigos. Había algo de indoblegable argentinidad en el ambiente. Devolver al ausente lo que éste había repartido a manos llenas en su fugaz, como el de todos, paso por la vida.
Muchas reflexiones cruzaban mi aturdida cabeza. Entre ellas, una que me acompañó hasta la computadora: el amor a la patria, a su pueblo y su tierra es capaz de generar tantas pasiones como la solidaridad con los desposeídos, con su lucha milenaria por su incorporación al género humano.
En una y en otra visión del mundo la muerte, esa desconocida, es capaz de convertirse en alegría de los que quedan en el campo de lucha. La muerte se puede convertir, sino en vals como pedía Marechal, en zambas seductoras y en festivas chacareras.
Y esto es una ventaja que tenemos con el enemigo.

La ley quieta

Yo tendría entonces unos veinte años y comenzaba a descubrir que había un mundo que imperiosamente mi generación tenía que cambiar, que había un país dominado por un sistema que, descubría entonces, se llamaba oligárquico imperialista, y que había un gobierno militar ilegítimo cuyo principal objetivo era impedir la candidatura de Perón y el triunfo del peronismo.

En esa época, estoy hablando de los fines de la década del 60, cuando una llamada revolución argentina nos explicaba que tenía objetivos pero no plazos, apareció una película documental dirigida por dos tipos que entonces andarían por los treinta años: Pino Solanas y Octavio Getino. Se llamaba La Hora de los Hornos, se daba clandestinamente, en proyecciones que podían ser interrumpidas por la policía, con el resultado de que sus espectadores y organizadores terminaban presos.

Obviamente para los jóvenes de mi generación ver esa película se convirtió en una obligación que nos autoconvencía de nuestro total enfrentamiento al régimen militar usurpador. La concurrencia a su exhibición estaba llena de liturgias conspirativas: ir solo, dar una contraseña cifrada, fijarse que nadie lo siguiese, retirarse de a uno, no provocar desconfianza en el policía de rondín que, en cualquier momento, podía llamar a Coordinación Federal e interrumpir la proyección a la voz de “Manos arriba, todo el mundo contra la pared”.

Por supuesto, después vinieron tiempos mucho peores, en los cuales ni siquiera podíamos sentarnos a una mesa de café, sin que interrumpieran fieros policías o más fieros miembros de las Fuerzas Armadas, pidiendo documentos, palpándonos de armas, preguntado sobre que hacíamos o por qué estábamos ahí sentados. Vinieron tiempos de desaparecidos y fálcones sin patente. Pero no es de esos tiempos que quiero hablar, sino de aquellos, cuando concurrir a la proyección de La Hora de los Hornos era un acto de definición personal frente al “régimen”.

Y el recuerdo viene a cuento porque esta noche he ido a bailar tango, como solía hacerlo semanalmente antes del 30 de diciembre del 2004, y me he convertido por ello, junto con unos doscientos bailarines argentinos y extranjeros, en un transgresor, en un ciudadano que ha violado la ley, el decreto o la resolución que establece la prohibición absoluta de bailar en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como consecuencia de la serie de desaguisados y corrupciones que culminaron con la tragedia de República Cromañón, donde no se bailaba, sino que se presenciaba un conjunto de rock en un recinto ocupado por tres veces más personas que lo que su capacidad permitía.

Mi padre, un pampeano de cuando la actual provincia era tan sólo territorio nacional, solía decir de algunas personas presumidas y excesivamente formales que “cuando se arremangan se les ve el culo”. Quería decir con esto que pasaban con extrema facilidad de una actitud a la simétricamente contraria. Algo de eso pasa, creo, con el progresismo porteño. De la anomia corrupta, de la permisividad extrema e irresponsable, han pasado, de la mañana a la noche, y con la carga de culpabilidad que significa la muerte de 191 jóvenes, a su arbitrario opuesto. Han decretado por tiempo indeterminado que no hay más vida nocturna en la ciudad de Buenos Aires, que quienes quieran concurrir a un centro bailable, a un café con show musical, tengan que viajar hasta Vicente López, Avellaneda, Lomas de Zamora u Olivos, ya que en la orgullosa ciudad autónoma esa actividad está prohibida. Poco importa si en esos municipios los lugares cumplen con las normas de seguridad o, siquiera, si existen normas de seguridad. Lo importante para la conducta culpable es actuar, sin fundamentos jurídicos, sin medir las consecuencias, sin pensar en la totalidad del problema, de una manera que parezca que ahora “la cosa va en serio”.

Eran aproximadamente las dos y media de la mañana, estábamos bailando al compás de Angel D’Agostino y alguien apareció en el medio de la pista y pidió que nos sentáramos. Todo el mundo obedeció la consigna. Viejos tangueros, un grupo de bailarinas de tango ucranianas, varias parejas japonesas, o sea, la totalidad de la fauna que puebla desde hace años las milongas porteñas, acató la orden como si se tratara de conjurados.

