En 1965, tenía yo 18 años.
El año anterior había terminado la escuela secundaria en Tandil y a principios de ese año toda la familia se había mudado a Buenos Aires. Mi padre alquiló, para ese verano, un pequeño departamento en la calle Copérnico, una pituca calle en Recoleta que termina en una escalera, en la cercanía de Avenida Las Heras y Avenida Pueyrredón. Y durante ese verano hice el curso de ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina.
1965 fue, entonces, mi inicio en la vida universitaria y en la vida porteña.
Al año siguiente, 1966, se produjo el golpe de estado de Onganía contra el gobierno de Illia. En el microcosmos de la UCA ya comenzaban a sentirse las tensiones entre las tendencias ultraconservadoras de la conducción y los cambios moleculares que vivía el catolicismo a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. El rector de la UCA era un obeso y recalcitrantemente reaccionario sacerdote, Monseñor Octavio Derisi, que venía de los viejos Cursos de Cultura Católica de la década del 30. Esos Cursos estaban conformados, entonces, con figuras como Tomás Casares, César E. Pico, y Atilio Dell'Oro Maini, es decir los nacionalistas chupacirios que ocuparon la primer parte de la Revolución de 1943. Como se sabe, Tomás Casares fue miembro de la Corte Suprema de Justicia, desde 1944 hasta 1955. Atilio Dell'Oro Maini, por su parte, había sido un estudiante cordobés, vinculado al reacionario obispado de Córdoba, opositor a la Reforma Universitaria de 1918, que se había ido alejando del viejo nacionalismo oligárquico para convertirse, con el paso de los años en ministro de Educación de la Revolución Libertadora.
El decano de la Facultad de Derecho era Santiago de Estrada, otro viejo nacionalista de los años 30, partícipe del levantamiento del 16 de Junio de 1955 y del bombardeo a la Plaza de Mayo y padre del homónimo Santiago de Estrada, quien fuera secretario de Seguridad Social de Rafael Videla y de Carlos Menem.
Bueno, ese era el espíritu de las autoridades de la UCA.
En ese año 1966, descubrí en un kiosco de la avenida Corrientes, cerca del Politeama –adonde iba a tomar un café, después de haber visto, quizás, Iván el Terrible, en el cine Lorraine–, la revista Cristianismo y Revolución. Y en ella me enteré de la muerte en combate del cura Camilo Torres Restrepo.
Durante, por lo menos, un año, Camilo Torres, su vida, su militancia y su muerte se convirtieron en el ideal de ese muchachito de 19 años que descubría desordenadamente, sin guía alguna, casi a puro sentimiento, la política revolucionaria, la idea de una única Latinoamérica y de un mundo justo e igualitario.
Que sesenta años después se haya logrado establecer el lugar donde fue enterrado el famoso Cura Guerrillero de los años '60 hizo que por mi cabeza pasara toda esta película que marca el punto inicial de una vida adulta signada, justamente, por la Revolución, Latinoamérica y la Justicia Social.
De alguna manera se hizo cierta la afirmación de la canción que Chavela Vargas inmortalizara:
“Donde cayó Camilo se alzó una cruz,
que no fue de madera, sino de luz”.
24 de enero de 2026.
Hoy al mediodía tuve que hacer una diligencia en una oficina de la ahora llamada ARCA, ex AFIP y antiguamente DGI. Existía la posibilidad de hacerla virtualmente, con el teléfono. Pero ARCA, AFIP y/o DGI han tenido, tienen y tendrán la más pedorra de todas las aplicaciones e interfaces posibles. Ocho veces intenté sacarme una foto, según me lo pedía la aplicación y ocho veces un infame cartelito me informaba que no había sido posible. Por lo tanto, decidí pedir un turno que me salió para este mediodía.
La oficina se encuentra en la vecindad de la esquina de Castro Barros e Independencia, de modo que consulté en Google Maps que ómnibus me dejaba mejor. Me dio dos alternativas interesantes: caminar por avenida La Plata dos o tres cuadras y tomar el 56 o, en su defecto el 96. Hacia allí me dirigí y busqué la parada del 56. Ese número no aparecía por ningún lado. Había un muchachito parado en la puerta de una casa de departamentos y le pregunté por esa parada.
-- No, me dijo. – El 56 no pasa más, después de aquel paro de transporte, ¿te acordas?, el 56 cortó el servicio.
-- Claro, le respondo, y el Google Maps no está enterado.
Se ríe y me dirijo a la siguiente alternativa. Busco la parada del 96, sobre la calle Formosa, casi avenida La Plata. El sol caía a plomo, aunque el calor no era abrumador. Me refugio bajo la sombra de un árbol y espero. Pasan los minutos y no hay el menor vestigio del 96. Miro la hora y veo que, pese a haber salido con tiempo, solo faltan veinte minutos para la hora del turno. En una ferretería, pregunto al señor que está detrás del mostrador si sabe algo del 96.
-- Uh, ese pasa cada 45 minutos.
-- Caramba, ¿y qué otra cosa me puede dejar en Castro Barros, además de mis piernas?, le pregunto.
-- ¿En Castro Barros? Son cinco cuadras...
-- Tiene ud. razón, son cinco cuadras. Iré caminando.
Y emprendo la marcha de las cinco cuadras que, por supuesto, no eran cinco, sino siete, pero que las caminé a paso firme.
