sábado, 21 de febrero de 2026

Un botella de Mumm en la peluquería

Creo que ya he contado que más o menos cada dos meses visito a mi peluquero.

Hace ya más de diez años, una querida amiga, entreverada en el mundo del tango, me invitó a acompañarla a la peluquería, cosa que me encanta, así como acompañar a las damas que me ofrecen su amistad a comprarse ropa. Tiene, seguramente, un poco de fisgón, de ver algo tan íntimo como decidir en la compra de un vestido o ser responsable de una definitiva respuesta a la pregunta fatal:

 ¿Cómo me quedó el corte?

De modo que la acompañé. Era sobre la avenida Corrientes, en un sexto piso, en el departamento donde vivía con su mujer, cantante, y su hijo, ahora también cantor. Esa tarde me contó que también era productor teatral y descubrí que su clientela estaba formada por actores, actrices, escritores, directores, la variopinta e interesante fauna que gira alrededor de una actividad en la que Buenos Aires descuella, el teatro. Y aquella tarde resolvimos que sería mi peluquero.

Ayer, viernes, entonces, y previa reserva de turno, llegué al viejo y hermoso edificio en el que vive. La puerta de calle estaba abierta, pues un encargado estaba barriendo la entrada. Toco el portero eléctrico –al portero eléctrico se le puede decir portero, encargado eléctrico suena extraño– mientras veo que una bella y rubia señorita –en principio todas las bellas mujeres son señoritas– está esperando el ascensor, una verdadera reliquia belle époque que mi peluquero cuida como a un palimpsesto del siglo IX. Le hago seña que me espere, mientras que desde el pequeño parlante empotrado mi amigo me dice:

 Entrá, Julio.

Y escucho desde el ascensor:

 Te espero, Julio.

Miro nuevamente a la señorita y me apresuro a entrar.

Entro al ascensor y pregunto, para marcar el piso:

 ¿Dónde vas?

 Al sexto – me responde.

 Ah, yo también, vamos a verlo a Alejandro.

 Todos vamos a lo de Alejandro, Julio – y sonríe.

– Desde ya te digo que yo estoy llegando tarde, así que te atenderá primero a vos. Pero, ¿cómo te llamás?

– Veronica – me dice.

Llegamos. Alejandro nos abre la puerta, invito a Verónica a pasar y entramos a la peluquería de Alejandro. Un lugar con vista a la avenida Corrientes, con un piano, una mesa de café y dos sillas, un bar con copas y alguna bebida y un sillón de dos cuerpos, con las paredes cubiertas de hermosos y modernos cuadros de artistas argentinos contemporáneos. Al lado del bar veo un bombo legüero, que no había visto antes.

Alejandro estaba, en ese momento, atendiendo a otra señorita a la que le secaba el pelo largo con un cepillo gordo y un secador de mano. Inmediatamente le pone una gorra de baño y comienza un meticuloso trabajo de hacerle pequeños agujeritos a la gorra para extraer delgados mechoncitos de pelo. Mientras tanto me comentaba que el bombo legüero era suyo y que lo había dejado ahí porque era en ese lugar donde practicaba. También me contó que se lo había comprado al legendario luthier de bombos santiagueños, el Indio Froilán, cuyo taller y patio es motivo de visitas internacionales.

Alejandro tiene extraordinarias anécdotas e historias y siempre es un gusto compartirlas. Termina con la señorita de la gorra de baño, a quien abandona para que haga su efecto la tintura que aplicó en los flecos de su cabeza, e invita a Verónica.

Desde mi silla de la mesa de café me pongo a mirar el teléfono y escucho la charla de Alejandro con Verónica, mientras le lava la cabeza y comienza a cortarle el cabello. De pronto escucho a Verónica decir:

– Ah, traje una botella de champán frío que tengo en el bolso. Julio, en ese bolso negro, fijáte, hay un champán. Abrilo y brindemos.


Me apresuro a acercarme al bolso, antes que su dueña se arrepienta de la invitación, y, efectivamente, una fría y reluciente botella de Mumm descansaba en su interior. Retiro el morrión de alambre y comienzo el solemne rito de girar el corcho hasta escuchar el restallante, alegre y definitivo estallido del dióxido de carbono escapando de su encierro.

Eran las 6 de la tarde.

Serví el burbujeante elemento en las copas de champán que Alejandro tiene en su bar y brindamos por este hermoso país que parece que se va al carajo. Porque me olvidé de decirles que Alejandro y la inmensa mayoría de su exquisita clientela ama a este país. Y diganme si no vale la pena pelear para aplastar a los que lo están destrozando.