La música cesó por completo y alguien empezó a leer desde el micrófono cuentos y poemas de un libro de Eduardo Galeano. Éramos doscientos conspiradores que intentábamos evitar que alguna autoridad –la policía, el gobierno de la ciudad, vaya uno a saber- clausurase el local y nos llevase a todos a la comisaría más cercana. Durante veinte minutos las palabras de Galeano fueron escuchadas como en misa por una concurrencia que se había citado para abrazarse al compás de Juan D’Arienzo o de Osvaldo Pugliese. Pude verlo a Miguel Angel Zoto, el bailarín de tango más famoso del mundo, haciéndose el otario y poniendo atención a las palabras de Galeano como si fuera su mayor pasión.

Toda la situación me llevó a aquellas proyecciones de La Hora de los Hornos. De golpe y por obra de la estólida razón burocrática, el tango se había convertido, como en esa película que hicimos con Jorge Coscia, en un baile prohibido. El amigo organizador de la milonga tomó el micrófono e informó que por razones de fuerza mayor esta reunión poética había terminado o de lo contrario la fuerza de la ley la terminaría de otra manera. No pude evitar una carcajada. A este límite había llegado el progresismo a cargo del gobierno de la ciudad autónoma de Buenos Aires.

Siempre me pregunté cómo había sido posible que una cosa tan ridícula como la llamada Ley Seca en los EE.UU. pudiera pasar los mecanismos institucionales. ¿Cómo era posible que tomar una cerveza, en una sociedad acostumbrada a tomar cerveza, se convirtiese en un delito mayor? Que el simple hecho de vender una medida de whisky lo convirtiese a uno en un delincuente comparable a un proxeneta, a un extorsionador, a un traficante de heroína.

Hoy he descubierto el mecanismo Un oscuro muchacho de Hurlingham ha impuesto la ley seca, amparado en la indignación que veinte o treinta años de corrupción institucional han provocado en la ciudadanía. Ha instaura la ley quieta. Quien baile en Buenos Aires violenta gravemente la mala conciencia de sus administradores. Y eso es reprimido con toda la fuerza de ley.

Buenos Aires, 27 de enero de 2005

Ha muerto Alberto Castillo


El cantor "grasa", el de los enormes nudos en la corbata, el ídolo de la plebe peronista entre el 45 y el 55, ha muerto.

Una sola cosa me llena de satisfacción. Murió muchos años después que Julio Cortazar, quien se fue a vivir a Paris, según su propia confesión, para no oír los tangos de Alberto Castillo. Pero antes, otra situación me había llenado de satisfacción histórica. Fue cuando Alberto, lo que quedaba de aquel cantor, que según Aníbal Troilo, jamás desafinó una nota, cantó ante una multitud pequeño burguesa en la plaza Julio Cortázar.


Escuchar sus grabaciones con Ricardo Tanturi sigue siendo una experiencia estética inigualable. Tenía una voz privilegiada. Tenía una entonación que nadie pudo igualar. Y, repito con Pichuco, jamás, ni de viejo, erró una nota.


Vengo del velorio, merecidamente realizado en la Legislatura de la ciudad a la que le cantó los cien barrios porteños. Eran las cinco de la mañana y la guardia de honor de Alberto eran unos 25 pibes y pibas de 18 años de edad. Esa era la gente que se merecía. Esa era la gente que volvió a descubrir a un artista popular sin igual. Los Auténticos Decadentes lo sumaron a su “Siga, siga, siga el baile, al compás del tamboril” y, me consta porque tuve la oportunidad de entrevistarlo en aquella época, Alberto estaba feliz de seguir cantando a su manera con las nuevas generaciones.


Lo vi y lo escuché muchas veces en estos últimos años. Seguía, ya con voz escasa, sin desafinar una nota.


Nadie, pero nadie ha cantado Ninguna, de Dames y Manzi, como Alberto Castillo. Quien dude de su valor que escuche ese tango. Castillo lo ha convertido en un "lied" porteño.


Su voz, su estilo, su repertorio nos lleva a una época gloriosa de la Argentina. Su fama es, simplemente, la aparición de los trabajadores como demanda cultural. Alberto Castillo se lleva con él la mejor Argentina. La de la prepotencia de los trabajadores. La de los grasas con poder adquisitivo. La Argentina cuyo norte era la grandeza de la nación y el bienestar del pueblo.


Nunca podré escuchar El Pescante cantado por Alberto Castillo sin emocionarme.


Nunca podré olvidarme de un cantor popular que murió a los 87 años, muchos años después de Julito Cortázar.


Esto último me compensa la pena de ver a Alberto en el jonca de pino, con el cuello de la camisa grande, con el nudo de su corbata exagerado.


“Está igual”, me dijo el Tigre, un gomía de la milonga. Claro, vivió todo lo que quiso. Fue leal a su gente y amó lo que hacía.

Pepe Libertella: Un tano genial, bueno y porteño

Pepe Libertella: Un tano genial, bueno y porteño
Buenos Aires, 8 de Diciembre de 2004.

