sábado, 24 de enero de 2026

La tumba de Camilo Torres

En 1965, tenía yo 18 años.

El año anterior había terminado la escuela secundaria en Tandil y a principios de ese año toda la familia se había mudado a Buenos Aires. Mi padre alquiló, para ese verano, un pequeño departamento en la calle Copérnico, una pituca calle en Recoleta que termina en una escalera, en la cercanía de Avenida Las Heras y Avenida Pueyrredón. Y durante ese verano hice el curso de ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina.

1965 fue, entonces, mi inicio en la vida universitaria y en la vida porteña.

Al año siguiente, 1966, se produjo el golpe de estado de Onganía contra el gobierno de Illia. En el microcosmos de la UCA ya comenzaban a sentirse las tensiones entre las tendencias ultraconservadoras de la conducción y los cambios moleculares que vivía el catolicismo a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. El rector de la UCA era un obeso y recalcitrantemente reaccionario sacerdote, Monseñor Octavio Derisi, que venía de los viejos Cursos de Cultura Católica de la década del 30. Esos Cursos estaban conformados, entonces, con figuras como Tomás Casares, César E. Pico, y Atilio Dell'Oro Maini, es decir los nacionalistas chupacirios que ocuparon la primer parte de la Revolución de 1943. Como se sabe, Tomás Casares fue miembro de la Corte Suprema de Justicia, desde 1944 hasta 1955. Atilio Dell'Oro Maini, por su parte, había sido un estudiante cordobés, vinculado al reacionario obispado de Córdoba, opositor a la Reforma Universitaria de 1918, que se había ido alejando del viejo nacionalismo oligárquico para convertirse, con el paso de los años en ministro de Educación de la Revolución Libertadora.

El decano de la Facultad de Derecho era Santiago de Estrada, otro viejo nacionalista de los años 30, partícipe del levantamiento del 16 de Junio de 1955 y del bombardeo a la Plaza de Mayo y padre del homónimo Santiago de Estrada, quien fuera secretario de Seguridad Social de Rafael Videla y de Carlos Menem.
Bueno, ese era el espíritu de las autoridades de la UCA.

En ese año 1966, descubrí en un kiosco de la avenida Corrientes, cerca del Politeama –adonde iba a tomar un café, después de haber visto, quizás, Iván el Terrible, en el cine Lorraine–, la revista Cristianismo y Revolución. Y en ella me enteré de la muerte en combate del cura Camilo Torres Restrepo.


Durante, por lo menos, un año, Camilo Torres, su vida, su militancia y su muerte se convirtieron en el ideal de ese muchachito de 19 años que descubría desordenadamente, sin guía alguna, casi a puro sentimiento, la política revolucionaria, la idea de una única Latinoamérica y de un mundo justo e igualitario.

Que sesenta años después se haya logrado establecer el lugar donde fue enterrado el famoso Cura Guerrillero de los años '60 hizo que por mi cabeza pasara toda esta película que marca el punto inicial de una vida adulta signada, justamente, por la Revolución, Latinoamérica y la Justicia Social.

De alguna manera se hizo cierta la afirmación de la canción que Chavela Vargas inmortalizara:

“Donde cayó Camilo se alzó una cruz,
que no fue de madera, sino de luz”.


24 de enero de 2026.

1 comentario:

  1. Hermoso relato que conjuga tus primeros pasos hacia la compresión y el compromiso con la revolución latinoamericana.

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