Buenos Aires, 21 de febrero de 2026.

lunes, 2 de febrero de 2026

El mundo de hoy en décimas

El mundo ya no es el mismo,
el escenario ha cambiado.
Lo que armaron los aliados,
después del gran cataclismo,
se ha derrumbado en un sismo
que ha sacudido a Occidente.
Es que se ha roto la entente
de Washington y Bruselas
y esto tiene por secuelas
la crisis que ya se siente.

Y tampoco es solo una
la potencia dominante.
Por un lado hay un gigante,
por donde sale la luna,
que se ha aliado con fortuna
con el eslavo vecino,
convocando a un genuino
acuerdo multipolar
donde cada uno es par
y sin objeto mezquino.

Los BRICS se llama el convenio
y son la mitad del mundo.
El terreno es fecundo
y ya lleva un decenio
de economía e ingenio.
Lo que está en juego, parece,
es si el dólar permanece
para el comercio mundial,
sacándolo del sitial
que día a día decrece.

El estado de Israel
lleva a cabo una matanza,
un genocidio, una danza
de degüellos en tropel,
cargados de odio, de hiel,
y ha arrasado toda Gaza.
La tregua es mentira crasa
y una agente inmobiliario
quiere hacer allí un balneario
que a palestinos desplaza.

Europa, como siempre, llora
lágrimas de cocodrilo,
pues ha perdido el estilo
de gran potencia rectora.
Mientras, Washington vigora
el poder de destrucción
de las legiones de Sión.
Palestina es el cordero
entregado al matadero
de un Occidente en fisión.

Nuestro “Gran País del Norte”,
en patética entropía
está buscando una vía,
un camino o un resorte
que evite que su recorte
se convierta en retirada.
Vetusta y empolvada
halló en Monroe la doctrina:
que América Latina
a Washington sea ordenada.

Y en nuestro lado del mapa
está todo en tensión.
México es gran bastión,
con presidenta que atrapa
todo el sentido de guapa.
Están Cuba y Nicaragua
esperando la macagua
y el pérfido mordiscón.
En semejante turbión
son el carbón de la fragua.

El país Bolivariano,
la Venezuela de Chávez,
está peleando las llaves
de un destino soberano.
El rubio Trump echó mano
de secuestrar a Maduro.
El pueblo hizo conjuro
con su nombre y el de Cilia.
En una larga vigilia
fueron ambos un huairuro.

De los países andinos
en Colombia está Petro,
quien le ha quitado el cetro
a gobiernos asesinos,
y hoy defiende genuinos
reclamos de independencia.
No lo achica la presencia
del belicoso gigante,
ni su gesto amenazante
y no promete obediencia.

En el resto de los Andes
no se ve mucha grandeza.
Los dueños de la riqueza
del Perú, en negocios grandes.
Los políticos desbandes
han convertido al estado
en un órgano castrado.
Y el pueblo, casi impotente,
es convertido en cliente,
en espectador cegado.

En Ecuador, tierra bella,
el dólar es el campeón
que impone su condición:
y deja profunda mella.
Volver a tomar la huella
de un gobierno popular
no es cosa de solo hablar.
Como en Perú, hay disputa,
entre Monroe y la Ruta,
todo es para pensar.

La cosa en Chile ha cambiado.
De un modo menos violento
vuelve el país al momento
del viejo golpe de estado,
con Allende asesinado
y Pinochet presidente.
Chile, otra vez como agente
de intereses imperiales,
reclamos territoriales
y enemistad permanente.

Y Brasil sigue con Lula
como su gran estadista.
En los BRICS encontró pista
y desde allí se vincula,
discute, opina y postula
ante el mundo en su conjunto.
Hoy Brasil está en el punto
más alto desde el Imperio.
¿Le faltará un socio serio
como Argentina?, pregunto.

Es que Argentina es el drama
más triste de esta historia.
Como burro en la noria,
como insomne en la cama
da vuelta y vuelta en la rama
sin llegar a algún destino.
Hoy su finanza es casino,
cerrar industrias su norte
y no hay nada que le importe
más allá del desatino.

Sin curso y sin dirección
Argentina marcha a tumbos
¿Dónde están aquellos rumbos
que le impusiera Perón?
El proyecto y conducción
de unidad continental,
con Brasil, el franco pial
para empujar al conjunto
está olvidado, barrunto,
en medio de este andurrial.

Pero nada está estable.
Lo central es movimiento,
más rápido o más lento.
Por ello, todo es variable,
tanto que no es desdeñable
que, tal como ya pasara,
disipada la algazara,
aparezca una espada,
de civil o uniformada.
La historia no es tan rara.

2 de febrero de 2026.