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París y no me corro

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

César Vallejo

Era un tano por dónde se lo mirara.

Más bien petizo, con varios kilos de más, con una pelada misteriosamente encubierta con largos cabellos del costado de su cabeza y mucha gomina, con setenta años y pico y con una cantidad de madrugadas, de humo de cigarrillos, de volver en el colectivo con la “jaula” entre las piernas, que sobraban para repartir y dejar cansados a un batallón de recolectores de basura. Pero bastaba que a Pepe Libertella le hablaran del tango, le propusieran una presentación en Buenos Aires, para que su conversación se desbordase incontenible en proyectos, en recuerdos, en cariñosos reproches a viejos colegas que ya se han ido, en sabios consejos a los que seguían su huella y en el deseo de hacer escuchar su inolvidable, su único sonido, en Buenos Aires, a su gente.

Pepe, el incansable, el inagotable conversador, estaba cansado, harto ya de recorrer infatigablemente el mundo para juntar los dólares, los euros o los yenes necesarios para poder pasarse unos meses entre los suyos, sus paisanos, y poder presentar el increíble, el portentoso Sexteto Mayor que armara con ese otro tano, viejo dulce y amigable, que hoy debe sufrir como un hermano, Luisito Stazzo.

Estos dos italianos, salidos de una película de Roberto Rosellini o de Victorio de Sica, elevaron esa musiquita de conventillo y organito, ese modesto sonsonete de casa de citas en un maravilloso sonido sinfónico que desataba en las almas de quienes lo escuchaban todo el vendaval de la pasión, el dolor del olvido, la desesperación de la soledad, el regocijo del amor y la amistad. Verlos tocar juntos, Pepe a la derecha del escenario y Luisito a la izquierda, ha sido inolvidable. Codo a codo, los dos tanos llevan con el fuelle la melodía, mientras el ruso del violín despliega todo el venero romántico de su instrumento. Pero de pronto es el momento en que toda la orquesta, todo el torrente sonoro se concentra en estos dos viejos tocadores del fuelle. Se miran apenas. Luisito tranquilo y concentrado en la partitura como si fuera la primera vez –y llevan treinta años haciendo lo mismo-, Pepe, apasionado, rojo el rostro mofletudo por la energía que su cuerpo transmitirá al misterioso sistema de botones y lengüetas, dispuestos arbitrariamente sobre los costados de la jaula, estira, absurdo gusano sonoro, el fuelle con disnea y entre los dos conversan vaya a saber de qué lejanos recuerdos, de qué noches olvidadas o de qué tristes historias del paese lejano.

Y la música vuela cuando Pepe, el tano gordo, sonríe mientras toca, porque nada le gusta más, y Luis, el más flaco y canoso, serio se reconcentra en una nota que no quiere morir. Pero hay un momento en que ya no pueden seguir sentados. El gordo, Pepe, se incorpora casi de un salto sorprendente, pone el bandoneón sobre el muslo de la pierna izquierda que apoya en la silla, abre los brazos para rodearnos a todos con la infinita cinta de Moebius del fuelle, el rostro bañado por el sudor del esfuerzo y el gusto. Y entonces el tango abre las puertas del cielo sobre las que nos precipitamos los simples mortales a descubrir los infinitos placeres del néctar y la ambrosía. Pero el otro italiano no quiere ir a menos, y con mayor lentitud y parsimonia –la que corresponde a su espíritu sereno y sedentario- se pone de pie, levanta su pierna izquierda para desplegar desde allí el arcano de su liturgia concelebrada: sumos sacerdotes, místicos druidas, cuyo puñal de obsidiana es este maldito tango que arranca nuestro corazón del pecho y se lo entrega a los ángeles negros del deseo, a los oscuros pájaros de la nostalgia, a los demonios de los amores perdidos para siempre, a los duendes perversos de la culpa y el olvido.

Pepe murió en París, como presintió Vallejo. Aunque fuera lunes y en invierno.

“Les trottoirs de Buenos Aires”, aquel boliche legendario de los años en que muchos argentinos habían quedado anclados en París por cuenta y orden de una patria sometida al tormento y el saqueo, hizo memorables las veladas del Sexteto Mayor, con las erres guturales de Cortázar y su extraña añoranza por el país que abandonó, con la belleza serena de Chunchuna Villafañe, con la mirada soberbia y melancólica de Pino Solanas, y convirtió a la orquesta de este tano aporteñado y de su amigo Luis en la mejor orquesta de tango del mundo.

Luisito Stazzo se ha quedado muy sólo con el recuerdo entrañable de Pepe.

Pero cada vez que un fuelle se estire hasta el límite mismo de su extensión, cada vez que un nuevo sacerdote de este rito inevitable vuelva a arrastrar las notas, haciendo eterna su momentánea fugacidad, volverá a presentarse este duende de Buenos Aires, este genio metido en los pliegues del bandoneón que es el querido, el inolvidable Pepe Libertella.