Las oficinas de ARCA son una de las cosas más desangeladas del mundo, posiblemente solo superadas por una comisaría o la guardia de un hospital. Pero mi trámite fue breve y el aire acondicionado era muy bueno.
Emprendo el retorno por Independencia hasta llegar a avenida La Plata y de ahí, encaro, por la vereda de la sombra, el camino hacia Rivadavia.
Después de una cuadra me sobrepasa un señor corpulento, de unos 48 años, con un cuerpo que alguna vez fue musculoso y trabajado, pero que las empanadas, los asados, el fernet con cola y el malbec han echado a perder. Cuando ya está ubicado delante mío veo que tiene puesta una remera negra con esta inscripción:
Como se sabe, el hoy famoso Grupo Wagner es un ejército de mercenarios, creado por Yevgueni Prigozhin, antiguo chef del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, y que participó, aunque secundariamente, en la Guerra de Ucrania. En el 2023, la Wagner se levanta en armas y acusa al Ministerio de Defensa ruso de bombardear soldados del Grupo. Todo esto me vino a la cabeza al ver la siniestra insigna. Recuerdo también que un par de altos mandos de la organización murieron en misteriosos accidentes automovilísticos, después de la rebelión.
Acelero el paso y alcanzo al hombre. Cuando lo tengo a mi lado le digo:
-- ¿Vos sos del Grupo Wagner?
Me mira sorprendido.
-- ¿Sos del Wagner?, le repito.
-- Me encantaría, me dice en un murmullo de voz carrasposa.
-- ¿Cómo?
-- Me encantaría, me repite.
-- Pero estás medio pasado de peso, le digo con una amplia sonrisa tendiente a aplacar cualquier extemporaneidad.
Y apuro el paso para alejarme del mercenario frustrado.
16 de enero de 2026

Cómo ya he contado, abandoné la última novela de Leonardo Padura, harto de su anticastrismo, y me quedé sin lectura para el fin de semana largo. Comí unas sustanciosas rodajas del peceto al horno con papas, cebollas y morrones verdes que fue mi cena de Fin de Año, acompañado de una copa de pinot noir. Había cesado la agobiante canícula de la noche y pensé que sería una buena oportunidad para un paseo por el Parque Rivadavia y fumar, bajo su abundante sombra, un robusto capa cubana de los que me regalé para las fiestas. Pero necesitaba un libro que justificara estar sentado una hora en un banco de plaza. Sobre mi mesa de trabajo había quedado, como olvidado, un ejemplar de La Ciudad Pintada de Rojo, una novela de Manuel Gálvez, publicada en 1948 por el Instituto Panamericano de Cultura, que compré a mi amigo Jorge, el músico de jazz propietario del viejo puesto de diarios de la estación Río de Janeiro, al que la crisis de la prensa gráfica convirtió en una rica librería de libros viejos, algunos, como este, muy viejos.
Logré encontrar en el Parque Rivadavia, repleto de vecinos, de parejas, chicos y perros que gozaban del transitorio alto el fuego que nos concedía el verano, un banco a la sombra de una hermosa y vieja tipa. Encendí mi cigarro y comencé a leer al viejo Manuel Gálvez. No pude parar hasta la página 170 y solo la caída del sol interrumpió mi lectura.
Gálvez es nuestro gran novelista del siglo XX y este relato nos mete en un Buenos Aires de 1835, gobernado férreamente por Juan Manuel de Rosas, un gaucho rubio y de ojos celestes de 42 años, y su mujer Encarnación Ezcurra, una dura y no muy agraciada mujer de 37 años. Y de golpe, ni más ni menos que en un lugar evocativo a Bernardino Rivadavia y cerca de la estatua ecuestre de Simón Bolívar, me enredé en la vida cotidiana de las familias “decentes” de entonces, de los festejos del 9 de Julio, de los enriedos, amores juveniles, odios adultos y la ensoñación de una jovencita federala de 16 años por los versos de un hombre de carácter huraño, de origen humilde, elegante y de oscuro pasado que ha conocido en París a los poetas románticos: Esteban Echeverría.
Me encontré siendo testigo del encuentro, entre temeroso y desenfadado, de una bella mujer de 35 años, federal de corazón, preocupada por los desvaríos unitarios de su esposo, un mediocre y engreído rentista, con la mismísima Encarnación, su antigua amiga de los 15 años. Y pude ver como el Restaurador, sin saberlo, interrumpe la reunión y cómo el apretón de manos y su mirada azul sobre la visitante despierta los celos de su esposa.
Si tuviéramos una industria cinematográfica nacional que, como en EE.UU., en Rusia, en Italia, en el Reino Unido, en Francia y hasta en Brasil, acude a su propia historia para crear grandes entretenimientos populares, este libro ya debería ser el guión para una serie en seis capítulos que las grandes plataformas se disputarían para ofertar a sus suscriptores. No la tenemos. Y la novela de Manuel Gálvez seguirá siendo desconocida, nunca sabremos cómo era la cotidianidad de nuestra gente hace 100 años, cómo se vivían entonces las duras disputas políticas y Rivadavia y Mitre arderán en su infierno, pero felices de haber logrado convencernos que nuestro pasado carece de todo interés y actualidad.
1º de enero de 2026